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La Guaira


portada
Dc La Guayra, on the Spanish Main. Published 31 Jam).
1808. by Joyce Gold. 103 Shoe Lane, Fleet Street. London. (Cortesía del Sr. Carlos Duarte).


PROLOGO Y AGRADECIMIENTO


Este libro, sobre la ciudad de La Guaira, es el primero de una serie que se propone investigar los orígenes históricos y destacar los valores morfológicos de algunas ciudades venezolanas. Dentro del contexto histórico nacional, cada ciudad y cada pueblo tienen su propia historia y su propia imagen. El análisis histórico-morfológico de la ciudad, entendido como una secuencia en el tiempo, permite considerar la actividad constructiva como el quehacer colectivo que va configurando la forma urbana desde el momento de sus inicios hasta las fases sucesivas de desarrollo. Convertir en formas la estructura de la sociedad, significa construir el espacio de su existencia. Y son justamente los espacios arquitectónicos los que brindan la posibilidad de una lectura continuada de los hechos urbanos.
 
En este libro, y los que seguirán, no se tratan los tantos problemas actuales que afectan nuestras ciudades. Los estudios se limitarán a los orígenes históricos y a las características morfológicas que, desde el pasado, han marcado las diferencias y los cambios en el aspecto de nuestras ciudades.
 
El coautor de la obra, Prof. Manuel Pérez Vila, ha realizado un aporte que, sin duda, significa la interpretación histórica más valiosa y acertada que hasta ahora se haya hecho sobre los orígenes de La Guaira. Quiero expresar mi agradecimiento al amigo Carlos Duarte, por su capítulo sobre el arte colonial en la ciudad. A la Lilly Library de la Universidad de Indiana (Bloomington, USA), por haberme facilitado copia de los manuscritos de Agustín Crame. Al Dr. Juan Manuel Zapatero, por haberme ayudado en la obtención de planos existentes en los varios archivos madrileños; sólo con el asesora-miento de un experto en fortificaciones americanas como Zapatero, pude lograr el material requerido. Mi agradecimiento se hace extensivo a la Fundación Boulton, Sr. Luis Doguis, Prof. Pedro Grases, Prof. Ildefonso Leal y Dr. Santiago Gerardo Suárez, por haberme facilitado informaciones, datos e ilustraciones.
 
Graziano Gasparini


  LEYENDA Y REALIDAD
 


José de Oviedo y Baños, al componer durante las primeras décadas del siglo XVIII su Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela, es el más antiguo de los historiadores que se refiere concreta y específicamente a los orígenes de La Guaira. Es bueno que traigamos aquí sus palabras, sin olvidar que fueron escritas a más de un siglo y cuarto de distancia de los hechos que él relata:

“Desembarazado D. Diego Osorio de la residencia de D. Luís de Rojas, (entretenimiento que le dio bastantemente en que entender, por las agrias consecuencias de su resulta) trató de renovar la despoblada ciudad de Caraballeda, por la conveniencia que se seguía a la provincia de tener aquel puerto asegurado en la marina para la carga y descarga de las naos, y más fácil expediente en las negociaciones precisas del comercio; pero quedaron tan desabridos los vecinos con los disgustos anteriores, que no fueron bastantes todas las diligencias de Osorio para reducirlos a que volviesen a poblarse, dando por excusa la poca seguridad con que vivían expuestos a la continua hostilidad de los piratas, por no tener reparo alguno en aquel sitio para poder defenderse.

“Pero siendo preciso mantener puerto en la costa para la conservación del trato ultramarino, en que consiste todo el ser de la provincia, abandonado el de Caraballeda escogió D. Diego de Osorio el de La Guaira (poco más de una legua a sotavento) por la conveniencia de estar más inmediato para el trajín, y comunicación con la ciudad de Santiago, de quien dista cinco leguas; y aunque por entonces sólo se fabricaron en él unas bodegas, que sirviesen para asegurar la carga de las naos, después poco a poco se fueron levantando algunas casas, y agregándose allí algunos vecinos, de suerte, que con el tiempo ha venido a ser un razonable lugar, que coronado de artillería, y guarnecido de ciento y treinta plazas de presidio, se gobierna por la dirección de un Castellano, que siendo cabo militar de sus fuerzas, ejercita juntamente la jurisdicción ordinaria, como justicia mayor que es de aquel puerto, nombrado por el Gobernador y recibido por el Cabildo de la ciudad de Santiago: aumentos, que debe aquel lugar a las primeras líneas que tiró para su formación D. Diego de Osorio, a cuyo gran talento, y don particular de gobernar, se confiesa obligada esta provincia.

Como se puede observar, Oviedo no habla en absoluto de la fundación de una ciudad y ni siquiera de un pueblo o villa, sino de unos almacenes o bodegas alrededor de los .cuales se congregaron luego algunas casas, y “poco a poco”, según las palabras de que se vale el historiador, se fue extendiendo la población hasta llegar a ser, para la época én que Oviedo escribía, “un razonable lugar. . . coronado de artillería’. Tampoco expresa aquel autor la fecha precisa en que Osorio tomó y puso en marcha su determinación de establecer en la ensenada de La Guaira el puerto de Caracas. Sólo sabemos que fue durante su mandato, y por el contexto de la Historia se deduce que ello hubo de ocurrir en el año de 1589. Pero en cuanto al día y al mes, nada nos dice Oviedo.

Tampoco ha sido localizado en los Archivos, hasta dónde yo sé, ningún documento coetáneo que se refiera de un modo directo a la gestión del Gobernador Osorio en La Guaira en 1589. A pesar de esto, varios autores del siglo pasado y del actual, animados de un loable y respetable entusiasmo que desgraciadamente carece de base documental fehaciente, no han vacilado en sugerir que Don Diego de Osorio cumpliría “el ritual acostumbrado para fundar las ciudades españolas” acompañado del “primer cura designado para el pueblo y puerto de San Pedro de la Guaira mientras que con el concurso de los indios “se desmonta la costa, se arrastran peñas, se traza una plaza, se marcan dos calles de naciente a poniente, se instalan chozas, se establecen bodegas y se levanta una barraca donde estuvo el primer Templo Parroquial. Y no sólo templo, sino también “el bahareque que] sostiene el techo de palmas que cobijará al cabildo y al ayuntamiento” (sic), en tanto que en “las lomas del Colorado, del Gavilán y del Zamuro se emplazan fortines y piezas de artillería”, y se “ahondan los fosos y se levantan los muros que han de proteger. . . contra el pirata y el indio” a “la ciudad” fundada “bajo la advocación de San Pedro Apóstol. Desde luego, como espero demostrarlo más adelante, no hubo entonces fundación de ciudad, ni templo parroquial, ni parroquia eclesiástica, ni cabildo, ni Santo Patrono, ni fortalezas. Respecto a la fecha en que tales hechos habrían ocurrido, Rivodó da la del 1 de enero de 1587, Américo Briceño Valero dice que fue en 1588, Casto Fulgencio López señala el año de 1589, y Rafael Martínez Salas escribe: “Se da como fecha cierta de la fundación de La Guaira el 29 de junio de 1589. En realidad, las cosas parecen haber ocurrido de manera muy distinta.


 


EL MARCO GEOPOLITICO: MAR, TIERRA Y HOMBRES
 


Pero más que la fijación de una fecha exacta —sin querer quitarle a esos datos el valor que tengan—me interesa ahora situar los orígenes de La Guaira como centro poblado en el marco geopolítico de la colonización española en, Venezuela, en función de las dificultades que la naturaleza y los indígenas opusieron a su penetración y asentamiento. El surgimiento de La Guaira no es un hecho casual ni aislado, sino que se halla íntimamente vinculado a. la presencia de Caracas, la cual, a su vez, es fruto del desplazamiento hacia el centro de los grupos de pobladores hispanos ya asentados en el occidente del país.

Durante el siglo XVI los intentos de conquista del europeo se desarrollan a lo largo de tres ejes de penetración principales. El de oriente, apoyado en las islas de Cubagua y de Margarita (y también en Trinidad) que tiene durante un tiempo por base en Tierra Firme a Cumaná y se extiende luego por el Orinoco hacia Guayana. El de occidente, con pie inicial en las islas de Curazao, Aruba y Bonaire, entra por Coro hasta El Tocuyo, se abre luego en abanico hacia Trujillo, Maracaibo, Barquisimeto, Carora, e inicia su avance en dirección a los valles de la Cordillera Central con Valencia y el puerto de Borburata. El tercer eje viene desde tierra adentro, pues se origina en el Nuevo Reino de Granada —Tunja, Pamplona— y en distintas fases funda Mérida, San Cristóbal, La Grita y Altamira de Cáceres–Barinas. “El primero de estos ejes de penetración mencionados —escribía yo en un trabajo reciente— inicia su acción en territorio venezolano antes que los otros dos, en la primera y la segunda década del siglo XVI. El segundo adquiere impulso al finalizar la tercera década y a lo largo de las siguientes. El último eje se manifiesta en territorio venezolano ya superada la mitad del siglo. Sin embargo, no están totalmente inconexos entre sí. Un ejemplo impresionante lo ofrecen los vecinos de Cubagua que se trasladan en busca de ostiales intactos primero al Cabo de la Vela y luego a Río Hacha. También, en los Valles y en La Costa de los Caracas convergen los margariteños de Fajardo y los tocuyanos de Losada. Entre Mérida y Trujillo, en la región andina, se encuentran las huestes que bajan del Nuevo Reino y las que suben desde Coro.

Es interesante destacar que mientras desde el mar la región central de Venezuela, entre el Cabo Codera y Puerto Cabello, se presentaba a los ojos del navegante como un macizo elevado e imponente, para quienes querían entrar por el Oriente o el Occidente había costas bajas o en todo caso no muy elevadas. En un mapa publicado y comentado por Juan Friede, que debió ser dibujado en las décadas de 1570 ó 1580, el litoral central es descrito como “costa brava”. Además, mientras que en la región coriana y en la de Cumaná los españoles pudieron utilizar a Curazao y Margarita como bases, frente al tramo central las islas que existían eran de menor importancia y estaban mucho más alejadas de la costa.

En su excelente monografía La tenencia de la tierra en el litoral central de Venezuela, Ermila Troconis de Veracoechea sintetiza así las características orográficas e hidrográficas de la región:


“Las montañas del litoral descienden a 958 metros en el abra de Catia, remontándose frente a Caracas con el cerro del Avila, que tiene de altura 2.159 metros y la Silla de Caracas, con 2.640 metros, elevándose luego para adquirir su máxima altura en el Pico Naiguatá, con 2.765 metros, siendo ésta la mayor elevación del sistema orográfico de todo el haz montañoso central, formado por la Serranía del Interior y la Cordillera de la Costa.

“A todo lo largo de nuestra costa central, desde Chuspa hasta Carayaca, la muralla orográfica desciende en acentuado declive desde elevadas alturas hasta la orilla del mar, formando en algunos sitios grandes cantiles, lo cual influye notablemente en que el sistema hidrográfico de la región esté constituido por quebradas torrentosas de aguas perennes, por lo general, debido a la nebulosidad y a la frecuente lluviosidad en las cumbres, lo cual, desde pretéritos tiempos, ha sido causa de grandes desastres naturales que han dado como resultado inundaciones de trágicas consecuencias.

“Las aguas de estas quebradas y ríos han ido cortando esas altas terrazas que bordean la costa y, a través de los años, formando un festón litoral, producto de sus conos de deyección, en cuyo festón hay pequeñas y estrechas playas donde al correr del tiempo se originaron núcleos de población en torno a la actividad económica de las múltiples haciendas que allí se formaron.


Un interesante testimonio acerca de cómo evaluaban ese tramo costero los españoles de la época de la conquista lo ofrece la célebre Relación del Gobernador Don Juan de Pimentel, redactada en diciembre de 1578, es decir, cuando ya existían las ciudades de Santiago de León de Caracas y de Nuestra Señora de Caraballeda, pero no había ningún poblado en La Guaira. Respecto al clima de Caraballeda y su región, se expresa así Pimentel, quien había estado en dicha ciudad y además se había asesorado con su Cabildo y vecinos*: para elaborar su informe:


“El de Nuestra Señora de Caraballeda, que está en la costa del mar, su temple es generalmente caliente y húmedo; la mayor parte del tiempo reinan vientos y brisas que son levantes, y especialmente soplan con más furor desde noviembre hasta fines de abril. Comienzan de ordinario desde las nueve hasta la una o dos de la tarde. De mayo a octubre hay bonanzas, vientos mareros ponentinos y no fuertes, por lo cual en este tiempo la costa es más navegable. Es tierra de pocas lluvias; especialmente en la parte baja, junto al mar, son más frecuentes desde octubre hasta febrero.

En cuanto a la descripción de la costa, reproduzco a continuación la parte pertinente de la Relación del Gobernador:

El mar que alcanza la costa de esta provincia de Caracas, es desde el Cabo de la Codera hasta cerca de Borburata, como treinta y cinco leguas; es navegable y no áspero, porque en él no hay las tormentas que en la Isla Española y otras. Sólo se ha visto alterarse con viento norte y echar navíos a la costa; junto a tierra es mar algo brava para desembarcar y embarcar.


 En esta costa de ésta provincia hay muy pocas playas, porque lo más de ella es riscosa y de peñas tajadas, de suerte que todo lo demás de ella no se puede andar a caballo ni en muchas partes a pie. No hay en ella arrecifes señalados ni se ha visto, toda es hondable.

Las mareas son muy pequeñas en esta costa y los aguajes desde el mes de mayo hasta octubre corren hacia Levante y los otros meses al Poniente.


En esta costa de Caracas hay cabos e puntas señalados que son: Cabo de Codera y Cabo Blanco, entre los cuales está fundado el pueblo de Caraballeda. Cabo Blanco está [a] cuatro leguas o cinco, a la parte del Poniente de la dicha Caraballeda, y el Cabo de la Codera está para la parte del Levante como a once o doce leguas. Otros cabos y puntas hay de poca mención: hay algunas ensenadillas pequeñas que hacen puerto y sirven de abrigo a los barcos y en éstas paran y surgen los navíos y canoas que aquí vienen, que es al puerto de Guaycarnacuto que está la dos leguas de Nuestra Señora de Caraballeda, a la parte Occidental; y el puerto de La guaira que está a tres y el de Catia que está a cinco leguas a la parte del Poniente; y otros puertecillos hay en la costa abajo, hasta la Borburata, los cuales hacen algunas ensenadillas y todas están descubiertas al norte.

Como es bien sabido, al redactar su informe no actuaba Pimentel de motuproprio, sino que lo hacía en respuesta a un cuestionario enviado en 1577 por el Consejo de Indias. Cinco de las preguntas (los números 42 al 46) versaban sobre puertos. Como su contenido es de bastante interés para el estudio del tema que vengo desarrollando, incluyo el texto de cada una de esas preguntas con las respectivas respuestas de Pimentel, y algún comentario cuando lo estimo pertinente.


“XLII. Los puertos y desembarcaderos que hubiere en la dicha costa, y la figura y traza de ellos en pintura, como quiera que sea, en un papel, por donde se pueda ver la forma y talle que tienen.


Respondió Pimentel: En este capítulo me remito al pasado y a la figura y traza que de ellos envío’/20. En efecto, al contestar la pregunta anterior, N° 41, ya Pimentel había descrito los puertos de la Provincia de Caracas, los cuales aparecían además señalados en el mapa que acompañaba a la Relación. Ahí, en ese mapa, está representada con cierto detalle la costa del litoral central, y en ella se destaca el ‘Tuerto de La Guaira ‘. El puerto como accidente geográfico natural, no la población de La Guaira, que en aquella fecha no existía. Las dos únicas poblaciones que aparecen en el mapa son Caracas (que se lleva la parte del león) y una minúscula Caraballeda.

Siguen las preguntas del Consejo de Indias:

“XLIII. La grandeza y capacidad de ellos [de los puertos], con los pasos y leguas que tendrán, de ancho y largo, poco más o menos, como se pudiera saber, y para cuantos navíos serán capaces”.

A lo cual contestó el Gobernador: . En este capítulo me remito al cuarenta y uno, porque en esta costa no hay puerto señalado y aunque tienen este nombre son algunas ensenadillas que están tras alguna punta . Es decir que no había ningún puerto que se señalase o se destacase sobre los demás de aquella costa, pues en verdad no existían radas ni bahías abrigadas, sino ensenadas, y aún éstas de relativa poca monta, como lo indica el diminutivo empleado por Pimentel.

XLIV. Las brazas del fondo de ellos, la limpieza del suelo, y bajos y topaderos (rocas ocultas bajo el agua?) que hay en ellos, y en que parte están. Si son limpios de bromas y otros inconvenientes”.

Respuesta: Toda esta costa es muy hondable y limpia, no hay en ella bajos ni tupraderos , y aunque los navíos lleguen algo cerca de tierra como dos o tres tiros de piedra, surgen a diez y a doce brazas. No hay bromas en esta costa porque paran los navíos poco en ella. Los aguajes [corrientes] siempre corren a Levante y Poniente, como está dicho.


“XLV. Las entradas y salidas de ellos, [hacia] que parte miran y los vientos con que se ha de entrar y salir de ellos”.

Respuesta: En los puertos de esta costa todo es entrada y salida, porque, como está dicho, son algunas ensenadillas. Pueden entrar en ellos con brisas y con ponientes y nortes y salen de ellos con todos los vientos, salvo el norte, porque toda esta costa mira a él.

“XLVI. Las comodidades e incomodidades que tienen de leña, agua y refrescos [víveres], y otras cosas buenas y malas para entrar y estar en ellos”.

Respuesta: Hay mucha leña en toda esta costa porque es muy montuosa y cuando quieren tomar agua los navíos surgen frontero de una quebrada e riachuelo y la toman. Los refrescos son cazabe, carne y maíz, gallinas y alguna fruta como son plátanos, granadas, uvas, naranjas y melones. Los navíos en los puertos están con trabajo con el desembarcar, excepto [en] agosto y septiembre que hay algunas calmas-muertas.

Dos razones me han inducido a extenderme en la trascripción y ocasionalmente en el comentario de las preguntas y sobre todo de las respuestas procedentes. La primera es que esta parte del informe de Pimentel describe con riguroso espíritu científico30 la costa del Litoral central tal como ella se presentaba ante un español culto de la época. La segunda es que esta descripción habrá de ser tenida muy en cuenta cuando estudiemos la decadencia de Caraballeda y los inseguros inicios de La Guaira, como puerto de Caracas primero y como centro poblado después.


Olvidemos por un momento la Relación de Pimentel (que como se ha visto fue hecha 11 años después de la fundación de Caracas) y regresemos mentalmente a la época en que los altos valles y las bravias costas de la Cordillera Central no habían sido aún dominados por el conquistador hispano, y en ellos señoreaba el indio. Un indio que, como con justo orgullo lo señala Carlos’Navarro Giral, ha dejado marcada con su impronta la toponimia de la región. “Tierra y mar —escribe el mencionado autor— llevan aquí los nombres de gloriosos antepasados aborígenes: Naiguatá, Caruao, Guaicamacuto.

Las mismas condiciones adversas para la penetración hispánica que ofrecía el paisaje geográfico del litoral central se presentaban también si se consideran los factores demográfico-sociales. Mientras que en el Oriente (Margarita-Cubagua, Península de Araya) los europeos venidos por el mar hallaron guaiqueríes de apacible condición y en el Occidente (región coriana) se encontraron con los caquetíos (aruacos) que en general les recibieron pacíficamente y tenían además un nivel de organización social que facilitaba el entendimiento, otro fue el caso en la región central. En la que Miguel Acosta Saignes, maestro en estos y otros temas, denomina la costa caribe existía un mosaico de tribus caribes entremezcladas con grupos aruacos (o arawacos) “a quienes seguramente desplazaron en ciertos sitios del litoral, en fecha no determinada pero por lo menos 500 años antes de la llegada de Colón al Nuevo Mundo. “En la costa venezolana encontramos a los pueblos caribes, no asentados en pueblos muy cercanos al mar, sino en las serranías de la costa, con habitaciones temporales de pesca en las playas. Por lo general —continúa Acosta Saignes— habitaban cumbres o pequeños valles rodeados de alturas, donde instalaban puestos de vigilancia. Los poblados se instalaban naturalmente en sitios cercanos a ríos o quebradas. Por su parte, al referirse a la costa central de Venezuela, Mario Sano la e Iraida Vargas expresan que el “sistema de subsistencia dual, terrestre marino” era “característico de las poblaciones costeras prehispánicas venezolanas. Sin embargo, el Gobernador Juan de Pimentel, en su Relación ya mencionada, parece apuntar hacia una relativa especialización —que sin duda no hay por qué exagerar-— cuando expresa que los aborígenes de la provincia de Caracas, no tienen ni tuvieron género de granjeria ni contratación, sino es para la sal y pescado, que los de tierra adentro con cosas de comer van al mar a comprarla y trocar la sal y pescado por lo que llevan7. Actividad que confirma el mismo Pimentel cuando en otro lugar de su Relación escribe que los naturales van a las islas —La Orchila, los Roques, La Tortuga, etc— “en los meses de bonanzas por sal y pescado y por tortugas para comer y hacer aceite de ellas.

Con todo, esa actividad sería una de las varias a las cuales se dedicarían para asegurar su subsistencia, pues como lo expresa Acosta Saignes, los caribes “eran en la costa no sólo agricultores, sino cazadores, especialmente de venado, pescadores de muchas especies marinas y fluviales y recolectores. Respecto a la pesca, Pimentel anotaba en su Relación que cerca de Caraballeda había una laguna que “se ceba del mar cuando crece” y en ella “críase pescado”; en cuanto a la recolección, el mismo gobernador nos dice que en la costa los indios “tienen y benefician muchos árboles que llamamos uveros.

Respecto a la ubicación de las viviendas, un dato que proporciona un expediente de 1563 sobre la muerte de Diego García de Paredes (ocurrida en parajes cercanos a Catia La Mar) confirma que los bohíos de un caserío indígena se hallaban “en la falda de la serranía”, si bien “a corta distancia” (dice) de la orilla. Estaban, sin embargo, lo suficientemente alejados del mar para que desde el navío que había conducido al infortunado Maestre de Campo hasta aquel lugar no se llegase a percibir nada de la tragedia que le costó la vida a García de Paredes, aun cuando el buque había fondeado cerca de la costa .

Los cumanagotos, píritus, tomuzas y guarinos (que habitaban, junto con otros, la región comprendida entre el golfo de Cariaco y el Cabo Codera, así como el Alto Llano de Caracas) tenían poblados de cierta magnitud en los cuales alcanzaban a vivir centenares de personas, protegidos en algunos casos con empalizadas, lo cual dio lugar a que los españoles denominasen “palenques” a los indios guarinos”. En cambio, en la Cordillera del litoral, al oeste del Cabo Codera, los aborígenes tenían tendencia a vivir bastante dispersos, en pequeños grupos familiares, así se tratase de la familia extendida habitual en el ámbito agrario”. En carta dirigida al Rey desde Caracas, el 24 de diciembre de 1578, el Gobernador Pimentel ponderaba la dificultad de lograr que los indios se agrupasen en pueblo (bajo el control de los españoles, por supuesto) porque estaban acostumbrados desde antiguo” a “su manera de población, que es tener una casa muy apartada de otra y en lo más escondido que pueden. Acosta Saignes escribe que “los conjuntos de viviendas” constituían propiamente caseríos y no pueblos en esta zona”. Es cierto que la situación descrita por Pimentel, sobre la dispersión de los indios y su tendencia a ocultarse, podría atribuirse a una reacción natural de éstos ante los abusos de los encomenderos; y así pudo suceder en más de un caso. Pero también es cierto que el gobernador (quien era bastante objetivo, y defendía a los indios frente a los encomenderos), señala que la dispersión y el cuitamiento eran características tradicionales de los aborígenes de la región (“. . . acostumbrados desde antiguo. . .”) y no tenemos razones para dudar de que así fuera. A lo sumo, la presión de los españoles pudo contribuir a que en ciertos casos se acentuase una tendencia preexistente.

Un problema insoluble por el momento —dada la escasez de datos objetivos y las enormes contradicciones existentes entre los que se tienen— es el de evaluar con un mínimo de precisión científica la población aborigen del litoral central y de la cordillera correspondiente a dicho tramo costero, a la llegada dé los españoles. Acosta Saignes, quien estima en unas 500.0000 personas la población global de Venezuela al empezar el siglo XVI, hace prudentes consideraciones respecto a la zona costera en general:

“Sigue en importancia demográfica [después de la región andina venezolana] que responde también a las formas de producción de alimentos, la costa. Aunque en ella había ciertos sistemas generalizados, no se puede calcular en toda la zona costera un promedio general. Poseían mayor densidad demográfica al occidente los caquetíos y al oriente los guarinos. La cifra media disminuía al occidente de los primeros, en la costa central, y al oriente de los palenques, con ciertos altibajos.

Existen algunos datos, basados en apreciaciones subjetivas y de carácter muy general, que sin embargo pueden darnos una idea de las magnitudes implicadas. En un informe de 29 de octubre de 1571, fechado en Coro, el gobernador Diego de Mazariegos escribe que en la gobernación hay ocho pueblos de españoles con 500 vecinos, y 100.000 indios en total.

En 1587, en su tantas veces mencionada Relación, el Gobernador Juan de Pimentel da dos importantes noticias. Por una parte, calcula que en la fecha en que redacta su informe “Viven en toda esta provincia [la de Caracas únicamente, no toda la Gobernación] unos siete u ocho mil indios que están en buena paz y obedientes. . .”, pero cuando entraron en ella “los capitanes Francisco Fajardo y Diego de Losada y otros”, es decir, unos 20 años antes, “hubo muchos más indios en esta Provincia”, cuyo número disminuyó a causa de las “enfermedades de viruela, sarampión, cámaras, y romadizo, así como al “desasosiego de sus guerras pasadas y la entrada de los españoles a su pacificación. Por otra parte, Pimentel escribe más adelante en su Relación que después de la fundación de Caracas hubo una epidemia de “viruelas y sarampión que llevó la tercera parte de los naturales de esta provincia [la de Caracas]; y fue esta enfermedad general en toda esta gobernación [la de Venezuela] y fuera de ella.

Por consiguiente, si en 1578 (fecha del informe de Pimentel) los indios de la provincia de Caracas eran siete u ocho mil, en 1567, cuando se fundó Santiago de León de Caracas, eran por lo menos un tercio más, es decir, unos 11 ó 12 mil como mínimo, ya que a la mortalidad debida a las viruelas y al sarampión debería agregarse la imputable a las otras causas expuestas (guerras, distintas enfermedades, malos tratos, etc). Respecto a los malos tratos y al trabajo forzado hay claros testimonios en las obras de Veracoechea y de Morón.

Pero la dificultad antes apuntada para precisar el número de aborígenes de la provincia persiste, si se tienen en cuenta las enormes divergencias que se hacen patentes en varias declaraciones de testigos muy abonados que habían acompañado a Diego de Losada o que —-como en el caso de Garci González de Silva— se habían radicado en Caracas muy poco tiempo después de la fundación. Tales declaraciones fueron hechas en el mes de enero de 1589, con motivo de la pesquisa del Licenciado Leguizamón. El Capitán Garci González de Silva especifica que su testimonio se refiere a la región comprendida entre el Cabo Codera y Borburata, por la costa, y por el interior “toda la cordillera hasta los llanos”. Dice que según noticias recibidas de os soldados de Fajardo habría en la mencionada región, cuando aquéllos entraron —es decir, hacia fines de la década de los años 50— “como cuarenta o cincuenta mil indios”, y según otras noticias de los compañeros de Losada y lo que el mismo Garci González “vido cuando entró” —-es decir, en los años 1567-1568—, podría haber. . . “como treinta mil indios”; y que cuando él declaraba -—o sea, en 1589— habría “como once o doce mil indios, poco menos”. ¡De resultar ciertas estas apreciaciones, la población aborigen de la provincia de Caracas se había reducido en un 70% aproximadamente, en un lapso de 30 años! Pero otros testigos, que declaran en el mismo lugar, Caracas, y con el mismo objeto —la pesquisa de Leguizamón— el mismo año de 1589 nos dan cifras muy distintas. Francisco Infante, uno de los más notables compañeros de Losada, calcula que hacia 1567 había en la provincia de Caracas “25.000 indios, poco más o menos”, y que en 1589 había entre Caracas y Caraballeda (se refería sin duda no a las ciudades en sí, sino al Territorio que a cada una le correspondía) “hasta seis mil indios poco más o menos”. Infante atribuía la disminución a las bajas sufridas por los indígenas en su lucha contra los españoles y también al hecho de que después de la victoria de estos últimos, numerosos fueron los indios que “se ausentaron y huyeron de sus tierras por muchas partes y por la falta de comida y ausencia de sus tierras murieron mucha cantidad de ellos”. También la mortandad sería en este caso impresionante: ¡alrededor de un 75% en poco más de 20 años! El portugués Juan Fernández de León, otro de los compañeros de Losada, es el que da las cifras más bajas: “. . .al tiempo que entraron en esta provincia [en 1567] se decía había ocho o diez mil, que habrá [en 1589], a lo que a este testigo le parece, como cuatro o cinco mil indios, poco más o menos”. . . También este testigo se singulariza porque si bien atribuye la mayor mortalidad indígena a los combates y las epidemias, declara que “así mismo se murieron algunos en servicio de los españoles.

Difícil, por no decir imposible —repito-— resulta sacar conclusiones firmes de datos tan endebles y contradictorios como los anteriores. Pero sí pueden hacerse algunas reflexiones, con la debida prudencia y sin pretensión alguna a la infalibilidad. La primera sería que las cifras relativas al número de indígenas que existían en la provincia de Caracas (o sea, en el área grosso-modo especificada por Garci González de Silva) cuando entraron en ella los conquistadores hacia 1557-1567 podrían estar generalmente abultadas, y ser por ello menos dignas de fe, pues los españoles no tendrían tiempo —ni muchas veces oportunidad— de contar a los indios mientras peleaban con ellos y por otra parte es sabido que existe una tendencia inconsciente (nacida del muy humano temor) a exagerar el número de los enemigos contra quienes se combate; otra tendencia a la exageración proviene del orgullo, no menos humano, del vencedor, cuyas hazañas tienen mayor relieve cuanto mayor es el número de los vencidos. Por tales razones, es posible que las magnitudes de Pimentel y de Fernández de León (alrededor de 10 ó 12 mil indígenas en 1567) estén más cerca de la realidad que las de Garci González o de Infante (hacia 25 ó 30 mil). En cambio, las cifras sobre la cantidad de indígenas existentes en 1578 (unos 7 u 8 mil, según Pimentel) tienen más probabilidades de corresponder a la realidad, pues pacificada la provincia era más fácil (a falta de un verdadero censo, que no se hizo nunca) calcular su número con una relativa precisión, máxime teniendo en cuenta que Pimentel, como Gobernador, disponía de autoridad y de medios para informarse. Y si esto era así, la cifra dada por Pimentel en 1578 quedaría corroborada por los 5 ó 6 mil indios que según Infante y Fernández de León existirían una década después. Lo que sí está fuera de duda es la altísima tasa de mortalidad —debida a las razones apuntadas— entre 1567 y 1589, que alcanzaría por lo menos al 50%. . .! en poco más de 20 años!

Sea cual fuere su número, parece lógico inferir que los núcleos más densos de la población indígena estarían asentados en los valles internos de la Cordillera y en las laderas contiguas, desde la región de Barlovento hasta el lago de Valencia, y que la población de la costa y de las laderas que daban al mar sería sensiblemente menor. Lo cual/ aun siendo así, no excluiría que en determinados momentos, motivados por necesidades económicas o de defensa, grupos de habitantes del “interior” pudiesen trasladarse al litoral. Además de las condiciones del terreno, los caribes de la costa central venezolana y de los altos valles de la serranía contaron con otros factores que favorecieron también su larga —y en más de una ocasión victoriosa— resistencia contra los españoles. En primer lugar, su carácter altivo y guerrero. Así lo declaran cronistas e historiadores, y así lo dice el Gobernador Pedro Ponce de León en 1567: los naturales de la costa son muchos, prácticos y belicosos. En segundo lugar, el hecho de vivir relativamente dispersos (como se ha visto) les hacía imposible a los españoles actuar en esta zona como Cortés en Tenoxtitlán y Pizarro en Caja-marca, todas proporciones guardadas; o, en otro orden de ideas, como Ampies en Coro. Sin embargo, tal dispersión, que les favorecía en la defensiva, no impedía que los aborígenes de la región pudieran concentrarse para pasar al ataque, como lo hicieron más de una vez, bajo el mando de jefes militares valerosos y experimentados: Para-maconi, Chacao, Aricabacuto, Prepocunate, Guacaipuro, Naiguatá, Guaicamacuare, Guanauguata, los tres últimos del litoral central. Al respecto Acosta Saignes anota que existían en toda la costa jefes de guerra, designados según modos diferentes, quienes curante la paz no poseían la jefatura de sus tribus, y Sanoja-Vargas expresan que hacia la región más occidental66 los conceptos de autoridad se hacían más fluidos y las comunidades tenían un carácter más autosuficiente, planteándose la existencia de confederaciones inter aldeas bajo el mando temporal de un cacique o jefe único sólo en tiempos de emergencia. Estas confederaciones militares se facilitaban sin duda por un importante factor que destacaba el Gobernador Pimentel en su Relación: “La lengua de toda esta provincia y nación. . . es toda una y general Caracas. Difieren en parte algunas naciones de otras en alguna cosa, como Castilla y Montañas, Galicia y Portugal, y al fin se entienden. Y en verdad se entendieron muy bien para resistir y atacar, defendiendo sus costas, sus ríos, sus montes y sus hogares contra el esfuerzo individual o conjugado de los ejes de penetración hispánica del Oriente y del Occidente.



 

 

LAS PRIMERAS FUNDACIONES HISPANAS EN EL LITORAL CENTRAL
 


Mientras que los guaiqueríes en el Oriente y los caquetíos en el Occidente —para mencionar sólo dos casos bien conocidos— habían entrado en pleno contacto con los españoles desde hacía bastantes años, los indígenas de la región central sólo lo habían hecho de un modo esporádico antes de la llegada de Francisco Fajardo a sus costas en 1555. Cuando el mestizo margariteño entró en contacto con ellos, se encontró con un mosaico de tribus predominantemente caribes —aunque no faltaban entre ellas grupos de guaiqueríes— las cuales vinieron a ser conocidas por los conquistadores con el nombre general de “indios caracas”.

Desde Cubagua, y en fecha tan temprana como 1528, ‘ ‘los mancebos de Nueva Cádiz” hacían expediciones a las costas del litoral del Caribe, “desde Cumaná hasta Coro”, para rescatar —es decir, comerciar— “con los indios nuestros amigos”, y para “hacer entradas” allí donde los indígenas se les resistían. El objeto de tales “entradas” era obtener esclavos, que eran herrados como tales en la cara y luego vendidos, o dedicados a la pesquería de perlas. En 1531, fue organizada una de las tantas armadas con el objeto ostensible de rescatar con todos los indios de paz, nuestros amigos, y hacer guerra y prender y cautivar a los caribes y los otros indios alzados, en cualquier provincias” de la costa venezolana. El año siguiente, Hernando Carmona, alguacil mayor de la Nueva Cádiz, obtuvo permiso “para enviar la costa abajo a Luís de Sanabria en un barco y rescatar con los indios de las provincias de Píritu, Cúpira, Páparo y los Caracas”, pero en son de paz. Así y todo, trajeron cinco indios, que no fueron herrados como esclavos, pero sí exportados de Cubagua a alguna de las Antillas mayores. El 26 de febrero de 1538 el Emperador Carlos V —respondiendo a una solicitud hecha por el ayuntamiento de Nueva Cádiz el año anterior— autoriza mediante una Real Cédula a los cubagüenses a enviar una expedición marítima para “buscar nuevos yacimientos perlíferos a lo largo de la costa septentrional de Venezuela. Al respecto escribe Jerónimo Martínez Mendoza:

“Al recibir esta autorización, en la primavera de 1538, parten de la isla grupos de expertos pescadores en sus embarcaciones; y lentamente, pasando muchas penalidades, buceando centenares de veces, van explorando los fondos marinos de todos los lugares en que hubiese posibilidades de encontrar bancos de perlas. De esta manera escudriñan toda la Costa Norte de Venezuela, desde Cubagua hacia el Oeste, hasta que, contorneada la península de Goajira, en las cercanías del Cabo La Vela, en el otoño de aquel mismo año, descubren abundantes ostrales que prometen ser muy ricos”.

Aunque en muchos parajes del litoral central ni siquiera se detendrían los expertos buceadores, pues las corrientes, el oleaje y las condiciones generales del ambiente habrían de hacerles ver cuan poco probable era que allí hubiese ostras perlíferas, el hecho es que esta expedición debió de contribuir a que los españoles establecidos en Cubagua y Margarita conociesen mejor aquellas costas. Agotados los ostrales de Cubagua, “las armadas y entradas” en busca de esclavos se organizaron desde la isla Margarita a partir de 1542. Otte califica de enorme” el número de indios obtenidos mediante rescate —-un conveniente eufemismo de aquellos españoles del siglo XVI— o simplemente esclavizados por todas estas expediciones. Entre el 19 de septiembre y el 15 de octubre de 1543 tres personajes margariteños obtuvieron permiso para “rescatar” indios: Domingo Pérez, 25 piezas; Pedro Moreno, 60 y Juan Vázquez de Ulloa, 40. Es cierto que no todos ellos provendrían del litoral central, pero la zona hubo de sufrir, sin duda, de esas depredaciones, lo cual contribuiría a endurecer la actitud defensiva de los aborígenes de la región frente a los europeos. Por esto destaca Acosta Saignes la lentitud de la penetración de los españoles en el territorio venezolano, y precisa: “Los caribes mantuvieron a los invasores durante varias décadas muy ocupados en la costa”.

Las consecuencias de tan inmisericorde explotación de los indios se reflejan en las instrucciones que Juan de Villegas le dio en El Tocuyo, el 19 de noviembre de 1549, a su teniente Peralvarez (Pedro Álvarez) al facultarle para “poblar en el puerto de La Borburata”. Se refería allí el capitán segoviano, entre otras cosas, a “los pocos indios que en la dicha costa hay, por haberles llevado en tiempos pasados armadas de la isla Española y Cubagua”. Y más lejos reiteraba que a los indios de la región no les hiciese guerra Perálvarez ni consintiese que se les hiciera, “aunque de presente alguno no quiera venir a la dicha paz, lo cual no es de maravillar —sigue diciendo Villegas— según los malos tratamientos y robos que en ellos han hecho armadas de la Española y gente de Cubagua”.

Esa misma política de paz y de comprensión hacia el indio que planteaba Juan de Villegas fue la que puso en práctica el antes mencionado Francisco Fajardo, nacido en la isla Margarita, hijo del conquistador español Diego Fajardo y de la “india Isabel, cacica de la nación de los guaiqueríes y nieta de Charaima, cacique de los mayas que poblaban parte de la costa de Tierra Firme’ Era también según el Hermano Nectario María, a quien sigo aquí) sobrino de guará, uno de los principales jefes de guerra de la costa.

En el primer viaje hecho a la costa de los caracas por abril de 1555, Fajardo —a quien acompañaban, en dos grandes piraguas, 20 indios guaiqueríes y tres mestizos como él— se limitó a establecer contacto con los aborígenes, a “rescatar” con ellos y a reconocer la región; ‘antes de que terminara el año de 1555 (escribe el Hermano Nectario María) regresó a la isla de Margarita. . . con la voluntad de preparar una expedición formal para fundar pueblo en el sitio más a propósito y conveniente de aquellas tierras, de cuya feracidad y hermosura habíase enamorado”.


Durante su segundo viaje, iniciado al parecer en 1557, Fajardo desembarcó en la ensenada de Chuspa —donde ya había tocado dos años antes— y estableció su campo en el lugar llamado El Panecillo, a poca distancia hacia el Occidente. Le acompañaban su madre, once españoles y cien indios guaiqueríes que con él habían salido de Margarita, así como una centena más de indígenas de la región de Piritu que se le unieron en el camino, encabezados por uno de sus caciques que había sido bautizado. En El Panecillo, Fajardo recibió la visita de varios caciques de la región, entre ellos Paisana y Guaimacuare, “quienes le cedieron las tierras de Catia para que tomara allí asiento definitivo”. Pero el mestizo margariteño no quería limitarse a llevar a cabo una fundación de hecho, una ranchería, sino que deseaba enmarcar su acción dentro del ordenamiento legal entonces vigente. Para “asentar sobre bases firmes la fundación que deseaba ejecutar”, necesitaba obtener “la venia y protección del Gobernador ce la provincia”. A solicitarla fue Fajardo, con algunos de los suyos, hasta Borburata por marzo y de allí por tierra se encaminó a Barquisimeto y El Tocuyo. Aquí, se entrevistó con el Alcalde Gutierre de la Peña, quien desde el 7 de junio de 1558 era Gobernador interino de Venezuela en sustitución de Alonso Arias de Villasinda, fallecido éste en Coro en febrero del año anterior83. “Gutierre de la Peña recibió a Fajardo con toda consideración y le prestó el mayor apoyo. . . Enterado de sus proyectos, los hizo suyos, le favoreció con gente y le dio órdenes para que poblara, allí donde se había establecido, la ú la de Catia4 que determinó llamar de este nombre porque ésta era b resignación que daban a aquel lugar los indios comarcanos”. Sea cual fuere el lugar exacto donde se asentó la población fundada por Fajardo con autorización de Gutierre de la Peña —quien “hizé alcalde ordinario” de la misma al mestizo margariteño—-y bien fuese su nombre Villa de Catia, como lo expresa el Hermano Nectario María, o Villa del Rosario, como lo dice Oviedo y Baños, el hecho cierto es que esa población —y en esto sí están de acuerdo todos— tuvo una efímera existencia: fundada al parecer en 1558 (en todo caso, no antes de julio de ese año), fue despoblada “casi de inmediato”, como lo asienta Morón y lo ratifica el Hermano Nectario María. Su importancia radica en el hecho de haber sido el primer establecimiento hispano en la zona del litoral central. Las causas de su despoblamiento son dignas de ser tenidas en cuenta. Oviedo y Baños las narra así:

“. . .aunque esta población a los principios fue muy del agrado de los indios, por la afición que con el trato habían cobrado a los nuestros, después empezando a experimentar algunas vejaciones en el violento proceder de los soldados, empezó también a resfriarse aquel amor con que habían deseado tener en su compañía a Fajardo; y creciendo las molestias con descaro al paso que los indios las toleraban con disimulo, llegaron a apurar tanto el sufrimiento, que arrepentidos de haber buscado por su mano los daños que padecían con la amistad española, se resolvieron a remediar con las armas el yerro de su imprudencia”. Guaimacuare era partidario de contemporizar, pero Paisana se lanzó a la guerra, y después de varios episodios que relata en detalle Oviedo y que sintetiza bien Nectario María, Paisana murió ahorcado por orden de Fajardo, pero éste tuvo que abandonar la región y regresar a la Margarita. Otro aspecto que debe ser destacado es el hecho de que en este segundo intento de Fajardo se produce ya la unión del eje de poblamiento oriental con el occidental en una empresa común, cual es la conquista de la región central. En efecto,”si Fajardo tiene su base en Margarita y quienes lo acompañan —españoles, mestizos o indios— son de la región oriental, la autorización para actuar, así como algún refuerzo en hombres91, los recibió en El Tocuyo del Gobernador Gutierre de la Peña, ya que la provincia de Caracas se hallaba dentro de la jurisdicción de éste.

La tercera y última jornada de Fajardo a la región central tendrá características similares. Por una parte, se inicia con un avenimiento pacífico de españoles e indios y termina con un violento enfrenta-miento entre unos y otros. Por otra parte, Fajardo obtiene la necesaria autorización legal de las autoridades (de la Real Audiencia de Santo Domingo y del Gobernador de Venezuela) así como apoyo militar del segundo; pero ello no bastaba para garantizar el éxito de su empresa. En cierto modo, pareciera como si el tercer intento de Fajardo fuese una repetición, en mayor escala y con más intensidad, de la segunda.

Además del respaldo de la Real Audiencia, Fajardo obtuvo en Santo Domingo a sus propias expensas armas, caballos y algunos hombres, con todo lo cual, y con los recursos que tenía en la isla Margarita, “logró reunir una expedición compuesta de doscientos indios, y de once españoles” con los cuales volvió a la costa y se entendió de nuevo con su amigo Guaimacuare. Los hombres de armas que acompañaron a Francisco Fajardo fueron (según Oviedo y Baños) Lázaro Vásquez, Juan Jorge de Quiñones, Cortés Richo, Martín de Jaén, Juan Fernández (o Hernández) Trujillo, Gaspar Tomás, Juan de San Juan, Hernando Martín, Luís de Ceijas o Seijas, Andrés González y Alonso Fajardo. El Hermano Nectario María menciona además a Antón Salvador y Gonzalo de Martos. Españoles, portugueses y mestizos. Con cinco de ellos —los que encabezan la lista— Francisco Fajardo se encaminó por tierra en busca del Gobernador —que era ya, entonces, Pablo Collado— mientras los demás, junto con los indios, vivaqueaban en Caruao al arrimo de Guaimacuare. Tramontaron Fajardo y sus compañeros la serranía, lograron captarse en los altos de Lagunetas la buena voluntad de los terepaimas, y llegaron a Valencia, desde donde Fajardo hizo saber sus propósitos al Gobernador Collado, quien se hallaba en El Tocuyo. El Gobernador aprobó el proyecto de Fajardo, le confirió la empresa, le confirió a Fajardo el título de Teniente General suyo para la empresa de conquistar la región de los caracas y le facilitó algunos hombres de armas, 30 según Oviedo y Baños. Se convino en que la población que iba a fundar Fajardo en la costa llevaría el nombre de El Collado en honor del Gobernador. Todo lo relativo a la tercera jornada de Fajardo que hasta aquí hemos referido debió de ocurrir en los meses finales de 1559″. Luego el margariteño se devolvió por donde había venido, y en el valle de Maya, por donde corría el río Guaire, fundó un asentamiento, dejó allí el ganado vacuno que traía consigo desde Valencia, y pasó a la costa.

Allí, atestigua Lázaro Vásquez, uno de los compañeros de Fajardo, éste, “con poderes del Licenciado Pablo Collado. . . en la costa de la mar pobló un pueblo que llamaron El Collado adonde ahora llaman Nuestra Señora de Caraballeda”. Lo mismo expresa en  sustancia el Gobernador Pimentel: que Fajardo, después de recibir del Licenciado Collado poderes de Teniente y Capitán para poblar;! repartir, y encomendar los indios naturales, fundando pueblo. . . lo fundó donde ahora esta y le puso por nombre Collado, por el Gobernador, que ahora se llama Nuestra Señora de Caraballeda, y que está ocho o nueve leguas más abajo del Panecillo, al Occidente”. Esto debió de ocurrir en los primeros meses de 1560. Fajardo hizo una fundación en regla, pues designó un Cabildo, cuyos primeros alcaldes fueron Lázaro Vásquez y Martín de Jaén. En 1589, según testimonio del primero de los nombrados, además de él mismo sobrevivían tres de los 20 fundadores del Collado: Gómez de Silva, quien era vecino de Caracas en 1589, Juan de San Juan, ‘Vecino de Caraballeda”, y Martín de Jaén, “mestizo que reside en la isla Margarita”. La Villa del Collado, formalmente fundada por Francisco Fajardo en el litoral central con poderes de quienes ejercían jurisdicción sobre aquel territorio, no sobrepasó mucho los dos años de vida. Como sucedía con frecuencia, surgieron entre los españoles rivalidades nacidas de la codicia o del afán de mando. El Gobernador Collado, obnubilado por el brillo del oro que Fajardo logró encontrar en la región de los Teques, le retiró el título de Teniente suyo para dárselo a otros, aunque le confirió las funciones de Justicia Mayor del Collado. Por otra parte, fueron frecuentes los roces entre Fajardo, como personero del Collado, y Antonio Cobos, Justicia Mayor de la Nueva Córdoba (Cumaná) cuyas respectivas jurisdicciones no se hallaban bien delimitadas o no eran respetadas por el uno o el otro. A mediados de 1561, cuando se supieron la llegada de López de Aguirre a la Margarita y los desmanes cometidos por él, Fajardo se preparó para enfrentarse al Tirano y aun se disponía a salir a su encuentro, a pesar de las trabas que al parecer le puso Cobos110. Pero no fueron las desaveniencias entre españoles —cosa normal al fin y al cabo— ni la amenaza del Tirano —quien pasó directamente de Margarita a Borburata— las que acabaran con la villa del Collado, sino una sublevación general de los indios de la región central, que a comienzos del año de 1562 obligó a Fajardo a abandonar la población de San Francisco, establecida en el valle de Caracas, y replegarse al Collado.

Unidos los indios del litoral y los de tierra adentro, quienes contaban entre sus jefes a combatientes tan valerosos y experimentados como Guaimacuare y Guacaipuro, ejercieron sobre El Collado una presión que resultó insostenible para los españoles. Una salida que éstos efectuaron, mandados por Juan Jorge de Quiñones, no pudo obligar a los indios a levantar el sitio. He aquí lo que relata un’ contemporáneo:

“. . . en la costa de la mar. . . los indios de toda la tierra se convocaron y vinieron de hecho a matar a los españoles y despoblar el puerto [El Collado] y que se habían defendido peleando valerosamente y el dicho Capitán conquistador Juan Jorge de Quiñones por su grande valor y ánimo y buenas disposiciones fue parte para que no los matasen a todos, o llegasen a manos; y en la refriega. . . lo hirieron por muchas partes y viéndose herido de muerte les dijo a sus soldados: -—si estos indios saben que soy muerto, han de volver y matarlos a todos; y ansí en muriendo no me entierren y hagan en mi cuerpo apariencia que estoy vivo, y traten de salirse luego y vayan al pueblo de la Borburata. . ,”.
Pero de nada les valieron ardides ni valor ni constancia. Fue necesario abandonar El Collado. Una de las mujeres que en la villa estaban, Juliana Hernández, cuenta que eran muchos los indios y que fue forzoso huir. El capitán Fajardo, con algunos soldados, se fue a la Margarita, y Lázaro Vásquez y Fernando Martín (amo de la declarante), con ella y con varios soldados se embarcaron en una piragua que los llevó a la Borburata.

Las fechas del despoblamiento de San Francisco y del Collado no son mencionadas en ninguna de las fuentes coetáneas que he consultado. Lo único evidente es que su abandono se produjo en ese orden: primero San Francisco y luego El Collado. Para poder precisar la segunda debemos, pues, empezar por determinar la primera. Y ésta, a su vez, está relacionada con la muerte de Juan Rodríguez Suárez, con la llegada a Venezuela del Licenciado Alonso Bernáldez para tomarle residencia al Gobernador Collado, y con la desgraciada expedición de Luís de Narváez. El nudo del problema radica en dos afirmaciones contradictorias entre sí que se le deslizaron al Hermano Nectario María en su Historia de la Conquista y Fundación de CaracasllA. Por una parte el benemérito historiador, al rectificar algo que considera “totalmente incierto” en Oviedo y Baños, afirma que la expedición de Narváez no la preparó el Gobernador Collado en enero de 1562, sino que lo fue por Bernáldez “ya muy entrado el año 1562″, Pero por otra parte el propio Hermano nos dice que algunos de los “supervivientes de la malograda expedición de Narváez. . . llegaron a San Francisco, donde les esperaba Fajardo. . .”; y continúa explicando que éste “no abandonó de inmediato a San Francisco, sino que los indios lo atacaron en el recinto donde se había fortificado y en donde resistió valerosamente” hasta que habiendo perdido seis o siete hombres aprovechó el sosiego de una noche para retirarse con todos los suyos a la Villa del Collado. Concluye así el autor a quien vengo glosando: “Sucedía esto en los últimos días del año de 1561 o comienzos del siguiente”.

Es patente la contradicción. Si la expedición de Narváez había salido en junio de 1562, y después de su derrota a manos de los indios algunos de sus integrantes habían logrado llegar a San Francisco antes del abandono de este lugar, es obvio que tal abandono no podría haberse producido a fines de 1561 o comienzos de 1562, sino, en todo caso, después de junio de este último año. A menos, naturalmente, de que Narváez hubiera salido mucho antes: en enero y no en junio. Tal vez, en fin de cuentas, nuestro viejo y tan magullado —y tan utilizado—José de Oviedo y Baños tenga razón en este caso. Voy a exponer los motivos que me hacen creerlo así.

A mediados de septiembre de 1561 debió enterarse Juan Rodríguez Suárez, en San Francisco, de- que Lope de Aguirre había desembarcado el día 2 en la Borburata y por consiguiente decidió salir con algunos compañeros escogidos hacia Valencia, con ánimo de reforzar a los vecinos de dicha ciudad y enfrentarse al Tirano. Por consiguiente, la muerte de Rodríguez Suárez a manos de los indios alzados debió de producirse a fines de septiembre o muy a comienzos de octubre de ese año. Cuando Fajardo —posiblemente en el Collado— supo este desgraciado acontecimiento envió a un emisario por mar hasta Borburata, y desde allí a donde estuviera el Gobernador Collado, en solicitud de auxilios.

El emisario no pudo entrevistarse con el Gobernador sino a comienzos de noviembre, pero aún cuando hubiese llegado antes no era posible socorrer a Fajardo con hombres de armas sin haber acabado primero con el Tirano Aguirre, quien como se sabe murió en Barquisimeto el 27 de octubre de 1561. Fue, pues, a comienzos de noviembre cuando pudo pensarse en forma una expedición para socorrer a San Francisco y al Collado contra los indios que amenazaban a esas poblaciones. Durante las primeras semanas de noviembre tal vez el Licenciado Pablo Collado —algo repuesto del susto que le había dado Lope de Aguirre—- acarició la idea de conducir en persona la expedición, y pudo dar orden de que algunos de los marañones del Tirano, a los cuales había ofrecido perdonarles la vida, se concentrasen en Valencia en previsión de la jornada. Es posible también que tal como lo sugiere el Hermano Nectario María, enviase a algunos marañones, por mar, de Borburata al Collado. Pero si así fue, nada tenían éstos que ver con la ulterior expedición de Narváez. Otros marañones se quedaron en Barquisimeto y algunos más se regaron por todo el territorio de la gobernación, justamente temerosos de que pudiera alcanzarles un merecido castigo. Fue entonces cuando desembarcó en la Borburata, el 24 de noviembre de 1561, el Licenciado Alonso Bernáldez, llamado “Ojo de Plata”, a quien la Real Audiencia de la Española enviaba a Venezuela como Juez de Residencia para tomársela al Gobernador Collado y para dirigir —junto con el general Juan de Ojeda, quien vino con buques y hombres— la campaña contra el Tirano. Como ya éste había muerto, Ojeda regresó a Santo Domingo con sus fuerzas (llevándose presos a varios marañones) y Bernáldez se dedicó a incoarle a Collado el juicio de residencia, que inició en El Tocuyo el 19 de diciembre de 1561. Como era usual y lo prescribían las leyes, desde el momento mismo en que se abrió el juicio Collado cesó en el mando y Bernáldez pasó a ser la primera autoridad de la Gobernación, aunque de hecho no tenía el nombramiento de Gobernador.

Si el Licenciado Collado había pensado en mandar en persona la expedición que preparaba para socorrer a Fajardo, ello resultaba imposible después de la llegada de Bernáldez y cuando éste debía residenciarle. Fue, pues, necesario buscar otro jefe para la jornada. Según Oviedo y Baños, el Licenciado Collado pretendió encomendársela a Diego García de Paredes, quien se excusó porque pensaba viajar a España. Fue elegido, entonces, Luís de Narváez, “hombre noble, natural de la ciudad de Antequera en la Andalucía, que a la sazón era Alguacil mayor del Tocuyo”. Agrega Oviedo y Baños —quien parece haber manejado documentación coetánea, dada la precisión de las noticias que ofrece— que Narváez, prevenido de todo lo necesario, con bastante carruaje [i.e., equipaje, impedimenta] y sobrado número de gente de servicio, salió de Barquisimeto por principios de enero del año sesenta y dos”. También dice claramente el historiador a quien sigo que fue el Licenciado Pablo Collado quien nombró a Narváez Capitán de aquella expedición. Esto último no era, ni podía ser, verdadero, ya que en enero de 1562 Pablo Collado no ejercía el mando. Es posible —aunque no existe de ello ninguna prueba— que Collado lo hubiese nombrado en noviembre de 1561, o que le hubiese ofrecido entonces ese encargo. Pero de todos modos tuvo que serle ratificado por Bernáldez. Por esto, Pimenrel dice en su Relación —sin mencionar fecha alguna— que “el Licenciado Bernáldez, que gobernaba por vuestra Real Audiencia del: Santos Domingo, envió al capitán Luís de Narváez para pacificar los naturales. poblar y socorrer a Francisco Fajardo con 60 hombres, a los que con su capitán mataron los indios excepto seis o siete soldados que escaparon huyendo”. Y relata, después, el abandono de San Francisco y del Collado. Por esto Luís Alberto Sucre, haciendo una atinada síntesis de lo que dicen Oviedo y Pimentel, escribe que Alonso Bernáldez “tomó la residencia a Collado y sus tenientes; y en enero de 1562] despachó para los Caracas la expedición de Narváez en auxilio de Fajardo… Que fue Bernáldez quien lo hizo queda  afirmado por la Real Cédula de 17 de junio de 1563, donde el Rey, Defiriéndose a los informes que se le habían enviado desde Venezuela, así lo declara. En esto, indudablemente, acierta el Hermano Nectario María. Pero sus argumentos para sostener que la expedición salió en junio de 1562 no son convincentes, pues los testimonios que aduce nada dicen en cuanto a la época en que se inició la jornada y se limitan a afirmar que fue Bernáldez quien nombró a Narváez Capitán de la misma. De esto último, repito, no hay duda. Pero lo cierto es que Bernáldez tanto pudo despachar la expedición en enero como en junio, pues la misma autoridad tenía en un momento y en el otro. Y cómo se justificaría un retraso de 5 ó 6 meses, dada la angustiada situación de San Francisco y El Collado? Lo natural era que la expedición se pusiera en marcha de inmediato, es decir, a comienzos a enero, como lo afirma Oviedo y Baños.

Si aceptamos que Luís de Narváez salió de Barquisimeto a  principios de enero de 1561, y pensamos que su marcha debió de ser bastante lenta dado “el carruaje” (impedimenta) que llevaba, su derrota en la región del río Tuy pudo ocurrir hacia fines de ese mes, tal vez hasta un poco más tarde. Así, el abandono de San Francisco podría situarse —de un modo aproximado— en febrero de 1561 y del mismo modo el despoblamiento del Collado en febrero-marzo de ese año.
Así se extinguió El Collado. En su Historia, tan influida por los modelos de la antigüedad clásica, relata Oviedo y Baños que Francisco Fajardo, antes de abandonar la población, “obligó a que con juramento le prometiesen sus soldados que le acompañarían en cualquier tiempo que intentase volver a conquistar la provincia”. No tuvo otra oportunidad: mientras organizaba su cuarta jornada, Faiteo perdió la vida, en 1564, a manos de su enemigo Alonso Cobos.

Una vez más, los indígenas de la costa caribe central habían triunfado. El 15 de noviembre de 1562, desde Coro, el Gobernador Alonso Pérez de Manzanedo hacía el balance de la situación: El 3 de septiembre había desembarcado “en el pueblo de Coro, que es la principal ciudad de esta Provincia” y donde está “la Iglesia Catedral de este Obispado”. Informa que en la Gobernación hay “7 pueblos de españoles” (es decir, ciudades) que entre todos cuentan con unos 160 vecinos. Los indios están alzados, han perdido el miedo y “han despoblado dos pueblos de la costa de Caracas y de un año a esta parte en veces han muerto más de noventa cristianos y muchos indios amigos”. Uno de los “dos pueblos” despoblados por los indios era, sin duda alguna, El Collado. El otro, posiblemente, San Francisco. El valetudinario funcionario temía que los indios atacasen a Valencia y a la Borburata, cada una de las cuales tendría una docena de vecinos. Por si no bastasen los caribes de Tierra Firme, también los de las islas hacían de las suyas: casi en los mismos días en que el Gobernador escribía lo que acaba de leerse, 16 piraguas de indios caribes de las Antillas merodeaban por las costas de Margarita.

Cuando las noticias de la derrota de Luís de Narváez y del abandono del poblado de San Francisco y de la villa del Collado por Fajardo llegan a la Corte, Felipe II envía una Real Cédula, fechada en Madrid el 17 de junio de 1563, a su gobernador de la Provincia de Venezuela. El poderoso monarca está indignado porque “en esa provincia de Venezuela se han rebelado y alzado muchos indios contra los españoles que en ella hay, y han muerto muchos de los dichos españoles. . .”. Exigía que se les “pacificase”. Las sombras de Guacaipuro y de los demás jefes caribes, agigantadas, llegaban hasta la península misma, e imponían respeto. Alonso Bernáldez, al salir de Santo Domingo en noviembre de 1563 para encargarse por segunda vez de la Gobernación de Venezuela, escribía: “. . .la tierra Venezuela] tiene necesidad de cabeza que la gobierne, a causa de que los indios van cobrando grandes alas”.

Con el abandono de El Collado y la muerte de Francisco Fajardo, se cierra la etapa “margariteña” de los intentos de penetración en la zona central. Es cierto que también fracasan Luís de Narváez, Juan Rodríguez Suárez y el propio Bernáldez, que se acercan a la zona Caracas-Los Teques por tierra, desde el Occidente. Pero alguna vez el equilibrio tendrá que romperse. Como muy bien lo explica Demetrio Ramos, (refiriéndose concretamente a la jornada de Narváez, pero con una observación que es válida para otros casos) . . esta expedición a los caracas es un hecho derivado. . . del desplazamiento del centro de gravedad venezolano, que desde Coro se había polarizado en el área interna El Tocuyo-Barquisimeto”. Este núcleo necesitaba una nueva puerta costera”, pues Coro y sus puertos estaban lejos y separados por varias serranías. La vía del río Yaracuy -—que además pasaba cerca de las minas de Nirguata— condujo a la elección del puerto de la Borburata. Pero los indios caracas amenazaban a ese puerto, y podrían destruirlo como lo habían hecho con El Collado. Cuando el Gobernador Pedro Ponce de León llegó a Venezuela en mayo del 1566 encontró a los vecinos muy fatigados, así de corsarios como de los indios de la Provincia de Caracas, y éstos últimos trataban de destruir a la Borburata. Había llegado la hora de Diego de Losada, la hora de Nuestra Señora de Caraballeda.

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Felipe II pintado por Alonso Sánchez Cuello. (0.88 x 0.72)

La obra es anterior al año de 1582.

Museo del Prado, Madrid. Nº 1036.

 



 

 

ORIGENES Y DECADENCIA DE CARABALLEDA
 


No tendría objeto narrar aquí, una vez más, las peripecias de la jornada que desde El Tocuyo condujo a Diego de Losada hasta el valle donde fundó en 1567 la ciudad de Santiago de León de Caracas143. Es necesario, sí, destacar tres cosas. Primero, que en este caso el impulso vino de tierra adentro, no de la costa, y que por consiguiente Caracas fue fundada antes que Caraballeda y tuvo desde el comienzo mayor peso específico que ésta. En segundo lugar, que mientras los dos centros poblados establecidos por Fajardo tuvieron a lo sumo el status de villas lo que Losada fundó fueron dos ciudades, con el status jurídico de tales. Finalmente, todos los testimonios concuerdan en que Nuestra Señora de Caraballeda se fundó en el mismo lugar que había ocupado El Collado, aunque se trataba de dos poblaciones distintas.

Veamos lo que sobre la fundación de Nuestra Señora de Caraballeda, en la costa de la mar, nos dice el más antiguo de los testimonios que conozco, casi coetáneo, pues corresponde al propio año de 1567 en que fueron fundadas Caracas y Caraballeda. Se trata de la carta que desde Coro dirige al Rey, el 15 de diciembre de aquel año, el Gobernador de la Provincia de Venezuela Pedro Ponce de León, quien entre otras muchas cosas escribe: para la cual jornada la de los caracas nombré por Capitán a Diego de Losada, hijodalgo y uno de los primeros pobladores de esta tierra, que con la gente que levo tiene poblados los dos pueblos que los indios primero habían despoblado y según los muchos naturales pretende poblar otros dos pueblos, porque a fama de los mineros [i.e., minas) de oro que hay en tierra ha acudido mucha gente de otras partes con sus hijos y mujeres; lo que sucedió en la dicha población, por la relación que con ésta envío será Vuestra Majestad informado. . ."Aunque el gobernador no menciona los nombres de los "dos pueblos" que losada "tiene poblados" y que habían sido antes destruidos por los indios, se trata, sin duda alguna, de Caracas y de Caraballeda.

Es interesante señalar que Ponce de León, al referirse en ese mismo documento atrevimiento" de los corsarios y de los indios le Caracas, que habían intentado despoblar —es decir, aniquilar— pueblo y puerto de Borburata", matando a los vecinos que allí residían, escribe que si lo logran "la tierra quedará destruida, porque esta Gobernación no hay otro puerto de donde se puedan proveer los vecinos de cinco pueblos que están la tierra adentro y aun algunos de los del Nuevo Reino cercanos a esta Gobernación". A primera vista, resulta un poco sorprendente esta afirmación de Ponce de León. ¿Cómo podía olvidar la existencia de La Vela, el puerto de Coro" y de la misma Caraballeda que él no podía ignorar que estaba a la orilla del mar? Pero si analizamos su afirmación, podemos entender sus razones.

El no afirma que Borburata sea el único puerto puerto poblado, se entiende) de la Gobernación, sino que no hay que sirva de enlace con el exterior para los cinco pueblos del interior, es decir, Valencia, Barquisimeto, El Tocuyo, Trujillo y la u Rica o Nueva Jerez (Nirgua), así como algunos de la Nueva roda, como Mérida, San Cristóbal y tal vez Pamplona. Recuérdese que Maracaibo aún no había sido poblado por segunda vez, ya Ponce de León habla en esa carta, precisamente, de su propósito de hacerlo. Para Valencia, Barquisimeto y las demás poblaciones ".endonadas el acceso a la Borburata, (directamente en el caso de .rucia, por el río Yaracuy en los otros) era mucho más fácil que ir a  y La Vela a través de las serranías. La Borburata de entonces no debía estar en el lugar que hoy ocupa el caserío de este nombre, sino: magnífica bahía Puerto Cabello. Así lo demuestra el mapa antes mencionado, elaborado en las décadas de 1570 u 80 donde el puerto la Borburata se destaca por su amplitud. Además, el Obispo fray de Agreda escribía en 1574 que el puerto "que llamamos Borburata" era "uno de los mejores de todas las Indias", ¿Y a qué puerto, sino al que hoy denominamos Puerto Cabello, podría aplicarse tal calificativo?

En una nota puesta a la obra de Fray Pedro Simón, Demetrio Ramos se refiere al desplazamiento del centro de gravedad de la Gobernación de Venezuela desde el occidente hacia el centro. Así ocurrió, en efecto, entre 1530 y 1570. Primero es Coro, luego El Tocuyo-Barquisimeto, después Valencia (aunque ésta fue más bien, durante las décadas 50-60, una población "de frontera") y finalmente Caracas. El auge y decadencia de los puertos sigue el mismo periplo. La Borburata sustituye por un tiempo a La Vela, y a su vez es sustituida luego por La Guaira.

Puede resultar útil, llegados aquí, examinar las relaciones recíprocas entre el puerto y su hinterland. En el caso de Coro, la distancia entre la ciudad y el mar es tan corta, y el camino tan fácil de transitar, que bien se puede hablar de puerto y antepuerto, en el sentido en que lo hace Vila, como una sola entidad. No parece que en La Vela de Coro (ni en el Golfete tampoco) hubiese habido entonces ningún núcleo poblado: era, simplemente, un desembarcadero, donde vivirían tal vez algunos pescadores. La Borburata es fundada a partir de Barquisimeto y sirve —como se ha dicho— de punto de contacto con el exterior para la misma Barquisimeto, Villa Rica, El Tocuyo, etc. Pero en este caso no sólo hay puerto, sino que existe dudad, con cabildo, autoridades y todo el status jurídico-social correspondiente. Aunque la población junto al puerto es fundada por gente llegada de tierra adentro, la Borburata contribuye luego, a su vez, a fundar una ciudad interiorana como Valencia. En la región de los Caracas, El Panecillo (como asentamiento de hecho), la villa de Catia y El Collado son poblaciones edificadas a la vera del mar, cuya presencia antecede a las fundaciones hechas en los valles interiores. Con la aparición de Caracas y Caraballeda el panorama cambia, pues nos hallamos ante dos ciudades de igual jerarquía jurídica fundadas prácticamente al mismo tiempo, una en el litoral y otra en la serranía. Cuando desaparezca Caraballeda y surja La Guaira, la situación cambiará de nuevo; pero este es un tema que habrá de ser tratado en el momento oportuno.

Desde fines de la década de 1520 —con la presencia, frente a la isla de Cubagua, de Diego Ingenios— piratas, corsarios y bucaneros se enseñorean del Caribe y amenazan las posesiones españolas. Las poblaciones que son puertos de mar, o que están cerca de la costa, son las que corren mayor peligro, sin que las otras puedan sentirse totalmente a salvo. Precisamente en ese mismo año de 1567 en que se fundaba Caraballeda los corsarios franceses y escoceses saqueaban a ya Borburata, y quemaban a esa última ciudad. Coro revivió, pero la Borburata no pudo hacerlo, y en 1568 (o tal vez unos pocos años más tarde) dejó de existir como ciudad, aunque ello no excluye algunos grupos humanos permaneciesen en la región, que a partir de entonces —junto con los extensos o intrincados manglares del Golfo Triste— se convirtió en un emporio de contrabandistas durante más de siglo y medio.

El más antiguo de los documentos fechados en Caraballeda que conocen es el título de la encomienda otorgada ajusto Desque, que firma Diego Losada en "esta ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda en 14 días del mes de febrero de 1568". La refrenda, "por mandado fe! señor General", el escribano Alonso Ortiz. La encomienda de Desque era inmensa, pues al decir de Briceño Perozo "comprendía el valle de Cagua, las serranías de Patanemo hacia Borburata y toda la costa Caribe hasta Caraballeda". Justo Desque había sido uno de los principales vecinos de la Borburata, donde en 1563 desempeñaba las funciones de depositario de bienes de difuntos. Luego se alistó en la expedición de Losada, y fue uno de los vecinos fundadores de Caraballeda. Así como en 1562, al ser abandonada la Villa del Collado, algunos de su moradores —como lo hemos visto— habían pasado a la Borburata, ahora el éxodo (inclusive antes de la destrucción definitiva de esta ciudad) se hacía en sentido contrario, y gente como Desque —cuyo caso no es único, ni mucho menos— pasaban de la Borburata a Caraballeda. Otro título similar al de Desque suscribe el Capitán zamorano pocos meses después, el 27 de junio, en la misma '"ciudad de Nuestra Señora de Carballeda". Esta vez es Lázaro Vázquez —uno de los antiguos compañeros de Fajardo— quien resulta favorecido con los indios que antes tenía encomendados Melchor de Losada en diversos sitios del litoral y de tierra adentro, entre ellos "la caldera e pueblos que dicen Curucutí". El encabezamiento del escrito no deja de causar impresión: "Yo Diego de Losada, teniente de Gobernador por su majestad y Capitán General en estas Provincias de Caracas por el Ilustre Señor don Pedro Ponce de León, Gobernador y Juez de Residencia en esta provincia de Venezuela por su Majestad, y por virtud de los poderes que para ello tengo. . .

Tanto la carta de Ponce de León como esos dos títulos de encomienda desmuestran que anduvo errado José de Oviedo y Baños cuando escribió que Diego de Losada "pobló" (es decir, fundó) la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda "el día ocho de septiembre del año de [mil] quinientos y sesenta y ocho”. Es evidente que la ciudad existía ya por lo menos a fines de noviembre de 1567, para que Ponce de León pudiese aludir a ella —como se ha visto— en su carta al Rey fechada en Coro el 15 de diciembre de ese año. Y que la población existía antes del 8 de septiembre de 1568 lo atestiguan los dos títulos mencionados, uno de febrero y otro de junio del mismo año. Confirma el año de 1567 (aunque podría argüirse que da el año de la “entrada ‘ y no el de la “fundación”) la carta del Obispo Agreda fechada en El Tocuyo el 12 de junio de 1569 donde informa al Rey que “el año de sesenta y siete entró por los pasos donde todos estos fueron muertos [se refiere a Rodríguez Suárez, Narváez y otros] el Capitán Diego de Losada, caballero hijodalgo, hermano del Señor de Rionegro, en España, cerca de Galicia, y sin perder trestespañoles, la entró y pobló y pacificó [a la Provincia de Caracas] y repartió la tierra entre los soldados que con él entraron. Y están hoy dos pueblos poblados por su mano; el uno se llama Santiago de León, y el otro es a la orilla de la mar, se llama Nuestra Señora de Caraballeda”.

Así, todos los historiadores modernos que de este asunto se han ocupado coinciden en que la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda fue fundada en 1567 por Diego de Losada. Lo que no se ha podido determinar ha sido la fecha exacta, que muy probablemente ha de ser posterior a junio y anterior a diciembre de aquel año. El Hermano Nectario María sugiere que bien pudo ocurrir la fundación en el día señalado por Oviedo —8 de septiembre— pero no en el año de 1568 que da éste, sino en el de 1567. No es imposible, pero mientras no aparezca algún documento probatorio, nada se puede afirmar con certeza en cuanto a mes y día de la fundación. Tal vez algún día sea localizado —si no se ha perdido del todo— aquel “cuaderno viejo” con la data y registro general que por orden de Diego de Losada se hizo “cuando pobló la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda”, y que aún existía en Caracas por diciembre de 1671.

De lo que no hay duda alguna es de que el fundador de Caraballeda fue el mismo de Caracas: Diego de Losada. Sobre esto abundan los testimonios directos, a partir de los de Ponce de León y del Obispo Agreda ya mencionados, a los cuales se agrega el de Pimentel en su Relación y numerosas declaraciones de encomenderos y vecinos de Caracas en diversos años, de entre las cuales recojo las de Lázaro Vásquez y Sebastián Díaz, dadas en Caracas en 1589. Dice el primero: “que otro pueblo que llaman Nuestra Señora de Caraballeda, que pobló el Capitán Diego de Losada, se ha despoblado. . .”; y el segundo afirma que el mismo Capitán ”pobló y reedificó” la ciudad de Santiago de León, y “asimismo en el propio tiempo pobló otro pueblo que llamaron la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda la cual al presente está despoblada. . . “17°. A mayor abundamiento, fue el propio Cabildo de Nuestra Señora de Caraballeda el que en una petición dirigida al Rey, y fechada en dicha ciudad el 20 de julio de 1569 —donde solicitaban que Losada fuese nombrado Gobernador— le señaló como poblador de los “dos pueblos” (Santiago de León, y Caraballeda) de la Provincia de Caracas. El nombre mismo de la ciudad es un claro homenaje rendido por el fundador al Santuario de Nuestra Señora de la Caraballeda venerada en su pueblo natal, Río negro.

Tenemos, pues, bien establecido que la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda (o Caraballeda) fue fundada en 1567 por Diego de Losada en el propio lugar donde había existido la Villa del Collado. ¿Qué motivos pudieron inducirle a ello, estando tan cerca Caracas, que según todas las probabilidades había sido fundada antes que Caraballeda? Nada dicen, al respecto, las fuentes coetáneas. En un informe fechado en Caracas el 13 de agosto de 1577, el Gobernador Juan de Pimentel, (al analizar el problema de si convenía establecer una flota de galeras para proteger las costas de su gobernación) dice que Santiago de León de Caracas, situada “a tres leguas del mar” (se entiende que en línea recta) “tiene puerto a cinco [leguas]“; y a continuación, sin establecer ninguna conexión formal entre ese “puerto” que acaba de mencionar y el de Caraballeda, se refiere a ésta ciudad describiendo su situación y sus posibilidades de defensa (como antes lo había hecho respecto a Coro y a Caracas) y dice que Caraballeda “está a cuatro o cinco leguas de Caracas”. En ningún momento, ni en este documento ni en otros que conozco de esa época se menciona a Caraballeda como si esta ciudad fuese el puerto de Caracas.

La situación está muy clara: Caracas es una ciudad fundada en la serranía, y Caraballeda una ciudad fundada en la costa. Pero ésta no es forzosamente el puerto de Caracas ya que en la misma costa existen otras ensenadas (La Guaira, Arrecifes, etc.) en donde pueden fondear buques cuya carga esté destinada a Caracas, y a las cuales pueden bajar los vecinos de esta última ciudad para comerciar con los dueños o capitanes de los buques o con los mercaderes que en ellos vinieran. Dos casos concretos, correspondientes ambos a la época en que todavía Caraballeda estaba poblada y La Guaira aún no existía como núcleo poblado sino simplemente como puerto natural, son los del buque llegado a Caraballeda en 1579, procedente de Sevilla, y otra nave que venía también de Sevilla y que, “obligada por una tormenta, fondeó en La Guaira en 1582 desembarcando carga por valor de 1.800 pesos”. De todos modos, pocos eran los barcos que llegaban, pues los galeones tocaban en la isla Margarita (que a causa de las perlas tenía conexión directa con Sevilla) pero no en la costa de Tierra Firme, “por ser pobre”. Buques con mercancías, de Santo Domingo, venían dos o tres al año.

El hecho de que Caraballeda no fuese simplemente el puerto de Caracas, sino una ciudad a la vera de la mar, como La Habana, Cartagena, o Santo Domingo (todas proporciones guardadas) no significa, naturalmente, que allí no desembarcasen personas o mercancías cuyo destino era Caracas, o que Caraballeda no exportase productos que provenían de Caracas y de su zona directa de influencia. El Gobernador Juan de Pimentel —el primero en fijar su residencia en Caracas— desembarcó en Caraballeda el 8 de mayo de 1576, y tomó allí posesión de su Gobernación, pero el día 16 ya estaba en Caracas. Es evidente que esta última ciudad tenía un poder de atracción mucho mayor que Caraballeda. Así, cuando los Oficiales de Real Hacienda de la Gobernación (que habían tenido su sede en Coro, y luego en Barquisimeto, con visitas de alguno de ellos a otras poblaciones, como Borburata) decidieron trasladarse definitivamente hacia el centro, se radicaron en la ciudad de Caracas, y no en la de Caraballeda. Nada permite suponer que en esta última existiera una aduana, o que residiesen allí funcionarios encargados de controlar el pago de impuestos y el flujo de mercancías y productos. Si la necesidad se presentaba, alguno de los oficiales de Real Hacienda bajaría a Caraballeda,… o a cualquiera de los otros puertos naturales de la costa central donde hubiese arribado un buque. No fue sino en 1584 cuando los Oficiales propusieron al Gobernador —ya lo era Luís de Rojas— que se construyeran “una aduana y una caleta en el puerto”. Así lo ordenó el Gobernador. Al no existir antes de 1584 una aduana en un puerto del litoral central (que lógicamente hubiese debido ser el de Caraballeda) es obvio que no había un puerto (en el sentido de fondeadero, estuviese habitado o no) al cual debiesen llegar y del cual debiesen salir los navíos obligatoriamente. Y también llegamos así a la misma conclusión: Caraballeda fue una ciudad con un puerto, pero no fue, forzosamente, el puerto de Caracas. Lo expuesto hasta aquí colide con lo que dijo mucho más tarde Oviedo y Baños, tal vez influenciado por el hecho de que en su época la Guaira era el puerto de Caracas. Puesto que Oviedo y Baños; consideraba a La Guaira —erróneamente, a mi juicio— como “la sucesora” de Caraballeda, pensaría que siendo La Guaira el puerto de Caracas, también debía haberlo sido anteriormente Caraballeda.

Veamos lo que dice Oviedo sobre la fundación de Caraballeda, después de haber expuesto que “mediado el año sesenta y ocho” muchos vecinos de la Borburata pasaron a Caracas para incorporarse a Diego de Losada, quien “hallándose con el aumento de fuerzas que le causo este socorro y el que de la Margarita le había conducido Juan de Salas, conociendo que para la conservación y crecimiento de su nueva ciudad de Santiago era preciso, y conveniente hacer otra población en : filias del mar que sirviendo de puerto y abrigo a las embarcaciones del comercio, facilitase las conveniencias del trato, de que habían e resultar los intereses para su mayor aumento, se determinó a raerla en planta, y buscando el sitio más acomodado para su ron dación, bajó personalmente a la costa, llevando consigo sesenta hombres; y habiendo asentado paces con los caciques Mamacuri, Guaicamacuto, sic, y los demás circunvecinos (que escarmentados la rota recibida se la ofrecieron voluntarios) pareciéndole el lugar más a propósito el mismo donde Fajardo tuvo fundado el Collado, listante siete leguas de la ciudad de Santiago, el día ocho de Septiembre del año quinientos y sesenta y ocho pobló en él una dudad, [a] que intituló nuestra Señora de Caraballeda, y señalando treinta vecinos que habían de quedar en ella, nombró por Regidores a Gaspar Pinto, Duarte de Acosta, Alonso de Valenzuela, y Lázaro Vásquez, que juntos en Cabildo, eligieron por primeros Alcaldes ordinarios a Andrés Machado y a Agustín de Ancona”.

La circunstancia de que Oviedo y Baños haya podido errar —como creo haberlo demostrado— en el año de fundación de Caraballeda, no significa que podamos rechazar en bloque todo lo que él diga al respecto; ya que como antes se ha visto él puede estar equivocado sobre un determinado hecho y acertado en cuanto a otros. Lo único que podemos decir es que ninguno de los documentos del siglo XVI y de comienzos del XVII que hemos podido examinar concuerda con su tesis de que Losada fundó a Caraballeda para que le sirviera de puerto a Caracas. Esa es una interpretación a posteriori de lo que Oviedo y Baños —teniendo en cuenta el papel que la Guaira desempeñaba a comienzos del siglo XVIII respecto a Caracas— creyó que debió suceder en 1567 y años inmediatos. Pero no fue así. Caraballeda —para repetirlo una vez más— tuvo un desembarcadero que le sirvió a sí misma y que por supuesto pudo también servir, eventualmente, a Caracas. Pero no fue fundada como puerto de Caracas, sino como una ciudad autónoma situada a orillas del mar Caribe.

Es interesante analizar ahora la más antigua descripción que conozco del pueblo y puerto de Caraballeda, hecha por el Obispo fray Pedro de Agreda en su carta de 23 de agosto de 1574, antes mencionado. Dice así:

. . .está cerca de Santiago de León, como seis leguas, una áspera sierra en medio hacia la mar el puerto que se llama Nuestra Señora de Caraballeda; no es buen puerto ni seguro para los navíos porque toda aquella costa hasta llegar al puerto de Borburata es brava; es Caraballeda un pueblo de hasta diez o doce vecinos españoles casi todos portugueses; tiene en su comarca buenos indios de la misma nación que los de Santiago y que todos tienen brava yerba y comen carne humana, casi todos sirven de paz y en algunos voy poniendo doctrina; en el pueblo y su comarca hay mucha comida de maíz y yuca, de miel y pescado y todas frutas y tan buenos melones como en España y muy buenos higos; tienen ruin aparejo para todos ganados si no es para ovejas y éstas han de ser pocas porque hay muy poca sabana en aquella costa; ándase por la mar en cinco o seis días y poco más o menos desde este puerto de Caraballeda hasta Santo Domingo”.

Para el Obispo, como se ve —lo mismo que para Pimentel, López de Velasco y para muchos otros— el puerto de Caraballeda no era muy bueno, como tampoco lo eran (y así lo decía el Obispo también) los demás de aquella costa, a partir del Cabo Codera y hasta llegar al puerto de Borburata que para él era “uno de los mejores de todas las Indias”. Por consiguiente, desde el punto de vista de la seguridad de los navíos y de la comodidad del embarque y desembarque no había ningún motivo especial para preferir al puerto de Caraballeda sobre los que había cerca de él, al este y al oeste. Ahora, si se considera la tierra del litoral en sí, sin tener en cuenta el puerto, la zona de Caraballeda, además de agua fresca con caudal constante que proporcionaba el río Don Julián (utilizo el nombre actual, pero ignoro si ya se llamaba así o tendría algún nombre distinto en aquella época), ofrecía una amplia extensión de tierra llana (o que ascendía lentamente hacia el pie de la cordillera) y fértil. Aún hoy se pueden apreciar tales características en ese paisaje, que posiblemente quepa clasificar entre los que Marco-Aurelio Vila denomina localidades de valle marítimo”. Además, la laguna (o albufera) que según dice Pimentel en su Resumen existía al occidente de Caraballeda, “como a nos tiros de arcabuz”, en la cual se criaba pescado, sería otro aliciente. Por lo tanto, no debe pensarse que Caraballeda hubo de ser fundada exclusivamente atendiendo a sus condiciones como puerto de mar, sino que había otras razones —razones más terre-a-terre, si se quiere— que también justificaban su fundación. Lo que Ermila Troconis de Veracoechea expone en su obra ya citada sobre el desarrollo agrícola del litoral central durante los siglos XVII y siguientes, confirma este punto de vista.

Veamos, ahora, otra faz del asunto. Si Caraballeda hubiese sido el puerto de Caracas, lo natural sería que se hubiese abierto un camino lo más directo posible —-así fuese una pica, como solían serlo entonces— entre una y otra población. Pero no fue así: desde el comienzo, el camino entre Caraballeda y Caracas pasaba por La Guaira (por el puerto natural, se entiende) de modo que cuando llegaba algún buque con mercancías para Caracas (o con carga de Caracas que recibir) era más práctico que fondease en La Guaira que en Caraballeda pues así estaba más cerca de Caracas. Me permite afirmar esto la descripción que Pimentel hace en su Relación de 1578 (once años después de fundadas las dos ciudades) del camino entre Caracas y Caraballeda:

“Las seis leguas que hay de esta ciudad de Santiago de León a Nuestra Señora de Caraballeda son de camino muy torcido porque la sierra que está en medio no da lugar a otra cosa; y así, saliendo de este pueblo Caracas, donde se hallaba Pimentel para ella se va una legua por llano hacia el Occidente y luego se sale y se atraviesa la Sierra, volviendo al norte, hasta bajar al mar, y luego se caminan tres leguas la costa arriba, hacia Levante”.

O sea, que una vez en la costa, después de haber atravesado la —serranía, era necesario recorrer 3 leguas hacia el Este para llegar a Caraballeda. Ahora, si se observa que el mismo Pimentel escribe que el puerto de La Guaira está a tres leguas al Occidente de Caraballeda no hay la menor duda de que el camino que bajaba de la cordillera llegaba al litoral en el puerto de La Guaira o en sus inmediaciones. Y siendo esto así, ¿qué necesidad tenían los caraqueños de recorrer 6 leguas más —ida y vuelta— para ir a buscar al puerto de la ciudad de Caraballeda lo que podían obtener en el puerto natural de La Guaira, cuyas condiciones no serían muy superiores a las del de Caraballeda, pero de ningún modo eran inferiores?


Que el camino de Caracas al mar bajaba al puerto natural de La Guaira lo confirma el mejor estudioso de estos temas, Manuel Rafael Rivero, quien nos dice que el lugar donde el Gobernador Diego de Osorio decidió “fundar” la “población” de La Guaira. . . . “justamente. … se encontraba al pie del camino que comúnmente se utilizaba para llegar a ésta”, es decir, al puerto. O sea, que el camino era anterior al centro poblado. Era “el camino real”, trazado sobre una pica indígena. Naturalmente, como acertadamente lo destaca el autor a quien sigo, había varias otras picas abiertas por el paso de los indígenas o de animales, pero la principal —”el camino real” o “camino de los españoles”— fue en tiempos de Losada y Pimentel, de Rojas y Osorio, el que bajaba a La Guaira.

El mapa ya mencionado anteriormente, estudiado por Juan Friede corrobora que no existía camino directo entre Caracas y Caraballeda. Pues mientras que la ruta entre Caracas y Valencia aparece rústicamente trazada, pero muy clara, y lo mismo ocurre, para dar otro ejemplo, entre Coro y La Vela (su puerto) ningún camino se señala entre Caracas y Caraballeda. Son, una vez más, dos ciudades autónomas.

Como tales, una y otra tuvieron, desde el comienzo, su Cabildo, cuyos Regidores nombraba el fundador. Ya Oviedo y Baños nos ha dado los nombres de los primeros Regidores de Caraballeda: Gaspar Pinto, Duarte de Acosta, Alonso Pérez de Valenzuela y Lázaro Vásquez, así como de los dos primeros alcaldes elegidos por ellos: Andrés Machado y Agustín de Ancona. Ya conocemos a Lázaro Vásquez, que había sido uno de los primeros Alcaldes del Collado. El Hmno. Nectario María ofrece breves semblanzas de los otros tres Regidores, que no parecen haber sido de la talla de Vásquez. Uno de los Alcaldes, Agustín de Ancona, se distinguió al lado de Losada y recibió las encomiendas de El Cojo y Camurí, (o Camburí) en el litoral central; en enero de 1579 era “vecino de Caracas”198. El otro, Andrés Machado, había sido de los compañeros de Fajardo y pertenecía al grupo que se incorporó a la hueste de Losada con Juan de Salas.

En 1569 la composición del Cabildo de Caraballeda se había ya modificado, pues en aquel tiempo las elecciones para cargos municipales se efectuaban anualmente. Así, el 20 de julio de dicho año, cuando el Cabildo dirige una carta a la “Sacra Católica Real Majestad” de Felipe II, firman en “la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda de la costa de Caracas” las siguientes personas, que constituyen el “Justicia y Regimiento” de la ciudad: Rodrigo Mal-donado, Francisco Sánchez de Alvarado, Alonso Pérez de Valenzuela (que ya figuraba en el Cabildo de 1567), Juan de San Juan y Baltasar Dabrio; y “por mandado de los señores Justicia y Regidores” refrenda el documento Jorge López, escribano público. Los cabildantes solicitaban que por haber fallecido en mayo el Gobernador Pedro Ponce de León, el Rey les hiciera merced de nombrar para sucederle a Diego de Losada, “porque es merecedor de ello por los servicios que a Vuestra Majestad ha hecho de 35 años a esta parte y calidades de su persona y por el bien que ha hecho y hace es amado por todos y tenido por padre de la patria y naturales. . .”. Pero la Audiencia de Santo Domingo nombró por Gobernador interino a Francisco Hernández de Chávez, y Losada murió después, al parecer en el puerto de la Borburata, cuando regresaba de Santo Domingo, hacia septiembre de 1569.

Volvamos, ahora, al año 1568.

Como era frecuente en el caso de ciudades vecinas, entre Caracas y Caraballeda se estableció una relación bivalente de cooperación y rivalidad. La cooperación se manifiesta, por ejemplo, en la petición que numerosos pobladores habían dirigido a mediados de dicho año al Gobernador Ponce de León por mano de Lope de Neira, quien se la entregó el 25 de julio en Barquisimeto. Con respeto (“acatamiento y humilde suplicación”) y a la vez con firmeza (“pedimos y si es necesario requerimos”) exigían que el Capitán General y Teniente de Gobernador Diego de Losada no saliese de “esta Provincia” (la de Caracas), pues de lo contrario se preveía que podrían suceder “muertes, despoblaciones o alzamientos”. Lo que aquí me interesa destacar —y por esto hablé de cooperación— es que entre los 35 firmantes de ese documento aparecen entremezclados vecinos de Caracas y Caraballeda. Entre éstos últimos (y sin que se pretenda agotar la lista) figuran: Andrés Machado, Lázaro Vásquez y Gaspar Pinto. Unos y otros firman, claro está, a titulo personal, pero en el texto se alude al aviso dado por “los Cabildos de esta Provincia de Caracas” que no eran entonces, sino dos: el de Santiago de León de Caracas y el de Nuestra Señora de Caraballeda. Otro típico ejemplo de colaboración, esta vez sí abiertamente a nivel de Cabildos, se produce cuando hacia 1571 los de Caraballeda y Santiago de León unen sus fuerzas para intentar someter a los indios refugiados en la serranía, entre el valle de Caracas y el mar. El objeto es obtener ‘la total seguridad de su comercio y trajín”. Los hombres armados salen a un tiempo de las dos ciudades en busca del cacique Guaimacuare y su gente, que se han retirado de la costa a lo más áspero de la montaña. No logran vencerlos pero luego, poco a poco —según dice Oviedo y Baños, a quien sigo aquí— se van ”domesticando” y con el tiempo “se consumieron y aniquilaron”.

En cuanto a la rivalidad, creo ver indicios de ella en varios hechos —no forzosamente inter-relacionados— que ocurren durante la década del 1570. En términos generales, desde los comienzos de ambas ciudades se observa que Caracas tiene un rápido desarrollo —dentro de los parámetros de la época-— en tanto que Caraballeda más bien se estanca. Este proceso, que se acelerará (en el caso de Caracas) con la llegada, en mayo de 1575, del Gobernador Juan de Pimentel, es ya visible antes. Basta comparar, para establecer esta diferencia, lo que sobre Caracas dice el Obispo Agreda en su carta al Rey de 23 de agosto de 1574, escrita en la propia ciudad (“es Santiago de León el mayor pueblo y aun creo el mejor el día de hoy de toda esta Gobernación; tiene más de 40 vecinos españoles encomenderos y hay en ella más de cien soldados españoles; es la tierra riquísima de minas de oro. . . .”) con lo que a renglón seguido escribe de Caraballeda (“es Caraballeda un pueblo de hasta diez o doce vecinos españoles casi todos portugueses”). La alusión a los’ portugueses suena un tanto despectiva en la voz del Obispo, pues hacia el final de su carta —sin referirse particularmente a Caraballeda, es cierto— escribe: “También debería mandar Vuestra Majestad con gran pena [es decir, imponiendo fuertes castigos] que ningún portugués ni ningún tirano de los de Lope de Aguirre que han quedado en esta Gobernación pudiesen tener oficios reales”. Si recordamos que entre los primeros Regidores de Caraballeda figuraban Gaspar Pinto y Duarte de Acosta (apellidos de clara prosapia portuguesa) veremos que el Obispo no andaba equivocado.

Ciertas actitudes de las autoridades caraqueñas parecen trasuntar un dejo de superioridad respecto a Caraballeda y sus gentes, aunque las dos ciudades eran, en principio, jurídicamente iguales. Así, por ejemplo en la sesión del Cabildo de Caracas del 26 de marzo de 1573 (una de las primeras cuyas actas se conservan) se dispone que Garci González de Silva, Regidor del Cabildo de Caracas, vaya a los reales de minas que están en “Sant Antón” y Nuestra Señora de Caraballeda y saque la gente necesaria para ir a catear el río de Mamo, y asentar un real en dicho río. El real de minas de Sant Antón, que posiblemente se hallaba en la zona de los Teques, caía plenamente en la jurisdicción de Caracas.

No es de ningún modo seguro que tal fuese_ el caso del río Mamo, situado en la costa, es verdad que cante al oeste de Caraballeda. Pero lo que resulta incomprensible es que el Cabildo de Caracas decidiera sacar gente de Caraballeda (o algún real de minas cercano, para el caso es lo mismo) sin solicitar antes autorización del Cabildo de la otra ciudad. Años más tarde, en la sesión del Cabildo de Caracas de 20 de marzo de 1579, Juan de Pimentel, como “Gobernador y Capitán de esta Provincia de Venezuela” —es decir, de todo el territorio, desde Maracapana al Cabo de La Vela— por hallarse enfermo nombra “Teniente de esta ciudad de Santiago de León y de Nuestra Señora de Caraballeda y sus términos y su términos y jurisdicciones” al Alcalde ordinario de Caracas, y vecino de ella, Juan Riberos. Es cierto que tal nombramiento caía dentro de las facultades de Pimentel, pero no lo es menos que sus términos significaban una claracapitis diminutio para Caraballeda, sometida así al mando de in Alcalde de Caracas. De haberlo querido, bien hubiese podido Pimentel nombrar a otro Teniente suyo en Caraballeda, escogiéndolo entre los notables de dicha ciudad, dónde había personajes tan destacados como Lázaro Vásquez. Porque es de notar que en este caso el Gobernador no nombra a un sustituto interino que ejerza el mando entras dure su enfermedad) sobre toda la Gobernación, sino a un Teniente para “Caracas y Caraballeda”. Estos hechos dan netamente la impresión de que durante la década de 1570 Caracas asumió, vis a de Caraballeda, una actitud un tanto condescendiente de hermano mayor.

Otra faceta de esa rivalidad, que se entremezcla con la completísima trama de los intereses personales, es la recíproca transferencia de vecinos entre las dos ciudades, fenómeno por lo demás muy común entonces —y más tarde— en todas las regiones de Indias. Es difícil decir, en la mayoría de los casos, si se trataba de decisiones personales o si había algún intento de atracción por parte de la dudad. Es curioso —y creo que sintomático— el caso de Lázaro Vásquez, ‘Vecino de la ciudad de Caraballeda”, a quien el Cabildo de Caracas da poderes para pleitear en su nombre, conjuntamente con dos vecinos de Caracas, a comienzos de marzo de 1580. Ello era, desde luego, perfectamente legal y bastante corriente. Por supuesto, no se necesitaba ser vecino de una ciudad para ser su apoderado en justicia o ante la Corte, por ejemplo. Pero lo interesante es que un año más tarde, en el Cabildo de 11 de marzo de 1581 se dice que no había escribano en Caracas porque Antonio de Villanueva se había ” ido a Caraballeda, por lo cual nombran escribano de Caracas a Lázaro Vásquez. ¿Pudo ser, el poder de 1580, el comienzo de una labor de captación que concluyó en 1581? Difícil es decirlo. En todo caso, Caracas y Caraballeda intercambiaron sus escribanos, y Lázaro Vásquez pasó a la Capital.
Durante esa década de los años 70 Caraballeda no sólo tiene que enfrentarse al poderío político y social de Caracas que amenazaba con absorberla, sino con la rivalidad de una ciudad “fantasma” —pues estaba despoblada— pero que había empeño en revivir. Me refiero a Borburata, cuyo magnífico puerto era incomparablemente superior a todo lo que pudiesen ofrecer Caraballeda o cualquier otro puerto del litoral central.

El Obispo Agreda, en su carta de 1574, como se ha visto, establecía una implícita comparación entre el puerto de Caraballeda y el de Borburata donde éste se llevaba la palma como “uno de los mejores de todas las Indias”. Había sido el propio Felipe II quien había solicitado opinión acerca de la conveniencia no sólo de reedificar la ciudad de Borburata sino de construir una fortaleza para defenderla. El 20 de agosto de 1572, desde Coro, el Gobernador Diego de Mazariegos, en obedecimiento a la orden real, emitía su opinión contraria a la repoblación de la Borburata, inclusive como ciudad fortificada. Razonaba el funcionario —viejo y valetudinario, pero nada lerdo— que la existencia de una fortaleza no podría impedir que los piratas desembarcasen en cualquier playa o ensenada un tanto alejada y se internasen hacia el interior. Por otra parte, decía, existía la posibilidad de que algún “tirano o traidor” (español o criollo, se entiende) se apoderase de las fortalezas y amparándose en ellas cometiese sus fechorías; argumento no desdeñable, si se piensa que aún estaba fresco el recuerdo del Tirano Lope de Aguirre, quien había desembarcado también en la Borburata. El Gobernador decía que al ser repoblada esta ciudad ello daría aliciente para que los habitantes de la misma y de otros lugares de la Gobernación comerciasen ilícitamente con los franceses que a estas costas acudían.

En cambio, el Obispo Agreda en su carta de 23 de agosto de 1574 era tajante: el puerto de la Borburata era “la llave de toda esta Gobernación y para el Reino [Nueva Granadal y hasta el Perú", y concluía "sería yo de voto [de opinión] que Vuestra Majestad lo mandase tornar a poblar”. Estos proyectos para fortificar la ciudad de la Borburata —que estaba asentada a orillas de la extensa y protegida rada de Puerto Cabello— habían tenido ya un fugaz inicio cuando a mediados de 1551, desde Coro, los Oficiales de la Real Hacienda de Venezuela le habían sugerido al Rey que si la Borburata había de permanecer “sería necesario hacer una casa de Aduana que sea fuerte, porque como es puerto de mar no dejarán de acudir allí corsarios franceses como hacen en toda esa costa. . .”. No he logrado averiguar si la Aduana-fuerte se construyó o no, pero los corsarios sí fueron, y como se ha visto acabaron por despoblar a la ciudad. La polémica sobre si debía ser vuelta a poblar o no, con o sin fortificaciones, parece haber quedado zanjada cuando en 1578 el Gobernador Pimentel dictaminó que no se le hacía ningún perjuicio a la Provincia si se dejaba al puerto de la Borburata sin reedificar ni repoblar. Mucho más tarde, hacia 1730, la Real Compañía Guipuzcoana Estableció allí una factoría que dio origen a la población de Puerto Cabello y al sistema de fortificaciones que tan eruditamente ha estudiado Juan Manuel Zapatero.

Volviendo ahora al siglo XVI, hay una circunstancia que me interesa destacar especialmente, pues tiene cierta relación con el problema de los orígenes de La Guaira y la decadencia de Caraballeda. Es el hecho de que aun cuando la Borburata, como ciudad, hubiese quedado despoblada, el puerto (el accidente geográfico natural) continuaba allí y podía ser utilizado como tal, es decir, cómo lugar de embarque y desembarque de personas o de mercancías. No faltan pruebas de que así sucedió, sin apelar a la muerte en la Borburata, hacia septiembre de 1569, de Diego de Losada, pues el nato (posiblemente cierto) no está comprobado. Cuando en febrero de 1576 se reunieron en Barquisimeto los Procuradores de los Cabildos de la Gobernación de Venezuela solicitaron de la Corona la autorización para importar 1300 esclavos que debían desembarcar en el puerto de la Borburata. No dicen la ciudad de la Borburata porque dicha ciudad ya no existía. La prueba de ello, además de lo expuesto antes, es que no hubo ningún representante de la Borburata . esa reunión de Procuradores. Pero el Puerto sí existía, y era un rúen lugar céntrico para desembarcar a los negros, o por lo menos una parte del cargamento total.

Ocho años más tarde, en una carta del lo de abril de 1584, el Gobernador Luís Rojas informa al Rey de que “en Borburata sólo hay dos bohíos donde se reciben harinas y otras mercancías”, y agrega: “y no se podría volver a poblar si no mese haciendo allí un fuerte bastante para resistir a los franceses”. Está claro que se seguía —y se siguió— usando como puerto, pero que ya no existía la ciudad. Lo que ocurrió fue que con la decadencia del Imperio español y la corrupción que carcomió a la Metrópoli y a. las Provincias de ultramar durante el reinado de los últimos Austrias, en aquellas costas —y especialmente en la rada de Puerto Cabello y el Golfo Triste— llegó a “institucionalizarse”, por decirlo así, el contrabando de los holandeses de Curazao. Pero ésta sí es otra historia, cuyos orígenes ha contado muy bien el Dr. Felice Cardot.

La competencia entre la ciudad ‘Viva” (Caraballeda) y la ciudad “muerta” (Borburata), durante la década de 1570, la gana la primera. Borburata, como se ha visto, no va a renacer entonces como ciudad. Pero la competencia entre el puerto de Borburata (despoblado, o con dos bohíos) y el puerto de Caraballeda (con una ciudad al lado) la gana, al principio, la Borburata. Si no, ¿cómo explicarse que los Procuradores reunidos en Barquisimeto en 1576 señalen a la Borburata como el puerto de entrada de los esclavos, en vez de escoger a Caraballeda? Y cuando la rivalidad entre los puertos de la Borburata y de Caraballeda se resuelva •—-dentro del marco del siglo XVI— contra la Borburata, ya no será Caraballeda la vencedora, sino La Guaira: relata Oviedo y Baños que el Procurador Sancho Briceño había obtenido en 1560 permiso del Rey para que cada año pudiese venir al puerto de la Borburata un navío de registro, por cuenta de los vecinos, pagando sólo la mitad de los derechos de importación y exportación correspondientes, y agrega que “por algunos años después que se despobló la Borburata se continuó la venida de este navío al puerto de La Guaira”.

Esta polémica sobre la edificación o no de las fortalezas en las costas (centrada, como se ha visto, en el caso de la Borburata entre 1570 y 1580 y tantos) es la primera que yo conozco en el ámbito de la antigua Gobernación de Venezuela. Nada dicen sobre ella Jerónimo Martínez Mendoza ni Santiago Gerardo Suárez, pero sí la estudian Guillermo Morón y Lucas Guillermo Castillo Lara, entre los autores que he podido consultar. El último de los mencionados escribe: “En la Gobernación de Venezuela la tesis preponderante algún tiempo fue evitar la proliferación de esas fortalezas y fuerzas permanentes en el territorio”; y cita luego, después de la carta de Mazariegos al Rey del año 1572, que ya conocemos, la opinión de Juan de Eulate, Gobernador de la isla Margarita, quien en un informe redactado en 1635 consideraba preferibles las “fuerzas andables” a las “fuerzas estables”, es decir prefería la ofensiva a la defensiva. En toda la extensión de la costa de la antigua Provincia de Venezuela, La Guaira, como se verá, fue el primer puerto en tener fortificaciones en regla y una guarnición —o “presidio”,.como se decía entonces-— permanente. En cambio, no he podido localizar documento alguno donde se hablase de construir en Caraballeda fortificaciones del tipo de las que se querían edificar en la Borburata y que luego se hicieron —tras algunas vacilaciones— en La Guaira.

El caso es que Caraballeda, por causas que desconozco, no tuvo al parecer que sufrir mucho de la acción de piratas y corsarios. Fue, sí, asaltada hacia 1569 por los caribes de las Antillas. Es Oviedo y Baños quien relata el hecho, y lo hace con su acostumbrada riqueza de detalles:

“. . . recalaron sobre la costa de barlovento de Caraballeda catorce piraguas de indios caribes de la isla de Granada, que con su acostumbrada fiereza, hija de su misma barbaridad, venían destruyendo a sangre y fuego cuanto encontraban delante, saciando su bestial apetito con la carne de los miserables indios que pudieron aprisionar en los puertos: era su principal intención dar asalto a la ciudad de Caraballeda, y aunque los pocos españoles de que se componía en aquel tiempo, por medio de algunos indios amigos, tuvieron noticia del mal que les amenazaba con la inmediación de los caribes, no quisieron dar crédito al aviso, y sólo se contentaron con poner aquella noche una centinela, algo apartada del pueblo, para que observase si había alguna novedad en los contornos, en cuya prevención aunque tan leve consistió por entonces su remedio.

“Habían los caribes echado en tierra aquella noche trescientos gandules, para que al romper el alba diesen el asalto a la ciudad, al mismo tiempo que las piraguas hiciesen el acometimiento por el puerto, y viniendo marchando a ejecutar su intento los hubo de sentir la centinela, pero ya tan inmediatos, que sin tener otro remedio, valiéndose de las voces que le pudo permitir el susto, entró por la ciudad tocando al arma a tiempo que ya por todas partes resonaba el rumor de la guazábara, a cuyo estruendo los españoles, conociendo aunque tarde) su descuido, echaron mano a las armas para hacer rostro al peligro y aprovechándose de la confusión con que los Dárbaros se divertían al pillaje, y hacer prisionera alguna gente del servicio, tuvieron lugar para juntarse en escuadrón hasta veinte hombres, que eran cuantos había en la ciudad, y echando el resto al valor, embistieron con los caribes llevándose al filo de las espadas cuantas vidas encontraba su resolución, a que ayudó con más que varonil esfuerzo una mujer, llamada Leonor de Cáceres, que renovando la memoria de Tomiris, y Cenobia, embrazando una rodela, y esgrimiendo una macana, que quitó de las manos a un caribe, hacía en la común defensa maravillas.

“Diéronse por perdidos los indios a vista de oposición tan temeraria, y reconociendo muertos ya sus más valientes guerreros, empezaron a retirarse hacia la playa al abrigo de sus piraguas, a tiempo que entre la confusión de los que huían alcanzó Gaspar Tomás a conocer una Señora, mujer de Duarte de Acosta, que cautiva entre los brazos de un bárbaro, pedía favor a los cielos, y calando al pecho un arcabuz, sin más puntería que la que gobernó el acaso, disparó con tal fortuna, que partiéndole la cabeza al bárbaro, le hizo soltar con la vida la inocente presa que llevaba: era este indio uno de sus Caciques principales, y su muerte acabó de declarar por entero la victoria, pues acogiéndose con acelerada fuga a las piraguas, se hicieron a toda boga el mar afuera, desquitando su braveza en los miserables indios que habían aprisionado en la costa, pues matándolos para celebridad de sus festines y borracheras, se los fueron comiendo por aquellas playas, con la brutalidad que acostumbra aquella nación estólida; dando lugar en una de ellas la embriaguez con qué se hallaban para que se les pudiese escapar, y venirse a la ciudad (donde después vivió avecindado algunos años) un español, llamado Benito Calvo, que tenían cautivo hacía siete años, habiéndolo aprisionado en la isla Dominica de una saetía de un Pedro Méndez, que había varado en sus costas”.

Aparte del colorido de la escena, me interesa destacar en el texto transcrito varios detalles de interés para evaluar mejor la Caraballeda que tendría, cuando esto sucedió, unos dos años de haber sido fundada. En primer lugar, eran “pocos” los españoles de que se componía: unos 20 hombres, entre quienes se mencionan por su nombre a Gaspar Tomás e, indirectamente, a Duarte de Acosta. Había también mujeres, como la valerosa Leonor de Cáceres y la señora de Acosta, y seguramente algunas más, aunque no siendo muchos los hombres no hay por qué pensar que ellas fuesen muy numerosas. No es fácil precisar si fue durante esa incursión, o en otra distinta, cuando el Capitán Andrés Machado, que había sido de los compañeros de Losada, socorrió con un buque propio a Caraballeda sitiada por los indios de guerra. Lo imprevisto del ataque de los caribes de Granada, tal como lo pinta Oviedo, y su rápida retirada, no concuerdan muy bien con la idea de un sitio. Pudo, pues, tratarse de dos ocasiones distintas.

Veamos ahora algunos testimonios que complementan lo que ¿caí se ha dicho y agregan algunos toques al panorama de los r primeros años de Caraballeda desde su fundación hasta que —   i la ciudad el gobernador Luís de Rojas en 1583. Es, desde luego, un panorama fragmentado, con grandes espacios vacíos, como algunos mapas del siglo XVI, ya que es mucho todavía lo que nos taita conocer de la historia de Caraballeda en aquellos tiempos. Ni Pedro Ponce de León, quien era Gobernador de Venezuela ;   fue fundada Caraballeda, ni el ya mencionado Gobernador  de Mazariegos, parecen haber visitado Caraballeda ni Caracas. El centro de gravedad -—desde el punto de vista vital y económico— se había ya desplazado hacia la región de los caracas, pero desde el :   de vista institucional-político Coro en la costa y El Tocuyo-Barquisimeto en el interior eran las ciudades claves todavía. Coro era sede del Obispado, y allí estaba la capital oficial de Venezuela. El Tocuyo había sido el centro de irradiación en el interior. En Barquisimeto —cerca de las minas de Buria y otras— residían los oficiales ce Real Hacienda.

Es posible, de todos modos, que Francisco Hernández de Cha-o Chávez) quien ejerció interinamente el Gobierno de Venezuela diciembre de 1569 a diciembre de 1570 (entre el período de Ponce ce León y el de Mazariegos) sí hubiese visitado a Caracas y, es de suponer, en tal caso, que también a Caraballeda. Al respecto, escribe el Hermano Nectario María: “En el corto tiempo de su gobierno, que un año, visitó gran parte de la jurisdicción de la provincia bajo su mando, y principalmente a Santiago de León”. Pudo ser así, pero ello parece estar en contradicción con el hecho de que Hernández de Chaves hubiese nombrado por Teniente suyo en la Provincia de I iracas a Bartolomé García, quien murió precisamente en Caraballeda en 1570 “en casa de su yerno Antonio de Barrio, cuando estaba en el desarrollo de sus actividades”. Para sustituirlo, Hernández de Chaves nombró a Juan de Guevara, “quien era en aquel año Alcalde de  Caracas”. Durante el Tenientazgo de Bartolomé García, y por consiguiente en 1570, tuvo lugar la insurrección de los indios caramas (o tarmas) en la región costera delimitada por Maiquetía al :¿:e y Petaquire-Carayaca al oeste, con el núcleo central de resistencia en el río Mamo. Sancho del Villar y Francisco de Vides fracasaron en el intento de someterlos, hasta que Garci González de Silva lo logró, derrotándolos en una acción donde murió el cacique Prepo-cunate. Es interesante destacar el hecho de que aun cuando se trataba de tierras del litoral, la lucha contra los taramas o tarmas no fue emprendida desde Caraballeda, sino desde Caracas.

Esto, unido a la circunstancia antes expuesta de que el camino principal de Caracas al mar (y de allí a Caraballeda) llegaba al litoral exactamente frente a la ensenada de La Guaira, hace pensar que por lo menos desde esa ensenada hacia el oeste era Caracas la que tenía jurisdicción, y no Caraballeda.

En febrero de 1571 llegó a Caracas Rodrigo Ponce de León (hijo del difunto Gobernador) comisionado desde Coro por el Gobernador Mazariegos para ejercer las funciones de Juez de Residencia en las ciudades de Valencia, Caracas y Caraballeda. Traía, también, el nombramiento de Teniente de Gobernador para esta Provincia, en sustitución de Juan de Guevara. El Hmno. Nectario María, quien localizó el expediente de este juicio de residencia, que Ponce de León tomó en Caracas en 1571, nos ofrece una serie de valiosos datos, entre ellos la noticia de que a principios de dicho año “las viviendas de Caracas eran aún todas pajizas y no existía casa de Cabildo”, aunque el ex-Alcalde y ex-Teniente de Gobernador Juan de Guevara declaró que ya tenía el solar marcado para el Cabildo y preparada mucha madera. Sobre Caraballeda no es mucho lo que trae, pero sí de interés. Nos recuerda el Hmno. Nectario María que estaba prohibido sacar indios de una región para otra, y que los encomenderos no podían llevárselos de una encomienda a otro lugar. Por esto, Juan Romero fue culpado por haberse llevado indios del litoral a Caracas. Nos dice también que “el alcalde de Caraballeda, Francisco Sánchez, al tener un día conocimiento que Pedro Martín y Baltasar Abreu habían salido con un lote de indios que se llevaban en piragua, corrió tras ellos y habiéndolos alcanzado apresó a Abreu y le abligó a volverse con los naturales, pero permitió que Pedro Martín siguiera la ruta con los siete aborígenes que llevaba”.

El tal Pedro Martín solía llevar indios de sus encomiendas a Cumaná y a la isla Margarita. Aquel suceso debió de ocurrir en 1569, pues sabemos que aquel año Francisco Sánchez de Alvarado era en efecto uno de los Alcaldes de Caraballeda. Esos forzados e ilegales trasiegos de aborígenes, encomendados o no, eran cosa frecuente, entonces y años más tarde. En 1590 (y ya no refiriéndose a Caraballeda, pero sí a las encomiendas del litoral) el Obispo Manzanillo denunciaba que muchos indios de la Provincia eran obligados a ir desde las costas del litoral hasta Margarita y Cumaná en piraguas y “como son setenta leguas de distancia y van remando sin descanso alguno (salvo un rato en la noche) muchos de ellos mueren y otros se lanzan al agua y se ahogan y los que pueden huyen de las costas por miedo a este excesivo trabajo; algunos desesperados, se meten entre los indios de guerra y allí los matan”. En este sentido, nada tenían que envidiarse unos a otros los encomenderos de la costa y los del interior. Claro que ellos trataban de justificarse alegando que los indios eran antropófagos, bestiales y traicioneros: ”’gente feroz e inhumana, traidores y muy enseñados a comer carne humana”.

En su informe de 29 de octubre de 1571, redactado en Coro, el Gobernador Mazariegos dice que en la Provincia a su cargo hay “ocho pueblos de españoles” y que Caraballeda es el puerto más al Este248. Su información coincide con el mapa de la Provincia de Venezuela hecho hacia aquellos años, donde en el extremo inferior izquierdo se lee: “Caraballeda de Españoles”. Las ocho poblaciones de españoles a las que se refería Mazariegos bien podían ser las mismas que en su carta de 23 de agosto de 1574 especificaba el Obispo Pedro de Agreda: Caracas, El Tocuyo, Coro, Barquisimeto, Trujillo, Caraballeda, Valencia y Carora. Según el Obispo, Caracas, tenía 40 vecinos encomenderos y más de 100 soldados: El Tocuyo, contaba 40 vecinos; Coro, Barquisimeto y Trujillo, 30 vecinos cada una; Caraballeda, diez o doce; Valencia, 10; y no decía cuántos eran los de Carora. En total, según cálculo muy aproximado, unos 200 vecinos escasos, más un centenar de soldados. En verdad, no era mucho. Si se calcula que cada vecino (cabeza de familia) podía tener en promedio unas 6 personas “españolas” dependientes de él (esposa, hijos, colaterales y ascendientes) el total de los habitantes blancos de Caraballeda alcanzaría entonces a 60 ó 70. Según los mismos datos, en Caracas habría unos 340 en total.
Cuando en febrero de 1576 se celebró en Barquisimeto la junta de los procuradores de los Cabildos de la Gobernación, Juan de Riberos representó a las “ciudades de Valencia, Santiago de León y Caraballeda Provincia de Caracas”. Los vecinos de Caraballeda aspiraban a comprar 100 negros esclavos (la misma cantidad que Coro, Valencia y Trujillo) mientras que Caracas pedía 500.

El 8 de mayo de aquel mismo año llegó el Gobernador Juan de Pimentel a Caraballeda y a los pocos días subió a Caracas, donde fijó su residencia. A partir de entonces, el centro de gravedad político de la Gobernación se fija en la región central, concretamente en la ciudad de Caracas, donde se establecerán todos los sucesores de Pimentel. Y aunque la sede del Obispado sigue estando en Coro, muchos Obispos residen en Caracas o pasan largas temporadas en esta ciudad. Ya en esos años de la década de 1570 se habla del posible traslado del Obispado a Caracas, aunque ello no se hará definitivamente sino en 1637 En cuanto a los Oficiales de la Real Hacienda, deciden en noviembre de 1577 trasladarse de Barquisimeto a Caracas, tal como se lo había sugerido Pimentel, “porque es aquella ciudad casi pueblo marítimo, que no está más de cuatro o cinco leguas del puerto de Caraballeda y que allí [en Caracas j se saca y funde más cantidad de oro que en otro pueblo de la Gobernación y que allí podemos visitar los navíos que vienen con registro o sin él. . ."

En esta ocasión, aun cuando, como se ha expuesto anteriormente, tampoco se llama a Caraballeda el puerto de Caracas, sí se presenta como un puerto que podía servir —y de hecho servía, aunque no exclusivamente— a la ciudad de Caracas, que así se convertía en "casi pueblo marítimo". Pero esto era así no sólo por la existencia de Caraballeda, sino también por el acceso que los caraqueños tenían, más directamente, a la ensenada de La Guaira, a Catia, a Arrecifes y a otros puertos naturales.

En todo caso, y cualesquiera fuesen las relaciones entre Nuestra Señora de Caraballeda y Santiago de León de Caracas, es evidente que mientras esta última progresaba con paso firme, Caraballeda se había estancado, o nunca llegó a "despegar", para ser más preciso. En un informe redactado el 3 de diciembre de 1576 (a los 7 meses de su llegada) Pimentel escribía que Caraballeda corría el riesgo de ser asaltada y quemada por corsarios y que por tal ratón —anadia el funcionario— sus diez o doce vecinos residían en Caracas, donde tenían a sus mujeres. Sugería que Caraballeda fuese totalmente incorporada a Caracas. El 13 de agosto de 1577, también en carta dirigida al Rey, expone Pimentel, entre otras cosas, que Caraballeda, situada a 4 ó 5 leguas de Caracas, "a la lengua del agua, tiene quince o dieciséis vecinos, no tiene otra defensa más que la costa ser brava", por lo cual consideraba que si los enemigos querían podrían quemarla y recomendaba de nuevo su abandono como ciudad y la incorporación de sus habitantes a la de Caracas. La desaparición de Caraballeda, pues, había sido ya recomendada por un funcionario tan competente y ecuánime como Pimentel enl576yl577, es decir, 6 ó 7 años antes de que llegase a Venezuela el Gobernador Luís de Rojas.

Esta ecuanimidad de Pimentel se refleja en su Relación tantas veces mencionada, redactada en Caracas entre el lo y el 23 de diciembre de 1578, con la asesoría de los Cabildos de Caraballeda y de Caracas y de los vecinos antiguos y de experiencia. Resumiremos —aun a riesgo de repetir algo que anteriormente se haya dicho— lo i que expresa Pimentel sobre Caraballeda.

En primer lugar, es obvio que Caraballeda tiene Cabildo entonces, puesto que Pimentel se asesora con él. Después de haber rabiado de Santiago de León de Caracas —"que es en la que al presente resido"— como una de las "dos ciudades de españoles" existentes en la provincia de Caracas, escribe: "La otra ciudad se llama Nuestra Señora de Caraballeda, está en la costa del mar y cae en la dicha comarca de los toromaynas. Su asiento se llama en lengua de los indios naturales Amanaure, por un indio señor de aquel asiento r se llamaba de este nombre". Relata luego las entradas de Fajardo, el asentamiento en El Panecillo y la fundación en 1560 del Collado "en donde ahora está la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda', a ocho o nueve leguas al occidente del Panecillo. Continúa: n el abandono de las poblaciones de Fajardo y de Rodríguez Suárez concluye con la entrada de Diego de Losada en 1567, quien “pacifico y reedificó los dos pueblos despoblados. . . y al Collado de está en la costa del mar [lo llamó Nuestra Señora de Caraballeda, poblándolas en los mismos sitios que antes". Describe luego el clima de Caraballeda "generalmente caliente y húmedo", aunque con vientos y brisas" que hacen que se la tenga por más sana que Caracas. "Arriba y abajo" de Caraballeda (es decir, al Este y al Oeste) nacen de la sierra muchos arroyos de muy buena agua que corren todo el año y "con todos ellos riegan" aunque ninguno es grande. Cerca de la ciudad hay una laguna o albufera, con buena pesca.

El camino entre Caracas y Caraballeda es "muy torcido" a causa de la "sierra que esta en medio": saliendo de Caracas se recorre una legua "por llano" nacía el Oeste, luego se sube y se cruza la sierra, rumbo al Norte, hasta bajar al mar y de allí tres leguas por la costa hacia el Este, donde se halla Caraballeda. En esta ciudad "hay 20 vecindades con encomiendas de indios", y en ella viven 4 de los conquistadores que entraron con Diego de Losada. (En Caracas había 60 vecinos, 40 de ello encomenderos, y allí residían 14 de los antiguos compañeros de Losada). Las casas de Caraballeda eran todas "pajizas, con los palos hincados", sin "tapiería". Ni en Caraballeda ni en ningún otro lugar de la Provincia había "fortaleza ni fuerte edificado". Había, sí, en Caraballeda, "una iglesia parroquial con un cura", y algunos franceses canos del Convento de Caracas servían doctrinas de "los términos de esta ciudad [Caracas) y Nuestra Señora de Caraballeda: "Respecto al comercio, lo tenía Caraballeda: (y también Caracas) con la "isla Margarita y pesquería de perlas", y con Cumaná. Iban y venían barcos y canoas. De allá traían sal de Araya, mercancías de España y perlas, que se usaban como moneda; los de Caraballeda y de Caracas les vendían maíz, carne, tocinos, quesos, sebo, miel, cocuiza, lienzo de algodón y hamacas.

Es realmente notable el hecho de que al tratar de los puertos del litoral central, Pimentel no menciona para nada al puerto de Caraballeda. A las ciudad sí, pero no a su puerto. En cambio, se refiere a "algunas ensenadillas pequeñas que hacen puerto y sirven de abrigo a los barcos y en éstas paran y surgen los navíos y canoas que aquí vienen, como el puerto de Guaycamacuto, el de La Guaira y el de Catia. Caraballeda, según esto, era una ciudad con un desembarcadero o una playa, pero no era un puerto. Me atrevo a afirmar que para Pimentel no existía tal puerto de Caraballeda. Así lo demuestra el mapa plano que acompaña a su Relación. Allí, a partir del Cabo Codera, y hacia el Oeste, se señalan en la costa los siguientes puntos: Ensenada de Chuspa, Puerto de Urama Punta de Naiguatá, Puerto de Guaycamacuto, Puerto de La Guaira, Cabo Blanco, Ensenada de Catia, Puerto de Arrecifes, etc. Entre la Punta de Naiguatá y el Puerto de Guaycamacuto está dibujada, en tierra, la ciudad de Caraballeda, pero no se menciona ningún puerto. La Relación y el mapa-plano, pues, coinciden totalmente, como era de prever.

Simbólicamente, el mapa-plano de Pimentel refleja la considerable ventaja que Caracas había tomado sobre Caraballeda en algo más de diez años desde que ambas habían sido fundadas por Diego de Losada como ciudades jurídicamente iguales. Mientras Pimentel nos ofrece un plano bastante detallado de Caracas, en cambio Caraballeda es representada por algunas chozas que cuesta trabajo distinguir, allá entre la cordillera y el mar. Es cierto que Pimentel se vale de dos escalas distintas (una para Caracas y sus alrededores, otra para la costa desde Maracapana hasta Tucacas) y que ello distorsiona forzosamente la imagen, pero esta distorsión, científicamente objetable, ¿no es, sicológicamente, el reflejo de una realidad sociopolítica? La primacía de Caracas sobre Caraballeda.

Más que las Casas Reales, más que la sede del Cabildo, más que las fortificaciones, un edificio sobresale en la ciudad hispánica colonial: el templo. El templo, o los templos, nos hablan de la ciudad, en aquellos siglos de fe. En su Relación de 1578 Pimentel dice que la Iglesia Parroquial de Caracas estaba terminada y había sido construida "de piedra y ladrillo y cal y tapería" y cubierta de teja. Le parecía razonablemente bien hecha. De Caraballeda lo único que dice, como se ha visto, es que hay una iglesia parroquial con un cura. Pero el Obispo Juan Manuel Martínez Manzanillo, el 30 de enero de 1582, al darle cuenta al Rey del estado de su diócesis, escribía que la iglesia de Caraballeda estaba "caída" y no tenía ornamentos por su gran pobreza; agregaba que "todas las iglesias de esta Gobernación y Obispado de Venezuela son de paja y madera, embarradas por fuera, excepto la de Santiago de León que es de teja, y se está cayendo". También la Catedral, en Coro, era de "madera y paja y embarrada por fuera y por dentro, que da lástima verla". En aquellos tiempos de fe. . . y de corsarios calvinistas o luteranos, a las ciudades de la costa les resultaba difícil sobrevivir, tanto si eran (el caso de Coro) sede de un Obispado, como si se trataba de una población (Caraballeda) que raí vano intentaba despegar. Es cierto que la situación de Caracas no era muchísimo mejor, pues si tenía templo de piedra, ladrillo y teja, recién construido, ya amenazaba caerse, como lo decía el Obispo. La diferencia era que, así no fuesen abundantes, los caraqueños disponían de recursos para reedificarlo, como de hecho lo hicieron más de una vez. Tenían la fe. . .y las obras. Por algo no eran luteranos ni calvinistas.


 


 

 

LA CIUDAD DE CARABALLEDA Y EL PUERTO DE LA GUAIRA
 


Tenemos, pues, el triángulo perfecto. Por un lado una ciudad pujante —todas proporciones guardadas— y dominadora, como Caracas, que necesita un puerto seguro y cercano. Por otro lado, una ciudad en decadencia, en el litoral, como Caraballeda, que prácticamente no tiene puerto o lo tiene muy malo. Por otro, finalmente, un puerto natural, La Guaira, que no siendo sino mediocre, por lo menos es superior al de Caraballeda, y se halla situado al pie del camino que desde Caracas baja al litoral.

En marzo de 1580 el Contador de Real Hacienda de la Provincia de Venezuela, Diego Ruiz de Vallejo, quien habitualmente reside en Caracas, ha bajado al litoral. El día 21, desde el "puerto de La Guaira, costa de Caracas" le escribe a la "Sacra Real Majestad" de Felipe II, para informarle de varios asuntos que tocan a su servicio. En uno de los párrafos, dice:

"En esta Gobernación no hay puerto que esté poblado porque el puerto de Coro está casi tres leguas desviado del pueblo y allí vienen muy pocos navíos. El puerto de Borburata está despoblado y la ciudad de Valencia, que es el pueblo más cercano, está ocho leguas desviado del puerto. En esta costa de Caracas está un pueblo que se llama Caraballeda y por ser la costa muy brava no vienen a surgir en él navíos ningunos, y van a surgir al puerto de Guayra, que está casi tres leguas más abajo del pueblo; y el pueblo de Santiago, que es donde nosotros residimos, está cuatro leguas grandes de sierra muy mala del puerto: y por esta causa, si los marineros quieren hacer algún dolo, lo pueden hacer antes que nosotros lo podamos visitar. Si vuestra majestad fuera servido mandar que el pueblo de Caraballeda se mude y pase al puerto de Guayra para que haya pueblo en el puerto donde surgen los navíos y donde nosotros podamos residir o tener nuestros tenientes para que se haga lo que conviene al servicio de Su Majestad y su Real Hacienda"

Este párrafo confirma lo que antes se ha dicho. Que existiendo todavía la ciudad de Caraballeda, el puerto de Caracas (aún despoblado) era ya La Guaira. Al puerto natural de La Guaira llegaban los buques que traían mercancías para Caracas desde antes de 1580, pues así lo confirma Diego Ruiz de Vallejo en esta carta. Pero la circunstancia de estar despoblado aquel paraje constituía una incitación al dolo y al contrabando. La solución, según Ruiz de Vallejo —quien consideraba el problema desde el ángulo fiscal— era trasladar al puerto de la Guaira la ciudad de Caraballeda.

La Corona, al parecer, vio con buenos ojos esa solución, pues al margen anotó el Secretario de Cámara: "Carta para el Gobernador que informe cerca de esto y procure que estos puertos se pueblen". Y más arriba, también al margen, se escribió: "Fecha"; es decir, que la carta al Gobernador había sido hecha y enviada. El Gobernador era todavía, en esa época, Juan de Pimentel, de quien no hemos podido localizar correspondencia que trate sobre esto.

Es probable que la presencia de Ruiz de Valle jo en el puerto de La Guaira estuviera relacionada con la llegada del Contador Juan Bautista de Nava, quien traía desde Margarita las perlas correspondientes al quinto real. Como había corsarios franceses que acechaban a lo largo de la costa, Ruiz de Vallejo y Nava subieron a Caracas, donde estaban ya el 25 de marzo. Ahí, al parecer, se quedaron las perlas durante un año, y en marzo de 1581 el Gobernador Pimentel y los dos Oficiales Reales de Caracas (Ruiz de Vallejo y Gonzalo de los Ríos) se reúnen de nuevo con el Contador de Margarita, Nava, quien recibe 13 cajones de perlas el 31 de marzo de 1581 "en el Puerto de Guaicamacuto de esta costa de la Provincia de Caracas". Entre los testigos figura Alonso Pérez de Valenzuela, uno de los primeros vecinos de Caraballeda. En todo caso, llama la atención que. ni en 1580 ni en 1581 la operación se haga en el puerto de Caraballeda, sino en el de La Guaira (1580) y en el de Guaicamacuto (1581).

Entre tanto, la vida continuaba, en la ciudad de Caraballeda, con sus grandes y pequeñas satisfacciones o miserias. Al Cabildo Eclesiástico de la Catedral, residente en Coro, le llegó por abril de 1581 el rumor de que "en la ciudad de Caraballeda, provincia de Caracas, estaba un vecino de ella viviendo en mal estado con su suegra", por lo cual el Cabildo comisionó a Bernardo Vallejo, vicario de Caracas, para que bajase a Caraballeda y averiguase lo que hubiese de cierto. El Cabildo Eclesiástico de Coro (¡que en aquel tiempo gobernaba la Diócesis por haber muerto el Obispo y no haber llegado el sucesor) se reservaba el derecho de dictar sentencia una vez recibido el sumario. Nunca he logrado saber qué más pasó, pero no está de más notar que también en los asuntos eclesiásticos Caracas ejercía cierta tutela (como mandataria de la lejana Coro) sobre Caraballeda.

Durante los años finales de la década de 1570 y los primeros de los años 80 llegaron varios buques al litoral central. Unos, los menos, provenían directamente de Sevilla. Otros, los más, de la isla Española (Santo Domingo) o de Margarita. Algunos, sobre todo negreros portugueses, venían de África y recalaban en los puertos venezolanos con el pretexto de las "arribadas forzosas". En 1579 fondeó frente a Caraballeda una nave que venía de Sevilla y que trajo sólo 335 pesos en mercaderías. En 1580, según relata Oviedo y Baños, llegó al mismo lugar un navío negrero portugués, procedente de Guinea, que trajo la viruela a bordo, "achaque que nunca se había padecido en estas partes. . . cundió. . . con violencia. . . el contagio entre los indios. . . hizo tan general estrago que despobló la provincia consumiendo algunas naciones [de indios] enteras…

Exagera sin duda Oviedo, y además ha de tener errada la fecha, pues ya en 1578 decía el Gobernador Pimentel en su Relación que una de las causas de la disminución de los aborígenes había sido, entre otras enfermedades, la viruela. En 1582 fondeó en La Guaira, obligada por una tormenta, otra nave, española ésta, que venía de Sevilla y desembarcó mercancías por valor de 1.800 pesos la mayor parte de las cuales —si no todas— debieron ir a parar a Caracas. “En 1584 —escribe Arcila Farías— el número de naves que llegaron a La Guaira procedentes de Santo Domingo fue de siete, y dejaron un cargamento que sumó en total 8.181 pesos. Como se puede ver, el de La Guaira era un puerto bien activo aún antes de que Caraballeda quedase despoblada del todo. Y aunque en La Guaira no existía entonces un núcleo poblado, ya funcionaba el lugar como puerto de Caracas, es decir, como sitio de carga y descarga. Nada tiene, pues, de extraño que el 19 de junio de 1584, en Caracas, reunidos el Gobernador Capitán General Luís de Rojas, el Contador Diego Ruiz de Vallejo— el de la carta de 1580— y Antonio Rodríguez, Teniente de Tesorero, para tratar de lo concerniente a la Real Hacienda, dijeran:

“. . . que en la costa de esta Provincia de Caracas hay muchos puertos y despoblados de españoles, por la cual causa Su Majestad es defraudado, o se entiende que lo será, de su Real Hacienda, por no haber allí el recaudo necesario por estar despoblados los dichos puertos, y los dichos señores Oficiales [Ruiz de Vallejo y Rodríguez] estar en esta ciudad de Santiago de León, que es cuatro leguas de la dicha costa. Por tanto que pedían y pidieron a Su Merced [el Gobernador] provea que allí se haga una aduana con persona de confianza que en ella esté, para que tenga cuenta y razón de lo que a la Real Hacienda conviene, y que Su Merced mande proveer a la persona que allí estuviere del salario que justo sea. . .”. A todo lo cual accedió el Gobernador, quien dijo que además de la aduana se haría una caleta en el dicho puerto para que puedan entrar y salir los barcos sin hacerse pedazos”, y que lo trataría con el Cabildo de Caracas “para que dé orden de cómo y de qué se ha de pagar lo que costare la dicha aduana y caleta”. Aunque en el texto del acuerdo no se nombra al puerto de La Guaira, es evidente que de ninguna manera se pensaba en Caraballeda para instalar la aduana, pues el Gobernador se propone tratar el asunto con el Cabildo de Caracas y no con el de Caraballeda. Para mí, el puerto al que se referían no podía ser sino el de La Guaira: así lo confirma, en mi opinión, el hecho de que algunos años después, en 1592, se menciona en otro acuerdo al Guarda del Puerto de La Guaira, es decir, a la “persona de confianza” prevista en el acuerdo de 1584.

Volvamos ahora a Caraballeda, y al año de 1583. El sucesor de Pimentel, el madrileño Luís de Rojas, que había sido nombrado en junio de 1580 Gobernador y Capitán General de Venezuela después de haberlo sido de Yucatán y de Santa Marta, llegó a Caraballeda hacia octubre de 1583, acompañado de su esposa, doña Bárbula de Antesana, dos hijos varones y una hija casadera.

Allí se encontró Rojas con el Obispo Martínez de Manzanillo, quien venía en visita pastoral, y juntos subieron a Caracas, después de haber podido apreciar directamente el estado de la ciudad de Caraballeda. En Caracas, Rojas tomó posesión de su cargo el día 21 de noviembre de ese año de 1583. El lo de abril del año siguiente. Rojas informaba mere muchas otras cosas, que ninguno de los puertos de mar estaba poblado, pues en Borburata sólo había dos bohíos donde se recibían harinas y otras mercancías y Caraballeda se hallaba “en proceso de decadencia, con sólo tres vecinos”. Ratificaba, así, lo que en años anteriores había expuesto Pimentel respecto a Caraballeda. e indirectamente confirmaba que en el puerto de La Guaira no tía entonces ningún núcleo poblado, ni siquiera “bohíos” como los de Borburata, pues de haberlos habido los hubiese sin duda mencionado también.

Rojas, a juzgar por esta y otras comunicaciones dirigidas a la Corona en 1584, tenía muy buen concepto de las posibilidades de progreso económico de Venezuela, “una de las mejores tierras y más fértiles que hay en todas las Indias, la cual produce todas las cosas que en ella se siembran mejor que en Castilla y con más abundancia. El pensaba en promover la explotación de las minas de oro de las cercanías de Caracas dándoles “licencia” a los encomenderos para utilizar indios con tal objeto, pero al mismo tiempo deseaba poner coto a los abusos que dichos encomenderos cometían con los indios. Rojas estaba consciente del poderío de la oligarquía caraqueña “como hombres que tan en la posesión están desde que se fundó esta tierra”, y agregaba: “… entiendo que se levantarían contra mí”.

El choque, en efecto, se produjo, como veremos más adelante. En otro orden de ideas, Luís de Rojas señala un hecho fundamental en la historia de la Venezuela colonial: muchos vecinos de Caracas abandonan la búsqueda del oro para dedicarse a sembrar trigo, el cual ha dado buen resultado y se exporta a Santo Domingo, la isla Margarita y a otros lugares. Esta exportación, de trigo iba a darle gran vitalidad, a partir de los años 1590, no sólo a La Guaira, sino a otros puertos, como Catia y Arrecifes.

En respuesta a una Real Cédula donde se le pedía información sobre los cargos de Regidores de las ciudades de Venezuela (de los que nombraba directamente el Rey) contestó Rojas el 27 de octubre de 1584 que todos los de Caracas eran “cadañeros”— es decir, elegidos anualmente por los vecinos— y que no había ninguno nombrado por el Rey. Pedía licencia a Felipe II para “señalar” en “nombre de Su Majestad” cuatro de los vecinos más honrados de Caracas para ser Regidores perpetuos de los que nombraba el Rey282. Eran, precisamente, los años en que Felipe II, (o el Estado Español, si se prefiere) abrumado de deudas, buscaba afanosamente nuevos recursos: y una de las soluciones fue la de institucionalizar y sistematizar la venta de los cargos de Regidores, Alféreces Reales, Fieles Ejecutores y otros similares dentro de los Cabildos. Rojas, al querer convertirse así en “gran elector”, tuvo que enfrentarse a terribles presiones y despertó fuertes animosidades.

Dentro de este cuadro, creo, debe situarse lo que relata Oviedo y Baños sobre la crisis que condujo a la despoblación definitiva de Caraballeda. Oigámosle: “Gobernábanse en aquel tiempo las ciudades de la provincia por la dirección de cuatro Regidores cadañeros, a quienes por costumbre, o privilegio, tocaba la elección de los alcaldes para la administración de la justicia ordinaria, y llegando el año de ochenta y seis mandó el Gobernador D. Luís de Rojas a los de Caraballeda, que no hiciesen la elección como solían, porque quería él ponerlos de su mano. Los Regidores, viéndose despojados sin razón de aquella preeminencia, que tocaba a sus oficios, y en que los debía mantener la posesión en que se hallaban desde que se pobló aquella ciudad, suplicaron con palabras reverentes y modestas del mandato del Gobernador, y sin querer admitir al ejercicio los que mandó nominados, juntándose a Cabildo el día primero de enero eligieron sus Alcaldes como acostumbraban siempre; y como en las Indias no hay acción, por justificada que sea, que no se califique por delito y gradúe por desacato si se opone, aunque sea en sombras, a la más mínima insinuación de un superior, bastó lo ejecutado en este lance para que D. Luís de Rojas, sintiéndose agraviado, los declarase por incursos en las indignaciones de su enojo; y tratando de pasar luego al castigo, para desahogar con la venganza los ardimientos de su cólera, mandó llevar presos a Santiago a los cuatro Regidores que habían hecho oposición a su dictamen.

“Sentidos de esta demostración los demás vecinos de Caraballeda, reputando por agravio común el desaire que se hacía a sus Regidores, desampararon la ciudad, mudándose los más a vivir a Valencia: transmigraciones que con facilidad se hacían en aquel tiempo, porque siendo las casas de vivienda unos bohíos de paja, no reparaban los dueños en el poco costo de perderlas. . .”.

En 1589, cuando la despoblación de Caraballeda era muy reciente, varios de los vecinos de Caracas que contestan a la indagatoria de Leguizamón se refieren a ese asunto. Uno de ellos es Lázaro antiguo alcalde de El Collado, antiguo regidor de Carabatla sazón prominente vecino de Caracas, quien dice así: “.. . rusente hay en esta Provincia que llaman de Caracas un pueblo de les que es esta ciudad de Santiago de León con doce leguas de jurisdicción la tierra adentro y de travesía hasta la mar, y que otro ) que llamaron Nuestra Señora de Caraballeda que pobló el Diego de Losada se ha despoblado y los vecinos de él se n a vivir a esta ciudad donde están incorporados en ella, y esto de, y que la despoblaron por causa de ser infestados de enemigo franceses e ingleses por estar a legua sic, por lengua?  de agua. Otro testigo, quien se identifica como Juan Pérez de Várela, de 33 años poco más o menos, encomendero de indios, con “casa poblada” en Caracas, dice que ‘la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda está despoblada por causa del Gobernador don Luís de as que mandó que un año no hiciesen elecciones de Generales sic Alcaldes y Regidores de la dicha ciudad y desde entonces se despobló del todo y se vinieron los vecinos que quedaban como fue publico…

Estos dos testimonios, los únicos coetáneos que conozco, no se contradicen, sino que se complementan. El segundo, el del joven encomendero, posiblemente nada adicto al Gobernador, expresa sin duda una verdad, al decir que Rojas quisó impedir las elecciones en Caraballeda, aunque su lenguaje (o lo que anotó el escribano), resulte confuso. Hubo, indudablemente, intervención de Rojas. Pero esta intervención no hizo más que ponerle punto final a un :eso de decadencia, ya señalado por Pimentel, por los Obispos Agreda y Manzanillo y por el propio Luís de Rojas, cuyas causas más evidentes (aunque no únicas) señala en su testimonio Lázaro Vásquez. Hasta el mismo Pérez de Valenzuela parece conceder inconscientemente que la imposición de Rojas no fue la única causa cuando dice “se despobló del todo”, es decir, se acabó de despoblar.

Ahora, lo interesante es que en ninguno de esos testimonios se alude a un intento de trasladar la ciudad de Caraballeda al sitio del puerto de La Guaira. Sabemos que existió el proyecto de hacerlo, pues la carta de Ruiz de Vallejo al Rey es muy explícita al respecto. Pero nada más. En realidad, entre la despoblación de Caraballeda y el poblamiento—no fundación— de La Guaira hay un hiato de algunos. años. El hecho es que la ciudad de Caraballeda —que venía languideciendo desde su fundación— se extingue en 1586 por la causa eficiente de la intervención de Rojas; una parte de sus vecinos se incorporan a Caracas —así lo dicen los dos testimonios de 1589— mientras que otros, como lo expresa Oviedo y Baños, van a Valencia. Así termina su existencia Caraballeda antes de cumplir los 20 años. No hubo, pues, traslado de la ciudad de Nuestra Señora de Caraballeda al sitio llamado La Guaira, entonces una ensenada que ya venía utilizándose como puerto de Caracas.

Ahora, el hecho de que aquel traslado no se produjera no significa que no hubiera podido producirse. En principio, era algo perfectamente normal, y muy corriente en el Imperio hispánico. Una vez que una población tenía el status jurídico de ciudad lo que contaba no era el terreno sobre el cual estaba emplazada la población, ni tampoco las casas ni las calles, sino la condición jurídica, que estaba vinculada al conjunto de los vecinos, quienes se llevaban a la ciudad consigo al trasladarse a otro lugar, así fuese lejano. Enrique Otte nos dice que un grupo de pobladores de Cubagua revivieron en 1545 ala Nueva Cádiz en la isla Margarita, en tanto que el mismo año Diego Caballero y su socio Alonso Díaz de Gibraleón se referían a su empresa de perlas establecida “en Cubagua del dicho Cabo de La Vela”. Les convenía mantener (así fuese tan sólo como fórmula jurídica) lo que había sido realidad viva. Pero no fue este el caso de Caraballeda, que murió como ciudad. Y La Guaira no nació como ciudad, sino como humilde puerto llamado a tener, con el paso del tiempo, un desarrollo notable.

El enfrentamiento del Gobernador Luís de Rojas con los vecinos de Caraballeda no fue sino uno de sus menores problemas. El más violento de los choques lo tuvo, aquel mismo año de 1586, y en los dos siguientes, con la oligarquía caraqueña, que él simbolizaba en las hermanas Rojas, todas ellas casadas con hombres ricos e importantes. Oviedo y Baños atribuye este choque a que Rojas acusó a algunos vecinos de Caracas de haber apoyado a los de Caraballeda e incitado a un motín, y por ello puso preso al Capitán Juan de Guevara. Desde luego, el Gobernador no era ningún alma de Dios, como lo demuestra el hecho documentado de que se las ingenió, al comienzo de su gobierno, para que la pingüe encomienda que parcialmente en tierras del litoral tenía Juan Desque (hijo del Justo Desque más arriba mencionado) pasase, al morir aquél, a manos del lugarteniente del propio Gobernador, Jácome Fantón. Empero, la verdadera causa de la pugna entre Rojas (a quien apoyaba el Obispo Martínez de Manzanillo) y los optimates caraqueños fue la cuestión del servicio personal de los indios, que el Gobernador y el Obispo querían moderar, mientras que los encomenderos deseaban increrarlo, o al menos mantenerlo tal cual estaba.

A Luís de Rojas le pusieron pasquines, y le acusaron de peculado, de ir contra los de Caracas, de atrepellar a mujeres casadas, de extorsionar a los, de mandar asesinar a un encomendero, de haber puesto preso n sacerdote y haber dejado morir en la cárcel a un “indio cristiano cacique y principal”, de sembrar cizaña y de comportarse como un verdadero tirano. . . pero en medio de ese maremagnum de acusaciones nadie parecía acordarse de la despoblada Caraballeda, que marchaba velozmente hacia el olvido. Y es que si Rojas se enfrentó a la poderosa élite caraqueña en el asunto del trabajo de los indios, en cambio —consciente o inconscientemente— el Gobernador sirvió a ha élite cuando le dio la puntilla a Caraballeda. Ahora, Caracas, ciudad, ya no tenía rival en la costa cercana. Pero seguía sentido un puerto. Un puerto que no fuese —en el sentido jurídico hispánico— una ciudad.

 

 


 

 

UNAS ATARAZANAS, UN FUERTE, UNA CALETA.
 


En 1585 y 1586, corsarios, piratas y bucaneros azotaban las costas del Caribe. El temible y temido Sir Francis Drake había regresado, se había apoderado de Santo Domingo y la había saqueado. En Caracas la gente vivía inquieta. El 16 de abril de 1586, Gobernador Rojas le escribía al Rey que “con la pérdida de Santo mingo andan todos muy temerosos y en esta ciudad [Caracas], con Estar tres leguas del puerto estoy con muy gran recato y cuidado”. El puerto situado “a tres leguas” de Caracas no podía ser sino el de La Guaira. Con lo cual se ve —y así lo demuestran otros documentos que en su momento examinaremos— que desde entonces La Guaira era el puerto por antonomasia de Caracas. Cuando se quería hablar de otro. se decía “el puerto de Arrecifes” o “el puerto de Catia”, o “el puerto de Guaicamacuto”, etc. Pero el puerto era La Guaira.

Para calmar un tanto aquellos temores, así como para cumplir con su obligación, el gobernador puso “centinelas en la costa de la mar”, según se lo informó al Rey el 31 de julio. Debían ser vigías, preparados para avisar al menor indicio de incursión enemiga. Las noticias eran cada vez más alarmantes. El Drake había tomado la ciudad de Cartagena, uno de los florones de la Corona española en América, y le había arrancado un rescate de más de cien mil ducados. Otros piratas de menor envergadura andaban detrás de botines tal vez menos jugosos, pero también apetecibles. Un francés rondaba los alrededores del Cabo Codera, aguardando a la nave que debía llegar de Margarita con el producto de la Real Hacienda de la isla, para recoger en La Guaira el de Caracas y llevarlo todo a los galeones en Cartagena o en La Habana. Pero esta vez el pirata resultó escarmentado, pues el tesoro venía custodiado por dos galeras que al mando de Sancho de Arze patrullaban desde aquel año las costas de Tierra Firme. Hubo, al parecer, un combate terrestre-naval en el cual participó el Gobernador Rojas. Este fue al litoral con tropas para enfrentarse al pirata, cuyo barco fue hundido por las galeras. En carta de 10 de diciembre de 1586, el Gobernador daba cuenta de todo a Su Majestad, a quien sin falsa modestia le informaba de que él mismo bajó a la marina —es decir a la costa— “que es cuatro leguas de esta ciudad, donde les defendí el puerto a arcabuzazos”.

Los afanes de la guerra alternaban con los trabajos de la paz. En carta del 10 de abril de 1587, cuando ya había pasado el peligro inmediato, el Gobernador Rojas exponía que se estaba construyendo un acueducto para traer agua a Caracas, y pedía ayuda a la Corona para esta obra. También la solicitaba para “acudir a otra necesidad tan forzosa y precisa como es aderezar el puerto de esta ciudad, [que] por no estarlo se pierden en él algunos barcos”. Aquí se refería, sin duda ninguna, a La Guaira. La ayuda solicitada consistía en establecer un impuesto especial (se entiende, para sufragar con su producto las obras del puerto y del acueducto) “de dos pesos de plata, que son veinte reales” por cada negro que entrase por mar o tierra a Caracas, y de un peso de plata por cada pipa de vino que se importase. En abril del mismo año de 1587, Rojas decía que el contador Diego Ruiz de Vallejo estaba muy viejo. No tardaría en morir aquel hombre que tanto hizo para darle vida, como centro poblado, a La Guaira. Su empeño no se convirtió en realidad sino años más tarde, pero es justo recordar aquí, como precursor de La Guaira, al “ilustre señor Diego Ruiz de Vallejo, contador general y juez oficial de la Real Hacienda de Su Majestad en la Gobernación de Venezuela”, como decían los documentos de la época. Por mayo de 1590 hacía ya algún tiempo que había muerto.

La llegada a Venezuela de Don Diego de Osorio despejó el ambiente de rencillas y rencores que reinaron durante el mandato de su antecesor. Sobre la posible fecha de su llegada escribe Luís Alberto Sucre:

“Osorio fue nombrado Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela por título fechado en Madrid a 4 de diciembre de 1588, título que él recibió en Santo Domingo en mayo de 1589, así es que no puede haber venido a Venezuela en 1587 ni en 1588, como lo han dicho muchos historiadores, lo mismo que Don Simón Bolívar, el Procurador, que lo acompañaba, sino después de mayo de 1589″.

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Firma de “Don Diego de Osorio”, el Gobernador de Venezuelaque le dio un gran impulso al puerto de La Guaira.
( Concejo Municipal del Distritto Federal, Caracas).


Lo seguro es que el 20 de septiembre de 1589 se hallaba ya en Caracas, adonde tuvo que llegar, por consiguiente, entre mayo y septiembre de ese año.

Si llegó (como es de suponerse) por mar, he aquí el panorama que pudo contemplar mientras el buque en el cual viajaba se dirigía a La Guaira:

Si se viniere por fuera a vista de la costa se verán unas serranías muy elevadas, una quebrada y un pico muy agudo [Naiguatá], el cual está a medio camino de Quadera [hoy Codera] a La Guaira, y yendo más para el Oeste se verá en lo alto de la sierra una quebrada como silla de caballo y que llaman la silla de Santiago [hoy silla de Caracas], de La Guaira a Caracas, y viéndola se irá a tierra y estando al norte de ella se estará sobre el valle de Caraballeda, tres leguas a barlovento de La Guaira. . .”.

Era un hombre de mar y de guerra quien llegaba a Venezuela, pues sirvió “15 años en las guerras de Flandes y 9 en las galeras de Italia y España”. Fue Capitán de la galera Temeraria, y pasó a Santo Domingo en una de las dos galeras “a cargo de Ruy Díaz de Mendoza; a éste lo mataron los forzados de la capitana, por lo que Osorio quedó como cabo, después de debelar el motín; residió cinco años en Santo Domingo, derrotó corsarios y gobernó la gente de tierra. . .”. Nada tiene, pues, de extraño que un hombre así se interesase en acelerar y ampliar los trabajos previstos desde el tiempo de su antecesor en el puerto de La Guaira.

En ninguno de los documentos coetáneos que he podido consultar se menciona que Osorio tuviera el propósito de crear una población en el puerto de La Guaira, y mucho menos que lo llevara a cabo en 1589 o en cualquiera de los años siguientes durante su gobierno. En realidad, ni siquiera Oviedo y Baños, que suele ser la fuente más citada al respecto, afirma tal cosa. Si nos fijamos bien en el texto del autor de la Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela que hemos reproducido al comienzo del presente estudio, observaremos que dice: “aunque por entonces sólo se fabricaron en él [el puerto] unas bodegas, que sirviesen para asegurar la carga de los naos, después poco a poco se fueron levantando algunas casas y agregándose allí algunos vecinos; de suerte que con el tiempo ha venido a ser. . .

Por inercia, y sin examinar bien lo que dice Oviedo y Baños, otros historiadores, venezolanos o del exterior, han venido repitiendo que Diego de Osorio fundó el puerto de La Guaira. También se ha venido escribiendo, apoyándose sobre la autoridad única de Oviedo y Baños, que la supuesta o real fundación de La Guaira por Osorio sólo vino a materializarse cuando los vecinos de Caraballeda se negaron a poblar nuevamente su abandonada ciudad. No es imposible, por supuesto, que el nuevo Gobernador intentase persuadirlos de que volviesen a levantar a Caraballeda, aunque en verdad lo considero muy poco probable. Pero en todo caso, si de nuevo leemos con cuidado al historiador colonial veremos que en ningún momento afirma que el Gobernador quiso poblar a La Guaira con los vecinos de Caraballeda, es decir, trasladar la ciudad de Caraballeda al sitio del puerto de La Guaira. Este proyecto quien lo enunció fue Diego Ruiz de Vallejo, en su carta al Rey de 1580, pero éste es el único documento coetáneo que lo menciona. Al parecer, después se abandonó la idea.

Lo que sí resulta del todo inaceptable, a la luz de los argumentos anteriormente expuestos en el presente trabajo, son dos afirmaciones Oviedo y Baños. La primera, que a Osorio —es decir, a Caracas, o 11¿Provincia— le convenía tener el puerto de Caraballeda asegurado para la carga y descarga de los naos y para facilitar las relaciones de comercio. Ya hemos visto que aún estando activa Caraballeda, su puerro tenía escaso valor para Caracas, hasta el punto de que nunca fue el puerto de Caracas, si bien pudo servirle en una que otra ocasión, La segunda, que para mantener puerto en la costa, escogió Osorio el de La Guaira por estar más inmediato a Caracas. Como se ha visto, el sitio había sido escogido mucho antes por Diego Ruiz de Vallejo, Juan de Pimentel, Luís de Rojas y aun antes que todos ellos por quienes abrieron (o ensancharon, para el caso presente es lo mismo) el camino real que conducía desde Caracas hasta la ensenada de La Guaira. Lo que Osorio hizo, fue, simplemente, ratificar y apoyar e implementar tal decisión, lo cual no es poca cosa, por cierto. Aunque ibera por esto únicamente, bien merecería Osorio los calificativos que con justicia le da Luís Alberto Sucre: “gobernante inteligente, honrado, organizador y laborioso”.

Uno de los primeros actos de gobierno de Osorio fue la promulgación de las “Ordenanzas hechas por el Gobernador, Justicia y Regimiento de la ciudad de Santiago de León para el oficio de Fiel Ejecutor”, firmadas por Osorio y los miembros del Cabildo el 20 de septiembre de 1589 y pregonadas en la plaza mayor y en otros lugares de Caracas el día 22 por boca de Lorenzo, “indio ladino y cristiano”. La mayor parte de esas Ordenanzas contenían disposiciones encaminadas a evitar la especulación con víveres y mercancías, de acuerdo con el espíritu de la legislación hispánica de entonces. El artículo lo comenzaba así: “Item, ordenamos y mandamos que todas las mercaderías que en esta ciudad o en el puerto de La Guaira se compraren, por compra de personas de cualquier calidad que sean, así ropa para la llevar [llevarla] a vender como para sacarla ellas a usar, vengan a manifestarlo ante el escribano del Cabildo. . .”, declarando el precio a que la habían pagado318. El objetivo, como se ha dicho, era la protección del consumidor, pero lo que interesa aquí para nuestro tema es el hecho de que había gente de Caracas —tanto particulares como comerciantes— que iban a comprar ropa a La Guaira cuando llegaba algún buque mercante. El puerto, pues, continuaba en funciones como lo había estado desde años antes, y del texto transcrito se desprende claramente que no había entonces en el litoral autoridades allí establecidas, pues en tal caso la declaración se hubiese hecho ante ellas, al comprar la mercancía, y no después de haberla transportado a Caracas.

En los primeros días de diciembre de 1589 se reunieron en Caracas los representantes de varios Cabildos de Venezuela. Además de Osorio y de los miembros del Cabildo caraqueño, asistieron los delegados de Barquisimeto, El Tocuyo, Valencia, Carora, Maracaibo y San Sebastián de los Reyes. No los hubo de Coro ni de Trujillo. Los presentes acordaron darle poder a Don Simón de Bolívar (el primero de ese apellido en Venezuela, quien había llegado en la comitiva de Osorio) para que como Procurador de la Provincia de Venezuela los representase ante la Corte y solicitase del Rey varias mercedes. Las instrucciones las recibió Bolívar del Cabildo de Caracas —actuando “por sí y en nombre de las demás ciudades de la dicha Gobernación’— el 24 de marzo de 1590. Constaban de 27 puntos, el primero de los cuales se refería al candente problema del “servicio personal de los indios naturales”, que tantos dolores de cabeza le había traído al Gobernador Luís de Rojas. El Procurador Bolívar viajó a España poco después, y regresó —con muchas peticiones concedidas— en 1592. No es de este lugar, naturalmente, el análisis de la importante misión de Simón Bolívar “El Viejo”, pero sí es necesario comentar un aspecto de las Instrucciones. En el segundo punto se pedía al Rey licencia para traer “tres mil esclavos negros de Guinea” para “los vecinos de las ciudades de españoles de esta dicha Gobernación, que son nueve, es a saber: Santiago de León, Coro, Trujillo, Nueva Segovia de Barquisimeto, Carora, El Tocuyo, La Laguna de Maracaibo, la ciudad de Valencia del Rey y Sant Sebastián de los Reyes”. Obsérvese, en primer lugar, que aunque en la reunión celebrada en Caracas a fines de 1589 no hubo representantes de Coro ni de Trujillo, estas dos ciudades son mencionadas entre las que existían en la Gobernación, como era lógico que lo hiciesen. En segundo lugar, para nada se habla de Caraballeda, ciudad definitivamente despoblada. En tercer lugar, ni una palabra, en este punto, sobre La Guaira, que hubiesen debido mencionar si hubiera sido “fundada” en 1589 como ciudad. No la mencionan porque La Guaira no era “ciudad” (en el sentido jurídico que en aquella época tenía esta palabra) y ni siquiera estaba fundada como poblado.

Claro que en las Instrucciones se mencionaba a La Guaira, pero no como ciudad ni como núcleo poblado, sino como lo que era desde nacía ya varios años: el puerto de Caracas. Los puntos 15 y 16 decían así:

” 15. Item suplicar a Su Majestad que por cuanto en el puerto de La Guaira, costa de la dicha Provincia de Caracas, cuatro leguas de la ciudad de Santiago de León, están comenzadas a hacer unas atarazanas y un fuerte y caleta para la seguridad y custodia de las mercadurías que en dicho puerto se descargan, por ser lugar despoblado y costa brava, haga merced de las penas de cámara que cayeren en la dicha Gobernación por tiempo de diez años, así para acabar la dicha obra que está comenzada como para la paga de los salarios de la gente que ha de guardar el dicho fuerte y atarazanas y municiones, porque ninguna de las ciudades de esta Gobernación tiene propios de donde se puedan hacer las dichas obras; de lo cual resultará estar en buena guarda las mercadurías que al dicho puerto vinieren para que demás del provecho que a sus dueños se seguiría se podrán cobrar los derechos reales del almojarifazgo.

” 16. Item suplicar a Su Majestad haga merced de mandar que para efecto de ayudar a pagar las costas y gastos que se hubieren de hacer en hacer el fuerte y las atarazanas y lo demás contenido en la pregunta precedente, mande que cada negro o negra que en el puerto de esta ciudad o en otro cualquier puerto de los de esta Gobernación entraren, paguen un peso de oro; y que después de acabada la dicha obra, lo que sobrare sirva para propios de esta ciudad de Santiago de León, por no tener al presente ningunos. Y que de ello se despache cédula real”.

Está demostrado que no había entonces ninguna población en el puerto de La Guaira, pues lo dicen claramente aquellos hombres —que bien lo sabían— en marzo de 1590: “por ser lugar despoblado”. No hubo, pues, tal fundación en 1589 de una población (llámese ciudad, o villa, o pueblo) en el lugar que hoy ocupa La Guaira. En realidad, hubo algo mucho más hermoso, e históricamente más plausible: el desarrollo del germen de una futura población. La primera idea la había lanzado en 1580 Diego Ruiz de Vallejo. Tuvo su concreción inicial en el acuerdo de 19 de junio de 1584, antes mencionado. Las gestiones de 1589-1590 son un paso más, un paso importante, en este proceso histórico que es la vida de La Guaira. En verdad, un paso definitivo, pues con Osorio el proyecto se hace más vasto. Se piensa en una caleta (es decir, un muelle o desembarcadero) pero además en un fuerte con su guarnición y en unas atarazanas, o sea una edificación que sirva de depósito para la Aduana y a la vez de arsenal.

El movimiento comercial del puerto de La Guaira hacía indispensable la existencia de lugares donde se pudieran depositar las mercancías que se descargaban o las que se iban a despachar. Por aquellos años, posiblemente alrededor de 1590 ó 1591 algunos vecinos de Caracas construyeron en La Guaira varias casas con ese objeto. Así se desprende de una real cédula de Felipe II, fechada en Madrid el 4 de diciembre de 1595 y dirigida al Gobernador Osorio, donde se lee: “Por parte de la ciudad de Santiago de León de esta Provincia se me ha hecho relación que en el puerto de la dicha ciudad donde se hace la descarga de los navíos solía haber casas de particulares, donde se recogía la ropa y mercadurías. . .”. Aunque este documento es de 1595, resulta claro que se refiere a hechos ocurridos unos años antes. Así, con estas casas que servían de depósito —y donde naturalmente tendría que haber alguien que cuidara las mercancías— fue como empezó a poblarse La Guaira. Sin trompetas, sin fanfarrias, ni pabellones que ondeasen al viento, sin espadas desenvainadas ni actas solemnemente firmadas. Con un acto vital, un esfuerzo de trabajo, constante y sostenido. En realidad, tal como lo dijo Oviedo y Baños: “. . . por entonces sólo se fabricaron en él [el puerto] unas bodegas. . .” Y como hacia 1683 —es decir bastante antes que este historiador— lo había también escrito el aventurero y bien informado Marqués de Barinas: “Este puerto [La Guaira] sólo fue unas bodegas donde se almacenaban los frutos de España y de la tierra. . .”. Tales fueron los verdaderos orígenes de La Guaira.

La resolución de los vecinos de Caracas para organizar y defender su puerto —el de La Guaira, como se dice en el punto 16 antes transcrito— tuvo que encontrar bien dispuesto el ánimo del Rey. En efecto, el 28 de noviembre de 1590 (y sin que tuviese forzosamente ninguna relación con la misión de Bolívar) Felipe II decía en una real cédula lo siguiente: “Porque el atrevimiento de los corsarios ha llegado a tan grande exceso. . . mandamos a los Virreyes y Gobernadores en cuyos distritos hubiere puertos y partes donde puedan surgir. . . que los procuren tener apercibidos y la gente alistada en forma de prevención ordinaria. Por esto, mediante una real cédula expedida en Madrid el 14 de enero de 1592, el Monarca concedió la autorización para que durante diez años el producto de las penas de cámara se gastase en el “fuerte, atarazanas, sueldos y munición” del “puerto que dicen de La Guaira”. Ahora, la política imperial había cambiado. Ante los embates de piratas, corsarios y bucaneros se auspiciaba la fortificación de los 4 puntos claves. Uno de éstos, aunque sin alcanzar la categoría de La Habana o de Cartagena, iba a ser La Guaira. Durante los primeros años, bien fuese de motu propio o atendiendo insinuaciones del Cabildo de Caracas, de los Gobernadores y a veces hasta del Obispo, la Corona —Felipe II, o su sucesor Felipe III a partir de 1598— iba a adoptar una serie de disposiciones para reforzar la defensa. Una de las más importantes, para Venezuela —con repercusión directa sobre La Guaira— fue la real cédula expedida el 19 de octubre de 1596 en San Lorenzo del Escorial, dirigida al “Gobernador que al presente es o enj adelante fuere de la Provincia de Venezuela’, donde se le autorizaba a gastar “para la defensa y guarda de los dichos puertos [los de la Provincia] lo que fuere necesario, como no pase de mil y quinientos ducados cada año. . .”.

Durante la década de 1590, La Guaira, sin ser el único puerto utilizado por los navíos que comercian con Caracas, va afirmando su supremacía. El escribano que redacta en 1590 las actas del Cabildo caraqueño incurre el 14 de abril de ese año en un lapsus revelador. Aquel día es aprobada una ordenanza donde se dispone que cada negro esclavo que sea traído para ser vendido y que desembarque “en cualquiera de los puertos del término y jurisdicción de esta ciudad” (es decir, de Caracas) pague un peso de oro fino para los fondos propios de Caracas. Ahí, como se ve, no se singulariza al puerto de La Guaira, sino que el impuesto se aplica igual si el buque negrero llega a Guaicamacuto, a Catia o a cualquier otro puerto o desembarcadero de la costa central. Pero el escribano, al redactar el título de la ordenanza, pone “La Guaira” (en vez de “cualquiera de los puertos”, como dice el texto) porque para él, tal vez sin darse cuenta de ello, los conceptos puerto y Caracas tienen un común denominador: La Guaira. Así dice: “Hordenanza para que cada negro de los que entrasen en el puerto de la Goaira y desembarcaren pague un pesso de oro fino”.

En enero de 1592 había en La Guaira un guarda del puerto, llamado Vicente Bello, quien al parecer no cumplía bien sus obligaciones. Por ello, el 29 de ese mes y año, reunidos en Caracas el Gobernador Osorio y los Oficiales de Real Hacienda Diego Díaz Becerril (Contador) y Antonio Rodríguez (Tesorero) decidieron despedir al mentado Bello y poner en su lugar “a Diego de Navarrete, vecino de esta ciudad, que es persona cual conviene para el dicho cargo y oficio, por ser persona que ejercerá el dicho cargo bien y fielmente y tendrá cuenta con la Real Hacienda del Rey Nuestro Señor, al cual se le despache título en forma y se le nombra de salario en cada un año cincuenta pesos de buen oro fino, los cuales se han de pagar de las denunciaciones que el dicho Diego de Navarrete hiciese de las cosas descaminadas que se tomaren por perdidas y se aplicaren para la cámara de su Majestad. . El título de Navarrete, por orden de Osorio, era el de Alguacil y Guarda Mayor de la costa.

Es muy probable que cuando llegó a Caracas la real cédula de 14 de enero de 1592, en la cual el Monarca aprobaba los gastos para el fuerte y las atarazanas de La Guaira, el Gobernador Osorio decidiese adquirir una de las casas-almacén que existían en el puerto, propiedad de particulares, para convertirla en atarazana, es decir, en aduana y arsenal o “casa fuerte”. Así se deduce del contenido de la real cédula de 4 de diciembre de 1595 antes mencionada, donde el Rey, después de haberse referido a las “casas de particulares donde se recogía la ropa y mercadurías”, agrega: . . hasta que vos, en virtud de la orden mía que para ello tuvistes [sic], tomastes [sic] una de las dichas casas para atarazana”. Si mi interpretación no está errada, ese establecimiento de la “atarazana” o aduana tuvo que ocurrir hacia mayo o junio de 1592. Así lo confirma el asunto de la carne para los galeones. Desde enero de 1591 el Rey había dado una ordenanza para mejorar la organización de las flotas —cuyos buques más notables eran los galeones— que anualmente hacían el viaje redondo entre España y el Caribe: las Antillas, Nueva España, el Istmo y Tierra Firme. En las Antillas los puertos más importantes eran La Habana y Santo Domingo.

En Nueva España (México), era Veracruz. En el Istmo, Nombre de Dios. En Tierra Firme, Cartagena de Indias. Venezuela quedaba un poco marginada de las principales rutas de los galeones, y era sólo servida por una pequeña rama desgajada de la flota. Para que ésta contase con víveres durante la larga travesía de regreso, el Rey había ordenado que en la costa de Venezuela se preparasen 2.500 arrobas de carne salada, que debería tenerse en Coro, para mayo de 1592, a disposición de Juan de Uribe (u Orive) Apallúa, General de los Galeones del Rey, quien mandaría a buscarla. Cuando la noticia llegó, con cierto retraso, a Caracas, Osorio —para cumplir la cuota que le correspondía a la Provincia de Caracas— mandó curar 300 arrobas de carne y ponerlas en el puerto de La Guaira, donde se entregaron al guarda del puerto, “distante cuatro leguas” de la capital. Se hizo el trato con Martín de Gámez, vecino de Caracas, quien logró salar 260 arrobas de carne y las envió a La Guaira, donde quedaron a cargo del guarda, que debía ser el mismo Diego de Navarrete antes mencionado. Pero como los galeones no llegaban, ni nadie se presentó a reclamar la carne en nombre de Uribe, ésta corría el peligro de dañarse, por lo que en agosto de aquel mismo año de 1592 se decidió enviarla a la isla de Margarita para venderla allí. No es imposible que los galeones llegasen a La Guaira en ese mes de agosto, como lo dice Arcila Farías, aunque él mismo señala que las informaciones no son muy explícitas; pero como esa no era su ruta habitual, lo más probable es que el General enviase a un buque menor, más velero, a recoger la carne, como sabemos ocurrió en 1594. En todo caso, lo interesante es que durante varios meses, en 1592, estuvieron almacenadas en el puerto de La Guaira 260 arrobas de carne, que para la época formaban un volumen considerable. Y en algún sitio tuvieron que guardarlas, pues a la intemperie no podían quedar: fue, sin duda, en la casa particular adquirida por el Gobernador y bautizada con el exótico nombre de atarazanas.

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Acta del Cabildo de Caracas, de fecha 14 de abril de 1590, sobre un impuesto a los esclavos negros que sean desembarcados, en el Puerto de La Guaira.
Junto con el Gobernador Diego Osorio firman Garci González de Silva, Sancho de Villar, Simón de Bolívar, Guillermo de Loreto, Ambrosio Hernández y el escribano Alonso García de Pineda.
(Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas).


En 1594 se preparó de nuevo carne salada para los galeones, la cual hacia mayo o junio de ese año fue recogida en La Guaira por una fragata o galisabra al mando del capitán Gaspar Núñez. El Gobernador le obsequió “una res de carne” (probablemente fresca) para el mantenimiento de los soldados que Núñez traía consigo, tan pronto como el buque llegó a La Guaira. Osorio se hallaba en el puerto en esos días, como lo demuestra una Ordenanza sobre ejidos de Caracas firmada por él “en el puerto de La Guaira, términos y jurisdicción de la ciudad de Santiago de León”, el 22 de junio de 1594. Estas palabras, dichas nada menos que por un Gobernador, atestiguan que la jurisdicción territorial de Caracas alcanzaba hasta la costa, y que La Guaira no tenía entonces autonomía, ya que pertenecía “a los términos y jurisdicción” de Caracas.

En las actas del Cabildo de Caracas, cuya autoridad —en los asuntos municipales— se ejercía sin cortapisas sobre el puerto de La Guaira, figuran durante los años 90 del siglo XVI numerosas alusiones o referencias concretas al puerto de Caracas, a propósito de la importación de vino, ropa y otras mercancías traídas de España. El 20 de julio de 1593, por ejemplo, se habló de recargar con un impuesto el vino descargado en La Guaira y subido a Caracas, a fin de obtener recursos para componer el camino de arrias (asnos y muías) que unía al puerto con la capital, el cual había sido arruinado por las lluvias337 . También el libro de Acuerdos de los Oficiales de Real Hacienda contiene interesantes informaciones de este tipo. Así, en 1594, el receptor del derecho de alcabala de Caracas se quejó ante dichos oficiales de que le resultaba muy difícil hacer efectivo el cobro de aquel impuesto sobre la ropa destinada a los caraqueños que era desembarcada en La Guaira, pues los bultos eran abiertos en el puerto y luego era imposible saber con exactitud qué había traído cada quien, con lo cual se evadía el impuesto. El receptor, Bartolomé Malatesta, pedía que los bultos no se abriesen en La Guaira sino en Caracas, donde él pudiese inspeccionar su contenido. El 9 de agosto de 1594 los oficiles de Real Hacienda acordaron: “que por cuanto las mercaderías que vienen al puerto de La Guaira de los reinos de España y otras partes sería mucho perjuicio para los dueños de ellas el abrirse en el dicho puerto de La Guaira, respecto de no poderlas volver a empacar tan bien como ellas vienen de adonde se traen y los dichos dueños recibirían molestia en abrirle[s] o desfardelarles los cofres y baúles de las dichas mercaderías y para que sin fraude ninguno se pueda cobrar los reales derechos, mandaron que todas las mercaderías que así al dicho puerto de La Guaira vinieren se envíen por la guarda que en el dicho puerto está a esta ciudad por cuenta de cuantas cargas son y de manera que vengan bien guardadas. . .”. En Caracas, los bultos se depositarían en “un aposento de las Casas Reales” donde serían abiertos en presencia de Malatesta o algún ayudante suyo. Este acuerdo atestigua la existencia del guarda de La Guaira para ese año, y además nos dice que allí había un lugar dónde se podían abrir los bultos, es decir, un depósito o Aduana, aunque para la comodidad de los comerciantes y sobre todo del receptor Malatesta —quien no querría molestarse en bajar a La Guaira cada vez que llegase un buque— se tomó la decisión que hemos visto. De todos modos, tal decisión refuerza lo que ya sabemos por otras fuentes: que La Guaira, como puerto de Caracas, era un mero apéndice, o una extensión, de esta ciudad.

Con el desarrollo del comercio se introducen o acentúan algunas de la corruptelas que en todos tiempos y lugares suelen producirse. En septiembre de 1594 llega a La Guaira un navío con 1500 botijas de vino, un cargamento considerable para la época. Pero no por ello disminuye el precio del vino en Caracas, antes al contrario, su costo aumenta. La denuncia llega al Cabildo, que debate el asunto el 27 de dicho mes. Se dice que alguien ha “estancado” el vino, es decir, que existe un monopolio. Un año más tarde, el Cabildo ha de ocuparse de otro monopolio, que afecta a la sal. Se dice que Felipe Pérez compraba toda la que llegaba al puerto de La Guaira, por lo cual el producto escaseaba en Caracas. Se entiende que Pérez usaba la sal en el litoral o se la llevaba de La Guaira a otra parte, pues el Cabildo dispone que Pérez ceda a la ciudad de Caracas la mitad de la sal que adquiera en el puerto.

No sólo ropa, vinos, quesos o aceitunas llegaban a La Guaira. En el curso de 1594 y 1595 fondearon también en el puerto por lo menos tres buques negreros. Uno fue el navío La Trinidad, procedente de Angola, que llegó ”con tiempos contrarios” a la Guaira el 16 de mayo de 1594, trayendo a bordo 195 esclavos vendibles (aparte de uno loco y otro con “la garganta comida de cáncer’) así como “nueve criaturas a los pechos de sus madres”. El navío Nuestra Señora del Rosario, que se decía venía del Brasil e iba a Las Azores, ancló en La Guaira —también supuestamente por fuerza mayor— el 17 de abril de 1595. Traía 92 esclavos y varias arrobas de pimienta, canela y clavo, así como numerosas piezas de telas de la India. Casi de inmediato, el día 30, fondeó otro, el Santiago, con 202 “piezas de esclavos chicos y grandes”, además de 22 colmillos de elefantes. No fueron estos barcos los únicos dedicados al tráfico de esclavos que llegaron a La Guaira, pero basta con señalar su presencia para que pueda apreciarse este aspecto dentro de las actividades del puerto en aquella época.

Detrás de los esclavos, del oro, del marfil y la pimienta venían los ingleses, como moscas tras la miel. En agosto de 1595 Sir Francis Drake y John Hawkins, dos veteranos corsarios, zarparon de Ply-mouth hacia el Caribe con su escuadra. Hawkins murió durante la travesía, y Drake, después de haber fracasado en su intento de tomar San Juan de Puerto Rico, capturó y saqueó a Río Hacha, Santa Marta y Nombre de Dios. Poco después, el 28 de enero de 1596, murió de enfermedad en la costa del Darién. Su fama era tan grande, que cada vez que los españoles o criollos veían a un pirata o corsario inglés creían que era Drake. Así le ocurrió (a posteriori) a Oviedo y Baños, quien en su Historia le atribuye la toma y el saqueo de Caracas en 1595, cuando lo hizo —como es bien sabido y ha sido aclarado por varios estudiosos— el Capitán Amyas Preston, quien vino con la primera expedición de Sir Walter Raleigh. Preston y otro compatriota suyo, el Capitán Sommers, se presentaron en la isla de Coche con cinco buques y luego obligaron a Cumaná a pagar rescate para librarse de las llamas. Después, Preston llegó al litoral central. Esto ocurrió a fines de mayo. Dice Oviedo y Baños que el corsario recaló 4′sobre el puerto de Guaycamacuto” y “echó en tierra 500 hombres de su armada”. Mientras los vecinos de Caracas alertados “salieron a encontrarlo en el camino que va del puerto a la ciudad”, que era “el camino real de la marina” —es decir, el descrito por Pimentel, que desembocaba en La Guaira— Preston obligó a un español que tenía cautivo a que lo condujera hasta Caracas “por una vereda oculta, o por mejor decir, una trocha mal formada” que desde dicho lugar (Guaycamacuto) tramontaba la serranía.

Preston y su gente llegaron a Caracas —que encontraron prácticamente desguarnecida— el 29 de mayo por la tarde, y permanecieron allí hasta el 3 de junio. Son bien conocidos el episodio del Quijote avant la lettre Alonso Andrea de Ledesma, y los sucesos subsiguientes, con el saqueo e incendio de Caracas por los ingleses y su retirada por el camino de Catia hasta la costa. No está claro si el inglés entró o no en el puerto de La Guaira. Oviedo y Baños nada dice de ello, pero Enrique Bernardo Núñez —que es quien ha acopiado mayor información al respecto— afirma: “Quemaron el fuerte de La Guaira. En este puerto, el botín fue apenas de una pequeña cantidad de zarzaparrilla y cueros”. Tal vez lo que llamaban “fuerte”, en aquel momento, era la edificación que servía de Aduana, pues no consta que en 1595 ya existiesen fortificaciones en La Guaira. En todo caso, hay un hecho cierto: ni a la ida ni al regreso tomaron Preston y sus hombres el camino real, es decir, el que partía del puerto de la Guaira. Y otro hecho cierto: Caracas se repuso de los desastres causados por Amyas Preston. La Guaira reasumió su actividad como puerto de la capital.

 


 


LA GUAIRA Y ARRECIFES: UNA BREVE E INTENSA RIVALIDAD
 


Cuando toca a su fin el siglo XVI las actividades económicas se incrementan en el litoral central. Así, por lo menos, lo sugieren los documentos. Aquella decisión de los vecinos de Caracas (a la cual se había referido en 1584 Luís de Rojas) de cambiar la ilusoria búsqueda del oro —”El Dorado” era su símbolo—por el áureo esplendor de los trigales maduros, empieza a dar resultados. En los contratos que registran los escribanos caraqueños se lee con cierta frecuencia: “harina puesta en la mar”; o, con mayor precisión: “harina puesta en La Guaira”. Para exportarla a Cartagena o a las Antillas se construyen buques en Maiquetía y Arrecifes. Aparecen gentes vinculadas a esta profesión, como el calafate llamado “Maese Pedro” y el carpintero de ribera Francisco Fleijo. El 26 de noviembre de 1595, en Caracas, Alonso Díaz Vélez le vende a Juan Alonso el navio La Concepción, surto en La Guaira. El precio son 800 pesos de plata, de a 10 reales.

 

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Navió español de 74 cañones en plena navegación.
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Corte longitudinal del mismo barco.


También se exporta zarzaparrilla, como lo demuestra el contrato firmado en Caracas el 20 de noviembre de 1595, por el cual Sancho de Urquieta se compromete (por 68 pesos de oro), a entregarle a Juan López Dorado 22 quintales de zarzaparrilla “enjuta y bien acondicionada, desbarbada y descabezada, y puesta en La Guaira en todo el mes de enero. Hacia junio de 1597 la fragata Nuestra Señora del Rosario, matriculada en San Juan de Puerto Rico, zarpa de La Guaira rumbo a aquella ciudad con 1200 arrobas de carga que no se especifica. Aunque gran parte de esta actividad se realiza en La Guaira (o más exactamente, a través del puerto de La Guaira), también están muy activos otros puertos del litoral central. En marzo de 1597, por ejemplo, Juan del Castillo, vecino de Caracas, le vende a vecinos de Cumaná y de San Cristóbal de la Nueva Flechilla de Clarines cien fanegas de maíz “puestas en el puerto de El Panecillo de esta costa”. En junio del mismo año, Juan de Ibarra fleta en Caracas el navío San Francisco “surto en el puerto de Los Arrecifes” para transportar 1500 arrobas de harina a San Juan de Puerto Rico. En abril de 1598 el navío Nuestra Señora de la Ascensión recibe/’en el puerto de los Arrecifes” 1500 arrobas de harina y 12 quintales de zarzaparrilla para conducirlos a Cartagena. En abril de 1599, en el mismo puerto de Los Arrecifes, “jurisdicción de esta ciudad” (Caracas) están acabando de construir el navío San Juan Bautista, propiedad de Alejandro Carbón y Pantaleón Moraza. Por octubre de 1599, el Regidor Perpetuo Martín de Gámez y el calafate (o galafate, como dice el contrato) a quien todos llaman “Maese Pedro” (tal vez de apellido Bello) convienen en que éste construirá por cuenta de aquél, un barco “en el puerto de Maiquetía y varadero de piraguas”. El calafate no pone sino “las manos”, es decir, su trabajo, y Gámez, por su parte, se obliga a facilitar todo el material necesario, además de casa y comida para los operarios y seis botijas de vino, amén de pagarle 425 pesos de plata a Maese Pedro. Este, a su vez, contrata a Pedro de Aguilar, oficial de carpintería, para que le ayude en ese trabajo, y ofrece pagarle 50 pesos de plata cuando el barco esté terminado.

Todas estas actividades, como lo demuestra concretamente el caso de Maese Pedro, exigen que cierto número de personas, procedentes de Caracas, de otros lugares de Venezuela o de las islas del Caribe (aunque algunas pudieron también venir de España o eje las Canarias) se establezcan en el litoral central, así sea transitoriamente. De este modo, la región adquiere una población que ya no es, simplemente, la de los encomenderos y sus indios. Así, lentamente al principio, y luego con mayor ímpetu y amplitud, debió comenzar a poblarse la zona de La Guaira, que sin dejar de ser el puerto de Caracas fue, además, el pueblo de La Guaira.

Durante el año de 1596 y los primeros meses del siguiente, gobernando todavía Diego de Osorio, parece haber habido algunos amagos de corsarios contra La Guaira. Gente armada bajó de Caracas al litoral, para defender el puerto y los navíos anclados en él. Las referencias, sin embargo, son imprecisas, pues los oficiales de Real Hacienda, en un acuerdo de 18 de septiembre de 1597, dicen que “se han gastado algunas cosas, así de bastimentos como de municiones para defensa del puerto de La Guaira, a donde se [ha] ido a defender no saltasen en tierra los corsarios y a los navíos que estaban en el dicho puerto”. Aunque para la fecha del acuerdo ya no era Osorio el Gobernador, los Oficiales. Reales se refieren a hechos ocurridos, al parecer, bastantes meses atrás. Muchos años más tarde, los descendientes del Capitán Diego de Henares (quien había sido uno de los fundadores de Caracas y de Caraballeda) afirmaban que su antepasado, “en tiempos del Gobernador Osorio”, había bajado a defender al puerto de La Guaira y los demás del litoral contra los enemigos, tanto indios caribes como “ingleses corsarios que venían a infestarla de ordinario”. Lo de los caribes no parece corresponder a la época de Osorio, pero lo de los ingleses sí. En todo caso, Diego de Osorio fue promovido a la Presidencia de la Real Audiencia de Santo Domingo, y en abril de 1597 le entregó el mando de la provincia de Venezuela a su sucesor, Gonzalo de Pina Ludueña. Osorio falleció en Santo Domingo el 26 de octubre de 1600. Si por lo que se ha visto no podemos llamarle, estrictamente hablando, el fundador de La Guaira, es un hecho incontrovertible que él le dio el impulso definitivo a La Guaira como puerto de Caracas, de donde surgió luego la actual población, que algún día habrá de ser la capital del Estado Vargas.

El sucesor de Osorio como Gobernador y Capitán General de Venezuela era también un avezado militar, que durante los tres años que duró en el mando puso grande empeño en reforzar las defensas de Caracas y del litoral. A mediados de 1597, sabedor de que una urca inglesa había naufragado en las costas de Bonaire, envió a Diego Vásquez de Escobedo para ver si era recuperable. En efecto, mediante buzos “sacaron de la mar 17 piezas de artillería y cien balas y otras cosas de hierro de servicio del artillería”, que fueron transportadas luego a la costa venezolana y desembarcadas en el puerto de Caria, donde se las escondió “hasta en tanto que se haga el fuerte donde se ha de poner el artillería”. En 1600, como veremos, aún estaban ahí.
Drake y Hawkins habían muerto, pero otro corsario tan atrevido como ellos rondaba por el Caribe. Era un aristócrata inglés, George Clifford, Conde de Cumberland, que desde 1586 había organizado casi anualmente expediciones contra las posesiones españolas del Nuevo Mundo. En junio de 1598, el Conde Camodan —como le decían todos— puso sitio a la plaza de San Juan de Puerto Rico y consiguió capturarla y retenerla por breve tiempo. El 20 de julio se supo en Caracas la noticia, que trajo la fragata de Francisco Gómez de Ubierna, la cual llegó a La Guaira ese mismo día. Como Pina Ludueña se hallaba en Coro, realizando la visita de su Gobernación, las autoridades de Caracas (Teniente, Cabildo y Oficiales Reales) despacharon a un emisario para avisar del peligro a la gente de Cumaná y de la isla de Margarita. Fue el Contador Simón de Bolívar, “El Viejo”, quien salió de La Guaira a bordo de una piragua propiedad de Lázaro Vásquez, con remeros indios, bien provistos de carne, vino, quesos y casabe. Llevaba, también, el encargo de comprar pólvora, que escaseaba en Caracas.

Se adoptaron igualmente medidas para reforzar las defensas, profundizando las trincheras que existían en el sitio llamado “el salto del agua” que se hallaba en el “camino del. . . puerto de La Guaira”. Este, que era “el camino real”, como lo dicen los documentos, (es decir, el camino principal entre Caracas y La Guaira), fue fortificado por Bartolomé de Biles, “el cual con los indios que se le dieron estuvo y se ocupó en trinchear el dicho camino del salto del agua y ahondar el foso 28 días”; colaboró también el carpintero Baltasar Fiallo, a quien se le rompieron una sierra y unas barrenas al “hacer las dichas trincheras”. O sea, que se cortaron árboles y desplazaron rocas, como lo sugiere el uso de tales instrumentos. Era el mismo camino al cual se había referido ya Pimentel en su Relación, y el mismo que había tenido en cuenta Osorio; “el mismo que ahora se conserva”, escribe Rivero.

No tardó en presentarse “el enemigo inglés”. Aunque no he logrado precisar la fecha exacta, tuvo que ser entre fines de agosto y comienzos de noviembre de 1598. Eran “siete navíos de armada”, posiblemente pertenecientes a la expedición de Lord Cumberland. Cuando llegó a Caracas la noticia de que se habían avistado las velas, el Teniente de Gobernador que Pina Ludueña había dejado en la capital, Tomás Morquecho (con la cooperación del Cabildo) envió tropas para la defensa de La Guaira. El caso es que éstas no llegaron a tiempo, o se vieron superadas por los ingleses, quienes desembarcaron más de ciento cincuenta hombres en el puerto y robaron “el aduana”. En Caracas se temió que podrían subir hasta la capital, y se colocaron tropas en las trincheras del salto del agua. Para evitar sorpresas, cerraron “el camino de Catia” y el “camino del atajo de Guaycamacuto”, posiblemente derribando árboles. No contentos con esto, enviaron a este último lugar una “escuadra de soldados forasteros” (es decir, no vecinos de Caracas, pero residentes allí) a quienes se confortó con dos botijuelas de vino para que se defendiesen del frío nocturno. Ese atajo de Guaycamacuto era importante porque por él había subido Preston tres años antes, y los de Caracas no habían olvidado la lección. Pero los ingleses decidieron retirarse, y el susto cesó. Entonces Biles y Fiallo, y los que habían entregado pólvora, y los que habían vendido carne de vaca y harina y casabe y quesos y pan y vino, o habían alquilado muías y piraguas, todos se presentaron a cobrar, y fueron religiosamente pagados, a cargo de los mil quinientos ducados que el Rey Nuestro Señor había permitido gastar “en ocasiones de guerra”. Los únicos que no parecen haber cobrado nada fueron los indios que remaron en las piraguas y condujeron las muías y cavaron las trincheras.

Todo, pues, volvió a la normalidad, aunque poco después hubo otra pequeña alarma en La Guaira, cuyo reflejo aparece anotado por los Oficiales de Real Hacienda del modo siguiente en su Libro de Acuerdos: “Del Capitán Francisco de Olalla se tomó un cuarto de carne que pesó cinco arrobas para enviar a la mar para ciertos soldados que el Teniente [de Gobernador] Tomás Morquecho envió por haber llegado al puerto de La Guaira dos urcas, y una muía en que se llevó la dicha carne, que todo montó diez y ocho reales. Y para esta dicha ocasión se tomó de Tristán Muñoz, guarda de la costa, una carga de casabe en diez y seis reales”. ¿Qué nos dice esto? En primer lugar, que la incursión de las urcas (enemigas, desde luego) fue posterior a la de los siete buques de armada que habían robado la aduana, pues la partida transcrita aparece anotada después de las de Biles y los demás antes mencionados. En segundo lugar, que sería una amenaza pasa- jera, ya que fueron relativamente pocos los soldados enviados, pues 5 arrobas de carne y una carga de casabe bastaron para alimentarlos durante su misión. En tercer lugar —cosa que ya sabíamos por otras fuentes— que el camino real a La Guaira era transitable por muías. En cuarto, que no parece que hubiese entonces una guarnición permanente en La Guaira, porque (además de no mencionársela en ninguno de los documentos que he consultado) cuando se presentaba alguna emergencia se enviaban soldados desde Caracas. Finalmente que el guarda del puerto era en esa época Tristán Muñoz, un personaje muy prominente de Caracas, quien es casi seguro que no residía en La Guaira; es decir, si mi interpretación es correcta, que un cargo que había empezado por ser funcional se había convertido en honorífico y que también ahí se manifestaba el “ausentismo” tan corriente en la época colonial.

Ahora, de lo que no cabe duda es de que a mediados de 1598 —y como se ha visto desde varios años atrás— existía en La Guaira un edificio de Aduana, y que en él había ciertos bienes, pues los ingleses los robaron.

Por cierto que no fue éste el último robo que los corsarios cometieron en La Guaira, ya que hubo por lo menos otro (hasta donde sabemos) en enero de 1600. Había fondeado en La Guaira, procedente de Santo Domingo, un navío cuyo maestre era Antonio Ginovés, “en el cual navío venían cantidad de bulas de la Santa Cruzada para la isla Margarita y Gobernación de Cumaná”. Y he aquí que se presentó “un navío de enemigos” —que tanto podían ser ingleses como franceses u holandeses, aunque es más probable fuesen de los primeros nombrados—y se apoderó del buque y lo robó, y al cabo de unos días lo volvió a soltar con una parte de las bulas que traía, las cuales fueron debidamente guardadas en Caracas —eran como 2500— por el Contador Simón de Bolívar y enviadas en abril a su destino. ¡Hay que imaginar la cara que pondrían aquellos “herejes” al comprobar que una parte del cargamento estaba constituida por bulas de la Santa Cruzada!.

Hechos como los mencionados, de 1598 y de 1600, no impedían que continuasen desarrollándose las actividades comerciales; como lo observa Arcila Farías: “En el año de 1599 llegaron de Sevilla dos navíos: uno ingresó al puerto de La Guaira el 12 de mayo y el otro el 18 del mismo mes. El primero trajo mercaderías por valor de 67.363 reales, que produjeron de impuesto 56.146 maravedís. La carga que condujo el segundo, nombrado San Pedro, cuyo maestre era Sebastián Vengoechea, fue una de las más importantes traídas hasta entonces directamente de España, pues montaba a 137.343 reales, o sea 4.699.662 maravedís. Todo el cargamento pertenecía a vecinos de Caracas, salvo algunas pequeñas partidas registradas a nombre del maestre y de los tripulantes; el aumento de la capacidad adquisitiva alcanzada por los colonos es ya notable, pues sus compras en España, como puede apreciarse, eran de consideración tanto las que traían una navegación directa como aquellas otras que llegaban por trasbordo en los puertos de arribo de las flotas. El comercio con los mercados americanos en este año de 1599 fue bastante menguado, ya que la provincia se había surtido a satisfacción y a menor costo en la propia metrópoli: sólo arribaron tres naves de Margarita y una de Puerto Rico, con un cargamento por valor de 186.316 maravedíes”.


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NAVIO DE LINE ESPAÑOL


En cuanto a las exportaciones del mismo año, la harina va a la cabeza con 3.200 arrobas, y le siguen muy de lejos el guayacán (50 quintales) la zarzaparrilla (45 quintales), los quesos (12 quintales), los lienzos (50 varas) y los cueros de res, junto con cortas cantidades de sebo, manteca, bizcocho, cocuiza, y algunos productos manufacturados como riendas de caballos y asientos de sillas. En 1600, a causa del recrudecimiento de la guerra marítima, las exportaciones de harina parecen haberse reducido a 700 arrobas, aunque las de lienzo de algodón (fabricado en el país) ascienden a 1150 varas; se exportan, también, 39 libras de hilo de pita o cocuiza. “Siete años más tarde —escribe el autor a quien sigo— la exportación aumenta en forma apreciable, y por primera vez aparecen reunidos los tres elementos fundamentales de toda la economía colonial: el cacao, el tabaco y los cueros”. Sin embargo, la harina se destaca aún en primerísimo lugar, con 7.807 arrobas; la siguen el tabaco con 1.432 arrobas y los lienzos de algodón, con 800 varas; los cueros montan a 651 piezas, y hay también azúcar, zarzaparrilla, bizcocho y quesos. De cacao —que después ocupará un lugar tan prominente— sólo se exportan en 1607 cuatro fanegas y media, por valor de 432 reales. Aunque la harina viene a la cabeza en volumen, su valor total (31.228 reales) es inferior a los 35.800 reales que vale el tabaco.

Como se ha visto más arriba, durante los últimos años del siglo XVI el puerto de Arrecifes (o de Los Arrecifes, como se decía entonces) se perfilaba como un serio rival de La Guaira, con aspiraciones a ser el puerto de Caracas. Estaba —y está— a unos 20 kms. a vuelo de pájaro al oeste de La Guaira, y debía su nombre a los arrecifes que protegen su ensenada. Podía comunicarse con Caracas a través del antiguo camino indígena de Catia la Mar, o por el de Mamo, que remontaba la fila de los Tarmas. Ambos eran mucho menos directos que el que unía a Caracas y a La Guaira, pero la pendiente era, en general, menos pronunciada. Arrecifes ofrecía no sólo una ensenada aceptable, sino también la posibilidad de servir de astillero (para los pequeños buques de entonces) cosa que no era pensable en La Guaira. Por esto, como lo hemos visto, se construían buques en Arrecifes y también en Maiquetía, pero no se menciona nada relacionado con esta actividad en La Guaira.

 

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BERGATIN ESPAÑOL


La causa de Arrecifes como puerto de Caracas encontró en el Obispo Fray Domingo de Salinas, de la orden dominicana, un decidido impulsor. Como todo Obispo en tierras de América, fray Domingo (quien tuvo un brevísimo obispado, pues llegó a Venezuela en enero de 1599 y murió, se cree que envenenado, en El Tocuyo, en junio de 1600) era consejero nato del Rey, a quien informó de algunas cosas que andaban mal: los franciscanos -—según el Obispo— no cumplían con su deber, el arcediano de la Catedral se había fugado, el Gobernador Pina Ludueña no cuidaba de la defensa de las costas y además no vivía con su mujer. Todo esto se lo decía el Obispo al Rey en una carta de 4 de junio de 1599. El 8 de octubre siguiente le volvió a escribir, y entre otras cosas le dijo a Felipe III que convendría trasladar a Arrecifes el puerto, abandonando el de La Guaira. El Obispo ofreció inclusive enviar una planta, es decir, un plano, del puerto de Arrecifes .

El monarca le contestó el 10 de julio de 1600 —cuando ya el Obispo estaba muerto— agradeciendo su colaboración, y en esa misma fecha envió al Gobernador Pina Ludueña —que por cierto también había fallecido ya— y a los Oficiales de Real Hacienda una cédula fechada en Tordesillas, donde decía: “He entendido que es muy mal puerto el de La Guaira de esa Provincia, y que no tienen ninguna defensa de los enemigos los navíos que allí llegan, y que se gasta en él cada año de mi Hacienda mil y quinientos ducados sin frutos, y qué el dicho puerto se podría pasar adonde llaman los Arrecifes, tres leguas más adentro sic, que es más capaz, mejor y más seguro puerto, y fácilmente se le podría hacer defensa y así aumentaría el comercio y trato: y porque quiero saber particularmente lo que en esto hay y en qué y cómo se gastan los dichos mil y quinientos ducados en el dicho puerto de Guaira y por mano de qué personas, y qué puerto es el dicho Arrecifes y de qué capacidad y bondad, y si por no ser tan bueno el de Guaira convendría cegarle y pasar la descarga al otro y si de ello se seguiría algún inconveniente, cuál y por qué causa, os mando que me enviéis relación de todo muy particular, con vuestro parecer, para que, vista, se provea, lo que convenga”. Era, pues, una amenaza muy seria laque se cernía sobre el porvenir de La Guaira.

La rivalidad La Guaira-Arrecifes llegó a su climax cuando fue necesario decidir la construcción de ”la fuerza” o baluarte que debía proteger al puerto de Caracas. En el Cabildo caraqueño había partidarios de que dicha ”fuerza” se edificase en La Guaira y de esa manera quedase confirmada como lo que de hecho era: el puerto de Caracas; pero otros pensaban que sería mejor hacerlo en Arrecifes. Es posible que esta última idea ya hubiese estado en la mente de Pina Ludueña, pues cuando en 1597 se trajeron los cañones rescatados de Bonaire, los mandó esconder en el puerto de Catia, cercano al de Arrecifes. En todo caso, el Contador Simón de Bolívar era de los partidarios de La Guaira, pues en el Cabildo del 8 de julio de 1600 propuso que se construyese un baluarte en dicho puerto, con 4 piezas de artillería. Aquel día no se decidió nada, pero en otros Cabildos se volvió a tratar el punto, y se planteó que los gastos debían salir de los consabidos 1.500 ducados del Real Erario.

Entre tanto, y en previsión de que pudieran necesitarse las piezas de artillería escondidas desde 1597 se comisionó a Pedro Vásquez de Escobedo (el mismo que las trajo de Bonaire) quien en 1600 era Alcalde ordinario, para que fuese al puerto de Catia y viese el estado de aquel armamento. Informó que se hallaban en un pantano y en peligro de dañarse, por lo cual los Oficiales de Real Hacienda acordaron que las sacasen de allí y se pusieran “en parte buena, cómoda y secreta donde puedan estar ocultas y escondidas y no puedan ser vistas por los enemigos”. Como era necesario limpiar, embrear y ensebar los cañones, así como descargarlos (pues estaban cargados) se les encomendó el trabajo a Bartolomé de Biles -—el hombre de las trincheras— y a un nuevo personaje que de pronto aquí aparece y se llamaba o se hacía llamar “Pablos Roderico, godo artillero”. Por supuesto, la paga y los gastos de material saldrían de los inagotables 1.500 ducados de Su Majestad.

Durante los primeros meses del 1600, los buques que traían mercancías españolas —aunque no vinieran directamente de la Península, sino tal vez de Santo Domingo o de la Margarita— fondeaban tanto en el puerto de Arrecifes como en el de La Guaira. Así, los vecinos de Caracas, según les convenía, iban a comprar vino a uno u otro sitio. Un caraqueño tan bien informado como Garci González de Silva consideraba al puerto de Arrecifes “muy abrigado para los marinos y capaz para embarcar y desembarcar las mercadurías”. Las opiniones estaban muy divididas. Con la esperanza de resolver el asunto definitivamente, los Alcaldes y Regidores, reunidos en Cabildo el 22 de abril de 1600, decidieron encomendar a una comisión la averiguación de si í4el puerto de Arrecifes es bueno y tal que se pueda fortalecer para resguardo de los navíos que a él vinieren y para defenderle del] enemigo”. Fueron designados los Alcaldes Diego Vásquez de Escobedoy Juan Martínez Videla, el Alférez Diego de los Ríos, Nicolás de Peñalosa, Tesorero, Martín de Gámez y Rodrigo de León, Regidores Perpetuos, junto con el Procurador General Tomás de Ponte y el Escribano Domingo de Santa María, quienes se proponían bajar a ver el puerto “el miércoles 26″. Así concluía el acta: “Y visto, se haga lo que más convenga al servicio de Su Majestad y bien y pro de esta República”.

No he podido hallar ningún documento relativo al resultado que tuvo esta comisión, si es que de verdad la cumplieron. En todo caso, el 2 de enero de 1601 se celebró en Caracas un Cabildo abierto, al que concurrieron los dos Alcaldes–Gobernadores Juan de Guevara y Sebastián Díaz, ambos capitanes; el Contador de Real Hacienda, Simón de Bolívar, y el tesorero Diego Díaz Becerril; los Regidores Perpetuos Nicolás de Peñalosa, Martín de Gámez, Mateo Díaz Alfaro, Antonio Rodríguez y Rodrigo de León; Juan Pérez de Valenzuela, Procurador General; y los vecinos Alonso Díaz Moreno, Lázaro Vásquez, Juan Martínez de Videla, Tomás de Aguirre, Diego Díaz León, Tomás de Aponte, Nofre (Onofre) Carrasquer, Sancho de Urqueta y el Capitán Alonso de Chaves, asistidos por Alonso García Pineda, Escribano público y de Gobernación. El Cabildo podrá ser abierto, pero por las razones que sea no están presentes en él gentes como el pulpero Alejandro Carbón, los artesanos Bartolomé de Biles y Baltasar Fiallo, o Roderico el godo artillero, para no hablar de carpinteros como Pedro de Aguilar o sastres como Alonso de Gironda o zapateros como Miguel Díaz o plateros como Pedro Hernández o vecinos como Juan López Dorado, quien tenía casa y solar conocidos en la ciudad. El objeto del Cabildo abierto era tratar del “reparo y punta que en el puerto de La Guaira se requiere hacer para abrigo de los navíos que en él vinieren”, tal como lo propuso el Capitán Juan de Guevara. Y el acta afirma que “acordaron todos juntos nemine discrepante que se hiciese la dicha punta o muelle en el puerto de La Guaira porque así convenía al pro y utilidad de esta república sin ser ninguno de otro parecer, y que el dicho muelle se haga de suerte que después de hecho se pueda armar sobre él la fuerza que Su Majestad manda se haga en el puerto de La Guaira para la defensa de él, y todos dijeron acudirían a la ayuda y fábrica de la dicha punta y muelle. Y con esto se acabó este Cabildo. . .”. Como se puede apreciar, el acuerdo unánime se refería a La Guaira, e involucraba un muelle-tajamar (la “punta”) y una fortaleza.

Pero no parece que tal acuerdo llegara a implementarse de inmediato, a pesar de haberse hecho constar en el acta la unanimidad de los presentes en el cabildo abierto. Los partidarios de Arrecifes debieron de hacer un nuevo esfuerzo, y lograron que un personaje tan respetado como el Capitán Garci González de Silva fuese comisionado para averiguar si Arrecifes era viable como puerto, y si podía conducirse hasta allí el agua del río Mamo. Cumplió el veterano conquistador lo que se le había encomendado, y el 11 de octubre de 1601 se presentó en Caracas ante el Cabildo, para rendir su informe sobre “determinar el lugar donde debía construirse el puerto y fuerte”.

El problema mayor de Arrecifes era la falta de agua dulce. Por esto, Garci González empezó por estudiar la posibilidad de llevar hasta el puerto la del río Mamo, y llegó a la conclusión de que ello era factible, valiéndose de las quebradas, de las acequias que tenían hechas los indios y de las que habían abierto los españoles. Consideraba que 45 peones, trabajando poco más de un mes (si no se presentaba algún inconveniente imprevisto en la parte del terreno que él no había examinado personalmente) bastarían para llevar el agua hasta un cuarto de legua de Arrecifes; para cubrir el último tramo se podría también hacer una acequia por la ladera de la costa, pero esto exigía más tiempo y resultaba más costoso. Concluyó Garci González: “Pero en fin, se podría hacer, y esto es mi parecer en cuanto a esto”.

Respecto al puerto en sí, él lo consideraba “muy abrigado para los marinos, y capaz para embarcar y desembarcar las mercadurías y lo mismo para fortificarlo”. Sin embargo, seguía preocupándole el problema del agua, ya que “la pobreza” de Caracas no permitía sufragar los gastos necesarios para que aquélla llegase a Arrecifes en cantidad suficiente. Estas circunstancias, unidas a las razones expuestas por varias personas a quienes había consultado, hicieron que Garci González de Silva favoreciera a La Guaira sobre Arrecifes: “Me ha parecido el puerto de La Guaira mejor que otro para hacer la dicha defensa [fortificación], e respecto que tiene el agua e piedra muy a la mano y que es fondeable y de buen fondo”. Su dictamen final era: “que se haga en el dicho puerto de La Guaira con la mayor brevedad que fuere posible y así entiendo se serviría a Dios en ello y esta república muy bien”. Aunque algunos de los presentes suscitaron dudas acerca de las condiciones de seguridad marítima de La Guaira —puerto poco abrigado, mar muy movido— la mayoría aprobó el dictamen. De este modo, La Guaira triunfó sobre otros lugares que le disputaban las funciones de puerto de Caracas, “entre ellos —escribe Eduardo Arcila Farías— Los Arrecifes, Catia La Mar, Maiquetía, Macuto y aun Taguanarena”.

En realidad, como hemos visto, el rival más temible había sido Arrecifes, que en un momento dado llegó a contar con bastantes partidarios entre los caraqueños. Resultó decisiva, sin embargo, la condición que el geógrafo Marco Aurelio Vila señala como primordial al mencionar las “causas que originan y fijan los centros poblados”: En primer lugar —dice— contar con agua dulce en cantidad suficiente. Arrecifes no la tenía. La Guaira sí: “el río Guaira Osorio de aguas perennes. . . que en realidad era sólo un arroyo vadeable, aun en épocas de lluvias, a pesar de que crecía un poco el volumen de sus aguas. . .”. Pero eran aguas perennes al fin, y ello hizo inclinar la balanza a favor de La Guaira, a pesar de que Arrecifes fuese más abrigado y ofreciese posiblemente más ventajas para embarcar y desembarcar, además de poder ser utilizado como astillero.

Es muy posible que otra circunstancia viniese a favorecer a La Guaira: el hecho, ya mencionado, de que el camino principal de Caracas al mar terminaba en el propio puerto de La Guaira o en sus inmediaciones. Esto me conduce a intentar profundizar lo antes expuesto al respecto. Como lo señala el Dr. Rivero, los españoles establecidos en Caracas sólo disponían al comienzo de “las picas abiertas antes del descubrimiento por el trajín incansable de la indiada. . . Ninguna de ellas eran rutas rectas que conducían directamente a la costa. En el cerro había tantas que hasta los mismos indios podían perder el rastro. Unas y otras se entrecruzaban.

Pero los españoles (que al principio utilizaron a los indios para conducir las cargas cerro arriba y cerro abajo) no tardaron en valerse de asnos y muías para llevar a los pasajeros de categoría y, por supuesto, para transportar mercancías. Sabemos que a mediados de 1593 (y posiblemente desde mucho antes) existía un camino de arrias entre Caracas y La Guaira. Este era el “camino real”, que tuvo ciertas variaciones en su trazado, desde fines del siglo XVI hasta los comienzos del XIX, cuando Humboldt transitó por él. Lo que aquí me interesa es el análisis de las noticias relativas al cataino, anteriores a 1600, tal como figuran en las fuentes coetáneas, comparándolas con un excelente testimonio gráfico: el plano hecho en 1778 por Agustín Crame. De este modo, tal vez sea posible precisar, en sus líneas generales, la trayectoria del camino a fines del siglo XVI.

La fuente más antigua—la Relación de Pimentel, de 1578— al referirse a los caminos de Venezuela, empieza por decir que 11 las leguas, en esta Gobernación, antes son grandes que pequeñas.”. Esto significa que una legua debía ser equivalente a unos 5 kms. A continuación agrega Pimentel: “Las seis leguas que hay de esta ciudad de Santiago de León a Nuestra Señora de Caraballeda son de camino muy torcido, porque la sierra que está en medio no da lugar a otra cosa. . .”. Se trata, por supuesto, de 6 leguas de trayecto, en desarrollo, y no en línea recta (a vuelo de pájaro) pues así la distancia no excedía 16 kms., o sea, a lo sumo, 3 leguas largas. Por esto dice Pimentel: “Camino muy torcido”. Empieza a describirlo así: “. . .saliendo de este pueblo [Caracas] para allá [Caraballeda] se va una legua por llano hacia el occidente”. Es decir, que desde Caracas se recorrían unos 5 kms. hacia el oeste, por terreno plano, en dirección al abra de Catia, sector que se distingue muy claramente en el plano de Crame.

Eso nos indica que en tiempos de Pimentel el camino principal no pasaba todavía por el sitio llamado “La Culebrilla”, situado directamente al norte de la ciudad. Continúa Pimentel: “… y luego se sube y se atraviesa la sierra, volviendo al norte, hasta bajar al mar”. En primer lugar, lo anterior indica claramente que en términos generales se iba en dirección norte, donde estaba el mar, aunque por supuesto el camino tenía que zigzaguear bastante dada la topografía (“camino muy torcido”). Por consiguiente, no podía ser el camino llamado de Catia la Mar, pues éste seguía hacia el occidente antes de bajar al litoral bastante más lejos, cerca de dicho puerto, como puede osbervarse en el mapa citado. De todas maneras, aparte de señalar la dirección general sur-norte, es prácticamente nulo lo que Pimentel nos dice sobre ese sector del camino. Sabemos, sí, que se extendía unas 2 leguas. Finalmente, escribe el Gobernador: “.. . y luego se caminan tres leguas la costa arriba, hacia levante”. O sea, que una vez tramontada la cordillera y alcanzada la costa, faltan tres leguas para llegar a Caraballeda, situada al este del punto en donde dicho camino llega al litoral.

Como el propio Pimentel dice en otra parte402 que el puerto de La Guaira está situado a tres leguas al oeste de Caraballeda, no hay duda de que el camino que bajaba de la serranía tenía que llegar al mar en el puerto de la Guaira o muy cerca de él.

Aunque Pimentel no da detalles sobre el trayecto del camino que cruzaba la serranía, otras fuentes algo posteriores precisan con toda exactitud que aquél pasaba por el lugar denominado el Salto del Agua, donde se construyeron unas fortificaciones que se sabe ya existían en 1595, cuando Amyas Preston tomó a Caracas, y que fueron restauradas y mejoradas en 1598. Precisamente en el Libro de Acuerdos de los Oficiales de Real Hacienda anteriormente citado se hace constar que se hicieron trabajos en las trincheras que están en el Salto del Agua, camino del puerto de La Guaira” y luego se mencionan las trincheras y el foso en “el camino real del Salto del Agua”. Este camino real era el que desde Caracas, a través de Catia, llegaba a La Cumbre y bajaba luego al mencionado Salto y de allí, posiblemente a Torrequemada y luego a La Guaira misma, o a la porción del litoral situada entre Maiquetía y el Peñón de la Guaira. Por consiguiente, al fortificar el puerto de La Guaira se protegía al mismo tiempo —o en todo caso se vigilaba— el comienzo del camino que conducía a la ciudad de Caracas.

La rivalidad —breve, pero intensa— entre Arrecifes y La Guaira terminó con el triunfo definitivo de esta última. Triunfo que vino a quedar ratificado oficialmente cuando el nuevo Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, Alonso Suárez del Castillo, desembarcó el 25 de julio de 1602 en La Guaira y la declaró, sin más vacilaciones, el puerto de Caracas.

 

 


 

 

FUE EL PUEBLO

 

Los partidarios de que La Guaira continuase siendo el puerto de Caracas no habían perdido el tiempo después del dictamen favorable de Garci González de Silva que, como hemos visto, se produjo en octubre de 1601. Aunque en diversos documentos de las autoridades —Gobernador y Cabildo— durante la última década del siglo XVI se aludía con cierta insistencia al hecho de que en La Guaira se estaba construyendo “un fuerte”, el caso es que ni en el Libro de Acuerdos de los Oficiales de Real Hacienda ni en las actas del Cabildo aparece anotada o señalada la menor erogación que se hubiese hecho por este concepto.

Consta, sí, lo gastado en las trincheras del Salto del Agua, en la alimentación de los soldados que bajaron al litoral para enfrentarse a las urcas, pero nada relativo a fortificaciones en La Guaira, como no hubiesen dejado de mencionarlo por lo menos los Oficiales de Real Hacienda de haberse producido. En cambio, ahora la cosa es distinta. El Cabildo caraqueño le encomienda al Capitán Juan de Guevara la construcción de “una fuerza” o fortaleza en el puerto de La Guaira. Esto debió de ocurrir a fines de aquel mismo año, pues Guevara—hombre emprendedor, que parece haber tenido talento y vocación para la ejecución de las obras públicas— ya tenía muy adelantado el fuerte el 2 de julio de 1602, tal como lo manifestó cuando siendo Teniente General de Gobernador presidió ese día una sesión del acuerdo de la Real Hacienda de Caracas.

Guevara expuso que por orden del Cabildo de Caracas, él estaba haciendo, en nombre del Rey Nuestro Señor, una fuerza en el puerto de La Guaira para la guarda y defensa de él y navíos y mercaderías que a él vienen Y agregaba: “la dicha fuerza está en estado de defensa, y para en fin de este presente mes quedará rasa y acabada en cuanto a la altura del terrapleno [sic] que ha de llevar”. Ante la próxima terminación de la obra, consideraba Guevara llegado el momento de poner en ella una pequeña guarnición para defensa de la fortaleza “y custodia del puerto”. Se decidió enganchar oportunamente a seis soldados, a cada uno de los cuales se le darían sesenta reales mensuales y la comida, todo a cuenta de los mil quinientos ducados concedidos por el Rey”. Cuando desembarcó en La Guaira, el 25 de aquel mismo mes.

El Gobernador Alonso Suárez del Castillo vio por sí mismo la fuerza que allí se estaba edificando por orden del Teniente de Gobernador (el propio Guevara) y del Cabildo de Caracas. En un informe dirigido pocos días después al Rey, consideraba el Gobernador Suárez que el fuerte era conveniente y útil, aunque le ponía algunos reparos de carácter técnico: “Sólo me ha parecido ser pequeña la fuerza, donde no puede haber en la plataforma de ella pasados de ocho a diez piezas. de más de que por las espaldas de ella, por la parte de tierra, tiene un padrasto que poniéndose diligencia se podrá tajar de manera que desde él no pueda ella ser ofendida sin unos caballeros que hacia aquella parte se pretenden hacer en la dicha fuerza”. El Gobernador sería un militar valiente y decidido, y aún sabría mucho de fortificaciones, pero lo que era su estilo no tenía nada que ver con el de Cervantes, que por aquellas fechas andaba viendo cómo se imprimía El Quijote.

El 30 de julio se reunió en Caracas el recién llegado Gobernador con los Oficiales de Real Hacienda Simón de Bolívar (Contador) y Diego Díaz Becerril (Tesorero). Empezaron por leer la Real Cédula de 19 de octubre de 1596, donde se concedía autorización a los Gobernadores de Venezuela, de acuerdo con los Oficiales Reales, para gastar anualmente un máximo de 1.500 ducados en cosas de guerra, especialmente en la defensa y guarda de los puertos de Venezuela. El Escribano Juan Luys insertó copia de la cédula en el Libro de Acuerdos. Luego dijeron que el puerto de La Guaira era “el más importante de toda esta Gobernación, donde hay la frecuentación de navíos que van y vienen a ella”, pero que era difícil defenderlo por la gran distancia de serranías que hay de esta ciudad a dicho puerto, de manera que no se les puede dar el socorro a tiempo” y los corsarios enemigos podían sacar los buques del puerto de La Guaira y llevárselos, como lo habían hecho varias veces. Seguía el acuerdo: “A cuya causa el Capitán Juan de Guevara, Teniente de Gobernador, con acuerdo de los Oficiales Reales y Cabildo de esta ciudad, usando de la permisión y licencia de Su Majestad en cuanto a penas de cámara, han comenzado a hacer una fuerza en el dicho puerto, la cual se va continuando, y acabándose es necesario haya artilleros y una docena de soldados para que ayuden a cargar y descargar la dicha artillería que en el dicho fuerte estuviere, y también con armas de fuego que acudan a defender los dichos navíos”. Para pagar a estos soldados y artilleros se pensaba pedirle al rey permiso para usar parte de los mil quinientos ducados. El Contador Bolívar quedó encargado de presentar un informe al respecto, que fue tomado en consideración en otra reunión celebrada el día siguiente.

Aunque el fuerte no se había concluido, y se seguía trabajando en él, en lo que ya estaba hecho había “cuatro o seis piezas [cañones] encabalgadas y puestas para la defensa del dicho puerto”. Era cierto que se necesitarían doce soldados cuando la obra estuviese terminada, a fin de ayudar a los artilleros en el manejo de las piezas y para defender con armas de fuego (mosquetes o arcabuces) al fuerte contra los asaltos de infantería enemiga. Pero para la parte ya construida bastarían seis soldados, uno de los cuales sería “cabeza y cabo de los demás” y de los dos artilleros. La primera guarnición fija de La Guaira estuvo formada, pues, por un jefe (el cabo o cabeza), cinco soldados y uno o dos artilleros, cuyos sueldos se pagarían de las penas de cámara (multas) mientras alcanzasen, y de ser necesario se acudiría a los mil quinientos ducados del Rey, que por lo visto eran la panacea universal.


Lo más importante de todo esto, para la historia de La Guaira, es que a fines de julio de 1602 el fuerte ya cumplía funciones de tal, pues estaba artillado y podía recibir a su pequeña guarnición, aunque no estuviese terminado del todo. En efecto, el 9 de agosto de aquel año fueron enganchados para servir en el fuerte el cabo, los soldados y el artillero, presentados por el Gobernador y asentados en los libros de Real Hacienda por los Oficiales Reales.

El jefe, Juan de Ibaibarriaga (o Ibaidarriaga, pues de los dos modos lo escriben), vizcaíno, contaba unos 27 años de edad. Era de “rostro pequeño”, con una cicatriz debajo del ojo derecho, y se presentó “con sus armas de fuego” (tal vez mosquete y pistolas). Aunque nada dicen los documentos, es de suponer que llevaría también su espada o su daga, si no ambas. Uno de los soldados, llamado Francisco Cuello (tal vez Coello) era “natural de la ciudad del puerto de Portugal” —es decir, Oporto— y se presentó con su mosquete y demás armas. Era de “rostro barbado y de buen parecer”, con un lunar en el lado derecho. Miguel de la Cuesta, de 25 años “poco más o menos”, era natural de Castilla,.”del pueblo que se llama Gascueña”, y se presentó igualmente con “su mosquete y lo demás que es obligado”. El escribano anotó que era “de buen rostro y bermejo, con una señal en la cabeza, en el cocote [sic] de ella, que parece ser de fuego”. El tercero de los soldados era un caraqueño de unos 23 años, Alonso Muñoz, “hijo de Tristán Muñoz, guarda del puerto de La Guaira”. También era de buen rostro, algo bermejo, y tartamudeaba, pero se presentó con el armamento de rigor. Natural de la villa de Orrio, en Vizcaya, era Juan de Ibarra, alto de cuerpo, de poca barba y con “una seña de herida en la frente junto a la ceja del ojo izquierdo”. No se dice si trajo o no su mosquete consigo. En cambio, quien sí “pareció con su mosquete” fue el último de los soldados alistados, de nombre Domingo Delgado, natural de Alagón en el Algarve, el más joven de todos, pues tenía unos 20 años.

Casi podemos verlo, a través de la filiación que hizo el escribano aquel 9 de agosto de 1602: “… es un hombre pequeño de-cuerpo, carirredondo, los labios gordos, blanco de rostro. . .”. Cada uno de los soldados ganaba 10 pesos de plata mensuales, igual que los que servían en el presidio de Cartagena y en el de La Habana. El jefe recibía 15, “por la solicitud y trabajo que ha de tener en la custodia de la dicha fuerza [fortaleza] y tener a su cargo los dichos soldados y artilleros y sobre rondar y todo lo demás que le fuere mandado por el. . . Gobernador”. Unas semanas después, el 29 de agosto, se alistó el primer artillero de La Guaira, un candiota (“natural de Candía, que es en el reino de Venezia”) de nombre Pedro Antón, pequeño de cuerpo, de buen rostro y barba roja, con su infaltable “señal de herida en el cabo de la ceja del ojo izquierdo”. Como artillero y, por lo tanto, especialista, ganaba más que los otros: 1650 reales al año. Toda esta gente estaba bastante bien pagada, si se consideran los sueldos de la época, pero por las razones que sea era más bien raro que permaneciesen mucho tiempo en el fuerte. ¿Era el aburrimiento, el calor, la sed de aventura que podía despertarse con cada buque que pasaba? El caso es que durante éste y los años siguientes desfilan por La Guaira, “cabos”, soldados y artilleros.

En diciembre de 1602 el Escribano de Caracas bajó al puerto de La Guaira para anotar los soldados que presentaba “don Pedro Rondón, Alcalde de la fuerza”, en sustitución de los que ya habían cumplido el tiempo de su enganche: eran los nuevos Juan Miguel, vizcaíno de barba rubia; Francisco Mateos, caraqueño moreno de rostro y picado de viruelas; Pascual García, un andaluz de la tierra del Duque de Osuna; el castellano Francisco Sánchez, vecino de Caracas; y Francisco Hernández, “de buen cuerpo y pocas barbas”, natural de Santo Domingo.

El “cabo” seguía siendo el mismo, pero ahora el escribano había anotado así su enrevesado apellido vasco: “Baybarriaga”. Por enero del año siguiente, cuando el artillero se fue, nombraron a Sebastián Quintero en su lugar, y además, lo hicieron condestable, lo que en el caso presente significaba, simplemente, que debía ocuparse de la reparación y el mantenimiento de los cañones. Luego hubo otros artilleros, como Nicolás de Candía, Juan Miguel, Juan Telmo, y otros soldados como el granadino Jerónimo Barradas, el zaragozano Pedro Jiménez, el catalán Pedro Bidriero, el caraqueño Francisco Mateos (hijo de Alonso Andrea de Ledesma y de Francisca Mateos); el santanderino Juan Díaz Zavala; el dominicano Alonso de León; el portugués Pedro de Sosa; Salvador de Mirez, nacido en Jaén. En 1604 sirven como soldados: un sevillano, Francisco López; un bilbaíno, Pedro de Beriga; y un nativo de las islas Azores, Juan Gómez, entre otros, mientras que son “cabos” el Alférez Juan Ramírez de Obregón y don Juan de Guzmán. Hasta que allá por 1605 entra a servir como Alcalde de la fortaleza el Capitán Nofre Carrasquer, emparentado con la oligárquica familia de las Rojas.

Entre tanto, la obra del fuerte había llegado a su término para mediados de 1603. El 30 de julio de ese año se reunió el Cabildo de Caracas, con la presencia de Simón de Bolívar, el Contador, y Nicolás de Peñaloza, regidor propietario, quienes leyeron un informe que el cuerpo les había encomendado redactar. Se titulaba “Memorial de las cosas que conviene se pida al Rey Nuestro Señor haga merced a esta ciudad Caracas y Gobernación de Venezuela”. En primer lugar, mencionan 4′el puerto principal que la dicha ciudad tiene, que se llama el puerto de La Guaira, en el cual dicho puerto no hay población ninguna” y por esto los navíos enemigos se apoderaban de los buques españoles que allí recalaban.

Para cortar este mal, la “ciudad y vecinos” de Caracas (es decir, la ciudad representada por el cabildo, colectivamente, y cada uno de los vecinos con sus aportes individuales) “han hecho una fortaleza en el puerto de La Guaira”, poniendo los vecinos todo lo que pudieron aportar, como los peones, la cal y demás materiales. Por orden del Gobernador Alonso Suárez del Castillo se transportaron a La Guaira los cañones que habían quedado escondidos en Catia, y fueron nombrados “seis artilleros [sic] con seis soldados y un cabo que de ordinario asistiesen a ella como asisten”413. Pedían que hubiese un Alcalde en la fortaleza, nombrado por el Cabildo de Caracas, con 12 soldados y dos artilleros. Solicitaban también el envío de culebrinas de bronce, cuyo alcance era mayor que las piezas de hierro entonces existentes. Finalmente —por lo que toca a La Guaira— pedían que se hiciesen allí unas atarazanas “para que todas las mercadurías se metan en ella y no se puedan defraudar los derechos reales”. Según el Memorial, no las había entonces.

Que la fortaleza estaba concluida lo confirmaron el 23 de diciembre de 1603 los Oficiales Reales, al informar al Rey lo siguiente: “En el puerto de La Guaira, que es el puerto principal de esta ciudad de Santiago de León, que es cuatro leguas de ella, se ha hecho una fortaleza por orden y mandado de Vuestra Majestad. Ha sido muy acertado porque después que se acabó de hacer aquella fuerza están aquel puerto y todas las cosas que a él vienen con mucha seguridad”. Y encomiaban la actuación de Juan de Guevara, un vecino principal, que asistió personalmente a la obra hasta que se acabó.

Ya La Guaira tiene, pues, su fuerte. Lo llaman, oficialmente, “el castillo de Santiago”. En enero de 1607, siendo Gobernador Sancho de Alquiza, Nofre Carrasquer es juramentado como “Castellano” de dicho fuerte. Lo será aún en 1632. Alrededor del fuerte, que brinda seguridad y permanencia, y de la aduana, centro de los negocios, la población de la Guaira —nunca fundada, pero ya existente— empieza a crecer. Nofre Carrasquer, oficial de marina, tal vez catalán, que llegó a América en la armada de don Francisco Coloma, puede servir de prototipo de esos hombres y mujeres que se encariñan con el litoral y allí labran su vividura, al lado de los * ^ aborígenes nacidos en esta tierra de apariencia áspera y de corazón . alegre, abierta siempre a la esperanza que es el mar.

Y al lado de Carrasquer, aquel humilde Grisógeno Desquines que en octubre de 1604 pide permiso al Cabildo de Caracas para vender de comer —pan, vino, menestras— en La Guaira. O aquellos ‘Veinte negros esclavos con algunas negras” que en 1605 el Gobernador Francisco Mejía de Godoy sugiere se traigan para trabajar en el mantenimiento y reparación del fuerte, pues también “la tierra es muy a propósito para la conservación y multiplicación de los dichos negros”. Indios, europeos, criollos, negros: ellos fueron los fundadores de La Guaira. Diego Ruiz de Vallejo, Diego de Osorio, Juan de Guevara, hicieron su papel. Pero el fundador de La Guaira fue el pueblo.


 

 

LA LUCHA POR LA AUTONOMIA
 


En tres o cuatro décadas, a partir de 1605, La Guaira se convirtió en una floreciente y activa población. Tuvo su cura y su templo, que más tarde —a comienzos del siglo XVIII— fue consagrado a San Pedro Apóstol. Desde mediados del siglo XVII se veneraba en la población el Santo Cristo de La Guaira que tenía su cofradía. Pero si el comercio, la navegación y el espíritu religioso hallaron en La Guaira amplio cauce para expandirse después de los difíciles comienzos que hemos visto, desde el punto de vista político-territorial su autonomía se vio siempre restringida. Así lo expresa cruda y verazmente el inteligente arbitrista que fue Gabriel Fernández de Villalobos, Marqués de Barinas y de Guanaguanare, en un memorial redactado hacia 1683, al proponerle al Rey un “Remedio para que el puerto de La Guaira se aumente”. Oigámosle:

“Sin gozar La Guaira de privilegios ni honores algunos, aunque tiene el del comercio pues importará sólo el contrato de este Puerto, de frutos propios de esta Provincia, más de un millón, con que tiene uno de los puntos principales para su aumento; pero la falta el principal (que este toca el dárselo a V.M.) honrando a aquellos vecinos con hacer ciudad a aquella población, con los mismos honores con que se le concedió a la de la Asunción de la Margarita, poniendo su Cabildo para que se gobiernen por sí y no estén dependientes de Caracas, para que los traten con la veneración que tienen todas las otras ciudades que son de su jurisdicción, gobernándose ésta como lo hacen las demás; porque la causa que ha habido para que este Puerto no esté poblado es que la ciudad de Caracas ha tirado a tenerlo tan sujeto y oprimido que le ha hecho aldea suya, sin permitirle que ni Alcalde ordinario tenga, para que en todo esté dependiente, de forma que primero se ha de abastecer la ciudad referida de todo y cuanto hubiere menester, que enviar a La Guaira cosa ninguna de bastimento aunque la vean perecer. De más de esto, los que van a vivir en ella, viendo del modo que los tratan, no hay hombre de punto que quiera subsistir en ella; y al contrario lo hicieran en adelante si V.M. les diera este privilegio, por las muchas conveniencias que se aumentan en los puertos de mar que en la tierra adentro. Y para mayor prueba de esta verdad, este Puerto sólo fue unas bodegas donde se almacenaban los frutos de España y de la tierra, y de treinta años a esta parte tiene más de ciento sesenta vecinos, y tuviera muchos más si no fuera por los muchos que no quieren vivir en él huyendo de la violencia que los de Caracas les hacen”.

El desarrollo económico, social y cultural de La Guaira—y con ella, del Litoral Central— ha corrido paralelo con una serie de intentos, desde la época colonial, y luego en la republicana, hasta hoy, para lograr la autonomía político-administrativa. Este es un tema que merece ser estudiado. Pero mi objeto, aquí, era más modesto: el de presentar, con los materiales que he tenido a mano, los orígenes de La Guaira, situándolos en su marco geopolítico hasta comienzos del siglo XVII, cuando la población, entre el mar y la sierra, arranca ya.

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EL PUERTO FORTIFICADO
 


La Guaira, desde sus orígenes, ha sido el puerto de Caracas y el reportante del país. Nunca ha perdido esa jerarquía, ni siquiera en lo difíciles años de guerra entre España e Inglaterra, cuando se consideraba más segura y cómoda para toda clase de operaciones, a la .rural de Puerto Cabello. La formación del carácter urbano de La Guaira se va definiendo lentamente a lo largo del siglo XVII y alcanzará a fines del XVIII su compacto aspecto de ciudad fortificada.

La historia de las fortificaciones de La Guaira comienza desde el preciso momento en que el gobernador Diego de Osorio y Villegas determino el sitio que consideró más conveniente y apropiado para el puerto de Caracas. De la misma manera, la historia de La Guaira es una continua secuela de problemas vinculados con las obras defensivas del puerto.

Para costear los primeros trabajos, además de fijar el derecho de de oro sobre cada esclavo africano que entraba a Venezuela, se agregó el valor de las multas impuestas como penas por la cámara en la Gobernación de Venezuela, durante diez años, para terminar como dice la Real Cédula – las atarazanas, el fuerte y la caleta del puerto de La Guaira. Con esta renta se prosiguieron las primeras oficiales del puerto de Osorio desde 1593. . .”. En efecto, febrero de 1590, Juan Fernández de León había pedido al gobernador Osorio que se le haga merced a la ciudad de las penas de cámara de la Gobernación con el fin de construir las atarazanas, un aleta en el puerto de La Guaira. Esa solicitud formó parte de tracciones dadas al Procurador Simón de Bolívar el 23 de de 1590 cuando salió para España. Bolívar regresó el 2 de septiembre de 1592. Los 27 artículos de las instrucciones fueron infirmados por otras tantas reales Cédulas.

El primer ataque de los filibusteros a las costas del litoral guaireño y a Caracas lo llevó a cabo Amyas Preston, de la flota de Sir Walter Raleigh, en 1595. Aunque Preston dejó a un lado La Guaira y llegó a Caracas por un sendero indígena que comenzaba en Macuto, armó la necesidad urgente de fortificar el puerto, de mejorar y controlar un solo camino y de eliminar las picas secundarias. . Nada sabemos de las fortificaciones de Osorio. Posiblemente no pasaron de representar una pequeña obra provisional de poca durabilidad. En efecto, por un documento del 30 de julio de 1602, sabemos que el capitán Juan de Guevara, teniente de gobernador, había comenzado un fuerte en el puerto de La Guaira. Señala también que hay cuatro o seis piezas de artillería. Juan de Guevara también tenía a su cargo la construcción del camino de Caracas al puerto. Para esa fecha gobernaba la Provincia el capitán Alonso Suárez del Castillo, quien había llegado a La Guaira el 25 de julio de 1602. En carta que escribe al rey, en fecha 2 de agosto de ese año, dice:

“. . .A cinco de julio passado por via de Puerto Rico escreví a vuestra megestad dándole quenta de mi llegada a la Margarita y como estava de partida a esta governación a veinte i cinco de Jullio llegué a ella a donde procuré que un navío del capitán Sebastián de Mengochea que avía venido de esos rreinos cargado con orden y usencia de vuestra magestád a esta governación en conserva de los galeones de este año del cargo de don Luís de Cordova se despachó con brevedad a alcancallos en Cartajena para en el dar quenta a vuestra magestad como lo hago de las cosas que conviene a su rreal servicio y bien universal destas provincias y governaciones.

“En el Puerto de la Guaira que es el principal de esta governación a donde desenbarqué se estava haziendo una fuerca por orden del teniente y cabildo desta cibdad de Sanctiago de León cabeca de las provincias movidos de ver que por ser tan frequentadas estas costas de enemigos se llevavan del dicho puerto de la Guaira todos los navíos que a el venían y no solo hazer esto los dicho enemigos sino saltavan en tierra por pocos que fuesen se llevavan las mercaderías que en ella avia por cuya causa an padesido y padesen estas provincias de lo necesario a ellas y están pobres rrespecto de no valerse de la saca que podían tener si oviera frequentacion de navíos de los frutos de la tierra por ser muchos y de consideración pero por lo dicho comercio y trato temerosos de no tener ninguna seguridad en el dicho puerto valióse el dicho teniente y cabildo para poner en execucion la dicha fuerca de lo caído de penas de cámara de que vuestra magestad les tenia hecha merced por diez años lo que sertifico a vuestra magestad es que importa que la dicha fuerca la aia por que aviendola avra trato y comercio y vuestra magestad tendrá aprovechamientos en sus reales derechos y estas provincias yran en aumento solo me a parecido ser pequeña la fuerca donde no puede aver en la plataforma de ella passados de ocho o diez piesas demás de que por las espaldas de ella por la parte de tierra tiene un padrastro que poniéndose diligencia se podrá tajar de manera que desde el no pueda ser ofendió sin unos cavalleros que hazia aquella parte se pretenden hazer en la dicha fuerca no fuera posible la cantidad que an montado las dichas penas de cámara para ponella en el estado que esta si no se oviera arruinado los vezinos a poner de sus casas los peones que a sido necesario para ello y lo propio me an ofrecido harán hasta que se acabe yo e conciderado quanto importa que el dicho puerto este siguro y que la dicha fuerca se acabe pero no podra ser de lo que caiere de las dichas penas de cámara de merced por que demás de no avellas se cumplió a catoce de henero desde año y ansi se avia de valer de otra que vuestra magestad tiene fecha destas provincias y governación de mili y quiniestos ducados encada un año que se puedan gastar en casos que quería siendo necessario y siendo la esta tando avra lugar vuestra magestad avello por bien y que dellos se paguen los artilleros por que no se escusan y seis soldados de presidio que asistan en la dicha fuerca por que no aviendolos no sera fuerca ni podrá ofender y estos a causa de que el dicho puerto esta distante desta cibdad tres lleguas de sierras y montañas fragosas que antes que venga la nueva de la venida del enemigo y vaia socorro a hecho su efecto sin que aia quien se lo ofenda y aviendo los dichos soldados correrá diferentemente y aviendo uno dellos tjue sea cabo de los demás y aunque era necessario que eran menester mas soldados hasta una dozena no me atreví hasta saber la boluntad de V.M. y que lo aia por bien se pongan los dicho doze soldados por ser necessarios. Yo hize acuerdo con los oficiales rreales como vuestra magestad lo manda por la cédula de la dicha permissión y de un acuerdo se proveio lo que a V.M. tengo rreferido y de todo lo hecho e actuado por el dicho tiniente y cabildo sobre ello antes de mi venida y lo que después de ella se a fecho enbio a vuestra magestad para que entodo se entere Vuestra Magestad y zelo que en mi ai de entodo serville. . .”.

Se trata del primer documento que nos permite tener una idea bastante clara de la situación en La Guaira para 1602. De ella se desprende: 1- Que la fortificación o fuerza del puerto se estaba haziendo. 2- Que la obra estaba a cargo del teniente de gobernador Juan de Guevara. 3- Que al gobernador Suárez del Castillo le pareció pequeña la plataforma que se estaba construyendo. 4- Que a la espalda de la fueríca hay un padrastro, o cerro, que sería conveniente fortificar. Sin duda se refiere al sitio en el cual se construirá más tarde el fuerte de San Gerónimo o del Colorado. 5- Que los recursos provenientes de las multas impuestas como penas por la cámara de la Gobernación, concedidos hace diez años, se acabaron el 1 de enero de 1602.

Otra carta al rey, fechada un día después, 3 de agosto de 1602, firmada por el Procurador Simón Bolívar y por Diego Díaz Becerra, ratifica lo expuesto por el gobernador Suárez de Castillo. Entre otros puntos dice:

“Vuestra magestad hizo merced por una rreal cédula a esta ciudad y governación de las penas de cámara que en ella caiesen por tiempo de diez años y lo que montase se gastase en azer un fuerte y ataracanas en el puerto de la Guaira desta ciudad y biendo la gran necesidad que avia de azer el dicho fuerte para la seguridad de los navíos y mercaderías que hordinaria-mente bienen a el se acordó por el capitán juan de Guebara teniente de Governador y por el cavildo desta ciudad que se hiziese el dicho fuerte de lo procedido de las dichas penas de cámara con que los vezinos y encomende¬ros de yndios desta ciudad ayudasen con los peones que fuesen necessarios asta acavarse la dicha fuerca y ataracanas y se encomendó el hedifício del dicho fuerte al dicho capitán Juan de Guebara teniente de governador por ser persona qual conbenia para el dicho hedifício y asi esta en estado de acavarse con mucha brevedad en lo qual demás de la merced que vuestra magestad le hizo a esta ciudad en que por esta orden se hiziese el dicho fuerte. Vuestra Magestad y su rreal azienda en ello son servidos por que el trato y comercio hira muy adelante el qual hasta agora estava muy desme-nuido por ocasión de que los henemigos han llevado del dicho puerto muchos navios y azienda y la merce de las dichas penas de cámara que vuestra magestad hizo para ello se acavo a catorce de henero deste año. . .y bisto por el dicho governador Alonso Suarez del Castillo el estado en que la dicha fuerca y que tiene espresa necesidad que en ella aya artilleros y seis soldados que con armas de fuego ayuden a jugar la artillería que esta puesta y se a de poner y a la defensa del dicho fuerte . . .”.

Según el documento anterior, el fuerte está en estado de acavarse con mucha brevedad. La primera fortificación de La Guaira, obra de Juan de Guevara, se concluyó el año siguiente, en 1603. Así lo confirman los oficiales reales en carta del 23 de diciembre de 1603, la cual precisa que:

“…En el puerto de La Guaira, que es el puerto principal de esta ciudad de Santiago de León, que es cuatro leguas della se ha hecho una fortaleca por horden y mandado de V.M. Ha sido muy acertado porque después que se acavó de azer aquella fuerca está aquel puerto y todas las cosas que a el bienen con mucha seguridad. A echo la maior parte della de penas de cámara y los del cavildo han ayudado de su parte, particularmente el capitán Juan de Guebara, que es principal vezino que asistió personalmente asta que se acavó . . .”.

La fortaleza en cuestión, más una plataforma modesta que otra cosa, fue la primera fortificación de La Guaira. Estaba ubicada, calle por medio, frente a la iglesia de San Pedro (espacio ocupado hoy por la Plaza Vargas). El lugar de su emplazamiento coincide con el paso de la Avenida Soublette.

A fin de eliminar cualquier duda, conviene señalar que el cabildo que ayudó en la construcción de la plataforma, es el cabildo: Caracas. De la misma manera, cuando se expresa que Juan de Guevara es un “Principal vezino”, debe entenderse vecino de Caracas y no de La Guaira. En los comienzos y formación de La Guaira tuvieron mas importancia las actividades portuarias y las instalaciones miliares que las de carácter cívico-urbano. Eso se desprende también del contenido de una carta dirigida al rey por el gobernador Sancho de Alquiza, escrita el 20 de julio de 1606. En ella se apunta que en el fuerte hay un alcalde, sin sueldo, y seis soldados. La artillería consta de seis piezas, de las cuales, cinco están prácticamente inservibles por viejas y por sufrir los estragos que el salitre ocasiona al hierro. No hay edificio para la aduana ni se registran las mercaderías que entran y salen. El gobernador Alquiza sugiere adquirir una casa privada que sirve de almacén. Acerca de otras casas, de habitantes o de la población, ni una sola palabra. Desde España, el Consejo solicita la opinión del obispo Antonio de Alzega sobre “las conveniencia o convenientes que puede haver en esto y lo que costará la cassa”. El obispo franciscano contesta el 20 de enero de 1608. Su opinión es favorable a pesar de:

“… Que la casa que el día de oy sirve de almacén es de muy poco balor por ser hecha de orcones y cubierta de paja y me parece bale menos de duzientos pesos y el haverse de hazer nueba de tapias y teja costara mili ducados y el tomalla vuestra magestad parece conveniente a la mejor custodia de las mercadurías y acrecentamiento de su real hazienda. . .”.

La casa que se quiere comprar, á falta de otras, es de horcones y techo de paja. Una plataforma con cañones viejos, un puerto sin facilidades, una casona de bahareque y unos cuantos bohíos es todo lo que tiene La Guaira en esa fecha. No obstante, y a pesar de la falta de recursos y de otras dificultades, el puerto va consolidándose lentamente. En 1626, durante el gobierno de Juan de Meneses y Padilla, una escuadra holandesa atacó el puerto sin lograr dominarlo. La reacción fue violenta y el enemigo optó por retirarse.

El gobernador que le sigue a Meneses es Pedro Núñez Meleán, militar de profesión. Durante su período de gobierno, en 1634, los holandeses toman las islas de Curazao, Aruba y Bonaire. El enemigo se ha instalado así al frente de Coro, lo cual motiva el traslado a Caracas de la sede catedralicia, y una revisión de las obras fortificadas de La Guaira. Probablemente se debe a Pedro Núñez MeJeán la primera obra de fortificación en el cerro del Colorado. Allí “. . . fabricó una plataforma en la peña más alta del puerto. . .”. Debió ser una construcción de poca consistencia y durabilidad según se desprende de otros documentos de fecha posterior, los cuales tratan de la necesidad de fortificar el mismo sitio.

El 11 de junio de 1641, día de San Bernabé, un fuerte temblor derrumba y destroza gran parte de los templos y casas de Caracas. Las fortificaciones de La Guaira sufren notablemente y el gobernador Ruy Fernández de Fuenmayor resuelve emprender la reconstrucción. Un año después, en diciembre de 1642, con sus defensas en ruinas, el puerto es atacado por una fuerte escuadra inglesa, probablemente al mando de William Jackson. Fuenmayor organiza la defensa y logra causar perdidas al enemigo que opta por retirarse. Una vez más se impone la necesidad de reconstruir las fortificaciones dañadas por el terremoto. Fuenmayor deja a un lado los trámites burocráticos y, sin solicitar autorización ni esperar las órdenes respectivas, emprende los trabajos. Esa actitud molesta a los oficiales reales, a cargo de quienes está la tesorería, los cuales lo notifican al rey. El documento es de fecha 10 de septiembre de 1644 y su tenor el siguiente:

“. . .Señor. Por el año pasado de mili y seiscientos y quarenta y tres dimos quenta a V.M. que con el terremoto que ubo el año passado de mili y seiscientos y quarentta y uno en onse de junio se avia asolado la fuerca que en el puerto de la Guaira abía para su defensa y bisto el governador Rui Fernandez de Fuenmaior ttrato en el mismo sitio que estava reedificarla y repararla y sin embargo de nuestras contradiciones que le hicimos por no tener horden de nuestra magestad continuo el hacerla y que asta entonces se abian gastado de la rreal caxa, de nuestro cargo ciento y ochenta y nueve mili seiscientos y ochenta y seis maravedís después de lo qual de los regazos que abian quedado de los gastos que se hicieron para la dicha nueva fuerca se pagaron de la rreal caxa de nuestro cargo ciento y sinco mili ducientos y ocho maravedís que por todos hacen ducientos y nobenta y quatro mili setecientos y catorce maravedís los que se an pagado de la rreal defensa del puerto de la Guaira damos quenta de todo cumpliendo con las obligaciones de nuestros oficios. . .”

El problema lo hereda su sucesor, Marcos Gedler Calatayud y Toledo, puesto que Fuenmayor deja la gobernación en febrero de 1644. El 30 de junio de 1646, el gobernador y los oficiales reales, en presencia del escribano, celebran Junta de Real Hacienda y acuerdan “reparar urgentemente las obras de defensa que están a puntó de caerse. La primera parte del documento es la siguiente:

“.. . En la ciudad de Santiago de León de Caracas en treinta días del mes de junio de mili y seiscientos y quarenta y seis años por ante mi el capitán y sargento mayor don Marcos Xedler Calatayud y Toledo cavallero del havito de Calatrava del consejo de Guerra de su Magestad en los estados de Flandes Governador y Capitán general des ta provincia el capittan Francisco de So jo tesorero y Felipe García y Mendoca contador jueces oficiales reales de ella a tratar y conferir cossas tocantes a la real hacienda y útil de ella y por el dicho señor governador y capitán general fue propuesto y dicho que su merced a ydo personalmente a visitar las fuercas del puerto de apique de caerse y los soldados no tienen con que repararse del agua y la pólvora esta de suerte que necesita de beneficio por causa de humedad y parte en que la tienen siendo que ha mostrado la experiencia que después que se fabricaron las fuercas ha dejado el enemigo que cada día ynfesta estas costas de hacer en el dicho puerto en los vajeles y haciendas que en el estavan los daños que de antes se han reconocido demás de que a el abrigo de la fortificación an ydo algunos vecinos y otras personas fabricando cassas y haciendo población en el dicho puerto de que resulta notoria huttilidad a toda esta ciudad y bien ppublico de ellas. . .”

El documento añade otros datos relacionados con el pago de las reparaciones y de cómo encontrar los recursos necesarios. Pero, de gran interés para la historia de La Guaira, es el párrafo final de la f irte arriba citada. Señala que “a el abrigo de la fortificación an ydo algunos vecinos y otras personas fabricando cassas y haciendo población en el dicho puerto”. Según esa observación, parece que el puerto y la fortificación vinieron primero que la población, lo cual cuestiona el hecho de la ”fundación” de La Guaira por Diego de Osorio. En erecto, a los 57 años de la supuesta fundación, aún no hemos encontrado un documento que confirme la continuidad ininterrumpida de la agrupación de vecinos constituida en comunidad de república. Al respecto, subraya Demetrio Ramos que “. . .por pueblo no se entendió nunca el lugar, su materialidad. El municipio, en r. concepto jurídico, no era el conjunto de casas vacías, sino la agrupación de vecinos —el pueblo, que era el que hacia población— es decir, el cuerpo de personas regidas en comunidad de república ” . .”. En el caso de La Guaira, más que una fundación, parece que la población se originó, y fue creciendo, como consecuencia de las actividades que demanda un puerto.
Cabe señalar, además, que el primer plano de Caracas, fechado en 1578 y atribuido al gobernador Juan de Pimentel, tiene en el sitio que le corresponde, la leyenda “Puerto de la guayra”. Es decir, el sitio ya tenía funciones de puerto unos once años antes de la supuesta fundación de Osorio.

En vista de que para fines de 1646 aún no se había encontrado la forma de como pagar la reconstrucción de las fortificaciones, los oficiales reales toman la decisión de usar los recursos provenientes de las condenaciones de penas de Cámara. En carta del 8 de Noviembre, participan al rey que “Hemoslo puesto en execución. y se están quemando los hornos de cal, teja, y ladrillo con toda prisa para que con la brevedad que el caso pide se pongan con la defensa que se necesitta. Damos quenta a V.M. para que lo tenga entendido como lo haremos de los gastos que se hicieren en ellas”.

Para fines del año siguiente, las reparaciones se habían terminado. Con fecha 29 de diciembre de 1647 los oficiales reales dan cuenta de los gastos efectuados y acompañan la relación con un detallado “certificado de cuentas” del contador. Los puntos más importantes de la carta señalan que:

“. . .Se han gastado, señor, 2549 pesos y 3 reales con la plataforma en derrivar los parapetos de tierra haciéndolos de ladrillo y sacándolos de zepa con sanjas abiertas de quatro quartas de fondo y cinco de ancho y lo mas que requería el escape de ello. Un nuebo alojamiento de soldados por no servir de cossa alguna que el que estava echo y todo lo demás que necesito de zanjas y cimientos de ladrillo y piedra con el cubo para la pólvora y assimismo la azotea de la vijia de terraplén y ormigon de una tercia de alto con gradas en el circuyto de ellas reformando la garita que avia aciendo de nuebo la portada encalar todos los parapetos y alojamientos con todo lo demás que fue necesario obrar en la dicha plataforma en todo lo cual con ladrillo, teja, cal, vigas, grandes y pequeñas, tablas, peones, clabazon, cañas y otras muchas cossas forcossas y ynescusables se gastó lo referido en que entran los maestros de albañilería y carpinteros que se ocuparon en los dichos aderezos como pareze de zertificacion del contador de vuestra Real hacienda. . .”

En el listado de los trabajos, se dice haber hecho la azotea “de la vijia”, reformar la garita, levantar nuevos parapetos en ladrillo, cubo para la pólvora, nuevo alojamiento para soldados, etc. El hecho que se nombre “la vijia” no debe interpretarse como una referencia al fuerte de el Vigía que hoy conocemos y que también se llamó fuerte del Príncipe y de El Zamuro. Esa construcción es posterior. La vigía, la garita, los parapetos y el cubo para la pólvora, son obras efectuadas en las dos primeras fortificaciones que tuvo la Guaira y que estaban a la orilla del mar. También se conocían con los nombres de “la fuerza” y “la plataforma’. En la misma carta, otro punto señala que “cuando hay nuevas de enemigo” los de Caracas van a esperarlo en la “casa del salto de agua”. Es decir, en el sitio donde más tarde se construyó el fortín de “El Salto”, en el camino de Caracas a La Guaira. Nuevamente se propone construir una fuerza real, o fuerte, en una colina que “señorea el puerto”. Lo propone el capitán José Serrano Pimentel. El sitio en cuestión debe ser el de San Gerónimo o del Colorado.


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Fragmento de la parte superior del plano de Santiago de León de Caracas. El plano de la ciudad de Caracas, que aquí no aparece por haber seleccionado sólo una parte de la costa, acompañó la relación del gobernador Juan de Pimentel en el año de 1578. Con un punto negro se destaca la leyenda “puerto de la Guaira” para señalar que once años antes de la supuesta fundación de La Guaira, ya existía la toponimia del lugar y la función de puerto. (A.G.I Patronato 294. Ramo 12).


Garci González de León, gobernador y capitán general desde 1664 hasta 1669, es otro de los gobernantes que dedicaron su esfuerzo en las defensas de La Guaira. Son los años de los piratas famosos como Morgan y L’Olonais. Caracas vive pendiente de un posible ataque y pide a S.M. que se fortifique el puerto.18 El 12 de febrero de 1672, los oficiales reales de Caracas informan al rey que la fortificación del puerto de La Guaira no es capaz de resistir un ataque porque su fábrica está formada por paredes de tierra.19 También el-gobernador Villegas dedicó especial atención a la defensa del puerto. El temor de un desembarco de ingleses, era siempre muy vivo. El 15 de abril de 1674 el gobernador Francisco Dávila Orejón, detalla al rey lo que en el puerto de La Guaira se entiende por “fuerza” y “plataforma”, las dos principales obras defensivas de la plaza. La “fuerza” es un cercado de tapias “de liquida tierra, galvegueado de blanco, su longitud es 26 varas 1/2 y ancho 17 1/2 y su alto un estado. La plataforma tiene 23 varas de largo y 20 de ancho, construida de tapias sin cal, piedra, ni canto, ni forma regular”. Realmente muy poca cosa si se piensa que van más de 70 años de intervenciones, reparaciones, mejoras y tantas preocupaciones de gobernadores y oficiales reales.

Durante el gobierno de los alcaldes Tovar y Galindo se encargó al ingeniero Claudio Rugero un proyecto para la defensa total del puerto. Una vez elaborado, fue remitido al rey.

El gobernador Francisco de Alberro, impulsó la construcción de nuevas obras fortificadas. Seguramente la facilidad con que el francés Gramont se apoderó de La Guaira la noche del 26 de junio de 1680, debió influir en la decisión de aumentar la seguridad. Gramont llegó tan sorpresivamente que logró capturar el jefe del puerto y 150 nombres. También el rey comprendió que se le debía dar mayor atención a la costa guaireña; por real cédula del 1 de abril de 1680, ordenó levantar fortaleza y muralla según el plano del ingeniero Claudio Rugero. Los detalles de ese proyecto son desconocidos y es muy probable que nunca se realizaron.

El gobernador Alberro, fue quien construyó el primer fuerte de El Zamuro o Vigía.

Otro gobernador, Diego de Meló Maldonado, siguió las actividades iniciadas por Alberro y no dejó que las obras se paralizaran. En varias relaciones presentadas al rey, en fecha 25 de febrero de 1685, el contador don Gabriel Rada y el tesorero Fernando de Aguado Páramo, dan cuenta detallada de lo gastado en las obras del torreón de El Zamuro, reedificación del alojamiento de la “plataforma”, caminos, jornales, materiales de construcción para trincheras, etc. Seguramente es en la década de 1680 a 1690 cuando se define la toponimia de las fortificaciones de La Guaira. En efecto, antes de 1680 sólo se habla de la “fuerza” y de la “plataforma”. En cambio, después de 1690, y comenzando con la relación de 1692 hecha por el capitán don Pedro Guerra, castellano del puerto, se nombran las fortificaciones de La Trinchera, Gavilán, La Caleta, El Peñón, El Zamuro y San Gerónimo. Cabe señalar, además, que en esa misma década se intensifican las obras de fortificación en otras partes de la costa venezolana como en Maracaibo, Cumaná y Margarita.

Anterior a la de 1692, es la relación de Gabriel de Villalobos, Marqués de Barinas, curioso personaje de fines del siglo XVII. El documento, escrito en 1683 y titulado “Grandeza de Indias” es muy severo en los juicios y preciso en las recomendaciones. Aquí sólo se citan los puntos referentes a La Guaira.

“. . .El Puerto de esta Gobernación es la Guayra, que es tan malo que no tienen los navíos seguridad ninguna así de los vientos como ni el abrigo de la artillería de dos malas plataformas que tiene para su defensa: que no lo es porque están tan mal hechas que no son sino cuatro paredes levantadas como quien fabrica una casa, pues, según su planta, me persuado que ni albañil debía ser el que las hizo”. . . Sin gozar la Guayra de privilegios ni honores algunos, aunque tiene el comercio pues importará sólo el contrato de este Puerto, de frutos propios de esta provincia, más de un millón, con que tiene uno de los puntos principales para su aumento; pero le falta el principal (que toca el dárselo a V.M.) honrando a aquellos vecinos con hacer ciudad a aquella población, con los mismos honores con que se le concedió a la de la Asunción de la margarita, poniendo su Cabildo para que se gobiernen por sí y no estén dependientes de Caracas, para que los traten con la veneración que tienen todas las otras ciudades que son de su jurisdicción, gobernándose ésta como lo hacen las demás; porque la causa que ha habido para que este puerto no esté poblado es que la ciudad de Caracas ha tirado a tenerlo tan sujeto y oprimido que le ha hecho aldea suya, sin permitirle que ni Alcalde Ordinario tenga, para que en todo esté dependiente”. . .Y para mayor prueba de esta verdad, este Puerto sólo fue unas bodegas donde se almacenaban los frutos de España y de la tierra, y de treinta años a esta parte tiene más de ciento sesenta vecinos, y tuviera muchos más si no fuera por los muchos que no quieren vivir en él huyendo de la violencia que los de Caracas les hacen. . .”.

Tres comentarios amerita la relación de Villalobos. Primero: el puerto de La Guaira, como puerto natural, es muy malo y no ofrece abrigo a los barcos. Es la misma observación que también hicieron todos los viajeros que llegaron a ese puerto en el siglo XIX y escribieron sobre él. Las dos plataformas son tan malas que “ni albañil debía ser el que las hizo”. Ese juicio coincide con el del gobernador Francisco Dávila Orejón. Segundo: Villalobos sugiere al rey “hacer ciudad” a la población del puesto. Pero eso nunca lo permitieron las autoridades de Caracas. Según Villalobos, es una de las causas porque “este Puerto no esté poblado”. Tercero: Otro punto que confirma la escasa población de La Guaira viene de la afirmación de que hasta treinta años atrás, es decir, hacia 1650, sólo habían unas bodegas para depósitos y que, en los últimos treinta años, alcanzó ciento sesenta vecinos. Si por vecino se considera al jefe de familia, se puede estimar en unos 600 a los habitantes de La Guaira. A estos hay que añadir los esclavos del servicio personal y del puerto. La cifra de vecinos suministrada por Villalobos debe ser algo abultada; en efecto, nueve años más tarde, en 1692, don pedro Guerra calcula en 64 a los vecinos que viven en el puerto.

La descripción de las fortificaciones de La Guaira hecha el 28 de octubre de 1692 por el Castellano del puerto, capitán don Pedro Guerra, en cumplimiento a una real cédula de Carlos II y auto de Diego Bartolomé Bravo de Anaya, Oidor de la Audiencia de Santo Domingo y gobernador y capitán general interino de Venezuela, es el documento que más detalladamente ofrece una visión de todas las instalaciones defensivas de la plaza para fines del siglo XVII. Por tratarse de una versión oficial, no hay quejas y todo está en orden: las fortificaciones en buen estado cada puesto con sus pertrechos completos y los soldados cumpliendo con su deber de montar guardia día y noche. Los puntos de este largo documento que más interesan al presente trabajo, son los siguientes:

“Por la parte de barlovento de este puerto tiene para su defensa un baluarte con siete piezas colocadas, de todos calibres, las tres que miran al mar, y las tres, a la avenida de la tierra que descubre todo el camino real, y la otra, que mira a la playa de adento del puerto, hacia sotavento.

(Es la primera vez que se nombra este baluarte que es el de La Trinchera, ubicado en la desembocadura, margen derecha del río que hoy tiene el nombre de Osorio. N.d.A.).

“Sigúese a este baluarte, una cortina de parapetos donde está la puerta que sale al camino, con su puente, por estar el baluarte con fosso desde el mar hasta el pié del cerro.

(Se trata de la Puerta de Macuto. También es la primera vez que se cita esta puerta con su puente levadizo. N.d.A.).

“Y en seguimiento de la puerta, corre otro pedazo de muralla hasta el mismo cerro donde están dos piezas con sus cureñas también a la tierra y camino real, y todas alcanzan a muchas partes de lo alto del cerro; ya corriendo, desde estas dos piezas, una cortina que llega hasta una atalaya, con sus fuegos a la quebrada por si el enemigo subiere por aquella parte.

(Esta atalaya, construida por el gobernador Diego de Meló Maldonado, está en el sitio de El Gavilán. Se trata de un torreón que luego, en el siglo XVIII, fue ampliado con otras estructuras. Su primer nombre fue Fuerte de San Diego, seguramente para recordar el nombre del gobernador que lo mandó construir. En 1736, Gayangos Lascari lo llama Reducto el Gavilán. N.d.A.).

Al principio de la quebrada que sale a la playa, un puesto que lo cubren tres soldados con su cabo, que éstos hacen centinela para dar aviso si el enemigo viene a avanzar por la quebrada.

“De aquí se pasa a otro puesto que llaman la Punta, que está mas a barlovento, donde se dice playa grande, que es por donde el enemigo echó la gente a tierra, cuando hizo la invasión en este puerto por el año pasado de seiscientos y ochenta.

(Llamada también punta de Guanapa. N.d.A.).

De este puesto principal de las trincheras, se proveen todas las noches, dos centinelas en la muralla. . . Remata el baluarte con un pedazo de estacada que entra en el mar, y asimismo se está, acabando de febricar un alojamiento para la infantería.
“De este puesto se pasa a otro reducto que está dentro de este dicho puerto, que llaman la Plataforma, que está a la orilla del mar junto a la boca del río, y en él hay tres piezas colocadas, de diferentes calibres, que todas miran al mar, con todos los pertrechos de su manejo. . . tiene su alojamiento para la infantería y su almacén para las armas y municipios, garita y campana.

(En antigüedad, fue la segunda obra defensiva del puerto. N.d.A.).

Sigúese por la misma playa, bajando para sotavento, la fuerza de Santiago que llaman la principal, que se compone de seis pizas, colocadas las tres a la mar, y las otras tres a las tres avenidas de las calles del puerto, con sus pertrechos para cargar y descargar.
(La fuerza de Santiago, llamada también “la fuerza real” o sencillamente “la fuerza”, es la más antigua de La Guaira. Fue repetidas veces mejorada, reparada y ampliada. Estaba frente a la iglesia de San Pedro. En el lugar ocupado antiguamente por la iglesia, se encuentra hoy la plaza Vargas. N.d.A.).

“Sigúese corriendo por la misma playa para sotavento, el puesto de La Caleta, donde está la puerta del camino real de la ciudad de Caracas. 

(El puesto de la Caleta también fue posteriormente modificado en varias oportunidades. Estaba al frente del edificio de la Cia. Guipuzcoana cerca de la puerta de Caracas. N.d.A.).

“Tiene este puesto, siete piezas colocadas, de todos calibres, tres que miran al camino real, que están en buena parte que hace su terraplén, con sus trincheras, y le sirve de foso una quebrada, que sale al mar, desde el cerro. . . tiene este puesto, veinte y seis soldados en que entra su cabo y se provee, todas las noches de este puesto, otro que está a sotavento que llaman el Peñón.

(El Peñón fue siempre un puesto extramuros de la población. N.d.A.).

“Desde el puesto mencionado del Peñón viene corriendo para barlovento una cordillera de cerranía difícil de avanzar por ella por estar pendiente y montañosa y sin veredas y en la eminencia tiene un puesto que llaman Cabezas de Zamuro, con una media luna y una atalaya que sobresale, que señorea todo este lugar y es de mucha defensa si el enemigo avanza por el dicho cerro; por barlovento y sotavento tiene dos piezas de a tres colocadas, y se guarnece hoy con seis soldados en que entra su cabo, con sus armas amunicionadas. . . tiene este puesto su casa de alojamiento con su almacén para pertrechos, garitas y campana.

(La atalaya de El Zamuro fue costruida por el gobernador Francisco de Alberro. La “media luna ‘ mencionada en esta relación, aún existe a pesar de las añadiduras recientes que tienen deformado todo el monumento. N.d.A.).

“Bajando de este punto a la medianía del cerro está la fuerza de San Gerónimo, que llaman la Fuerza Vieja, tiene tres cortinas, la una que mira a barlovento y descubre hasta la subida del cerro ya mencionado de San Antonio, y el río, con tres piezas que tiene esta cortina para la avenida del enemigo; la otra cortina mira a sotavento con dos piezas que descubren todo el cerro y parte del lugar, y la otra mira al mar con nueve piezas, todas colocadas que también descubren mucha parte del lugar y bocas-calles, con todo el manejo de dichas piezas para batallar”.

(La fuerza de San Gerónimo o del Colorado, fue también construida durante el gobierno de Alberro. Aunque se le llame la “fuerza vieja”, no tiene nada que ver con la antigüedad. De la misma manera, a la fuerza de Santiago o “fuerza real” que si es la más antigua, se le ha llamado la “fuerza nueva  N.d.A.).

Las plazas que tiene este puerto son las siguientes: de soldados españoles, ochenta y una; de soldados pardos, treinta; de artilleros, quince, en que entran cabos y el condestable. Todos juntos hacen cientos y veinte y seis plazas, por manera que en todos los puestos están siempre de plantón. . . y los vecinos de este dicho puerto, con los forasteros que suelen haber en él por lista y muestra, no pasan de sesenta y cuatro más o menos, y de estos, solo cuarenta con armas propias.

La descripción de don Pedro Guerra se completa además, con el listado de todas las municiones y otros pertrechos necesarios. Por primera vez aparecen en el relato los nombres de fortificaciones que nunca habían aparecido en relaciones anteriores, en las cuales solo se mencionaban a la “fuerza” y la “plataforma”. Las fortificaciones de La Trinchera, La Atalaya de El Gavilán, la del Zamuro, la batería de San Gerónimo y el de La Caleta, representan nombres nuevos que tendrán continuidad y vigencia en el siglo XVIII.
También es de interés saber que, según Pedro Guerra, la población es menor a la estimada por Gabriel de Villalobos nueve años antes (1683). Según Guerra, los vecinos del puerto, incluyendo a “los forasteros” no pasan de sesenta y cuatro; es decir, una población de aproximadamente 250 habitantes. Es posible que Villalobos inflara el número con el propósito de demostrar que La Guaira tenía una población suficiente para ser elevada a ciudad.

El último documento del siglo XVII que aquí se cita, es del gobernador Eugenio de Ponte y Hoyo. Tiene fecha del 16 de diciembre de 1699 y en él da cuenta al rey de haber suspendido la fábrica del almacén para la pólvora y alojamiento que se le mandó construyera en la “fuerza vieja”, o de San Gerónimo, por considerar inaceptable que los muros se hiciesen de tierra en lugar de piedra y cal.

Los trabajos defensivos realizados a lo largo de los 100 años del siglo XVII, no lograron obras que pudiesen ser calificadas de aceptables y, menos aún, sólidas y duraderas. Desde los primeros trabajos de Juan de Guevara, y comienzos del siglo XVII, hasta las quejas del gobernador Eugenio de Ponte y Hoyo en 1699, todo es proyisionalidad, poca duración y mala calidad. De la misma manera, también la población de La Guaira es aún bastante escasa. Todas las instalaciones, portuarias y defensivas, se conciben en función de que aquello es el puerto de Caracas. La estructuración de La Guaira, como población es lenta y sólo logrará afirmarse en la centuria siguiente.

Es evidente que el destino de La Guaira, aun antes de ser “fundada” fue el de ser puerto de Caracas. Su desarrollo fue lento porque careció de poder decisivo. No gozó de “privilegios” ni de autonomía. Para las autoridades de Caracas, La Guaira fue considerada siempre una dependencia necesaria e inseparable de la capital, sobre la cual había que mantener un control total puesto que se trataba de la principal puerta de entrada al país.

La posibilidad —-siempre negada— de manejar aunque sea parcialmente, los recursos derivados de los impuestos de importación, derechos aduanales, etc., no permitieron inversiones que facilitaran el desarrollo de La Guaira.


 

COMIENZOS DEL SIGLO XVIII
 


El comienzo del siglo XVIII nos brinda el primer dibujo de una vista de La Guaira. Se trata de una vista “a vuelo de pájaro” tomada desde el mar. Fue remitido por el gobernador de Maracaibo el 25 de julio de 1700, con informe sobre la presa hecha en el puerto de La Guaira, del patache de la isla Margarita, por un corsario francés el 30 de octubre de 1696. La vista se ajusta al interrogatorio del fiscal, formulado en 13 de marzo de 1698″.

 

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Vista de La Guaira desde el mar.

A( Año de  1700) La tarjeta a la izquierda, indica:A,Baluarte del Este.

B, Trinchera.

C, Plataforma.

D, Fuerza Principal.

E, Caleta.

F, Fuerza Vieja.

G, Peñón.

H. Ensenada de Maiquetia, Y Cabo Blanco.

I, Surgidero en que estaba el Patache.

L, Surgidero en que pudo abrigarse.  A.G.l. Santo Domingo, 626).


Es un dibujo a pluma con referencias en la tarjeta. A pesar de la poca habilidad del dibujante y de las “invenciones” introducidas, es interesante observar que; 1) Aparece el baluarte A, la Trinchera, construido por el gobernador Meló Maldonado. Aquí se le llama “baluarte del Este” por ser la fortificación ubicada en la parte más  mental del puerto. 2) C es la “plataforma” y D la “fuerza”. La forma fuerza” es producto de la imaginación del dibujante. Destaca la importancia que se le da a la iglesia, que aquí aparece con un buen campanario. 3) Detrás de la iglesia está la “fuerza vieja” F o fuerte de San Gerónimo.

El 29 de abril de 1701, el gobernador Ponte y Hoyo informa que su antecesor le entregó una real cédula del 26 de junio de 1698, en la cual se le ordenaba la construcción de un almacén para la pólvora, salas de armas.y alojamiento en la “fuerza vieja” o fuerte de San Gerónimo. También se le autorizaba para pedir a los vecinos la contribución de 2.299 pesos. Adjunta copia de la real cédula y relación de lo que cada vecino iba a contribuir. El gobernador hizo el reconocimiento del fuerte y, según informe del maestro albañil, Juan Romero de 62 años, se enteró de que no convenía hacerlo de tapia de tierra, sino de mamposteria. De igual opinión se manifestó el alarife Dionisio de Tre jo de 41 años. En consecuencia, el maestro Romero y el carpintero Martín de Matamoros, hicieron una nueva estimación de los costos27, El gobernador Ponte y Hoyo, en fecha 10 de abril de 1702 da cuenta al rey de las obras de defensa hechas bajo su mandato. El rey, también está conforme conque las obras de la “fuerza vieja” se hagan de cal y piedra. Así lo anuncia al gobernador de Caracas, medíante real cédula de 12 de junio de 1702.

Las fortificaciones de La Guaira representan un problema de nunca acabar: en 1711, el gobernador José Francisco de Cañas y Merino puso multa a las tiendas de mercaderes de La Guaira por tener géneros prohibidos. La suma recaudada, 1.605 pesos, la invirtió en reparar los baluartes de La Caleta, arruinados por el embate de las olas30. También el gobernador Marcos de Betancourt y Castro informa al rey, el 2 de septiembre de 1716, del mal estado de las fortificaciones de La Guaira. Señala que la fábrica de dichas fortificaciones es de tapia mezclada con cal y tierra, lo cual con el salitre del mar se desmorona31. El mismo gobernador participa a S.M., en fecha 29 de agosto de 1718, que ha reedificado las trincheras del puerto ‘con su banqueta para poder andar encubierta la infantería de una a otras fortificaciones, a cargo de don Andrés Francisco de Meneses, profesor de matemáticas y fortificaciones32″. El dato tiene interés porque revela que el autor de la fachada de la catedral de Caracas, Francisco de Meneses, también intervino en las obras de La Guaira.

Hasta el 27 de mayo de 1717, la Gobernación de Venezuela dependía jurisdiccionalmente de la Audiencia de Santo Domingo, pero desde el 29 de abril del referido año, y atendiendo lo resuelto por Felipe V, pasó a depender del recién creado Virreinato de Santa Fe. El primer Virrey fue Antonio Ignacio de la Pedrosa y Guerrero, el cual fue a la vez Gobernador y Capitán General del Nuevo Reino de Granada y Presidente de la Real Audiencia, con jurisdicción en Santa Fe, Cartagena, Santa Marta, Maracaibo, Caracas, Antioquia, Guayana, Popayán y Quito.

Aunque la noticia de la erección del Virreinato fue recibida con jubilo en Caracas y el gobernador Marcos de Betancourt organizó días de festejos, el puerto de la ciudad pasa por uno de los momentos de mayor decaimiento. “. . .Bastará para probar la postración a que había llegado el comercio español en las costas de Caracas: el que durante treinta años, desde 1700 a 1730, inclusive, solamente cinco buques nacionales llegaron a España con cacao de Caracas. Todavía más: ni un solo buque de España durante el lapso 1706 a 1721. . .”.A pesar de la fuerza del contrabando y de la competencia extranjera, iba madurando en San Sebastián el movimiento que culminaría con la formación de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas.


 

LA RELACION DE OLAVARRIAGA
 


En 1720 el Virrey del Nuevo Reino de Granada, don Jorge de Villalonga, encargó a Pedro José de Olavarriaga, una relación completa de la costa de Venezuela con sus puertos, valles, frutos, etc. Olavarriaga, cuya función principal era la de Juez comisionario, contó con la colaboración del ingeniero Juan Amador Courten para llenar los datos técnicos relativos a las fortificaciones y para la elaboración de los planos. Hombre de tesón, honrado y seguro de las riquezas que podía ofrecer el territorio, Olavarria redactó su valiosa relación titulada: Instrucción General y Particular del estado presente de la Provincia de Venezuela en los años de 1720 y 1121.

Los puntos tocantes a las fortificaciones de La Guaira que más interesan para el presente capítulo, son los siguientes:

. .La Plaza de la Guaira es en un estado tan lastimoso, sus defensas tan mal arregladas y entretenidas, que es una cosa extraña que no hayan puesto más cuidado en fortalecer el solo puerto de esta costa, en el cual, el comercio sea lícito; es verdad que varias de sus obras parecen haber sido fabricadas para defender este puerto, y asegurarlo contra los designios que los enemigos de la Real Corona pudieran formar, pero a más que las dichas obras, no tienen solidez ninguna es sus fábricas, ni orden en sus proporciones y no se defienden una con otras (lo que es el primer objeto de la fortificación militar), es también que son entretenidas con tan poco cuidado que caen todas al suelo por falta de repararlas; y la mejor Plaza de Europa, la más bien cimentada y acondicionada, se destruyera si no la cuidaran. “La Guaira no era en otro tiempo defendida, sino por los fuertes E y F que parecen en la planta al fin de este Capitulo, y como se juntaron varios mercaderes, se aumentó poco a poco este pueblo en el estado que al presente está, lo que obligó a lo Gobernadores a aumentar también las obras en la conformidad siguiente:

Plataforma A
“La primera de las obras que parece en entrando por el camino de Caracas, y a la vuelta del ángulo Z que forma la costa es la plataforma A, la cual por su parecimiento no da una grande idea de las otras; su construcción fue el año de 1677 por orden de don Francisco Alverro; su flanco que es cubierto del cerro, tiene 15 varas de largo, su cara 25 varas, y su altura 7 varas. Las aguas salvajes que bajan de los cerros por unas barrancas paralelas a la cara A la arruinaron del todo. Estas aguas arrancan muchas veces consigo unos pedazos de peñascos y raíces de árboles, y como no hallan otro pasaje sino el que se han hecho desde mucho tiempo, pasan por fuerza por esta plataforma. Hinchan sus tierras, y como son capaces de arrancar peñascos, lo serán aún más de traer consigo una murralla que apenas resiste a su propio peso.

Plataforma B
“La cara susodicha está flanqueada por un lado de 12 varas haciendo un ángulo de 130 grados con el dicho flanco, el cual tendrá 5 varas de alto, hecho de guijarros, como casi todas las más obras; y necesita de algunos reparos. Este flanco con la cara siguiente forma la plataforma B, cuyo ángulo flanqueante es alterno al flanqueado; esto es decir de 130 grados. Esta cara tiene 25 varas de largo y es en bastante buen estado, exceptuando no obstante, su parapeto que es arruinado, y algunas piedras de su cimiento que faltan, porque estos guijarros que son un poco convexos no pueden ligarse fácilmente, y la mezcla no halla a mantenerse.

Puerta 1 de la Caleta
“Al cabo de estas 25 varas hay una interrupción de un flanco de 3 varas, cuyos ángulos son rectos, y después la muralla sigue 35 varas hasta el ” 1″ hecha también de guijarros y necesitan de algunos reparos, porque el mar ha perdido un poco su cimiento.  1: Puerta de la Caleta ocasiona la interrupción de la muralla antecedente, y tiene de ancho 3 varas, o tanto como el flanco susodicho; la idea de esta puerta, no es mato por ser enclavada en las obras y defendida por el flanco del fuerte C, pero la rambla viva que baja a la aleta no me parece conveniente al uso del comercio, porque sino estuviera tan áspera el uso de las carretillas ahorrará muchos gastos para el transporte de las mercancías, y un negro condujeras más el solo, que no hacen cuatro, hoy. Esta rambla tiene 15 varas de suelo, sobre 5 de altura diagonal.

Caleta 2
“La Caleta 2 es el paraje donde llegan las lanchas; es una cosa que espanta que esta caleta donde llega todo el comercio, sea en tan mal estado, que los que se establecieron en este puerto no hayan reparado al primer cuidado que es el del abordaje de las lanchas, y en fin que tantos particulares que se han enriquecido en esta Provincia por el comercio del cacao, no hayan contribuido entre ellos para hacer un muelle en este paraje, o a lo menos establecer algún medio que pueda asegurar sus mercancías, porque soy cierto que se ha perdido más cacao en esta caleta que el interés de dos muelles no vale. Es preciso que las lanchas den fondo a más 60 varas en mar afuera, de donde los grumetes traen a tierra las mercancías, o las embarcan, lo que no se puede hacer, sin que las dichas mercancías se mojen, porque las olas son tan fuertes que pasan hasta sobre la cabeza de los grumetes; no es por falta de agua que las lanchas se aparten tanto de tierra, porque hay agua suficiente para una lancha cargada hasta 20 y 25 varas de tierra, pero no la acercan más de medio que las olas no la eche a tierra y la rompa contra las piedras.

“La menor lancha que se puede acercar más de estas 20 varas por falta de agua, y para que una canoa llegue a tierra vacía, se ha de esperar que las olas la rempujen a un paraje estrecho, en el cual no puede caber sino una lancha, asi como se ve en la planta; no obstante es muy fácil corregir este defecto tan perjudicial al bien del comercio, y al servicio de S.M.

Muralla y flanco 3
“Corriendo paralelamente con la rambla de la Puerta 1, hay una muralla que es en la misma línea que la de B, la cual tiene 28 varas, sirve a mantener las tierras, y no tiene más que su parapeto más alto que el suelo de la calle; está en buen estado y cubierta de cal, y se termina con un flanco pequeño 3, cuyos ángulos son rectos. Su cara es de 7 varas y sus flancos de 4 varas.

Fuerte C del Santísimo Sacramento
“El fuerte C es hecho por don Francisco Alberro así como las demás obras que hasta ahora están explicadas desde A; es una plataforma a la cual se ha dado el nombre de fuerte que tiene seis lados muy irregulares, el primero que flanquea: 1: tiene 14 varas de largo; el segundo que sirve de cara es de 20 varas; el tercero de 10; el cuarto cuyo ángulo entrante es de siete varas; el quinto de 5 varas, y el sexto y último lado que sirve de gola es una muralla seca de 30 varas.

“Aunque esta obra no sea de buena construcción, no deja de ser en buen estado, por haberla reparado Don Alberto Bertodano, siendo Gobernador interino de esta provincia. Su plataforma es muy bien cimentada con una mezcla de cal y arena, para impedir que las aguas no la arruinen. Su fábrica es de guijarros cubierto de cal, y tiene 6 piezas de cañón de hierro en batería.

Muralla V
“Al cuarto ángulo del fuerte susodicho está la muralla V, de 20 varas, la cual forma con este ángulo una puerta 4, hecha para que el ganado que viene todas las semanas para el abasto de este puerto, entre con mayor facilidad.

Puerta 4
“La puerta 4 tiene tres varas de ancho, y es de mucho más baja que la de “1″ y casi a nivel de la calle “5″.
De la muralla V, hasta D, no hay obra ninguna, no obstante el terreno es muy apto, y necesaria para construir y cerrar esta distancia de más de 58 varas, en la cual de las casas a la orilla del mar, hay más de 10 varas de distancia.

Muralla D
“Esta muralla es una fábrica nueva hecha en el año 1719 la cual (aunque nueva) no vale nada, es contra todas las reglas militares y nunca se ha imaginado semejantes construcciones en la fortificación militar. “Esta muralla es hecha de una calidad de tierra y guijaretes batida entre dos tablas, y que llaman tapias: es el uso casi general en esta tierra que las casas son fabricadas de estas tapias, pero ninguno había hasta ahora ideado de hacer con ellos murallas secas de fortificaciones, porque aunque se vean en Europa muchas obras hechas de tierra, y que sean muy aprobadas, no obstante condenarán siempre la presente muralla por las razones siguientes: Primeramente porque se suele dar una carpía a los tepes la cual aumentando la basa contiene por consiguiente las tierras lo que no se halla en está; pues está perpendicular al suelo y tiene ya algunas partes de su cimiento afuera del plomo.

“Segundo. Es que los tepes cortados ordinariamente en los prados y elegidos en los terrenos más ligados, cuando están juntados, no hacen más que un mismo cuerpo, y las raíces de las yerbas que crecen otra vez, juntan y ligan estos tepes unos con otros, al contrario de esas tapias las cuales por no tener nada que sirva juntarlas, se arruinan en muy poco tiempo. “Tercero. Es que el temperamento de la Europa que es de mucho más húmedo, alimenta más las tierras, y que la sequedad de esta tierra la cual está bajo de 10 grados y 15 minutos, no sólo no los da alimento ninguno, pero les saca la poca humedad que tiene.

“Cuarto. La bala de artillería que entra en los tepes de Europa, nó hace sino su agujero por las razones susodichas, a más que son bien clavadas con piquetes que les hacen unas camas de fajinas de distancia, y que unidos (y de la misma calidad que el terraplén), hacen un solo cuerpo y una misma materia, cuya solidez impide el efecto de la bala, la cual no daña por no hallar nada que les resiste. Bolduque (en Holanda) una de las mejores plazas, y de las mas fuertes de la Europa esta casi toda fortalecida de tepes, no hay sino las obras indispensables que sen han fabricado con ladrillos como las puertas, salidas de estradas cubiertas, diques, etc. Pero estos tepes están tan bien juntados y ligados que como he dicho no hacen más que un cuerpo. Al contrario de la muralla D que no tiene capacidad ninguna, para resistir a ningún esfuerzo, y una vara y media de ancho no puede ser suficiente a más que la sequedad de su compuesto por el primer tiro caerá de si mismo. Pero a más de estos inconvenientes tan considerables, yo hallo un otro que no lo es menos, y es la inutilidad de esta muralla, la cual por no ser defendida, ni flanqueada por ninguna otra parte sino por el fuerte E no tiene seguridad ninguna; porque saco dos consecuencias, o esta muralla es hecha para defender un desembarque de noche de algunas canoas que pueden hechar a la costa, o es hecha para el resguardo de la ciudad contra el fuego enemigo, y asegurar los movimientos de las tropas en caso de ataque; a lo que respondo: Primeramente. Si esta muralla se hizo para resistir a un desembarque está muy inútil porque no sólo es casi imposible a las canoas de abordar a tierra en esta paraje, pero puesto el caso que sea fácil, y que los enemigos pongan gente en tierra, digo que esta muralla en este caso, no perturbará el designio enemigo, ni pondrá dilación alguna en su ejecución por ser ella tan baja que hasta los niños suben arriba. “Segundo. Si está para defender la Ciudad contra el fuego enemigo asegurar los movimientos de la guarnición, digo que vale aún menos porque se puede reparar en el perfil adjunto de cuanto el terreno de E en H es más alto que la muralla D, y si el que dio la idea de esta obra hubiera estudiado la parte de matemática, la óptica supiera proporcionar la altura de su muralla, a la distancia del tiro de una pieza de artillería de un navío. Todas estas razones prueban bastante la inutilidad de esta muralla, a lo demás tiene de largo 70 varas hasta el fuerte E cerca del cual deja un pasaje de 2 varas.

Fuerte E de Santiago
“E” es el fuerte llamado la fuerza nueva o de Santiago, el cual es un cuadrado paralelogramo, cuyos flancos son de 25 varas; su cara exterior de 30, la cual está arruinada. Este fuerte es el primero que se ha fabricado en este puerto, al cual se ha añadido un cuadrado pequeño: 6: de 4 varas de lado, cuyo uso no conozco sino es para meterle una garita. Su plataforma está bien cimentada y tiene 9 piezas de fierro en batería.

Muralla D:D:
“D:D: es la misma obra que la muralla D, susodicha, la cual dejando un espacio de 2 varas, así como del otro lado del fuerte E, prosigue 50 varas de largo, al cabo de las cuales haciendo un ángulo de 170 grados ocupa 40 varas, hasta en: 8: que deja una abertura de 2 varas para comunicar a una obra empezada: 8: que según discurso había de ser para una batería baja, la cual tiene 6 varas de largo, sobre 4 de ancho, y sus ángulos de las espaldas rectos.

“A esta puerta o abertura que conduce en: 8: la muralla hace un ángulo de 176 grados, y prosigue 45 varas: al cabo de las cuales está interrumpida por un ángulo saliente de 150 grados. Es a éste ángulo, o por mejor decir a la punta &: que se ha de dar mucha atención, por ser muy considerable la ventaja de esta punta, la cual flanquea y descubre toda la distancia ya referida, y asegura los navíos en el puerto que riesgan cada día de ser quemados, sin que lo pueda impedir el fuego de la Plaza; y un buen baluarte puesto en este paraje, valiera más que todas las demás fortificaciones de esta Plaza.

“Parece que el Arquitecto de la Muralla D: D: que es el mismo que hizo la muralla D, tuvo miedo de aprovecharse de esta Punta, porque al contrario de acercarse de ella, se aleja siempre por todos los ángulos que forman a las cortinas de esta muralla, y si hubiera proseguido la línea recta, desde el fuerte E: como los puntos señalados en el plan lo demuestran, y hubiera puesto su batería: 8: en la Punta &: hubiera entonces más orden en sus ideas, y el gasto no hubiera sido más considerable. De este ángulo de 150 grados al fuerte H, hay 80 varas de la misma calidad que la otra muralla, la cual deja una distancia de “2″ varas entre ella, y el fuerte H.

Fuerte: H: de San Blas:
“El fuerte H llamado de San Blas, es el segundo de las dos más antiguas obras de esta Plaza.

Su construcción es muy irregular: G, es una batería hecha en media circunferencia, cuyo diámetro es de 15 varas, hecha de guijarros, y alta desde el suelo (comprehendiendo los merlones) de 2Vi varas. Su plataforma ha sido reparada por don Alberto Bertodano, y tiene dos piezas de cañón de bronce, y dos de fierro en batería.

“9: es un cuerpo de guardia que divide esta obra G: de H, la cual es un modo de tenaza cuyos lados son de 20 varas, sus flancos de 10 varas, y su cortina de 8 varas. Esta obra que era del todo arruinada, ha sido cubierta de cal el año próximo pasado de 1720, para tapar la mala calidad de su construcción. A los dos lados de la media circunferencia de G están dos varas de 5 varas cada una, a la una de las cuales se ha construido un cuadrado para una garita.

“La muralla D: empieza otra vez a dos varas de distancia de este cuadrado, y ocupa 40 varas de largo, al cabo de las cuales formando un ángulo entrante de 130 grados, prosigue 25 varas, al cabo de las cuales está detenida por un espaldón de 15 varas.

Río 10:
” 10: es la boca del río que baja de los cerros y da unas aguas muy buenas, y salutíferas por pasar sobre la zarzaparrilla desde su origen. Este río pierde mucho de sus aguas en las piedras. De 10: hasta el primer flanco del baluarte K hay una distancia abierta de 60 varas.

Baluarte K:
“Este baluarte es la mejor de todas las obras de La Guaira por su regularidad y construcción, y es lástima que Don Diego de Meló que lo hizo en el tiempo de su Gobierno el año 1685, no hubiera tenido el tiempo de seguir su proyecto el cual por su principio no podía ser sino muy bueno. “Este baluarte es regular, y su Ingeniero reparando que no están expuestas en esta tierra como en Europa a unos ejércitos capaces de formar sitios, y que todo ello que se puede temer es una sorpresa, ha arreglado las proporciones de su proyecto a las fuerzas que se pueden temer. Dio a los flancos 10 varas, a las caras 16 varas, a las semigolas 6 varas, y ala Capital 15; el flanco es perpendicular, a la cortina (a la manera del caballero de Villa, y de Medrano).
“Este baluarte es terraplenado, y se le ha hecho una plataforma muy buena de arena, y cal, su parapeto tiene una vara y media de alto comprendido los merlones, y está ocupado por 8 piezas de artillería de bronce.

Cortina L:
“L: es la cortina que defiende el baluarte K, la cual tiene 40 varas de largo, y está terminada por una altura llamada de San Antonio que va al fuerte M: al medio de la cortina hay una puerta: 11 de dos varas de ancho. Toda esta obra que llaman la Trinchera tiene 4 varas de alto desde el suelo hasta el parapeto. La calidad de su construcción es de guijarros, pero escogidos. Se han empleado también muchos pedazos de peñas que se cortaron para formar la explanada: A: que es de 150 varas de ancho. “Esta Trinchera tiene un foso el cual delante de la cara del Baluarte K: es de 6 varas de ancho, y delante de la Puerta: 11: de 12 varas y de 4 de alto. Su contraescarpa es hecha de los mismos materiales que los demás. “Tenia en otro tiempo un puente levadizo, pero la negligencia de repararlo, ha ocasionado su ruina, y hoy no se pasa, sino sobre algunas tablas sin orden, aunque los pilares sean buenos. La puerta: 11: es muy vieja y falta de cerradura.

Obras exteriores
Fuerte de San Diego: M;

“Habiendo explicado las obras que defienden el puerto de La Guaira y que le pertenecen, paso a las exteriores, la primera de las cuales es el fuerte M llamado de San Diego, o de Gavilán, construido por don Diego de Meló. “Este fuerte es bueno, y no tiene otro defecto sino el de ser un poco más alto, a lo demás su situación es dispuesta con mucho entendimiento, porque defiende dos barrancas que se hallan a su lado en las cuales si entrara un enemigo, fuera dificultoso echarlo fuera, y se apoderarán con facilidad de la Ciudad como sucedió el año de 1680, cuando los franceses la saquearon. Este fuerte domina la costa hasta la punta de Macuto, su construcción es una torre alta de 16 varas en modo de reducto enfrente de la cual se ha hecho una plataforma cuadrada de 8 varas de alto. Esta torre tiene 20 varas de diámetro y es de dos altos, parece que por razón de ser este fuerte bueno lo han dejado parecer, su techo caído desde algunos años ha sido la causa de la ruina de sus altos, y el haber querido ahorrar el gasto de 20 o 30 vigas para reparar este techo, ha perdido un fuerte a Su Majestad muy importante, y de mucho costo.

Fuerte N: de Zamuro

“El fuerte N llamado de Zamuro vale mucho menos que el de San Diego. Don Francisco Alberro que lo construyó no supo (puede ser el mismo) a qué fin lo fabricó. Es un reducto cuadrado, defendido por una plataforma en media circunferencia, cuyo diámetro es de 20 varas sobre 3 de alto, el reducto es un cuadrado perfecto, cuyos lados son iguales al diámetro de plataforma, y tiene 7 varas de alto. Este fuerte sirve de vigía para descubrir los navíos que parecen en la mar.

“No está tampoco en muy bien estado, pero más valiera que lo fuera menos, y que el de San Diego fuera más porque es más alto para defender la orilla de la mar, e inútil para los demás efectos por ser M suficiente a la defensa de la barranca del río.

Fuerte 0: de San Gerónimo
“Abajo del fuerte N, está un otro fuerte: O: llamado de San Gerónimo, o la fuerza vieja. Es un paralelogramo cuya cara tiene 65 varas de largo, y sus flancos 20 varas sobre 4 de alto, según los parajes por razón de la inigualdad del terreno; el lado opuesto a esta cara es cortado al medio por un modo de baluarte de 8 varas de flanco, 14 de cara y 20 de gola. ” 13″ es el almacén de las pólvoras de la Plaza, el cual es una casa hecha de tapias de 18 varas de largo y 8 de ancho; este almacén no está muy seguro, y su puerta es defendida con un cuero de vaca. Este fuerte tiene 16 piezas de artillería de fierro muy inútiles por ser su situación más alta para que sirva su fuego.

“Por el estado presente de las fortificaciones del presidio de La Guaira, se conoce suficientemente el mal uso que se ha hecho de la plata que Su Majestad y los Reyes han empleado a fortalecerlo, y la necesidad indispensable de repararlo. . .”
Aquí termina el capítulo 5, totalmente dedicado a las fortificaciones de La Guaira. También en el capítulo 1, Olavarriaga se refierea las obras defensivas del puerto. La cita es la siguiente:

“. . .La Guaira es el solo puerto de toda la costa fortalecido pero sus defensas son tan mal arregladas y construidas tan ridículamente, proyectadas e ideadas que no merecen el nombre de fortificación, porque estas obras que no valían nada en su mejor estado; valen aun menos hoy que son arruinadas, no obstante los que no han visto La Guaira quedan admirados de los nombres famosos de fuerza vieja y nueva, de fuertes de San Blas, San Diego, Santiago, San Gerónimo, y de Trincheras, etc. y sacan luego por consecuencia que esta plaza es muy fuerte, y a lo menos una de las mejores de las Indias Occidentales, pero yo puedo afirmar que me hallo más seguro ie esp aldón de un ataque, que no en el mejor fuerte de estos, lo que se erá más fácilmente en el Capítulo 5. El mal orden y la ruina de las : Traficaciones de esta Plaza no proviene de haber dejado faltar de dinero para el mantenimiento de las defensas necesarias; al contrario si la plata que se ha empleado hubiera sido a propósito, esta Plaza estuviera buena, y bien fortalecida, pero dos razones son la causa de su mal estado.

La primera es que cada Gobernador de los que han residido en esta provincia, ha querido por falta de Ingeniero formar proyectos a su idea, y rara que sea dicho que se había construido alguna obra de su genio en esta plaza, se contentó de proponer sin reparar, si lo propuesto era conveniente al terreno, del cual mudaba muchas veces la situación para ajustaría a su idea, lo que ha ocasionado las desproporciones de esta plaza. “La segunda razón es que algunos Gobernadores han hallado sus provechos en la fábrica de las obras que han propuesto por lo que el premio del arquitecto costaba más que la construcción. Es constante que no hubiera gastado Su Majestad tanta plata si un Ingeniero hubiera ejecutado con exactitud; a lo menos sus defensas estuvieran proporcionadas, y su Majestad supiera su valor sin que por motivo alguno un Gobernador pudiera aumentar el precio arreglado para las fábricas necesarias. . .”.

Olavarriaga es duro y a veces mordaz en sus juicios. El precursor de la Compañía Guipuzcoana y luego su primer Director, pinta una impresión lastimosa de todo el conjunto defensivo del puerto. En esto, coincide con lo dicho por Villalobos. Extraña que un observador acucioso como Olavarriaga, no haya dedicado ni una sola línea a la población civil y a la forma urbana de La Guaira. Menciona las fortificaciones, los soldados (142 en total), las armas, el vestuario, almacenes, tarazana, artillería y las municiones. Pero ni una palabra para la población. Dejó, sin embargo, un plano que por primera vez da una idea del tamaño de la ciudad y de la ubicación de las fortificaciones. El dibujo es algo ingenuo, pero suficientemente claro para determinar la forma urbana y entender la disposición de las fortificaciones.

Olavarriaga confirma que la mayoría de las obras se hicieron cuando los gobernadores Alberro y Meló Maldonado. Por cierto, del período de gobierno de este último, existe un plano, posiblemente del año 1682, que ilustra la planta de “la fuerza que se hace en el Puerto de La Guaira.

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La Guaira en 1720 – 21
Plano de Pedro José Olavarriaga
 
A  Plataforma A construida en 1677 por orden de Francisco Alberro.
B Plataforma B
C Fuerte C del Santísimo Sacramento, también fue mandado construir por Francisco Al berro.
D Muralla D. Fábrica nueva hecha en 1719.
E  Fuerte E de Santiago, llamado también la fuerza nueva. Es el primero que se ha        fabricado en La Guaira.
G  Batería en forma de media circunferencia frente al fuerte H.
H  Fuerte H de San Blas, el segundo en antigüedad del puerto.
K  Baluarte K, hecho por el gobernador don Diego de Meló en 1685.
M  Fuerte de San Diego o del Gavilán, construido por el gobernador Diego de Meló.
N  Fuerte N, del Zamuro, construido por orden de Francisco Alberro.
O  Fuerte de San Gerónimo, llamado también la fuerza vieja.
 
El plano de Pedro José Olavarriaga, aunque impreciso en la representación topográfica, representa la primera planta de la ciudad-puerto. Es un plano de suma importancia para el mejor conocimiento de la historia de la ciudad y sus fortificaciones, porque aporta datos muy precisos.
 
Para 1720, la parte más desarrollada de la ciudad se encuentra al Oeste del río. El trazado evidencia características que se mantendrán hasta nuestros días. Es interesante observar que al gobernador Francisco Alberro se le atribuyen las siguientes fortificaciones: la Plataforma “A” (1677j que luego será incorporada en las obras de”la puerta de Caracas”; el fuerte “C”, o del Santísimo Sacramento, posteriormente demolido cuando la consolidación de las murallas, y el famoso torreón de El Vigía, también conocido con los nombres de El Zamuro y El Príncipe. El torreón fue respetado por las obras de ampliación realizadas por el conde Roncal i en 1769.
 
Al gobernador Diego de Meló, atribuye el baluarte “K” (1685), contiguo a “la puerta de Macuto” y el torreón de San Diego del Gavilán. También ese torreón recibirá posteriores obras de mejoras y ampliaciones.

 


Se trata de un castillo de planta cuadrada y cuatro baluartes esquineros. Tiene algún parecido con la planta del castillo de San Carlos que, mucho más tarde, en 1769, construyó el conde Roncali en los altos de las Tunas. Para la época del gobernador Meló Maldonado, las fortificaciones aún estaban muy cerca de la orilla del mar. Aunque el plano señala que el fuerte “se hase”, nunca fue construido. Meló Maldonado murió en 1682 y ninguna relación posterior menciona ese fuerte. Tampoco aparece en los planos de 1721, 1736 y 1742.
 

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“Descripción de la fuersa que se hace en el puerto de (la Guaira) por orden del governador y capitán general Don Diego de Meló Mal  donado (Planta y perfil ) (A.G.I. Contratación, 4929). El plano se supone de 1682, es decir, el mismo año en el cual murió el gobernador Meló. El proyecto nunca fue realizado.


En muchos escritos sobre las fortificaciones de La Guaira y hasta en publicaciones oficiales, se dan noticias totalmente inexactas acerca de la fecha de construcción de algunas obras. Por ejemplo, es costumbre repetir que el fuerte de San Carlos fue construido en el año de 1604, cuando, en cambio, existen los planos del conde Roncali que lo terminó en 1769- También se dice que la construcción de la pólvora, o polvorín, que todos conocemos, fue ejecutada en 1592 por Diego de Osorio. También es una obra posterior al año de 1760. El mismo Olavarriaga señala en 1721 que “el solo Almacén de pólvora de esta plaza está en el fuerte de San Gerónimo (El Colorado) dicho la fuerza vieja’. Su ubicación aparece muy clara en el plano de la ciudad de 1736.

En síntesis, para Olavarriaga la situación de La Guaira es lastimosa porque nunca hubo planificación ni se elaboró un proyecto con las normas debidas. A falta de Ingenieros militares, los Gobernadores mandaron construir obras caprichosas y, con frecuencia, más se preocupaban en beneficiarse que del resultado de las obras. Tampoco prosperaron las recomendaciones de Olavarriaga. Todos parecen interesados en que no se acaben los interminables gastos de las continuas reparaciones. El 15 de junio de 1721, don Antonio José Álvarez de Abreu, alcalde visitador, informa a S.M. de lo gastado en reparar las fortificaciones39. El 15 de julio de 1732, el gobernador García de la Torre, pide al rey se le envié un Ingeniero para reconocer el estado de las fortificaciones40. Martín de Lardizábal, vasco de origen, fue el gobernador que comenzó a favorecer las actividades de la Compañía Guipuzcoana. El 20 de marzo de 1735, informa haber resuelto en junta con los oficiales reales, librar 1.500 pesos para reparar la muralla41. El mismo año, también el Consejo de Indias sugiere a S.M. que es conveniente otorgar los 4.000 pesos que solicita el gobernador de la provincia de Venezuela, para realizar nuevas reparaciones.


 

DESDE GAYANGOS LASCARl AL CONDE RONCALI



El 20 de septiembre de 1735, una real orden solicita “dar cuenta de las Armas, Fortificaciones, Milicias y otras cosas de esta provincia y sus Planos”.

El documento llegó a Caracas el 26 de mayo de 1736. Vino en el barco Nuestra Señora del Coro de la Compañía Guipuzcoana y lo recibió el gobernador Martín de Lardizábal. Con el mismo barco, también arribó el ingeniero Juan Gayangos Lascan.
 
Lardizábal, de inmediato ordena reunir las informaciones solicitadas, las cuales aparecen luego en una larga relación que detalla la situación. Para el presente estudio, son de interés los siguientes puntos:

“. . .En la ciudad de Caracas a veinte y nueve de Mayo de mil setecientos treinta y seis años, el Señor Don Martín de Lardizaval, del consejo de S.M. y Comandante General de esta provincia dixo: pues por quanto en la fragata Nuestra Señora del Coro de la Compañía Guipuzcoana, que acava de llegar de los Reinos de España, ha recivido una Real Orden de S.M. comunicada en pliego del Excmo. Señor Don Joseph Patino su Secretario de Estado, y del despacho Universal de Indias y Marina, su fecha en San Ildefonso a veinte de Septiembre del año próximo pasado, en el se le previene y manda que en primera ocasión remita a los referidos Reinos de España los Planos y Relaciones que se contienen en los cinco particulares insertos en dicho pliego; y respecto de que el primero se dirige a que se haga un Plano de los Presidios y Fortalezas que hubiese en esta provincia con expresión de sus fortificaciones, y demostrativamente de la circunferencia de su Distrito, y confienes con otras Provincias de su inmediación en la forma que se pudiere executar y con la explicación correspondiente, para que S.M. pueda venir en conocimiento pleno, no solo de las referidas Fortalezas, sino es también la del terreno que comprehenden, y haver benido de orden de S.M. en la mencionada fragata al expresado Puerto de la Guaira Don Juan Gaiangos Lazcari, Yngeniero de las Reales Tropas de su Magestad, devia de mandar y mando se le libre Despacho para que como en materia del Real servicio, y en que interviene su Real Orden haga, y forme el enunciado Plano del Presidio del Puerto de la Guaira y sus Fortalezas con expresión de sus Fortificaciones en la forma que biene referido, respecto de no haver otros Presidios, ni Fortalezas en esta dicha Provincia, sino en la que se está construiendo en el Puerto de Cavello; y en atención a que por él quarto de dichos capítulos se ordena se haga y remita una Relación de la Artillería de bronze, y fierro que hubiere existente en los sitados Presidios y Fortalezas con explicación de sus Calivos; y asi mismo del numero de fusiles, Armas y demás Municiones y pertrechos de Guerra que tubieren existentes, Su Señoría asi mismo mando se libre el referido despacho, para que dicho Ingeniero Donjuán Gaiangos haga el mencionado reconocimiento y forme su expresada Relación de la Artillería, Armas y demás Municiones y pertrechos de Guerra que huvieze en el referido Presidio y Fortalezas del mencionado Puerto de la Guaira, y para quando suba a esta Ciudad de las Armas y demás Pertrechos y Municiones que de S.M. hai en ellas . . .”.

Para el mes de octubre del mismo año (1736) Gayangos Lascan ya había terminado el plano de la ciudad y los perfiles del terreno. Lo confirma el documento que textualmente dice:

“. . .En la ciudad de Caracas en el veinte y cinco de Octubre de mili setecientos treinta y seis años, el Señor D. Martín de Lardizaval de S.M. Comandante General de estta Provincia mando se compulse thestimonio hacer remission del plan y perfiles hecho del Presidio de la Guaira de su Fortificaciones por el Ingeniero Don Juan Guayangos Lascari y la relación que acompaño a dicho plan y perfiles y del Estado que hise de la Artillería, Armas y Peltrechos existentes en dicho Presidio de la Guaira y en estta como a S.M. pertenece sin que quede copia de dicho Plano, perfiles, Relación y estado por considerarse se quedaría con ella el referido Señor Ingeniero, assi los proveyó y firmo. . .”.

El gobernador remitió los planos el 13 de febrero de 1737.
El “Plano del Presidio de La Guaira En la Costa de la provincia de Benezuela” de Gayangos Lascari es el primero en ofrecer un levantamiento de la ciudad costera realizado con instrumentos. Fue elaborado a escala y ello permite apreciar la densidad de construcción, fortificaciones, templos, casas, calles, río y territorio vecino. Este plano sirve también para entender mejor la relación y plano de Olavarriaga, puesto que en el lapso transcurrido entre 1721 y 1736 la situación de las obras no sufrió modificaciones.
Están el baluarte de la Trinchera (D), la plataforma real(F), la Caleta (I), la batería llamada el Colorado (K), con su almacén de pólvora (L) la atalaya de el Zamuro (M) y el torreón del Gavilán (N). También se destaca la iglesia parroquial de San Pedro (A) y el sitio del hospicio de San Juan de Dios, con el puente al frente; el primero que tuvo la Guaira. En cambio, ninguna leyenda identifica aún la casa de la Compañía que tenía poco tiempo de instalada.
Es posible que pan esa fecha, la famosa casona debía recibir los remates finales. Las calles tienen el trazado que permanece hasta nuestros días. La ciudad seguirá creciendo, pero la estructura urbana es ya la definitiva, lente con este plano, el gobernador remitió también el de los leí terreno y cortes de las fortificaciones. Son de interés los: las torres del Zamuro y del Gavilán. Este último acusa Enema cilíndrica con soporte en el centro.
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La Guaira en 1736
“Plano del presidio de la  Guaira en  la costa de la Provincia de Venezuela
A Iglesia parroquial de San Pedro
B Iglesia y Hospital de San Juan de Dios
C Puerta de Macuto
D Baluarte de la Trinchera
E Plataforma o pequeño Reducto
F Batería llamada la Fuerza Real
G Puerta de la mar
H Puerta de la Caleta
I  Plataforma de la Caleta
J Camino de Caracas
K Batería llamada el Colorado
L Almacén de Pólvora
M Torreón o Atalaya nombrada el Zamuro
N Reducto nombrado el Gavilán
O Cuerpo de guardia del Peñón
P Camino de Macuto
(A.G.I. Santo Domingo. 783)
Se trata del primer plano exacto de La Guaira, levantado por el ingeniero Juan de Gayangos Lascari. Tiene fecha del 31 de julio de 1736)
Cabe destacar que no aparea la identificación la casa de la Compañía Guipuzcoana.
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Detalle del plano publicado en la página anterior.

Durante el gobierno del Brigadier Gabriel José de Zuloaga, el pauto de La Guaira fue atacado el 22 de octubre de 1739, por tres ingleses a mando del capitán Waterhouse. La reacción fue violenta y el enemigo rechazado en pocas horas. No obstante, la guerra entre España e Inglaterra que acababa de declararse en ese mismo año, un día después del ataque a La Guaira, demostró que era necesario contar con más tropas y armas para mantener el control mar de las Indias. Zuloaga pide refuerzos y el Consejo de Indias «recomienda al rey aprobar las solicitudes del gobernador. A la provincia de Venezuela llegan nuevos contingentes de tropas y en La Guaira siguen las reparaciones.

El 23 de diciembre de 1741, don Luís Antonio Pedrosa da cuenta de los 168 pesos y 4 reales gastados – tanquetas de la ‘plataforma´. En fecha 1 de febrero de 1743, – remador Zuloaga reitera al rey la poca defensa del puerto.

De esos años, y, para ser exactos, de fecha 17 de agosto de 1742, es otro plano de La Guaira, que el gobernador Zuloaga remitió al rey.Aunque elaborado sólo seis años después del plano de Gayangos Liscari, acusa pequeños, pero notables detalles. El más importante es 4seguramente, la progresiva densificación constructiva.
Las manimas irregulares se van llenando de casas. El hospital de San Juan de aumenta su área de construcción. Las fortificaciones son las mismas; sólo aparece entre la “plataforma “ y la “fuerza”  una nueva obra: se trata de la batería que llevará el nombre de San Fernando. También la casa de la Compañía Guipuzcoana está claramente identificada con la letra B.
El estado “tan lastimoso” que, según Olavarriaga, tenían las fortificaciones de La Guaira, debió mejorar notablemente después del nuevo impulso de actividades que trajo al puerto la Compañía Guipuzcoana. Durante el gobierno de Zuloaga se tomaron precauciones a raíz de estallar en 1739, la guerra entre España e Inglaterra. El puerto vivía en un permanente estado de alerta, y eso lo demuestra la inmediata reacción al ataque de la flota inglesa ocurrido el 2 de marzo de 1743 al mando del capitán Charles Knowels.
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La Guaira en 1742.
A Puerta de Caracas
B Factoría de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas
C Batería y Puerta de la Caleta
D Batería de Santiago
E Batería y Puerta de Macuto
F Batería de San Jerónimo
G El Zamuro
H Gavilán
I Iglesia Parroquial
(Arch. de planos, Servicio Histórico Militar.
Madrid, sign. P-b-12-6)
Este plano, fechado el 17 de agosto de 1742, acompañó el informe que el gobernador Gabriel José de Zuloaga envió al rey.


La defensa del puerto, a lo largo de tres días, y la derrota de los ingleses, representan una página gloriosa en la historia de La Guaira. La muy conocida “relación‘ del gobernador Zuloaga detalla todos lo acontecimientos y se enriquece además con un grabado que ilustra el ataque enemigo.
Para el presente estudio es de gran interés señalar las características del grabado, porque ofrece una interpretación muy satisfactoria de la ciudad de La Guaira y de sus fortificaciones para el año de 1743.
Se trata de una vista “a vuelo de pájaro” tomada desde el mar, a fin de poder dar cabida en la misma ilustración, a la flota y a la ciudad. En los cerros se destacan los torreones de el Gavilán (A) y del Zamuro (H). En la orilla del mar, el baluarte del Santo Cristo de la Trinchera (B) construido por el gobernador Meló Maldonado; al lado, la desembocadura del río (K) y luego la “plataforma” (C). Entre la “plataforma” y la “fuerza” real de Santiago (E), está el baluarte de San Fernando (D) el cual no figuró en el plano de 1736, y en cambio, aparece en el de 1742.
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Grabado que ilustra el ataque a La Guaira por la flota inglesa al mando del Cap. Charles Kno-wels, el 2 de marzo de 1743. (La plancha original del grabado pertenece al Museo de Arte Colonial, Quinta de Anauco, de Caracas).


Entre la “fuerza” y San Fernando se destaca la iglesia de San Pedro con torre de tres cuerpos (Y) y un poco más arriba, la batería de San Gerónimo o el Colorado. A la derecha del grabado cierra la línea defensiva, el baluarte de la Caleta (F). Este grabado puede considerarse como la primera vista panorámica bastante fidedigna de la ciudad, para el año del ataque.
Después de esa victoria, se vuelve a la rutina. El gobernador Zuloaga expone al rey, en fecha 9 de febrero de 1746, que las fortificaciones consideradas como buenas, son de tapia de tierra y que se conservan porque están sometidas a un continuo reparo. El gobernador Ramírez Estenoz queda enterado por real precepto de 25 de julio de 1757, que el rey ha aprobado la relación de las reparaciones hechas por su antecesor y manda se tenga el mayor cuidado en mantener reparadas las fortificaciones de Puerto Cabello y La Guaira.Conviene, en este punto, precisar que la evolución histórica y técnica de las fortificaciones de La Guaira, puede dividirse en dos períodos bien definidos: el primero, comienza con las obras modestas de Juan de Guevara iniciadas en 1602 y se prolonga hasta 1767 durante una interminable secuencia de reparaciones, quejas, improvisación y técnica mediocre. El segundo período lo inicia la actividad del conde Roncali, en especial durante el gobierno de José Solano y Bote.
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La Guaira en 1764.
La Guaira y sus baterías del recinto fortyificado.
A Batería del Colorado
B Batería del Gavilán
C Torreón Vigía del Zamuro
D Almacén de Pólvora
E Real de las Tunas
CE Camino Derecho pero empinado de la Guayra a Caracas.
F Fortín de punta de Mulatos
G Guardia avanzada del Peñón
H Pueblo de Maiquetía
III Camino real de la Guayra a Caracas
(A.G.I. Caracas, 874)
Plano remitido por el gobernador Solano en 10 dé julio de 1764. Es el primer plano en el cual se indica el almacén de pólvora en el sitio que le corresponde y que ha llegado hasta nosotros.


Es el período de los profesionales competentes en la materia y las obras que se ejecutan tienen un carácter de durabilidad. El hecho que separa los dos períodos lo establece el proyecto que, para defender La Guaira, elaboró en Madrid, en 1767, el Comandante General de Ingenieros Juan Martín Zermeño.

Antes de analizar el proyecto de Zermeño, conviene apuntar que en fecha 10 de julio de 1764, el gobernador Solano envía al rey un plano de La Guaira en el cual figura un buen trecho de costa a ambos lados del puerto. El plano tiene varios puntos de interés: en primer lugar se destaca la forma urbana de La Guaira, la cual va ampliando su trazado también al otro lado del río. Otro punto importante es que por primera vez aparece la ubicación del’ ‘Almacén de Pólvora‘ en el mismo sitio en que se encuentra hoy. Indica, además, el sitio escogido para la construcción de un castillo en el sitio de las Tunas y que se conocerá con el nombre de San Carlos.

En el plano aparece como “Real de las Tunas“. Por último, se ubican al fortín de punta Mulatos, la guardia avanzada del Peñón y el camino real a Caracas pasando por el pueblo de Maiquetía. La cartelera es también llamativa por su marcado gusto rococó y por mezclar entre las rocailles, cuatro sacos de cacao.El plano va acompañado por una relación de José Solano dirigida a Don Julián de Arriaga. En ella trata de la situación de los puertos de La Guaira y Puerto Cabello. Referente a La Guaira, señala que:

Al tercio oriental de la costa de esta Provincia y mediodía al septentrión de su capital Caracas, mediando una elevada serranía, está situada la población de la Guayra, defendida con varias Baterías sobre la orilla del Mar, unidas con una pared de poca Resistencia, y por otras dos altas, situadas la una en la punta de un cerro de la serranía, que por la espalda estrecha contra el Mar la Población; y la otra en el extremo de otro que está doscientas tuesas al oriente de un Baluarte y media cortina; flanco que cerrando la Población hace frente a aquella parte y entrada oriental de tierra a la Guayra:

En esta se almacenan todos los géneros y frutos que comercia esta Provincia, con España islas Canarias, Veracruz y otras parte de este Archipiélago, por la inmediación a la capital; pero los navíos y demás embarcaciones que los transportan, no tienen abrigo alguno, fiada su seguridad en sola el ancla y del ataque de enemigos, es muy escasa la que reciven de los tiros de las fortificaciones por lo que están fondeados en aquella Rada, solo el tiempo preciso de carga y descarga que la hace costosa, y arriesgada la alteración continua del mar, causas que motivan gastos y obligan a retirar los bageles, al abrigo y defensa de Puerto cabello . .

En otra comunicación, de fecha 13 de noviembre de 1765, Solano propone a don Julián de Arriaga, antiguo gobernador de la Provincia y luego ascendido al cargo de Ministro de Marina e Indias, la conveniencia de fortificar el cerro de el Zamuro.

“. . .Estas reflexiones, sobre el terreno, me han persuadido a que es conveniente y necesario un Fuerte sobre aquel puesto donde hoy está el Torreón de las vigías, que faldado y unido, por un camino cubierto con la batería del Colorado, multiplicarán mucho las fuerzas que defienden aquella frontera de esta ciudad y puerto principal de comercio de esta provincia. Para su fábrica, ofrecen dos mil doblones, los naturales de islas Canarias, como verá V.E. por la copia adjunta del memorial que me presentaron el día de nuestro benignísimo soberano, y más lo que fuere necesario para concluirle a satisfacción y según fuere el agrado de S.M.. .”

El conde Roncali llegó a La Guaira el 25 de enero de 1766, y, por los tantos documentos que tratan de su actuación, se desprende que hubo desde un principio, un claro entendimiento con el gobernador Solano. Ambos tenían sólida experiencia en el arte militar. Solano era Capitán de navío y Teniente de la Real Compañía de Guardias Marinas. Antes de ascender a gobernador, formó parte de la comisión de limites de Guayana. Sus servicios, aciertos y victorias, le proporcionaron más tarde, el grado de Almirante de la Escuadra de América y luego, el de Capitán General de la Real Armada.
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El capitán de la Armada don José Solano y Bote, marqués del Socorro (n. en Caceres en 1726 y m. en Madrid en 1806).
Ilustre marino del siglo XVIII, uno de los grandes defensores de los Dominios en la guerra contra Inglaterra. Inicio su carrera en 1742, encontrándose a bordo del “Soberbio” en la batalla del Cabo Sicíe contra la escuadra del almirante Matews (22 febrero 1744). Acompañó a Jorge Juan por Europa para conocer el adelanto de la Ciencia Naval. En 1754, ya capitán de fragata y por su capacidadfue enviado a América del Sur, comisionado junto a los portugueses para fijar los límites entre Brasil y Guayana. En 1762, declarada la guerra con Inglaterra mandé el navío “Rayo”; hecha la paz fue nombrado Gobernador y Capitán General de Venezuela, reprimitó el contrabando y fortificó a Puerto Cabello y La Guaira. En 1770, pasó con idénticos altos cargos a Santo Domingo. Al estallar la segunda guerra con Inglaterra combatió a los ingleses en el Canal de la Mancha; en la reconquista de Florida y toma de Penzacola (1781). Ascendido en 1782 a Teniente General, el rey Carlos III, le concedió el marquesado del Socorro. En 1790, Carlos IV le confirió el mando de las fuerzas navales volviendo a luchar contra las escuadras británicas. Al morir ocotogenario, llevaba sesenta y cuatro años de servicios a la Corona.
(Museo Naval, Madrid).

El conde Roncali, nacido en Cádiz el 22 de noviembre de 1729, estudió matemática y pronto alcanzó la graduación de Teniente coronel en el cuerpo de Ingenieros. Su permanencia en América se limitó a las plazas de Puerto Cabello, La Guaira y la isla Margarita. Murió en 1794. Se trata de dos personajes de gran competencia que las circunstancias hicieron coincidir en Caracas desde 1766 hasta 1770, es decir, durante los últimos cinco años de gobierno de Solano.

A los pocos meses de su llegada, el conde Roncali inspeccionó con el gobernador Solano todos los cerros y quebradas que rodean La Guaira y pudo formarse una idea precisa de la situación. Reconoció la necesidad de fortificar 4′el zamuro” y consideró de fundamental importancia ocupar y fortificar la altura de las Tunas. También advirtió la conveniencia de mantener el control de la quebrada de Mapurite.

El plan de defensa del conde Roncali, con todos sus detalles, se aprecia en el siguiente documento redactado por, él mismo:”. . .En carta fecha el quatro de Febrero de este año se sirvió V.S. comunicarme que en consequencia de su representación fecha el 13 de noviembre del año pasado de 1765 en que expuso al Rey que ynutilizan toda Fortificación en el recinto de la Plaza de la Guayra las alturas que la dominan y propuso V.S. que combenia se fabricase un Fuerte sobre la que nombran cerro del Zamuro porque domina a la otra, y porque por su altura y situación avanzada en la Plaza elude qualquiera ventaja del Enemigo en ella, y la sostiene previene a V.S. el Excmo. Sr. Balio Frey Don Julián de Arriaga por fecha de 8 de Noviembre del año pasado de 1765 que quiere S.M. que reflexione y exponga reconociendo el Terreno con Ingenieros que fortificación combiene y forme el Plano correspondiente con presupuesto de su total costo remitiendo uno y otro a S.M. para su Real determinazion y que en esta ynteligencia me disponga para que procedamos a dar cumplimiento a lo que el Rey manda en cuyo obedecimiento lo como único ingeniero que existe en esta Provincia desde 25 de Enero del presente año de 1766, que llegué de España; he reflexionado sobre este asunto, con las noticias que V.M. me ha producido del terreno, que tenia con anticipación a mi arrivo reconocido y para mas bien combinar quanto tratamos V.S. y lo relativamente a la defensa de la Guayra, en caso de acometimiento de Enemigos, fuimos sobre el Terreno y V.S. me comunico nuevamente las especies que en su Gabinete me tenia manifestadas y resulto de estas varias conferencias, que la Guayra por la naturaleza de su situación y otras circunstancias que diré combenia aprovechándose de las ventajas del contorno ponerla en el mejor estado de defensa con cuyas consideraciones manifestaré la importancia del puesto y utilidad que resultará a S.M. en tenerlo bien fortificado y son en la forma siguiente.
 
La Guayra es la frontera de esta Capital y llave de esta Provincia por esta parte y consisten sus fortificaciones, en un recinto por la parte del Mar muy bajo y en él distribuidas varias baterías que miran al fondeadero y a los dos frentes de Tierra de derecha e Izquierda a los cuales falta en gran manera la perfección que produce el Arte de Fortificar y por la espalda enteramente descubierta la Plaza como se manifiesta bastantemente todo lo referido en el Plano de dicha Plaza y sus inmediaciones que acompaño lo cual acredita que permaneciendo como está actualmente es incapaz de resistir a el esfuerzo de cualesquiera enemigos que executen expedición para conquistar dicha Plaza, pues a continuación del Desembarco y sin retardar su empresa esperando que la Artillería esté en tierra forzaran las Alturas y después de ellas la espalda de la Guayra con todo el exercito; y por consiguiente a una operazion de esta naturaleza es forzoso se rinda la Guarnición o morir bajo este concepto que lo confirma la razón natural devemos considerar introducidos y establecidos los enemigos en la Guayra, pues no es dable impedirles el desembarco fuera del Tiro del Cañón de la Plaza, en el supuesto que para executarlo con fruto, es necesario tener un pie de Exercito proporcionado a sus fuerzas, el cual, no es posible juntar en la brevedad que ellos executaran la operación de saltar en Tierra, sin los estorbos de Equipages y Artillería, dejando esta maniobra para después de conseguido el intento de apoderarse de la Plaza, si quieren internarse con sus operaciones: supuesto pues la facilidad de la conquista de este puerto es regular intenten extenderse a la dominación de toda la Provincia de Venezuela, empezando por su capital la ciudad de Caracas; pero como esta dista de la Guayra cinco leguas con interposición de una Sierra formidable que dificulta extremadamente el acceso a Caracas, por cualquiera parte que lo intenten se ussa solo con caballerías y gente de a pie por se imposible el tránsito en otra forma motivado de la estrechez mucha pendiente y repetidos retornos lo cual facilita su Defensa con poca gente, que asistida por la naturaleza, que ha poblado de gruesos Árboles, todas las orillas y estas ser escarpadas mirando a precipicios, facilita a cada paso cortaduras y derrivos de Arboles a medida que se pierda terrenos este estrecho desfiladero el cual la Tropa Enemiga, no puede rodear o cojer por la Espalda a sus defensores por lo escarpado de las quebradas de derecha e Izquierda e impenetrables Bosques en que la Naturaleza lo ha dispuesto por lo que miro muy difícil, sino imposible que ningún Enemigo penetre a Caracas, husando de la fuerza haviendo Fusilería que defienda la Serranía; pero como se supone que el Cuerpo mas considerable de defensores se compondrá de Milicias y estas no pueden permanecer con las Armas en las manos largo tiempo queda la capital muy expuesta siempre que el enemigo se establezca en la Guayra; por esta razón, y porque haun sola la conquista de esta Plaza les combiene atento a las bentajas que les puede dar su conservación, pues con ella nos privarán sus corsarios del huso de Puerto Cabello, para nuestro Comercio y de los beneficios que se originan al Real Herario, se mantendrá en la Guaira con aquella mira y en tanto gozando de la utilidad que pueda producirles la formación de un Almazen general en ella de Ropas y demás efectos procedentes de su País, y por medio del comercio clandestino introducirlas en toda la Provincia, y de ella comunicarlas al Rey no de Santa Fe y demás Provincias confinantes a la de Venezuela, impidiendo la extracción de todos los frutos de esta que oy salen por la Guayra, que no sea por otra mano que la suia cuyo fondeadero es muy ventajosos, para que ellos mantengan comercio abierto en todos tiempos, sin que sus buques aunque es Rada abierta padezcan estragos como lo verifica la experiencia con los varios que ay fondeados en todas estaciones del año parte que por estas refleziones tan naturales que declaran bastantemente los notables perjuicios, que ocasionaría al Real Herario que el Rey perdiese de su dominio a la Guaira, cuyo almazen general de los enemigos arruinaría enteramente el comercio de los vasallos de S.M. en esta provincia y demás confinantes a ella y por consiguiente perdería el Rey el ingreso de un Thesoro que anualmente entra en sus reales arcas, por razón de los derechos que ay establecidos en el cacao y otros frutos que se exportan y ropas que se introducen en esta Provincia por la Guaira; al Reyno de Santa Fe por Cartagena y demás Payses contiguos al de Caracas por sus respectivos Puertos, que minoraría notablemente con el Almacén general de los enemigos en la Guaira bien meditado lo referido hará conocer la importancia que ay de poner la Guaira en estado que repela cualquiera imbasion a Proyecto que formen los Enemigos para conquistarla, o cuyo efecto V.S. se ha servido conferenciar conmigo varias veces y han producido estas consultas quanto llevo referido y determinamos por ultimo que según el sitio que ocupa la Guaira comparado con sus inmediaciones no era suficiente para su defensa ocupar solo la altura del Zamuro, pues aunque sitio ventajoso, por su dominación de veinte tuesas al Gabilan y a proporción a las costas del Este y Oeste atento a la estrechez que deja la Loma en este sitio no era dable colocar obra respetable y que estorbe el acceso a la Guaira, por su espalda mayormente que dirigiéndose desde la Sierra al Zamuro, todos son puestos dominantes particularmente el llamado de las Tunas, el cual si no se ocupa sirve a los Enemigos para interceptar los socorros y comunicación que se quiera seguir desde Caracas a la Guaira por un camino o senda escusada que llaman de las dos Aguadas, el cual se deve conservar en poder de nuestras Tropas, de que se consigue los socorros continuados desde la capital ya en gente, como en viveres y demás que conduce a la defensa de la referida Plaza por lo que ha parecido ocupar la altura de las Tunas con un Fuerte que aunque pequeño por no dejar mas extensión al Terreno, sirve de obstáculo grande a la Tropa que intente introducirse por el Barranco de Mapurite al del Río y apoderarse por la Espalda de la Guaira pues si siguiesen este intento, sin primero atacarle y rendirle se expondrán a pasar entre los Fuegos de las obras del Zamuro, Batería de San Juan, la del Palomo, el Gavilán y Fuerte de las Tunas; bien que esta operación es factible, en tropa vigorosa e intrépida a costa de grandes perdidas; o consideran que les es mas fácil atacar por el Gabilan e introducirse en la Guaira; uno u otro Proyecto puesto en execusion les será de suma perdida en su exercito, conforme se deja considerar mirando el Plano de la Guaira, y obras que se proyectan en sus contornos; se deve suponer como V.S. sabe que la Guaira, y el camino Real de Caracas, pueden tener en el termino de veinte y quatro oras, quatro mil hombres de guarnición aptos a la defensa y manejo de las Armas, porque V.S. con su celo al Real servicio ha puesto las Milicias de esta Provincia en expuestos a que las tropas del Rey los desalogen de la Guaira y demás puestos, mayormente como es regular si se retirara la expedición dejando Guarnición competente le sería forzoso a poco tiempo quedar Prisionera de Guerra, o para evitar este lanze, le sera preciso mantengan un pie de exercito cuyo coste no equivale a la conquista que no teniendo por suyo el Fuerte de las Tunas no podrán establecer su Almazen general y por consequencia del comercio Ilícito, que atrae las riquezas pues la guarnición de esta obra, les impedirá en todos tiempos la introducción en la Provincia de que resulta claramente harán todo su esfuerzo para conquistarla atendiendo que mientras no esté en su dominio les falta establecimiento fijo y seguro en la Provincia de Venezuela; estas reflexiones demuestran cuan útil sea mirar al fuerte proyectado como llave de este País, por el lado de Caracas y Guaira y al paso que se hace importante, parece que la naturaleza lo ha dispuesto de forma que ayudada del Arte sea inexpugnable; meditada la obra que se propone, y sus contornos, se manifiestan en la mayor parte de ellos Barrancos o precipicios insuperables, siempre que se defiendan devidamente y las cortaduras que tiene en los dos pasos que tiene de acceso, los ponen intransitables y por consiguiente sus inmediaciones asistidas de cuerpo de la obra, la constituyen libre del riesgo que se conquiste por golpe de mano y obliga a sitio formal:

Esta Fortificación es capaz de contener 400 hombres de Guarnición, 52 Piezas de Batir y muchos morteros dentro de su recinto; tiene Almazen de Pólvora y Algibe competentes, sirviendo los Desbanes de los Quarteles para encerrar víveres que en este Pais son carne salada y cazabe de que abunda, sin olvidar la mayor ventaja, que por la senda de las dos Aguadas, tiene comunicazion abierta con Caracas para que de ella y de toda la Provincia se le subministre quanto le sea necesario a la defensa; cuya libre comunicazion la conservará el capitán general con el exercito que devemos considerar formado, a mas que el enemigo esté en disposición de abrir la Trinchera, respecto que para subir la Artillería ya sea del Barranco o Mapurite o por el Río deven armar cabrestantes, cuya operación la juzgo dilatadísima y sumamente difícil de poner en práctica a la vista de una obra de Fortificación como la Proyectada que sin cesar hará fuego sobre ellos de cuantos modos subministra el Arte de la Guerra y que es muy regular les destruiya todas sus maniobras; después de vencidas cuantas dificultades llevo demostradas les queda que executar un sitio en forma para rendir este Fuerte, al cual con sumo trabajo se le desmontaran sus parapetos que son de tapia excelente, produciendo su bondad la tierra de este pías, que mezclada con porción de cal y puesta en obra por Peritos, resulta por experiencia echa, que la Bala de a 24, a 40 Tuesas de distancia se embebe en ella tres pies, sin atormentar el Merlón ni despedir chinas y no causar mas estragos que el que ocupa el diámetro de la Bala, cuya circunstancia permite que los Parapetos tengan una Tuesa de espesor, y ha facilitado la construcción del Fuerte en tan cortas dimensiones, porque deja en su interior espacio suficiente a fin que el cañón juegue con libertad; en esta forma construidos los Parapetos de las Fortificaciones que se proyectan, retardaran su desmonte largo tiempo particularmente la obra para las Tunas, que por razón de las Cortaduras, no pueden aproximarse mas que a la distancia de 40 Tuesas, de la cual penetra la Bala los tres Pies, y con la seguridad los sitiados que no pueden ser asaltados por razón del Gran Foso de la Cortadura que defendida por la Fusilería y pequeña Artillería del camino cubierto repondrán nuevos Parapetos cuantas veces quieran mayormente que el único frente de ataque es el que mira a la Guaira por ser inaccesibles los otros y principalmente el opuesto al referido que a mas cortadura solos dos hombres caben de frente para venir y a una y otra parte Barrancos.

El Lado de ataque presenta Terreno muy pendiente y angosto tanto que obliga a los Enemigos a establecer una sola Batería de frente y no podrá ser mayor que la de la Cortina y dos caras que les presenta el Fuerte; cuan costoso, y dilatado sea apoderarse de esta obra se deja a la consideración de los inteligentes, pues aun aviendole desmontado la Artillería le queda el recurso de impedirles, con el fuego del camino cubierto la construcción del Puente sobre la Cortadura en el supuesto que no se puede rellenar por ser todas ellas dispuestas en declivio a los Barancos, donde se precipitaran todos los Materiales, que se le arrojen y que después de vencido es forzoso alogen el Minador o pasen su Artillería al camino cubierto para hacer Brecha y dar el Asalto que aun este se podrá resistir, con una Cortadura general fácilmente practicada dentro de las Pequeñas del Fuerte y en la suposición que asistida o renovada a menudo la Guarnición por el exercito del Rey, en número proporcionado a la urgencia por la facilidad que subministra la senda de las dos aguadas, que los Enemigos no pueden cortar, mientras no se apoderen del camino Real y eminente cumbre y de la serranía, todas las operaciones de mayor esfuerzo y resistencia se deven poner por obra; es de advertir que por razón del pendiente .que ofrece el Terreno la Batería de los Enemigos no puede destruir el revestimiento porque solo descubrirán los Parapetos, que así se deve construir en inteligencia que lo facilita la mayor o menor Altura, que se dé al Parapeto del camino cubierto y distancia que ay determinada de su ultima Batería al Fuerte: Reflexionando con toda la atención que merece la importancia del asunto que manifiesta este discurso se reconocerá quan difícil sea, superen los Enemigos tantos, y tan variado obstáculos que se les presentarán para la conquista de la Guayra, Frontera de esta capital y Llave de esta Provincia por esta parte y las obras de Fortificación proyectadas en sus contornos que asistidas con el exercito nacional y tropa veterana que combendrá aumentar, parece forzoso haver de conbenir que se les repelerá y arrojará del Pais mas bien que se establezcan en el; pues minorado su exercito por los frequentes y sangrientos ataques que ayan hecho a las obras, a efecto de apoderarse, devemos considerar el exercito del Rey superior al suio y que con el favor que ofrece el terreno para inquietarles y ofenderles desistirán de la empresa, llevando por triunfo el escarmiento.

Pero consiguiendo con la conquista de Puerto Cabello, los propios fines de comercio, y aun mas quieta y segura posesión no atacarán la Guayra fortificada, y por tanto dirigirán su proyecto a aquel Puerto que se halla en medio de la Costa de esta provincia, 24 leguas al oeste de la Guaira y aun mas necesitado de Fortificación por su situación no tan favorecida de la natural como aquella y ademas con la ventaja de ser un Puerto segurísimo hasta para fondear una crecida Armada, por cuyas razones V.S. me ha mandado executar el proyecto, con animo de que quede en igual resistencia que la Guaira, el cual estoy formando y espero que de verficada su construcción sobre el Terreno se podra resistir por aquella parte, cualquiera invacion de los Enemigos y su establecimiento el cual causaría iguales perjuicios a los referidos para la Guaira, si se olvidara.La construcción de las obras Proyectadas en contorno de la Guayra siguiendo hasta su entera conclusión y arreglado a un calculo prudencial, que se ha hecho de todas sus partes, con atención a los precios corrientes que tienen los materiales y operarios del País, ascenderá su importe a la cantidad de docientos sesenta mil trescientos setenta y tres pesos distribuidos como se sigue.


Pesos Reales El Fuerte que ha de ocupar la altura de las Tunas comprehendiendo la escavazion y puentes de las Cortaduras importará …………………………………………………………………………………………………………………………………………………………139.263  
La obra proyectada para que ocupe la altura del Zamuro costará………… …………………………………………………………………………..26.015  
Para construir la Batería alta y Escalera de comunicazion se necesitan………………………………………………………………………………..13.578
La Batteria de San Juan con el cuerpo de Guardiacorrespondiente y su cortadura costara………………………………………………..6.000
Para executar la Batteria proyectada en el puestollamado del Palomo son menester………………………………………………………..4.000
Los tres ordenes de Edificios que han de servir para quarteles y almacenes de viveres, con abitacion alta y baja, colocados junto a la Batteria del Colorado,Costarán………………………………………………………………………………………………………………………68.529
Para construir el Parapeto que circuye exteriormente el Colorado y sirve para la defensa de los Escarpados inmediatos apostando fusileria importará………………………… ……………………………………………………………………………………………………………………………………..988
En conducir el Agua desde la Sierra a las Tunas,Zamuro, Batteria del Colorado, a fin de llenar losAlgibes en caso de necesidad se gastarán………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………2.000
Suma total…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………260.373


“. . .Si este discurso mereciere la aprovacion de V.S. espero que acompañado de los Planos, que hé executado para demostrar el todo del Proyecto, los dirijirá V.S. al Rey representando a S.M. que si fuere de su Real agrado mandar que estas obras de Fortificación se executen, se digne al mismo tiempo nombrar un Capitán y dos Tenientes de Ingenieros, a fin de que me asistan, para que se logre la más solida construcción, exactitud en las dimensiones y devida economía, en la distribución de caudales. Caracas, 2 de julio del año de 1766. El Conde Roncaly. . .”.

Solano, apoyado por el conde Roncali, insiste sobre la conveniencia de fortificar los sitios de el Zamuro y de las Tunas y así lo reitera nuevamente a don Julián de Arriaga el 11 de julio de 1766:

“. . . con el ingeniro de esta provincia conde de Roncali, conferencié la importancia para la defensa de la plaza de la Guayra, el estado de su fortificación, y cuanto había advertido en pro y contra de su defensa, y pasé con el mismo, a reconocerla nuevamente, y el terreno de sus inmediaciones; como los dos caminos para esta capital, el real, y del socorro, o de las dos Aguadas; y acordamos el proyecto de fortificación, en la cabeza del cerro del Zamuro; y además la de otros puestos en el mismo térro, principalmente en el de la Tunas, para poner en estado de la mayor resistencia aquella frontera de esta capital, ayudados de la natural fortificación del terreno; como reconocerá V.E. por la adjunta representación del ingeniero; plano y perfiles del proyecto, y presupuesto de su costo, que paso a V.E. como se sirve mandarme, a fin de que si fuere de su agrado, me honre en pasarle a las reales manos de S.M. para su real determinación.. .”

Los isleños están prontos a exibir los ocho mil pesos que ofrecieron para la fábrica del fuerte sobre el cerro del Zamuro, y dicen que se esforzarán a lo más que pudieren; y más atendiendo a las muchas pérdidas que les ha causado en sus bienes, la fatal epidemia de viruelas, que aun no se ha extinguido totalmente, me parece excmo. Señor que la piedad del Rey no admita más de los dos mil doblones; pero si estos en señal de su real benevolencia.Tengo noticias que en las cajas de Cumaná, hay de los situados de Araya, cerca de cien mil pesos sobrantes de los pagamentos a la tropa que existia; y si el Rey tubiere a bien mandar que se pasen a estas podré adelantar aquellas obras, en tanto que llega, de donde S.M. providenciase el resto del presupuesto de su total costo para finalizarlas . . .”.

Los planos y el presupuesto elaborados por el conde Roncali, los remite Arriaga al Ingeniero don Juan Martín Zermeño a fin de que “exponga lo que se le ofreciere y pareciere sobre el expresado proyecto” . Zermeño, que ocupa el alto cargo de Comandante General de Ingenieros, en la Junta de Fortificación, contesta con un proyecto elaborado por él, y que, por eso mismo, “no puede darse proyecto que mejor se adapte a fortifcarle que el que propongo”. Las observaciones de Zermeño, contenidas en la carta del 26 de mayo de 1767, son las siguientes: “. . .
Muy señor mió: Enterado de las cartas del gobernador de Caracas, relación y planos del ingeniero en segundo conde Roncali, que V.E. se sirve remitirme con papel de 17 de enero, para que examine la proposición que ambos hacen de fortificar la Guaira; los devuelvo a V. E. con el proyecto que he considerado ser mas útil, respecto a las particularidades que se expresa; y que para hacerle con la debida reflexión eran precisas otras muchas, como son perfiles diferentes, y un sondeo muy detallado de las orillas de la Bahía.

En este concepto y en el que expresa Don Joseph Solano del número y calidad de milicias y tropas que en poco tiempo pueden reunirse en cuerpo de ejercito para socorrer la Guaira; teniendo también presente lo que les favorece al terreno de su inmediación si llegasen a entrar en estas operaciones: he considerado circundar de un recinto bien flanqueado el pueblo, para lo cual no puede darse proyecto que mejor se adapte a fortificarle que el que propongo con medios baluartes, consiguiendo entrar poco en la población, que por de corto número y vecindario, procuro conservar y aún al ponerse en práctica puede suceder sea factible adelantar en el’ mar los ángulos flanqueados de los medios baluartes, según la calidad del fondo y profundidad de la orilla lo que quedará a la buena inteligencia del ingeniero que dirija la obra. La disposición del recinto facilita no dejar lado que no sea visto y defendido con fuegos laterales, ni en su extensión ángulo muerto.

“Careciendo el que hoy existe de estas dos fundamentales máximas, a que se añade el mal estado de sus muros, que con facilidad pueden saltarse, como lo manifiesta el gobernador e ingeniero; me ha obligado a pensar con todo cuidado el medio más oportuno y de menos gasto al real herario, a fin de cerrar la Plaza libertándola de un golpe de mano, en el que saqueándola y quemando sus edificios, conseguirían los enemigos arruinar el comercio, sin llevar el pensamiento de mantenerse, o por falta de abrigo en la Rada, o por el buen estado de los fuertes exteriores del Colorado, Zamuro, Gavilán y las Tunas; y así no considero bien fundada la razón de omitir su entero resguardo, pues las bombas y artillerías de aquellas obras ayudaban su intento en la ruina; en cuya atención no solo cierro la parte del mar, sino que uno el recinto de tierra a la parte de mediodía con la montaña.

Todas estas obras pueden irse ejecutando arregladas a los caudales que S.M. se sirva dotar en cada año, demoliendo el antiguo recinto según el nuevo se adelante.”No propongo continuar el muelle en disposición, que resguardando de los nortes algún espacio, diese suficiente abrigo a las embarcaciones de mediano porte para hacer sus cargas, pues aunque lo considero de gran utilidad, me faltan documentos como he dicho.”El fuerte proyectado en el cerro del Zamuro por Roncali es combeniente, y nada hallo que variar; también lo es la batería que sobre el propone, la cual ha de construirse con pendiente y en dos pisos, que el uno cubra el otro, por ocultar su interior a los tiros de las alturas dominantes, según lo manifiesta el perfil.

Por lo que expresan las relaciones del gobernador e ingeniero, parece combiene se establezca en las Tunas alguna fortificación, atendiendo en su proyecto a lo distante que esté de la plaza y a la corta capacidad que ofrece lo escabroso del terreno no encuentro a proposito la figura que le da, pues siendo un cuadrado de cuatro baluartes, que solo tiene 24 toesas de polígono exterior, resultan sus partes y defensas sumamente defectuosas, y no siendo atacable (según su exposición) sino por el lado de la Guaira, se adapta más al reducto que propongo con defensas y habitaciones suficientes
“. . . Que es cuanto puedo decir en este asunto, en el cual conosco el celo al real servicio que anima al gobernador de Caracas y al Ingeniero Conde Roncali, por lo reflexivo y bien trabajado de sus proyectos y papeles . . .”

La carta de Zermeño y su proyecto “para la seguridad de la Guaira” llevan la misma fecha de 26 de mayo de 1767. El 4 de mayo de 1768, (un año después) se remiten al gobernador Solano61, quien, el 16 de agosto del mismo año, acusa haberlos recibido62. El proyecto de Zermeño, aprobado por el rey y amparado por una real decisión la cual precisaba que las obras “deben seguirse sobre él terreno sin variación alguna”, no debió ser del agrado de Solano y del conde Roncali, que ya habían empezado la construcción del castillo en las Tunas. Pero, más que por esta razón, debió molestar la imposición de un proyecto concebido sin tener una idea clara de la realidad del lugar.

Elaborado en Madrid por un burócrata de alto rango, además de acusar pocos conocimientos de la topografía de La Guaira, no toma muy en cuenta la competencia y experiencias de dos hombres valiosos como Solano y el conde Roncali, quienes habían determinado en el sitio, cuales eran los puntos más favorables de los cerros que se levantan al sur de la ciudad costera. El recinto de murallas que según Zermeño hubiera debido encerrar el centro habitado de La Guaira, habría tropezado con el seguro rechazo de los habitantes, caso de que se hubiese intentado llevarlo a cabo. Además de impedir el crecimiento de la población, contemplaba la demolición de muchas casas.

Entre ellas, la de la Compañía Guipuzcoana, lo cual hubiera representado un seguro y fuerte obstáculo, difícil de superar para el proyecto de Zermeño. Como casi siempre sucede en casos semejantes, la falta de recursos contribuyó a la suspensión del proyecto, o fue alegada, en todo caso, para no realizarlo.Zermeño también modificó la forma arquitectónica del castillo de las Tunas (el San Carlos) y la explicación que da para ello es: “no encuentro a propósito la figura que (Roncali) le da”. gobernador Solano sus impresiones y recomendaciones. La carta es una obra maestra de ironía y falso servilismo. Se inclina frente a una autoridad burocrática superior, más se advierte que no renuncia a sus proyectos ni duda de su competencia para llevarlos a cabo. Para entenderla, hay que saber leer entre líneas, donde dice lo que no puede escribir. Refiriéndose a las fortificaciones del Zamuro y de las Tunas que Zermeño pretendía modificar, advierte que son “obras principiadas” y que, además, “son las mismas que el proyecto (de Zermeño) coloca en aquelos puestos”. Añade que “sería lastimoso suspender las obras principiadas” y llega a la conclusión que, a falta de recursos y con el peligro de una posible guerra, es conveniente concluirlas. La carta del conde Roncali es la siguiente:”. . .

Señor Gobernador y capitán general. Señor; He visto los planos de la Guayra y Puerto Cabello, que a V.S. ha remitido de orden del Rey, el Excmo. Sr. Beylio Frey Don Julián de Arriaga, con los proyectos de fortificación, formados en su defensa, por el excmo. Sr. Don Juan Martín Cermeño, y aprobados por S.M. que se deben seguir, y ejecutar sobre el terreno, sin variarlos; en cuya acertada real resolución, pondré de mi parte, a que en la traza se siga exactamente, las dimensiones y figura que se demuestran en el papel, cuando S.M. destine caudales para la fábrica efectiva de estas fortificaciones.”Respecto de que por ahora, no es posible verificar la remisión de caudales a este efecto, como lo manifiesta a V.S.

Su excelencia en la carta que acompaña los planos y supone con muy juiciosa reflexión, que semejantes obras con cortos auxilios, necesitan de largo tiempo para su perfecta conclusión, a cuyo fin previene a V.S. corresponde no perder de vista proporcionar la más urgentes, para defender en el posible caso de un rompimiento de guerra; se me ofrece exponer en el asunto varias razones que nacen, y se apoyan por las de su excelencia, pues V.S. se ha servido comunicarme el todo de la real mente, con arreglo a que en este ramo quiere V.S. que yo entienda, como parte suficiente a un dictamen que siempre escucha, muy a satisfacción de mi honor, y decoro del empleo de ingeniero que ejerzo a sus órdenes.”

Después que formé los proyectos de las dos plazas de esta provincia, que V.S. aprobó y remitió al Rey por mano del excmo. Señor Beylio Frey Don Julián de Arriaga, quedamos en conferencias repetidas, y en todas ellas concluimos, que si S.M. los aprobaba, o mandaba variarles con otros, siempre era necesario para ejecutar los crecidos caudales y fondos, a que no podían subvenir las rentas de esta provincia en cuya inteligencia esperábamos todos los auxilios del tesoro de S.M. pero siendo patente cuantas obras de varias naturalezas ocupan su real atención, y los inmensos caudales destinados a ellas, para defensas de sus estados, y vasallos; creímos que por , ahora no se podrían librar fondos conque construir estas fortificaciones. “

Además de la referida reflexión, muy conforme a la de liberación que expresa su excelencia que en el día no es posible atender a esta parte: Suponíamos como su excelencia que para la fábrica es necesario largo tiempo, y que un rompimiento repentino de guerra, podrá sorprehendernos, y sin defensas conquistar esta rica provincia; el celo notorio de V. S. con deseos de serle útil y conservarle el país que se le ha confiado por su real gratitud, y mi deseo de acertar, y sacrificarme por el Rey con las Armas en las manos, no permitían que mirásemos con indiferencia e inacción este acaecimiento muy posible, como lo acredita la experiencia en otras ocasiones, y por consiguiente acordarnos qué Ínterin S.M. resolvía, nosotros ejecutásemos de los más urgente, cuando alcanzasen los cortos auxilios de estas cajas para defendernos con la mira que cuanto se fabricase, además de su pronta utilidad, sirviese en la ocasión de ejecutar los proyectos remitidos .”

Esta resolución, sin consulta de los asesores oficiales reales, sería inútil, pues eran los que debían asegurarnos alguna asignación, y concurrir a obras de fortificación tan útiles y urgentes, a cuyo efecto combocó V.S. una junta solemne en 24 de enero de 1767, y se determinó hacer de lo demás preciso cuanto diere de si el arbitrio de que dio V.S. aviso a S.M. y en 5 de mayo del mismo año, el excelentisimo Señor B° Frey Don Julián de Arriaga, dio aviso a V.S. que S.M. aprobaba lo resuelto por la junta, que en consecuencia se continuaron los reparos, y se principiaron las obras menores, que sin apartarnos exencialmente del proyecto remitido, Consideramos V.S. y yo, de la mayor urgencia y soy de dictamen sigan hasta su perfecta conclusión, respecto de que no perjudican los últimos proyectos, y que concurren en su apoyo las razones siguientes.”

Doy por primera y mas exencial; puesto que las cajas de esta provincia, no pueden atender con más caudal, que el que al presente suministran para fortificaciones, no se verificara jamás que puedan socorrer para este ramo, como pide un gran proyecto en cuya inteligencia si se suspenden las obras principiadas, esperando socorros, o fondos de fuera de ella, se sigue, quedaran indefensas la Guaira y Puerto Cabello, respecto de que hallándose en estado imperfecto las obras, no pueden servir en acontecimiento de guerra, y por consiguiente perdido el caudal que se empleó hasta hoy en su formación, mayormente que no hay seguridad, que la actual paz de que gozamos, sea de tanta duración, como es de necesario de tiempo para construir, aun con suficiente caudal, unas obras de la magnitud, que demustran los proyectos de que se trata, y aun suponiéndola permaneciente, que S.M. tenga proporción de atender a la remeza de caudales suficientes a su perfecta construcción.”

Lo mas urgente de la Guayra, es, acabar, los caminos cubiertos y fosos, de las dos frentes, o avenidas de tierra, con lo cual cubriendo el pie de los muros actuales, impidan, el acceso por golpe de mano, obligando a sitio formal, respecto de que internándose en la mar las dos contra escarpas, sobre estas colocar artillería, que flanquee toda la extensión del recinto a la mar que en medio de ser bajo, cerrado la boca del río, y escarpando algunos terraplenes exteriores, es forzoso escalar para introducirse en la plaza, que en realidad será operación temeraria, y expuesta a perecer, debiendo sufrir fuegos de frente, de flanco, y de las alturas del colorado, y Zamuro; cuyas baterías deben guarnecerse con más cañones que los actuales para resistir el golpe de un asalto general, destacado desde las naves enemigas fondeadas lejos del tiro de tierra.”

Luego tratamos V.S. y yo de cubrir la espalda por más expuesta a los insultos, y que tomadas las alturas, cualquiera recinto que se construía al frente de la mar, queda dominado, y fácilmente ofendido por detrás, obligando a que se le desampare sin resistencia de la tropa que le custodie; en cuya virtud se han ejecutado dos respetables cortaduras en parajes ventajosos, y pasos preciosos para bajar de la serranía a la Guaira, las cuales por medio de su ventajosa situación, y figura, son intransitables; además que las defienden varios apostaderos, cuyos defensores sin peligro ambarazaran el tránsito, a cualquiera número de tropa, que intente apoderarse de dichos pasos.

La naturaleza dispuso, que el puesto de las tunas, este en el centro, o equidistante de las cortaduras; con cuya ventaja el cañón de este puesto protege una y otra con gran utilidad.”La obra de las tunas, se ha principiado, y hallándose en buen estado seria sensible abandonar la construcción, porque la considero, como llave de la Guayra, y aún antemural de Caracas, por los socorros que puede subministrar esta capital, por camino escusado que atraviesa la sierra, esta ventaja añadida a su situación, hace cualquiera obra recomendable en las tunas, y mediante a que su extensión, solo ha permitido formar un cuadrado de veinte y cinco toesas del lado exterior, se ha puesto con flancos, atendiendo a que los enemigos conociendo la suma dificultad de batir la obra con cañones y morteros, intentarán rendirla por asalto; y aún que para este se precaba en su contorno con escarpes artificiales y cortaduras, pero si la suerte ofreciere la desgracia, que lleguen al pie del muro, tengan fuego de flancos, que impiden la escalada, y el minador, y los determine a la fuga.

Aunque las habitaciones no son a prueba de bomba, excepto el algibe y almacén de pólvora, colocados en el centro de dos baluartes, queda el recurso de ejecutar las bóbedas en otro tiempo, que en las cajas de esta provincia se hallen caudales suficientes a la construcción, pues en el día es imposible, por el mucho costo, y varios parages que se debe concluir por más urgentes a la defensa de esta plaza y provincia; bien que no miro como precisas la bóvedas para la defensa del fuerte, el cual dista mucho de los parajes propios a la colocación de morteros.”

El principal objeto en la defensa de la Guaira consiste en conservar el cerro del Zamuro, porque domina a toda la plaza, desde el cual se desalojará cualquiera enemigo que haya rendido la plaza, con sumo peligro, fatigas y tiempo; cuya apreciable circunstancia es capaz de hacer desmayar a la tropa de más valor, cuando reconosca y que su conquista nada le ha producido al fin de su tranquilo establecimiento en esta provincia; y respecto de que el Zamuro, y su loma deben recibir los socorros de las tunas, se ha procurado que las obras se den la mano, o comunicación, sin que los enemigos la intercepten, y cuando lo intentasen deben arrojarse entre dos fuegos formidables; esto es la batería de San Juan, y el fuerte de las tunas; por cuya razón soy de dictamen que así estas obras principiadas, que son las mismas que el proyecto coloca en aquellos puestos, como la del Zamuro, y demás de aquella altura, se lleven a estado de perfección. . .”

La obra que en la Guaira se ha hecho para cerrar la brecha que franqueaba la entrada en la plaza por la avenida de Maiquetía, el foso, y el camino cubierto que propongo, para dificultarlas más y lo mismo en la entrada de la otra avenida de Macuto, con otras obras menores en el frente al mar, defenderán de un golpe de mano al pueblo aunque no le mantendrán con la seguridad del muro proyectado. La Batería hecha en la altura del Palomo siempre será muy útil porque bate de flanco el cerro de San Telmo, padrasto de la plaza por aquella parte, y también los serán las dos cortaduras que se han hecho en todo Flores, y Mapurite, porque detienen al enemigo que pretenda introducirse en ella por espalda, o atacar de viva fuerza al fortín de las tunas; el que allí se está fabricando es de igual capacidad al del proyecto, y por el estado en que se halla, y urgencia de fortificar aquel puesto principal de la Guayra, soy de sentir se continué como va principiando, pues siempre que haya caudales se le podrán fabricar alojamientos a prueba, para su mayor seguridad.

La Batería de San Juan, y la que se ha hecho a espaldas del Zamuro, son del proyecto, y se añadirá a esta lo que falta: asi mismo se hará en la fortificación de este puesto o cabeza del cerro, lo más urgente, que es lo que se puede ir haciendo con la asignación que V.S. ha señalado a Esta plaza, con lo cual se podrán finalizar estas obras en el mes de diciembre del año 1770, o un año antes si S.M. se digna mandar remitir cincuenta mil pesos para las fortificaciones de la Guayra.

“Sería lastimoso, Señor, suspender las obras principiadas, y no llevar a debido efecto las que propongo y que se le malograse el tiempo precioso que nos ofrece la actual paz, sin ocuparnos seriamente en un asunto de tanta consideración al servicio de S.M.; Y pues que me hallo con la fortuna, que V.S. se inclina, como yo, a lograr el fruto de la presente tranquilidad; espero que se dignará pasar estas reflexiones a manos del Excmo. B° Frey Don Julián Arriaga, apoyándolas; si lo merecieren, con las razones que le dictarán sus notorias luces, e inteligencia, supliendo con su representación los defectos que hubiere en las anteriores, producidas de un leal vasallo que lleno de amor por su rey desea contribuir a la Gloria de sus reales Armas, Guayra 25 de octubre de 1768. El conde Roncali. . . “


GONZALEZ DAVILA, AGUSTIN CRAME Y FERMIN DE RUEDA

También Miguel González Dávila tuvo destacada actuación durante el cumplimiento de su cargo. Llegó a la Guaira en 1773, el mismo año de la visita del obispo Martí, cuando la ciudad contaba con 3.463 habitantes que formaban 543 familias en 597 casas.
Por orden del gobernador Agüero, González Dávila visita las plazas de Puerto Cabello y La Guaira y en fecha 16 de marzo de 1774, redacta una sucinta relación. En lo referentte a La Guaira señala:

“. . .Esta plaza es de la mayor consideración pues la inmediación a esta capital la hace Puerto de registro a donde abordan todas las naves; esta situada, en una rada de buen ancorage, y donde pueden mantenerse los bastimentos el tiempos de sus carguíos por lo tranquilo de estos mares, se halla fundada al pie de una cerrania circuida de murallas, de muy poca consideración casi arruinada, y abierta por la espalda o parte de la montaña, la que es inaccesible, e incapaz de subir a ella artillería enemiga, y en especial en el día, que se halle ocupada, y fortificada, por los fuertes de San Carlos, San Agustín, el Principe, o Zamuro, el Colorado y muchos apostaderos, y cortaduras, que aunque de poca consideración, la flanquean por todas partes, y avenidas, de dificultosa subida. Por la parte de dicha cerrania al este, se halla asimismo cubierta de los fuertes del Gavilán y San Rafael, sin embargo, me parece lo mas importante atender al recinto de la plaza, para libertarla de un golpe de mano, a que esta expuesta, por ser su muralla muy baja abierta e interrumpida, por la parte del río, y matadero; para esto debe seguirse el expresado proyecto del difunto ingeniero general, o el que formé a mi arribo a esta provincia (sin noticia del expresado) formando baluartes, sobre las baterías de la Concepción, plataforma, San Fernando, la fuerza, y la caleta, aprovechando en todo el recinto antiguo, evitando arruinar edificio alguno, y con poco costo: con todo lo cual, y hecho el cuartel (para su corta guarnición 100 hombres) cuyo plano, y cálculo, pasé a manos de este Señor gobernador, en 20 de agosto del año próximo pasado quedará la plaza en el mejor estado posible.

FUERTE DE SAN CARLOS

“Es el mas eminente de todos, su figura es un cuadrado fortificado, con baluartes de 58 varas de lado exterior, un almacén, y un algive a prueba, y su plataforma ocupada con tres tinglados de madera, se hecha de ver ser incapaz de artillería, la ineptitud de sus defensas e incapacidad de cuarteles, almacenes, etc.


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Plano defensivo de La Guaira propuesto por el ingeniero Miguél González Dávila el 17 de Septiembre de 1774. El proyecto de González Dávila se concentra en reforzar las murallas sobre el mar “sin arruinar parte alguna de su vesindario”. Es una alusión directa al proyecto de Zermeño, que en este plano se destaca en color gris. (Arch. de planos, Servicio Histórico Militar. Madrid. N° 6059 sign, E-l0-24)

SAN AGUSTIN
“Bajando hacia la plaza, sigue el fuerte de San Agustín, que es un hornabeque a contracola cuyo frente mira a San Carlos, y es de 46 varas de lado exterior, tiene un cuartel para la tropa que lo ocupa.

EL PRINCIPE 0 ZAMURO
“Al antecedente sigue el hornabeque de alas paralelas, llamado así, es de 46 varas de lado exterior, tiene en su interior un caballero o batería circular, de obra antigua, superior a el y dentro un pequeño alojamiento para la guardia.

EL COLORADO

 
“Últimamente se halla el colorado al pie de la montaña, y centro de la Plaza: es una batería en figura de cuadrilongo de 80 varas de frente; este y el antecedente los considero los mas útiles y ventajosos, pues por su situación cubren la plaza y la dominan, y sus fuegos siendo los mas razantes, son contra las naves que intentan, batirla o acercarse a ella; convendría comunicarlos, para que resultase capacidad, para cuarteles, y servirían de ciudadela, o retirada a la guarnición en caso de perderse la Plaza, variando sus defensas, y siguiendo el proyecto referido, que constituía, a estos, como a los antecedentes suceptibles, de las mayores ventajas, el que no se ha seguido, por los motivos que tengo insinuados; sin embargo considero la plaza inatacable por la parte de la montaña, aunque abierta por el recinto de ella. Los fuertes del Gavilán, y San Rafael flanquean el fuerte de la trinchera, y Puerta de Levante parece muy difícil, puedan subir artillería al segundo, y aunque fuese posible, no pueden desde el batir los fuertes, por su larga distancia. . .”.

Aunque reconoce que la labor del conde Roncali hizo “la plaza inatacable por la parte de la montaña”, González Dávila sugiere fortificar las murallas sobre el mar según el proyecto Zermeño (que llama el proyecto del difunto ingeniero general) o siguiendo otro, elaborado por él. Es evidente que González Dávila no estaba conforme con el proyecto Zermeño por las muchas demoliciones que implicaba su realización; por eso, propone el suyo y, de paso, logra convencer al gobernador Agüero de la conveniencia de desechar el proyecto Zermeño.


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El primer proyecto del ing. Miguel González Dávila, elaborado solo un mes después de su llegada a La Guaira, fue el cuartel para alojar la guarnición de la plaza. El plano lleva la fecha de 20 de  agosto de 1773. (A.G.I. Caracas, 867)

En carta del 23 de junio de 1775, dirigida al Ministro Julián de Arriaga, el gobernador dice que ha accedido a variar el proyecto de fortificación del puerto de La Guaira en vista del cálculo y testimonio que envía, en el cual el ingeniero Miguel González Dávila expone los perjuicios que sufriría la población y las sumas considerables que serían necesarias para realizarlo.

Bajo la dirección de González Dávila, las obras de fortificación se concentran en las murallas. Para el primero de julio de 1776 se habían concluido las primeras “siete bobedas que pertenecen a la primera cortina, y su flanco siguiente”. Pero, al año siguiente, las obras se paralizan por desaveniencias entre el gobernador, el contador mayor de Caracas y los oficiales reales. Es frecuente encontrar situa¬ciones parecidas también en períodos anteriores al gobierno de Agüero y no sólo en la Provincia de Venezuela.

Como consecuencia a las tantas irregularidades en el manejo de los fondos, el Ministro Julián de Arriaga acude a la Junta de Fortificación y Defensa de Indias para manifestar que:

“Notada por el Rey la exorbitancia con que los Virreyes, Capitanes Generales y Gobernadores de los dominios y plazas de América, piden para su precisas defensas, artillería, municiones, armas y todo género de pertrechos de guerra y reparada también la considerable variedad con que sobre unas mismas existencias se pide, siempre o las mas veces que se mudan Gobernadores, Comandantes de Artillería y de Ingeniero en las propias plazas: ha resuelto S.M. para no dejar este importante asunto expuesto a conceptos arbitrarios, que en junta compuesta de Ud. el Teniente General, Conde de O’Reilly, y el Mariscal de Campo Don Silvestre de Abarca, se examinen con toda reflexión y pulso que exige tan interesante objeto, los referidos estados y expongan cuales parezca sobre ellos. . .”.

El conde O’Reilly considera conveniente realizar un reconoci¬miento detallado de varias plazas y estima que:

“. . .En el Coronel de Ingenieros Don Agustín Crame, Teniente del Rey actual de la plaza de Veracruz y el Coronel Don Nicolás Devis, Comandante de la Artillería de La Habana concurren todas las calidades que se requieren para pasar al reconocimiento de las plazas de la América septentrional en que no hubiese Ingeniero y Oficial de Artillería de la entera satisfacción de S.M. para de acuerdo con sus respectivos Gobernadores arreglar sus dota¬ciones de artillería, municiones y pertrechos en la forma expresada. . .”

Es así como el Brigadier Agustín Crame, acucioso observador, consumido militar y experto ingeniero, entra en contacto con las plazas del territorio venezolano para dejarnos, además de valiosas informaciones, los mejores planos elaborados en el período colonial.
La misión asignada a Crame contemplaba los siguientes puntos:

“. . .El Brigadier Don Agustín Crame, nombrado por S.M. para el reconocimiento de cada una de las plazas que se expresan, tendrá presente para su desempeño las prevenciones siguientes:

“La defensa de las plazas de América debe principiarse con embarazar cuanto se pueda el desembarco de los enemigos y disputarle el terreno paso a paso para que haga en ellos más efecto el rigor de aquel clima, y dilatarles cuanto fuere posible la formal embestidura de las plazas; esto puede exigir algunas baterías y reductos fuera de las plazas en situaciones ventajosas: para determinar éstas, es preciso reconocer las inmediaciones de dichas plazas y formar un plan de defensa, de el cual enviará dos a la vía reservada y dejará el tercero en poder del Gobernador, quien lo tendrá muy reservado y entregará con esta prevención a su sucesor. Seguirá un reconocimiento exacto de la misma plaza para proponer las obras que fueron precisas para su defensa.

“Hará prolijo reconocimiento de la artillería, municiones y pertrechos que existen en cada plaza contando con sólo lo útil, enviará relación exacta, que explique las existencias y cuanto se necesita para la defensa de dicha plaza, con respecto al estado actual de su fortificación y separadamente lo que se necesitar en el caso de que ésta se aumente y hará también presente, si hubiera falta de almacenes y cuarteles; y en caso de ser preciso que se haga algún edificio nuevo, lo propondrá señalando el paraje y enviando plano y cálculo del gasto a que ascenderá.

“Examinará también si hay en cada plaza los armeros, herreros, carpinteros y demás obreros que sean precisos. En América el armamento que está en los almacenes, los cañones de hierro y el cureñaje requieren especial cuidado para su conservación; dará a este fin las providencias más conducentes ya para que todos los repuestos estén colocados en los almacenes con mucho arreglo y orden.

“El objeto esencial es el fijar la tropa que necesitará cada una de dichas plazas para su defensa, y examinar con solidez, si la veterana y milicia que hay, y la de esta última clase que se puede aumentar y disciplinar será suficiente para la defensa, teniendo los encargados siempre presente la importancia de cada plaza y el esfuerzo y empeño que merezca a cualquiera otra Potencia su conquista.

“Las plazas que exigen este reconocimiento son las Islas de la Trinidad y de Margarita, Cumaná, Guayana, Guaira, Puerto Cabello, Santa Marta, Cartagena, Portobelo, Río Chagre, Omoa, Castillo de San Juan de Nicaragua y Campeche; y esta última provincia conviene tomar el posible conocimiento del establecimiento de los ingleses en Honduras y lo que se pondrá emprender contra ellos en caso de una guerra.

“Conviene examinar bien los Puertos que hubiere en la isla de Trinidad y enviar plano de ellos, con el sondeo y descripción circunstanciada.
“El Gobernador de cada una de las citadas plazas con el Brigadier Don Agustín Crame, destinado para este reconocimiento procederá en todo de acuerdo, firmarán el proyecto de defensa y demás noticias que deberán remitir luego que se concluya la visita respectiva de cada plaza para el conocimiento de S.M. ‘Tara el desempeño de esta Comisión llevará el mencionado Don Agustín Crame, los oficiales subalternos que necesite de los cuerpos de Ingenieros y artillería, procurando que esta elección recaiga en tales sujetos que por su falta si acaeciese después de principiada su comisión puedan continuarla dos oficiales de mayor graduación de los respectivos cuerpos de Ingenieros y artillería, que así es la voluntad de S.M. Aran juez, 4 de junio de 1776 . . .”.

En carta del 26 de diciembre de 1775 dirigida a Julián de Arriaga, Crame agradece el nombramiento y participa que el comanandante de Artillería Nicolás Devis, escogido para acompañarlo, había muerto el mes anterior, el 11 de noviembre de 1775.

Con un nuevo compañero de viaje, el ingeniero Joaquín de Peramas, Crame salió para la Habana el 9 de febrero de 1776. En Cuba permanece casi todo el resto del año, debido a que las instrucciones del conde O’Reilly demoraron varios meses en llegar. Fue el 26 de noviembre de 1776, cuando dejó La Habana en la fragata Santa María de la Cabeza” con destino a Cumaná. Lo acompañaban: Don Francisco Hurtado, ayudante de Ingenieros, Capitán José de Medula, Subteniente de Artillería Pedro Salcedo y los Ingenieros Juan de Cotina y Joaquín de Peramas.
Una tempestad los obligó refugiarse en la isla Martinica, donde fueron bien atendidos por el gobernador conde Argout, mientras duró la reparación de la embarcación. Los pormenores del viaje los relata Crame en carta del 5 de enero de 1777.

Después de haber reconocido la isla Trinidad, los castillos de Ciudad Guayana, isla Margarita, Cumaná, Crame llega a La Guaira el 21 de noviembre de 1777. El informe para la defensa de esta plaza y los planos de la misma, tiene fecha del 15 de mayo de 1778.

Su misión de reconocimiento se prolongó hasta el 28 de junio de 1779, día en que regresa a La Habana y da por terminado su viaje por el Caribe. Los informes, planos, proyectos y sugerencias de Crame, merecieron el elogio de la Junta de Fortificación y Defensa de Indias, según consta en acta del 15 de mayo de 1779. Es por eso que Crame pide se le conceda, como ascenso, el grado de Mariscal de Campo y el Gobierno de Yucatán y Campeche (Carta del 11 de noviembre de 1779). El rey le otorga lo solicitado, pero Crame nunca llegó a saberlo. En un tonto accidente de cacería, en las afueras de La Habana, Crame murió el 17 de noviembre de 1779.

Según Juan Manuel Zapatero, Crame fue”. . . una relevante figura militar en el reinado de Carlos III, sobre él recayó la ingente labor y enorme responsabilidad de reconocer uno a uno todos los castillos y fuertes desde la Guayana hasta Florida, dando cuenta al Monarca en magníficos informes y planes de defensa sobre la situación del área del Caribe, que constituyen un valioso tratado de estrategia militar de la guerra contra Inglaterra en Ultramar. .
Agustín Crame llegó a La Guaira cuando Luís Unzaga y Amezaga tenía el cargo de gobernador (1777-1782) y el teniente coronel Miguel González Dávila el de Ingeniero Comandante de la Provin¬cia. González Dávila, quien había reemplazando al conde Roncali, elaboró el proyecto de las murallas durante el gobierno de Agüero y, por lo tanto, antes de la llegada de Crame. Dicho proyecto, reúne en un solo plano, la proposición de Zermeño de 1767, la situación de las defensas para el momento de la elaboración del plano y el proyecto de González Dávila, el cual va “ganando sobre la orilla quanto es posible y sin arruinar parte alguna de su vesindario”.

Otro plano de poco posterior, fechado el 30 de septiembre de 1776 y firmado por González Dávila, muestra “el actual estado en que queda la Obra de la Muralla del frente del mar en fines de Agosto del corriente Año que se mandó a suspender”. La paralización de las obras, como ya expuesto con anterioridad, fue ocasionada por las divergencias entre el gobernador Agüero y los oficiales reales. El plano del 30 de septiembre muestra el adelanto de las obras en las murallas abovedadas y en el baluarte de la Plataforma.

De principios del año de 1778 es el “Plano de la Plaza de la Guayra que manifiesta el actual estado en que queda la Obra de la Muralla del frente del Mar”. Es muy posible que este plano haya servido para el trabajo conjunto que hicieron González Dávila y Crame. En efecto, la solución del puerto (la Caleta) frente a la casa de la Compañía Guipuzcoana, dibujada en un papel sobrepuesto, es diferente a la solución propuesta por González Dávila en los planos anteriores y, en cambio, igual a la que Crame dibujó en su plano. Sin embargo, ninguna de las dos proposicione llegó a realizarse porque, en 1779, González Dávila optó por construir una batería semicircular. El plano mencionado, sirvió de base para el de Crame fechado 15 de mayo de 1778 y el cual se titula: Plano de la Plaza de la Guayra, en que se manifiesta el estado de sus obras y un nuevo proyecto para concluir su recinto”.


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Plano de fecha 30 de septiembre de 1776, por Miguel González Dávila, el cual muestra “el estado actual en que queda la obra de la muralla del frente del mar en fines de Agosto del corriente Año que se mandó suspender”.
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Plano de 1778. “Plano de la Plaza de la Guayra que manifiesta el actual estado en que queda la Obra de la Muralla del frente del Mar”. Muestra el adelanto de las obras en las murallas abovedadas. El baluarte de la Plataforma figura terminado. Seguramente sobre este mismo plano trabajó también Agustín Crame.
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“Plano de la Plaza de la Guaira en que se manifiesta el estado de sus obras y un nuevo Proyecto para concluir su recinto”. Es el plano de Agustín Crame, fechado en 15 de mayo de 1778. Crame respetó las obras realizadas por González Dávila, pero propuso una solución más económica {letras C) para la terminación de las murallas frente al mar.


Acerca de las características de La Guaira y ubicación de sus fortificaciones, Crame apunta lo siguiente:

. .La plaza de la Guaira está al pie de una elevada serranía que en la cumbre tiene 1200 varas sobre el nivel del mar. Su recinto aunque imperfecto, estaba flanqueado por competente número de baterías y sin embargo se va reemplazando con otro nuevo coronado de bóvedas en toda su extensión. Los frentes de tierra que son de difícil ataque, están cerrados con murallas hasta una cierta altura en la falda de la sierra y después siguen, subiendo, diversas baterías y castillos. La más elevada por la parte del este es la del Palomo, y por la del oeste el fuerte de San Carlos; que uno y otro vienen a estar en la cuarta parte de la altura total de aquella sierra y así tienen sobre si una dominación, no solo muy elevada sino muy inmediata. Entre San Carlos y la Plaza, hay otros fuertes y baterías que todos están claramente demostrados en el plano N° 20 el fondadero de la Guaira es bueno, y aunque es una costa sin resguardo no hay huracanes ni vientos recios que lo hagan de peligro. Lo que hay verdaderamente incómodo es el muelle o por mejor decir la falta de el.


La Compañía que empezó a construirlo suspendió el trabajo, y parece que temió su poca duración.
La capital esta cuatro leguas y media de la Guaira, en un mediano valle, el cual no tiene allí más extensión de norte a sur que la que ocupa la ciudad: después, siguiendo al este ensancha alguna cosa y lo que lo hace mediatamente hermoso es su abundancia de aguas y el tener de tres o cuatro leguas de longitud. Este valle estará 400 varas sobre el nivel del mar. La parte de la serranía que mira a la costa esta llena de haciendas, y en las inmediaciones al camino de la Guaira a Caracas, hay trapiches o estancias hasta en lo más elevado de la cumbre. Las tierras son buenas: por eso se continúan los desmontes; y esto no es muy bueno. . .”.

Crame respetó el proyecto de la muralla abovedada de Miguel González Dávila y solo aportó ligeras modificaciones, seguramente, hechas de común acuerdo. Al igual que el conde Roncali, Crame dio importancia a las defensas de la serranía y mandó hacer baterías y un reducto (la Cumbre) en puntos estratégicos del camino que sube a Caracas.

Un nuevo conflicto con Inglaterra (1779-1783) incrementa las actividades de las obras defensivas en toda la provincia. Las relaciones de gastos semestrales que los gobernadores envían a España, informan de como marchan los trabajos. Por ejemplo, en lo referente a La Guaira, la relación del 14 de agosto de 1778 dice que:

“. . .Queda concluido todo el baluarte del centro hasta la altura del cordón con las otras dos bóvedas, que le faltaban la una de 30 varas de cañón, y la otra (correspondiente al flanco de la izquierda) de 18 y ambas de 6 varas de diámetro terraplenados sus senos, enlucidas, y puestas sus puertas y ventanas.
“Queda asimismo concluida la rampa de la izquierda, con la bóveda oblicua cilíndrica, que le corresponde, y asimismo, todo el frente de la gola de dicho baluarte hasta igualarle con el pretil interior de la muralla, que son 9 varas de altura, y enlucidos dichos terrenos.
“La Garita de piedra del ángulo flanqueado de dicho baluarte, queda a la altura superior de las aspilleras, y el Parapeto, que le corresponde por una y otra parte en distancia de 12 y asimismo concluido el pretil interior de la mitad del baluarte.
“Se ha revestido de mampostería el frente de la calle correspondiente a la rampa de la izquierda en distancia de 32 varas a la altura de dos y media. La cortina de la izquierda adyacente al referido baluarte, queda enrazada a la altura de 16 pies alto reducido en distancia de 80 varas hasta la batería de San Fernando concluidas cinco bóvedas correspondientes a ella y otras dos en disposición de cerrarse . .”.

La relación que el gobernador Luís de Unzaga y Amezaga envia al Ministro José de Galvez en fecha 14 de febrero de 1779, informa:
“. . .El Baluarte de la trinchera, que se hallaba el flanco, y cara, de la izquierda y parte de la cara adyacente todo en longitud de sesenta, y ocho varas de largo reducido a la altura del Cordón, y sentada la repiza de la garita de su ángulo flanqueado: queda terraplenado el espacio entre los dos baluartes, el antiguo, y el nuevamente ejecutado hasta la altura de seis varas que componen tres mil ochenta varas cúbicas de terrapen. “En el baluarte del centro se ha concluido la garita de piedra labrada de su ángulo flanqueado como también el pretil interior, que corresponde a la cara, y flanco de la izquierda de este baluarte: queda enrasada hasta el cordón de cortina adyacente a este flanco hasta la batería de San Fernando, cuya distancia es de ochenta varas, que son 8 pies de altura sobre dicha distancia: se han construido los arcos, y formeros correspondientes a cuatro bóvedas baidas de esta cortina, y enrazando los senos, y entrepaños de arcos, y formeros hasta lo superior de dichos arcos. . .”.

El 28 de febrero de 1782 la relación dice que:

“. . .Queda concluida la garita de piedra labrada del ángulo de la plataforma, reparados los parapetos y esplanada; cerradas las brechas de las bóvedas, y rehechas las esplanadas de ellas, y reparado todo el daño, que ocasionó en este baluarte el temporal de octubre de 1.780. “. . .Queda enteramente concluida la batería, nombrada Santa Isabel del Curupao distante tres leguas al poniente de esta Plaza.


”Se queda concluyendo la reedificación del cuartel de Artilleros Pardos de esta Plaza, que estaba inútil, amenazaba ruina, cuyo edificio tiene cuarenta varas de longitud, y ocho de anchura, sus techos de buena madera, y sus pisos de Hormigón: Tiene un cuarto capaz para sargentos y otro para calabozo con un repuesto de pólvora: Se está terraplenando, y pizonando su patio, que tiene la capacidad de todo dicho frente, y veinte varas de anchura; en uno de sus frentes se queda construyendo un tinglado para cocina, y cureñas se ha echo en el una fuente para la comodidad de este cuartel, y la cárcel y se queda cerrando por el frente de la calle con una pared de tapias, y un rastrillo.

“El fuerte del Gavilán, a causa de estar abierta por varias partes su batería baja se vino aparte de ella abajo en marzo del año próximo pasado con las lluvias, y temporales, que ocurrieron; ha sido forzoso levantarlas y por ser el terreno deleznable y flojo subir su muralla desde mas de treinta pies de altura; queda ya a la del cordón, la que se ha construido en figura de obalo, y dándole más capacidad, que la que tenía . . .”.

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Plano de Agustín Crame, fechado en 15 de mayo de 1778, indicando “Todos sus castillos y baten a: en los cerros.
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Aerofotografía de La Guaira tomada en el año de 1936 cuando no existía la avenida Soublette. En la parte superior de la foto se observa el castillo de San Carlos. Es interesante observar lo exacto del plano de Crame si comparada con la aerofotografía.


El 20 de septiembre de 1782, la relación semestral participa

“. . .Queda enteramente concluido el cuartel de Artilleros pardos, y en el frente del este de su patio de veinte varas de anchura, se le ha construido un tinglado, y en el las cocinas para la tropa, y asimismo se ha hecho su lugar común; todo el frente de la calle se ha cerrado con una cerca de rafas, y tapias de treinta y cuatro varas de longitud, y cuatro varas de altura, colocando en medio un rastrillo: en el patio se han terraplenado (para igualar el terreno) seiscientas sesenta varas cúbicas de tierra, y empedrado ciento ventiocho. . .”

En la batería de San Fernando ha sido forzoso reedificar un cuarto de cinco varas de largo y cuatro de ancho, y adyacente a este repuesto de pólvora para el servicio de esta batería; al otro lado, que es su izquierda, se ha renovado un salón que servia a la Maestranza de Artillería, de veinte varas de largo, y cuatro de ancho, con una puerta y dos ventanas se le queda poniendo el piso de hormigón: en lo interior de esta batería se ha construido un tinglado de veinte y seis varas y media de largo, y cinco de ancho, con pilares de madera, para comodidad de la tropa, se ha igualado el terreno terraplenado cuarenta y tres varas cúbicas, sentado su piso de hormigón, y puesto un rastrillo .
“En la Batería de la fuerza, se ha principiado un almacén de diez y seis varas de largo, y cinco de ancho, y asimismo un repuesto de pólvora, renovando estas dos piezas, que estaban inútiles, y amenazaban ruina. “En el fuerte del Gavilán, se está rellenando su vacio del terraplén y se han sentado, y pisonado en este tiempo cinco mil noventa y ocho varas cúbicas faltando aun para enrazarle a la altura del cordón, como mil quinientas. “En la puerta de la trinchera se han colocado los pescantes, y cadenas de su puente levadizo. . .”.

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Dos apuntes gráficos de Agustín Crame para elaborar el plano de la serranía entre La Guaira. (Arch. de planos, Servicio Histórico Militar… Madrid. N° 6096 sign. E-12-6)
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Plano de la Serranía entre Caracas y La Guaira por Agustín Crame. Caracas, 15 de mayo de 1778.


El gobernador Manuel González, el 23 de febrero de 1783, informa lo siguiente:

“… En la Batería de San Fernando, queda concluido el cuarto, y respuesto de pólvora; como también el salón que servía de maestranza de Artillería; y en lo interior de ella su tinglado, que sirve para comodidad, y cuerpo de guardia de la tropa de esta batería.
“En la de Fuerza, se ha concluido el Almacén de diez y seis varas de largo, y cinco de ancho; como también el repuesto de pólvora, se queda reedificando el tinglado de esta batería, que estaba inútil, y quedan ejecutados los pilares de mamposteria; y se construyen en ella dos cuartos para custodiar el armamento y vestuario de la compañía de artilleros pardos de la Plaza. “Se han rellenado las cinco mil y ochenta varas cúbicas de tierra, que faltaban en el vació del Fuerte del Gabilan, y sentado quinientas varas de hormigón para su explanada, concluidos sus parapetos y solo falta para su entera conclusión recomponer los desconchados del piso de hormigón del macho, o Batería superior; habiéndose cerrado este fuerte con una muralla de tapias rafas y aspilleras y puestole un rastrillo.
“Se queda rellenando la explanada del frente de Macuto, y concluida la estacada de su camino cubierto. . .”

Por la relación del 7 de agosto de 1783, se sabe que quedaron concluidos el cuartel de Artilleros Pardos y el fuerte del Gavilán. El 30 de diciembre de 1783, el intendente de Caracas, Francisco de Saavedra, da cuenta a José de Galvez de haber construido un muelle de madera al lado de la batería semicircular de la Caleta, construida en 1779.

El 10 de febrero de 1784, el ingeniero Miguel González Dávila redacta una relación que indica todas las obras realizadas durante los años de la guerra de España con Inglaterra (1779-1783). Se trata de un informe muy detallado que permite, además de conocer cuales fueron los trabajos, saber todos los nombres de los sitios fortificados del puerto y de sus inmediaciones. El documento es del siguiente tenor:

“. . .Relación individual, en que se expresan las Obras provicionales egecutadas en las dos Plazas de la Guaira, y Puerto Cabello de esta provincia de Venezuela con motivo de la Guerra, las quales principiaron en Junio de 1779 y finalizaron en Junio de 1783, siguiendo en el modo posible el Plan de defensa del brigadier Don Agustín Crame aprobado por su Magestad.


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Batería semicircular y muelle de la Caleta por Miguel González Dávila.
A Porción de obra del proyecto de la playa.
BCDE. Muralla provisional que se ha construido en lugar de la antigua, abe. Muralla antigua que se ha demolido, edefg. Idem que falta que demoler.
F.Batería que se propone para defensa del puerto,
franquear todo el frente de la derecha y el camino
de Maiquetía.
h. Rampa para subir a la batería.
G. Puerta que se propone en lugar de la que existe.
H. Batería de la caleta que por su corta capacidad debe demolerse y agregarle la obra H.H. para hacerlo capaz de artillería.
I. Tinglado para las armas de este baluarte,
m. Lugar común.
Y. Anden que se ha construido para la comodidad de los desembarcos.
L. Pilotes y riostras (?) para su seguridad e impedir que se maltraten en las lanchas y botes.
P. Puente para comodidad de embarcos y desembarcos.
Guaira 8 de octubre de 1779.

Otras leyendas contenidas en el plano, copiadas de izquierda a derecha dicen así:
Calle de la Factoría.
Calle de la Caleta. Contaduría.
Calle que resulta, echa la demolición de la muralla. Casas.
Perfil del Mercado.
La Fuerza.
Perfil cortado sobre la línea 3.4. Plaza de la Yglesia.
Quarteles.
Perfil cortado por la línea 1. San Fernando.
Pavellones.
8 de octubre de 1779.

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Otro plano de la misma batería semicircular, casi al frente de la casa de la Compañía Guipuzcoana, hecho por Miguel González Dávila. Fechado el 25 de noviembre de 1783 •
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El mismo sitio en un plano de 1785, muestra el lento avanze del terraplén para el brazo del muelle que se estaba construyendo para “seguridad y abrigo de las embarcaciones”.

Antes de la declaración de la Guerra, se travajaba en ambas Plazas con lentitud, y a proporción de los caudales, que podían subministrar las Cajas Reales siguiendo en ellas los Proyectos aprovados: la repentina noticia de la Guerra presisó a ponerlas en el mejor estado de defensa: al mismo tiempo, que se recivió esta, llegó también, la de que en punto de defensa, se siguiese el Plan formado por el Brigadier Don Agustín Crame: pero como los Planos, que devian acompañar a este (y se sitaban en él) los dejó inconclusos, se hizo preciso obrar, según pedía la urgencia; y con aprobación del Capitán General Don Luís de Unzaga, se tomaron las providencias conducentes para resistir al enemigo; y conforme con individualidad aquel se expresan.

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