Escogí como punto de partida el Parque Miranda, digamos porque está equidistante de los extremos de la ciudad. Desde ese punto me dije que era razonable caminar distraídamente hasta el centro del infierno, donde tenía que colmar una curiosidad socioantropológica.
Llegué con la idea de caminar unos 15 minutos para hacer calistenia. Me calcé, naturalmente, ropaje apropiado para el caso: un short de tela verde y alargado de amplios bolsillos externos que me ataba anudándome dos trenzas como si fueran un cinturón, una franelita de algodón que me trajeron de México con unos de esos grafitis de sus guerreros (que me pongo cada vez que necesito sentirme continental), unos pisos deportivos que una vez me vendió un pana en una redacción porque a él le quedaron pequeños (hará de eso unos ocho años), unas medias hasta los talones y una gorrita de la Escuela del Poder Popular que tan encarecidamente me obsequió el pana Ramón Carpio, y con la cual me granjeaba un aspecto de entre rebeldía y juvenilidad, tan necesarios para la empresa que quería acometer.
Son las ocho de la mañana y una súbita recaída de mi disposición me derriban en el césped del parque, donde echo un camarón sería de unos cuarenta minutos, al cabo de los cuales me despierto no por disciplina ni por mis propios ronquidos que escucho en el duermevela, sino por la bullaranga que a unos metros estaban armando unos chipilines detrás de un balón de futbolito.
Eran unos triponcitos uniformados que solemnemente se aprestan a una práctica. Son muchos, de entre 6 y 8 años, que estiran los huesos mientras ocurre la llegada del entrenador. Sus portentosas madres se han replegado a un cafetín que queda como a trescientos metros. La escena opera en mí como un imán y de inmediato me acercó y sin vaselina les grito, batiendo las manos para inocularles fuerza y energía, que formen dos equipos que vamos a arrancar una partida.
Me miran de largo a largo seguramente que preguntándose que qué buen pendejo sería yo, pero como el entrenador nunca apareció y las ganas del juego pueden más que cualquier peligro, a los minutos estaban ellos matándose detrás de la pelota y yo pitando con la severidad que me es propia las faltas y zancadillas que entre ellos se propinaban. Los coñitos tenían un nivel de carajo, al menos driblaban como unos diablos y acataban sin muchas muecas las penalidades que enérgicamente y con acierto sentenciaba el juez.
El entrenador no llega. Ya van a ser las once y ya es seguro que ese irresponsable no llegará. Algunos de los chamines se van, pero la mayoría se queda y gestiona el asunto ante sus mentoras (que promedian los inicios de los interesantes 30).
A esa hora ya han llegado otros barrigoncitos en rededores de la cancha. No llevan uniformes y a leguas que se ve que son unos malandritos (estos son los imprescindibles). Me preguntó cómo involucrarlos en la rumba y decido invitar a los uniformados a un reto entre ellos y los descamisados. Se acepta la propuesta, incluso se valida que yo forme parte de uno de los equipos, a fin de cuentas iba preparado para la ocasión. Debo decidir en cuál de los bandos jugar. Mis sentimientos se inclinan hacia los malandritos, es que yo siempre he estado en los grupos donde están las raticas.
Acordamos jugar dos tiempos de 25 minutos, sin prórrogas. Comienza la batalla. Carlitos, a quien he instruido a moverse por la banda central para desequilibrar al gordo inexpugnable que allí estaba para evitar nuestros goles, cumple a cabalidad mis consejos y a cada balón que le engarzamos busca encarar a su defensa y lo zarandea de un lado a lado, cosa que yo le había solicitado en mi interés por desubicarle la cosmovisión del juego al gordito.
Carlitos no pierde ocasión, reitera sus quiebres hacia el gordo, pero el gordo tiene lo suyo y lo hace tragar cemento consecutivamente. Le doy ánimos, le digo que ese no va a aguantar quince minutos y que insista, que en la retaguardia tenemos con qué apoyarlo. Desde la media cancha, Chuíto debe buscar las bandas para que éstas alimenten a Carlitos, en quien hemos entregado la misión de batir a los lechuguinos.
Para reforzar su fuerza de voluntad, en cada derribo le restituimos el optimismo dirigiéndonos a él como Carlitos Messi, y conforme corren los minutos, recortamos la vaina y lo dejamos simplemente en Messi. Chuíto recibirá siempre el balón recuperado u en ofensiva para distribuirlo hacia la banda más despejada, desde la cual debemos conectarnos con Messi, que todo el tiempo encarará al gordete. Todos habían estado de acuerdo conmigo en que este pana abarcaba un radio de acción en torno a su arquería imposible de despejar. Había que aflojarle las carnes y enrojecerle los cachetes para cantar la gloria. Por eso todos los ataques de Messi se enfocaron hacia él, como el boxeador se concentra en pegarle a un rival siempre en el mismo sitio para cobrar réditos en las postrimerías del match, porque antes del pitazo inicial habíamos diagnosticado que la reyerta nos estaría cuesta arriba y que debíamos someter nuestras proyecciones a marcar un solo gol y después venirnos los seis a rodear nuestra portería.
En mi condición de guardián de la contención central, apliqué todas las artes de la defensa recia. Detrás de mí siempre se posicionaba una segunda defensa, por si improbablemente me desbordaban. La idea era evitar un gol al riesgo que fuera.
El centro delantero de los uniformados era un gambeteador magistral, movía las patas como un caballo pero siempre el balón estaba pegado a ellas. Debí en casi todas las ocasiones en que encaramos meter una zancadilla franca, que por suerte el árbitro no atisbaba, y si bien el goleador de ellos sí hacía vehemente reclamo, logré apaciguarlo a punta de retórica exprés: ah, no, chamo, vete a tu casa a jugar muñecas. Ah, no, chamo, llama a tu papá pa que te sobe.
Los 25 minutos iniciales estuvieron candentes, vibrantes, incendiarios, emotivos, de muerte, si Lázaro Candal los hubiese narrado habría caído muerto del infarto fulminante del que se va a morir algún día describiendo un partido. Ellos llegaron en tres oportunidades claras, pero sus pateadores desviaron el objetivo en el instante final, mientras que Messi quebró dos veces al regordete y en una estrelló el balón contra uno de los parales, lo que ahogó nuestro agónico grito de gol. Total que el primer tiempo terminó cero gol para ellos, cero golazos para nosotros.
En el intermedio de diez minutos los míos manifestaron por la calle del medio que querían sangre (metafóricamente). Lo alentador del primer parcial les había acrecentado la fe propia y estaban que se comían a dentelladas a un elefante. Aprovecho los alterados ánimos para tirarme un espiche sobre la lucha de clases. ¡Muchachos, nosotros somos de barro porque del barro venimos. No van a ser estos herederos de nuestros explotadores los que hoy nos ganen. Vamos a cobrar venganza por quinientos años de sometimiento! ¡Vamos a masacrarlos! Luego giré unas instrucciones estratégicas de reforzamiento sicológico y después de juntar nuestros brazos y colgarlos al aire salimos a la cancha al escalofriante grito de guerra: ¡Alabín, alabán, alabín bom bam!
Messi siguió insistiendo tozudamente por el centro, ya ni quisiera con los pases que le metían los laterales, sino con los balonazos, a qué negarlo, certeros y precisos que desde la defensa central le bombeaba quirúrgicamente yo. Sobre la marcha indiqué a Chuíto que subiera las líneas y que hiciera algunos disparos si veía algún claro.
Mis dos acompañantes en la zaga se movieron hacia la media cancha y me quedé sólo en el fondo, orfandad que me llevó a no discernir al momento de arrestarme en zancos: patá y kung fu hasta con las sombras que merodeaban mi zona. En los diez minutos finales hubo una descomposición en mi banda que pude corregir a tiempo, porque Messi ni Chuíto estaban regresando a tiempo cuando se desvanecían sus ataques, haciendo que en la retaguardia gastáramos calorías extras ante las indescifrables movidas de cintura del 10 de ellos, que había logrado sortear mi escardillazos, que ya no llegaban a tiempo para detenerlo.
Messi y Chuíto agarraron buches de agua y ganaron de nuevo en agilidad física y mental. La pizarra humana señaló que quedaban cinco minutos para acabarse el juego.
Por la mente me pasó la bastarda idea de cerrar filas y agarrar aunque sea fallo, pero no tuve coraje de confesarlo y los muchachos prosiguieron afanosamente el objetivo de desflorar la red enemiga hasta el minuto final, que se aproximaba. Pero como los rivales también estaban procurando la gloria, y habían arrimado todas sus fichas a la media cancha, en ese sector se armó tremendo berenjenal que, en una de esas, se destrabó cuando como por magia el balón y el gambeta de los uniformados se elevaron sobre las frenéticas masas y fueron a caer en el límite de la arquería nuestra.
Tardé fracciones de segundo en reaccionar de la parálisis y cuando fui a meter el chicorazo, ya el verdugo estaba cara a cara con nuestro asustado arquero, que seguramente estaba aterrado no tanto por la certeza del gol inminente, sino porque la tragedia viniera a presentarse en el suspiro último y que lo sorprendiera en solitario (lo mismo que ver venir la muerte estando íngrimo). El estruendo de los uniformados cundió en el todo el Parque Miranda, pero entre el síncope que me sobrevino y la cara de bombero que llega tarde de nuestro portero, amén de que alternaba yo mis funciones de defensa central con las de árbitro, hice sonar durísimo mi silbato y pude así, no sin dificultades, anular el reprochable gol que acababan de marcarnos.
No estaba yo ajeno a las consecuencias de tan ejemplarizante medida, pero aún así me trascendieron las aireadas reacciones de nuestros oponentes, que ipso facto se abalanzaron sobre mí, en mi condición de árbitro, para exigir explicaciones. Alegué, sin más, que un referí, al igual que los magistrados del Tribunal Supremo y que Farruco, no tenía que estar explicando sus decisiones, que ellas se explicaban solas y que, además, a quién creían que iban a engañar, si eso había sido un outsider clarito. Los míos se colocaron detrás de mí y al aire poseyeron mi alegato, que adobaron inmediatamente con rudas acusaciones de “cazagüire” sobre el gambeta opositor. Gritos para allá para y acá hasta lo inevitable: un empujón aquí y acullá y quítame esta pajita. Gritería, caos.
La situación se me escapó de las manos y los triponcitos empezaron a darse pescozadas sin que yo pudiera evitarlo. Algunos se lanzaron peñonazos y la inercia formó dos grupos que se atrincheraron en esquinas opuestas.
En trance de hacerme partícipe de alguno de los ejércitos, opté por cobijarme con los míos y hacia ellos me fui. Al ataque de piedras decidimos armar una estrategia para derrotarlos, hacerlos polvo cósmico.
Lamentablemente, los descamisados se habían ubicado en una zona sin piedras situada hacia la malla metálica de la avenida Francisco de Miranda, donde sólo había matas de mango, diferente a ellos, que se escondían desde unos cerros de granzón desde los cuales lanzaban pequeñas guarataras.
Sin mucha dilación organicé una táctica urgente: por cada piedra de ellos nosotros ripostaríamos cuatro mangazos. Había un percance: la capacidad de abastecimiento. Ordené a Chuíto que con Darwin monearan las matas y nos bajaran todos los mangos que fueran posible. En la primera línea de la vanguardia me hice acompañar por Messi, mientras que Pedrito y Alfredito hacían correaje entre nosotros y los escaladores. Confié en que Messi no tuviera la misma puntería que en cancha.
Las pedradas las enfrentábamos esquivándolas, y ellos burlaban los mangazos driblándoles el cuerpo. No sé cuánto minutos transcurrieron, pero se hacía evidente que nuestras armas eran recursos naturales no renovables, mientras que las piedras de ellos como que parían miles de piedritas en el aire.
Cuando ya nuestra capacidad ofensiva hacía aguas y parecía inevitable que nos tomarían la colina, Messi propuso fraguar un armisticio sin asomar dejo de derrota. Sin vernos a la cara y zumbando los últimos manguitos que Chuíto y Darwin nos aprovisionaban, conversaba con Messi para indicarle que lentamente se fuera acercando a ellos con las manos arriba y gritando: ¡Lleguemos a un acuerdo, lleguemos a un acuerdo!
Lo dejaron acercarse y conversaron sendos minutos. Habían aceptado la propuesta que Chuíto presentó como suya: una mesa de negociación resolvería el conflicto: dos de ellos y dos nuestros (Darwin y Pedrito) acometerían las diferencias.
El cuarteto debatió unos diez minutos, suficientes para que en la historia de este país quedara inscrito que los uniformados habían sido los ganadores del cotejo, no por méritos propios, como consta en acta, sino porque Darwin decidió saltar la talanquera, como nos informó Pedrito cuando vino a comunicarnos de las resultas.
La mesa votó 3 a 1 y entonces los otros se abrazaron y chocaron sus manos, mientras en el rostro de Messi, Pedrito, Alfredito y Chuíto se dibujaba una horrible frustración que sólo amortiguaron descargándose al traidor, a quien sacaron trapos muy sucios: a Chuíto sí le pareció raro que por cada diez mangos que él nos bajaba, Darwin tiraba dos. Y a Pedrito le recrudeció la arrechera al volver a ver la película del juego y percatarse que en muchas de las llegadas del gambeteador, Darwin solía llegar tarde a cubrirle las espaldas al defensa central, que cantidad de veces debió reponerse de un primer quiebre para ir a meter el escobillazo al borde del área chica. Todos coincidieron en llamar la atención de que el Judas no era del mismo barrio que ellos, sino que lo habían topado ese día en las inmensidades del Parque Miranda y quien, por cierto, dónde coño se ha metido pa’ darle sus buenos coñazos.
Mi plan del día se había alargado hasta la tarde. Después de estirar las canillas en Parque Miranda, quería caminar hasta Parque Central (unas dos horas) y montarme en el Cablemetro de San Agustín y relatar esa historia. Hace rato que agonizo con tal necesidad, lo mismo que subir las escaleras de El Calvario y tirarme una croniquilla en comedia. Me gastaría un día y con ello me desharía de un par de kilos, nada malos, ahora que ando tan esbelto.
Pero cuando pasaba frente a plaza Altamira, se descompuso mi férrea voluntad y me justifique con la pepa de sol que se había sembrado aquella tarde. Retorno a la estación de Metro Parque Miranda para allí deglutir unas cachapitas en el almuerzo y luego zambullirme en el subterráneo y olvidarme de aquel extraño día. Sólo que cuando quise darme colita a través de las escaleras mecánicas, atisbé en las afueras a Chuíto, quien me hizo una señal para que me le acercara. Estaba pintando un lienzo de medio metro que su papá, también creador, vendía en la zona. En ese instante no hacía ninguno especial, sino que recreaba pasajes del partidazo que en la mañana nos habían despojado. Le estaba quedando machete y le dije que me lo vendiera. Me lo regaló. Le pregunté que si algún iría a ser famoso. Me dijo que sí con una confianza en sí mismo que ya quisiera yo tener a la hora de auto preguntarme por mi futuro. Entonces le dije que me firmara mi vaina.
Chuíto y su familia viven por allí mismo. Es un aventajado estudiante de cuarto grado. No le gusta andar en vergas de internet ni televisión (avis raris). Se la pasa pintando cuadros o haciendo trazos previos en hojas tamaño carta Me sentí tentado a auscultarle su inocente mirada sobre el país, pero no tuve tripas. Me fui por lo bajito, que si escuchaba a Alí, a Silvio. Me dijo que de bolas, que en su casa están sus discos pero que su papá los pone bajito. No supe si por escuálido o para cuidarse del fascismo de los escuálidos. Acuclillado a su lado mientras concentrado él echaba pintura en su arte, le hablé abiertamente de Alí y de mi pavor de que a las generaciones como la suya se les desvaneciera todo lo que significa Alí para este país. Me canturreó sólo se mojaron y en la orilla están, secando al sol, pronto sonarán. Me pareció que me estaba enviando un tranquilizador mensaje subliminal a mi inconsciente (como todo lo sublime). Habiendo saciado mi arsenal, Chuíto ripostó preguntándome que si también era artista. Supongo que quería que el balón estaba ahora estuviera en mi cancha.
Le dije que era periodista con inclinaciones a hacerme pizzero en mi tránsito a consagrarme como anacoreta. Me preguntó que si era feliz como periodista, que si no tenía otra manera de pasarla bien. Coñoemadrito. Le retruqué que también escribía cuentos y guiones.
La palabra guiones le sonó fuera de lugar (outsider). Le dije que era lo mismo que un cuento pero para audiovisual. Ah. Pidió que le contara sobre los guiones que había escrito.
¿Tú escuchas boleros?, le pregunté para introducirlo en la respuesta que me aprestaba a darle a su pregunta. Me dijo que sus padres son una tortura china con el cuento de cómo se levantaron uno al otro con un bolero cantado por Luis Miguel (No sé tú).
Le dije que hace poco había terminado el guión de un documental al que juiciosamente puse el nombre de “Miente como mienten todos los boleros”. La curiosidad infantil es una plaga.
¿Has escuchado a Sabina? Bueno, Sabina tiene un tema llamado “Esta es la canción de las noches perdidas”, en la que homenajea a su tótem Tom Waits. Chuíto puso cara de quien está en cuenta de dos strike sin bolas. Aceleré el capítulo de Waits, diciendo que era un pianista, compositor y cantante (y legenda) estadounidense consagrado a convertir en canciones muchas de las historias del novelista Bukowski (música de cañería, pues). Así como Bukowski a Waits, Waits a Sabina, quien en “Esta es la canción de las noches perdidas” exorcizó un verso de Waits para homenajearlo: Miente como mienten todos los boleros.
Sea lo que sea, “Esta es la canción de las noches perdidas” se ha convertido en mitología femenina y son innumerables las versiones que recorren el mundo en voces de mujer, seguí.
En función de esta fascinación de las mujeres, inventé un personaje llamado Ana María Solarte, cantante en potencia y versionadora estelar de tantas canciones de Sabina, pero especialmente de “Esta es la canción de las noches perdidas”.
El personaje se obsesiona con la canción y se dedica a mimetizarse en ella (llevarla a la realidad). Hace una recopilación investigación sobre las mujeres del mundo que han hecho la versión y se lanza tras de ellas a testimoniarlas. Una de las tramas es conseguir a una española que la desgarre mejor que Pasión Vega…. y más o menos por ahí transcurre ese guioncito, le dijo a Chuíto, quien despega la mirada de su arte para decirme a los ojos en torno enigmático, de quien acaba de descubrir quién es el asesino: todo termina y comienza con Bukowski.
Se nos hacen las seis y Chuíto debe recoger sus pegostes para ir a buscar a su papá y clausurar la jornada. Nos decimos que requerimos de próximas reuniones para proseguir con nuevas aventuras. Pactamos un próximo encuentro para echarnos al mundo para vivir y provocar nueva peripecias. Quedamos constituidos en dúo dinámico para afrontar los nubarrones y mieles del porvenir….
Douglas Bolívar
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