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HEAD & SHOULDERS

shampu_00Me corté el cabello. Qué tipa tan marrullera la peluquera que me busqué. Es la tercera vez que me rebaja el copete y hoy le dio por preguntarme, echa la guevöncita, qué marca de champú usaba. Me agarró fuera de base, me logró intrigar y le dije la verdad: Head & Shoulders.

 Enseguida se puso sensacionalista: ah ni, mi amor, con razón, eso es pura gasolina. Me lo decía mientras abatido en una silla reclinada en un lava cerebros me echaba las perolitas de agua para desaparecerme los restos de pelos que me dejaron sus tijeretazos. Después de descalificar mi selección de marca (esta misia nunca vio Publicidad I), empezó con un rolo e discursito contra los químicos de los productos de belleza, cosa que yo no terminaba de oírle bien, porque además de sordo natural, se le agrega que ando con mi oreja derecha anulada por inflación del tímpano (bueno, pa lo que hay que oír medio oído basta y sobra).

 El paso siguiente de su estrategia fue asegurarme que no había mejor cosa que usar champú para bebés, porque, entre otras buenas razones, evitaba la caída del cabello, que con Head & Shoulders, a según ella, se aceleraba. Me pareció entender, cosas mías, que me estaba diciendo calvo, sospecha que se acrecentó cuando ella lo dijo con todas sus letras: ese champú que estás usando te está dejando calvito.

 Eso me pasa a mí por estarme juntando con este tipo de personajes faramalleros, que para colmo se baten una de importantes. El lunes la fui a buscar y estaba libre. El martes fui en la nochecita y a través del vidrio me hizo señas de que fuera a la mañana siguiente, que estaba desenroscando unos churros de acero y estaba sudando hereje. El miércoles fui antes de mediodía y ella no estaba, andaba mariposeando seguramente por las cafeterías vecinas. Ayer otra vez que no estaba en su silla, que había salido. Después de almuerzo regresé y tuve que esperar que ella terminara de comer. Castigo de la costumbres familiares, que lo llevan a uno a estarse haciendo costumbrista con tales cosas. Yo me como la empanada en la primera taguara que se me cruce, pero con la melena soy de una fidelidad irreconocible.

Le dije que con toda franqueza me parecía un exceso de confianza, y que además sus comentarios no sólo que eran impertinentes sino desatinados, porque está bien que uno tenga sus entraditas y lo admita y evite verse en el espejo y eso, pero de ahí a calvo dime tú (además, chica, los calvos están de moda). Le refuté su malintención remachándole que en la familia no había antecedentes que siquiera justificaran tal aseveración en calidad de vaticinio. Calvo llamo yo al ministro Menéndez, por ejemplo.

 Total que la compañera Oneida se montó esta treta chapucera para al final del numerito decirse que la cosa tenía remedio, que ella vendía una cremita machete que untándola un poco en la mollera impedía la caída y restablecía los espacios desasistidos. Esto era todo, me dije: injuriarlo a uno para después venderle su baratija. Qué necesidad. Me dijo que lo vendía en 40, que aprovechara porque en otros lados le sacaban los ojos a la gente en 60.

 Me acordé de Raúl, el peluquero del callejón La Puñalada que siempre me quería vender una ampolleta para fortificar mi cabellera. Todo el tiempo se la rechacé diciéndole que no había nada como el jabón azul.

 Me hubiera gustado decirle a Oneida lo mismo, pero lo pensé mejor y le compré mi vaina y le pedí instrucciones de uso: todas las noches un poquito en la pollina y frotar hacia las áreas despobladas y retirarlas a la mañana siguiente con el agua del baño mañanero.

  El potecito contiene una especie de pegamento de color verdusco que Oneida dice que desaparece con la frotadilla. El tarro tiene una etiqueta que lo cubre externamente y a juzgar por el punto de la letra, el producto se llama Pegadora. Ciertamente su semántica puede resultar atroz y todo lo inelegante que tú quieras, pero no hay que perder de vista que son productos naturales cuyas denominaciones comerciales suelen ser un poco toscas, sin olvidar que Head & Shoulders tampoco es que sea muy bien sonante, porque si a ver vamos uno ni pronunciarlo sabe.

 Me despedí de Oneida insistiéndole que yo no necesita esa solución pero que nada me costaba colaborarle, y que a lo mejor llegaba a probarlo porque ahora ando en una nota de amplitud y tal, que a los treinta días, cuando regresara para la cuarta peluqueada, le echaría los cuentos si en definitiva mi tigra terminaba de aprobar el uso de Pegadora. Porsia, le quité su número celular no vaya a ser que lo necesite precisar alguna instrucción de uso.

  Ultima hora

Creo que no habrá cuarta vez. Esta mañana cuando me estaba acicalando me percaté de que Oneida me dejó muy mechúo hacia atrás. Después de vociferar en su contra, caí en cuenta de que se trataba de otras de sus chapucerías: ella no quiere que yo vaya cada treinta días sino cada veinte, por eso no me poda bien. Broder, la gente está enferma de capitalismo. Todo es para sacarme más real. Pero se jodió, porque está bien que uno sea un cliente fiel, pero debo decirlo con el sinvergüenzón que fue Benedetti: uno es monógamo, pero no fundamentalista.

 

EL LOCO DEL METRO

altVengo llegando del Metro y estoy echando humo por las fosas nasales. Al descender al área de andenes en la estación Altamira, me encuentro con el despliegue de un notable operativo para pegar muy bien del suelo una diminuta losa de caucho que al parecer se había abombado en una esquina. La reparación se estaba haciendo en un sitio inaccesible, del que nadie reparaba. Dos mozalbetes y ¡un supervisor! se encontraban salvando la patria y la Revolución de esta manera.

Se me revolvió la sangre y me dirigí hacia ellos y me les planté: chico, no habrá por allí un maldito pelotón de obreros y supervisores que también se encargue de arreglar las escaleras mecánicas, por ejemplo. No es por nada, pero así como yo mucha gente se da cuenta de que el Metro se está cayendo y ustedes floripondiando con semejante pazguatada.

Mi verticalidad era deliberada, quería estremecerles las conciencia para que fueran con el chisme del loco del Metro a sus jefes, a ver si cogían un poquito de mínimo. Tú, lo anecdotario a veces se toma como muestra científica.

Pero el supervisor se me quedó mirando con desdén, por lo que debí radicalizar mi protesta y ahora sí ponerme a hablar sin parar como si pretendiera evangelizarlos. El supervisor me hizo señas de que mirara un aviso que no sé qué decía, y como quiera no le paré ni media esférica, optó por decirme que de las escaleras se encargaban los mecánicos. Y se dio media vuelta.

-¿Qué te pasa a ti, burro con sueño? ¡A mí te me paras firmes y me haces un reporte de novedades!-, le exigí por la espalda.

Hizo una mueca de desprecio. Lo invité a darnos unas manos y le zanjé el paso, todo lo anterior de modo calculado, macerando el escándalo hacia lo interno del Metro. A mi retadora actitud, respondió batiéndose en retirada.

Pues sí, estos cabrones pendientes del paisajismo subterráneo y las escaleras destrozadas desde hace siglos y los vagones convertidos en una sauna, por no decir de las sospechochísimas irregularidades en el propio servicio.

Por cierto que la lumbrera que hoy dirige el Metro anunció que emprenderá una campaña para pedirles a los usuarios que no colaboren con el montón de cantantes talentosísimos que animan en los vagones. Sinceramente, pana. He estado pensando hacerme una pancarta de protesta y exhibirla en mi pecho todas las veces que ingrese al Metro. Que diga una vaina así: Que mi canto no se pierda. Seamos solidarios con los cantantes. Dales real a ellos y una mentada de madre a la directiva del Metro.

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TODO TERMINÓ Y COMENZÓ CON BUKOWSKI

altHabiéndome levantado a las siete de la madrugada por razones de fuerza mayor, lloviendo a cántaros como estaba a esa hora, con un fin de semana languidecido tanto de agenda, expectativas y mejores ánimos como el que afrontaba, me dije que las circunstancias estaban invitándome a saldar algunas deudas viejas y nuevas que mantengo con Caracas.

Escogí como punto de partida el Parque Miranda, digamos porque está equidistante de los extremos de la ciudad. Desde ese punto me dije que era razonable caminar distraídamente hasta el centro del infierno, donde tenía que colmar una curiosidad socioantropológica.

Llegué con la idea de caminar unos 15 minutos para hacer calistenia. Me calcé, naturalmente, ropaje apropiado para el caso: un short de tela verde y alargado de amplios bolsillos externos que me ataba anudándome dos trenzas como si fueran un cinturón, una franelita de algodón que me trajeron de México con unos de esos grafitis de sus guerreros (que me pongo cada vez que necesito sentirme continental), unos pisos deportivos que una vez me vendió un pana en una redacción porque a él le quedaron pequeños (hará de eso unos ocho años), unas medias hasta los talones y una gorrita de la Escuela del Poder Popular que tan encarecidamente me obsequió el pana Ramón Carpio, y con la cual me granjeaba un aspecto de entre rebeldía y juvenilidad, tan necesarios para la empresa que quería acometer.

Son las ocho de la mañana y una súbita recaída de mi disposición me derriban en el césped del parque, donde echo un camarón sería de unos cuarenta minutos, al cabo de los cuales me despierto no por disciplina ni por mis propios ronquidos que escucho en el duermevela, sino por la bullaranga que a unos metros estaban armando unos chipilines detrás de un balón de futbolito.

Eran unos triponcitos uniformados que solemnemente se aprestan a una práctica. Son muchos, de entre 6 y 8 años, que estiran los huesos mientras ocurre la llegada del entrenador. Sus portentosas madres se han replegado a un cafetín que queda como a trescientos metros. La escena opera en mí como un imán y de inmediato me acercó y sin vaselina les grito, batiendo las manos para inocularles fuerza y energía, que formen dos equipos que vamos a arrancar una partida.

Me miran de largo a largo seguramente que preguntándose que qué buen pendejo sería yo, pero como el entrenador nunca apareció y las ganas del juego pueden más que cualquier peligro, a los minutos estaban ellos matándose detrás de la pelota y yo pitando con la severidad que me es propia las faltas y zancadillas que entre ellos se propinaban. Los coñitos tenían un nivel de carajo, al menos driblaban como unos diablos y acataban sin muchas muecas las penalidades que enérgicamente y con acierto sentenciaba el juez.

El entrenador no llega. Ya van a ser las once y ya es seguro que ese irresponsable no llegará. Algunos de los chamines se van, pero la mayoría se queda y gestiona el asunto ante sus mentoras (que promedian los inicios de los interesantes 30).

A esa hora ya han llegado otros barrigoncitos en rededores de la cancha. No llevan uniformes y a leguas que se ve que son unos malandritos (estos son los imprescindibles). Me preguntó cómo involucrarlos en la rumba y decido invitar a los uniformados a un reto entre ellos y los descamisados. Se acepta la propuesta, incluso se valida que yo forme parte de uno de los equipos, a fin de cuentas iba preparado para la ocasión. Debo decidir en cuál de los bandos jugar. Mis sentimientos se inclinan hacia los malandritos, es que yo siempre he estado en los grupos donde están las raticas.

Acordamos jugar dos tiempos de 25 minutos, sin prórrogas. Comienza la batalla. Carlitos, a quien he instruido a moverse por la banda central para desequilibrar al gordo inexpugnable que allí estaba para evitar nuestros goles, cumple a cabalidad mis consejos y a cada balón que le engarzamos busca encarar a su defensa y lo zarandea de un lado a lado, cosa que yo le había solicitado en mi interés por desubicarle la cosmovisión del juego al gordito.

Carlitos no pierde ocasión, reitera sus quiebres hacia el gordo, pero el gordo tiene lo suyo y lo hace tragar cemento consecutivamente. Le doy ánimos, le digo que ese no va a aguantar quince minutos y que insista, que en la retaguardia tenemos con qué apoyarlo. Desde la media cancha, Chuíto debe buscar las bandas para que éstas alimenten a Carlitos, en quien hemos entregado la misión de batir a los lechuguinos.

Para reforzar su fuerza de voluntad, en cada derribo le restituimos el optimismo dirigiéndonos a él como Carlitos Messi, y conforme corren los minutos, recortamos la vaina y lo dejamos simplemente en Messi. Chuíto recibirá siempre el balón recuperado u en ofensiva para distribuirlo hacia la banda más despejada, desde la cual debemos conectarnos con Messi, que todo el tiempo encarará al gordete. Todos habían estado de acuerdo conmigo en que este pana abarcaba un radio de acción en torno a su arquería imposible de despejar. Había que aflojarle las carnes y enrojecerle los cachetes para cantar la gloria. Por eso todos los ataques de Messi se enfocaron hacia él, como el boxeador se concentra en pegarle a un rival siempre en el mismo sitio para cobrar réditos en las postrimerías del match, porque antes del pitazo inicial habíamos diagnosticado que la reyerta nos estaría cuesta arriba y que debíamos someter nuestras proyecciones a marcar un solo gol y después venirnos los seis a rodear nuestra portería.

En mi condición de guardián de la contención central, apliqué todas las artes de la defensa recia. Detrás de mí siempre se posicionaba una segunda defensa, por si improbablemente me desbordaban. La idea era evitar un gol al riesgo que fuera.

El centro delantero de los uniformados era un gambeteador magistral, movía las patas como un caballo pero siempre el balón estaba pegado a ellas. Debí en casi todas las ocasiones en que encaramos meter una zancadilla franca, que por suerte el árbitro no atisbaba, y si bien el goleador de ellos sí hacía vehemente reclamo, logré apaciguarlo a punta de retórica exprés: ah, no, chamo, vete a tu casa a jugar muñecas. Ah, no, chamo, llama a tu papá pa que te sobe.

Los 25 minutos iniciales estuvieron candentes, vibrantes, incendiarios, emotivos, de muerte, si Lázaro Candal los hubiese narrado habría caído muerto del infarto fulminante del que se va a morir algún día describiendo un partido. Ellos llegaron en tres oportunidades claras, pero sus pateadores desviaron el objetivo en el instante final, mientras que Messi quebró dos veces al regordete y en una estrelló el balón contra uno de los parales, lo que ahogó nuestro agónico grito de gol. Total que el primer tiempo terminó cero gol para ellos, cero golazos para nosotros.

En el intermedio de diez minutos los míos manifestaron por la calle del medio que querían sangre (metafóricamente). Lo alentador del primer parcial les había acrecentado la fe propia y estaban que se comían a dentelladas a un elefante. Aprovecho los alterados ánimos para tirarme un espiche sobre la lucha de clases. ¡Muchachos, nosotros somos de barro porque del barro venimos. No van a ser estos herederos de nuestros explotadores los que hoy nos ganen. Vamos a cobrar venganza por quinientos años de sometimiento! ¡Vamos a masacrarlos! Luego giré unas instrucciones estratégicas de reforzamiento sicológico y después de juntar nuestros brazos y colgarlos al aire salimos a la cancha al escalofriante grito de guerra: ¡Alabín, alabán, alabín bom bam!

Messi siguió insistiendo tozudamente por el centro, ya ni quisiera con los pases que le metían los laterales, sino con los balonazos, a qué negarlo, certeros y precisos que desde la defensa central le bombeaba quirúrgicamente yo. Sobre la marcha indiqué a Chuíto que subiera las líneas y que hiciera algunos disparos si veía algún claro.

Mis dos acompañantes en la zaga se movieron hacia la media cancha y me quedé sólo en el fondo, orfandad que me llevó a no discernir al momento de arrestarme en zancos: patá y kung fu hasta con las sombras que merodeaban mi zona. En los diez minutos finales hubo una descomposición en mi banda que pude corregir a tiempo, porque Messi ni Chuíto estaban regresando a tiempo cuando se desvanecían sus ataques, haciendo que en la retaguardia gastáramos calorías extras ante las indescifrables movidas de cintura del 10 de ellos, que había logrado sortear mi escardillazos, que ya no llegaban a tiempo para detenerlo.

Messi y Chuíto agarraron buches de agua y ganaron de nuevo en agilidad física y mental. La pizarra humana señaló que quedaban cinco minutos para acabarse el juego.

Por la mente me pasó la bastarda idea de cerrar filas y agarrar aunque sea fallo, pero no tuve coraje de confesarlo y los muchachos prosiguieron afanosamente el objetivo de desflorar la red enemiga hasta el minuto final, que se aproximaba. Pero como los rivales también estaban procurando la gloria, y habían arrimado todas sus fichas a la media cancha, en ese sector se armó tremendo berenjenal que, en una de esas, se destrabó cuando como por magia el balón y el gambeta de los uniformados se elevaron sobre las frenéticas masas y fueron a caer en el límite de la arquería nuestra.

Tardé fracciones de segundo en reaccionar de la parálisis y cuando fui a meter el chicorazo, ya el verdugo estaba cara a cara con nuestro asustado arquero, que seguramente estaba aterrado no tanto por la certeza del gol inminente, sino porque la tragedia viniera a presentarse en el suspiro último y que lo sorprendiera en solitario (lo mismo que ver venir la muerte estando íngrimo). El estruendo de los uniformados cundió en el todo el Parque Miranda, pero entre el síncope que me sobrevino y la cara de bombero que llega tarde de nuestro portero, amén de que alternaba yo mis funciones de defensa central con las de árbitro, hice sonar durísimo mi silbato y pude así, no sin dificultades, anular el reprochable gol que acababan de marcarnos.

No estaba yo ajeno a las consecuencias de tan ejemplarizante medida, pero aún así me trascendieron las aireadas reacciones de nuestros oponentes, que ipso facto se abalanzaron sobre mí, en mi condición de árbitro, para exigir explicaciones. Alegué, sin más, que un referí, al igual que los magistrados del Tribunal Supremo y que Farruco, no tenía que estar explicando sus decisiones, que ellas se explicaban solas y que, además, a quién creían que iban a engañar, si eso había sido un outsider clarito. Los míos se colocaron detrás de mí y al aire poseyeron mi alegato, que adobaron inmediatamente con rudas acusaciones de “cazagüire” sobre el gambeta opositor. Gritos para allá para y acá hasta lo inevitable: un empujón aquí y acullá y quítame esta pajita. Gritería, caos.

La situación se me escapó de las manos y los triponcitos empezaron a darse pescozadas sin que yo pudiera evitarlo. Algunos se lanzaron peñonazos y la inercia formó dos grupos que se atrincheraron en esquinas opuestas.

En trance de hacerme partícipe de alguno de los ejércitos, opté por cobijarme con los míos y hacia ellos me fui. Al ataque de piedras decidimos armar una estrategia para derrotarlos, hacerlos polvo cósmico.

Lamentablemente, los descamisados se habían ubicado en una zona sin piedras situada hacia la malla metálica de la avenida Francisco de Miranda, donde sólo había matas de mango, diferente a ellos, que se escondían desde unos cerros de granzón desde los cuales lanzaban pequeñas guarataras.

Sin mucha dilación organicé una táctica urgente: por cada piedra de ellos nosotros ripostaríamos cuatro mangazos. Había un percance: la capacidad de abastecimiento. Ordené a Chuíto que con Darwin monearan las matas y nos bajaran todos los mangos que fueran posible. En la primera línea de la vanguardia me hice acompañar por Messi, mientras que Pedrito y Alfredito hacían correaje entre nosotros y los escaladores. Confié en que Messi no tuviera la misma puntería que en cancha.

Las pedradas las enfrentábamos esquivándolas, y ellos burlaban los mangazos driblándoles el cuerpo. No sé cuánto minutos transcurrieron, pero se hacía evidente que nuestras armas eran recursos naturales no renovables, mientras que las piedras de ellos como que parían miles de piedritas en el aire.

Cuando ya nuestra capacidad ofensiva hacía aguas y parecía inevitable que nos tomarían la colina, Messi propuso fraguar un armisticio sin asomar dejo de derrota. Sin vernos a la cara y zumbando los últimos manguitos que Chuíto y Darwin nos aprovisionaban, conversaba con Messi para indicarle que lentamente se fuera acercando a ellos con las manos arriba y gritando: ¡Lleguemos a un acuerdo, lleguemos a un acuerdo!

Lo dejaron acercarse y conversaron sendos minutos. Habían aceptado la propuesta que Chuíto presentó como suya: una mesa de negociación resolvería el conflicto: dos de ellos y dos nuestros (Darwin y Pedrito) acometerían las diferencias.

El cuarteto debatió unos diez minutos, suficientes para que en la historia de este país quedara inscrito que los uniformados habían sido los ganadores del cotejo, no por méritos propios, como consta en acta, sino porque Darwin decidió saltar la talanquera, como nos informó Pedrito cuando vino a comunicarnos de las resultas.

La mesa votó 3 a 1 y entonces los otros se abrazaron y chocaron sus manos, mientras en el rostro de Messi, Pedrito, Alfredito y Chuíto se dibujaba una horrible frustración que sólo amortiguaron descargándose al traidor, a quien sacaron trapos muy sucios: a Chuíto sí le pareció raro que por cada diez mangos que él nos bajaba, Darwin tiraba dos. Y a Pedrito le recrudeció la arrechera al volver a ver la película del juego y percatarse que en muchas de las llegadas del gambeteador, Darwin solía llegar tarde a cubrirle las espaldas al defensa central, que cantidad de veces debió reponerse de un primer quiebre para ir a meter el escobillazo al borde del área chica. Todos coincidieron en llamar la atención de que el Judas no era del mismo barrio que ellos, sino que lo habían topado ese día en las inmensidades del Parque Miranda y quien, por cierto, dónde coño se ha metido pa’ darle sus buenos coñazos.

Mi plan del día se había alargado hasta la tarde. Después de estirar las canillas en Parque Miranda, quería caminar hasta Parque Central (unas dos horas) y montarme en el Cablemetro de San Agustín y relatar esa historia. Hace rato que agonizo con tal necesidad, lo mismo que subir las escaleras de El Calvario y tirarme una croniquilla en comedia. Me gastaría un día y con ello me desharía de un par de kilos, nada malos, ahora que ando tan esbelto.

Pero cuando pasaba frente a plaza Altamira, se descompuso mi férrea voluntad y me justifique con la pepa de sol que se había sembrado aquella tarde. Retorno a la estación de Metro Parque Miranda para allí deglutir unas cachapitas en el almuerzo y luego zambullirme en el subterráneo y olvidarme de aquel extraño día. Sólo que cuando quise darme colita a través de las escaleras mecánicas, atisbé en las afueras a Chuíto, quien me hizo una señal para que me le acercara. Estaba pintando un lienzo de medio metro que su papá, también creador, vendía en la zona. En ese instante no hacía ninguno especial, sino que recreaba pasajes del partidazo que en la mañana nos habían despojado. Le estaba quedando machete y le dije que me lo vendiera. Me lo regaló. Le pregunté que si algún iría a ser famoso. Me dijo que sí con una confianza en sí mismo que ya quisiera yo tener a la hora de auto preguntarme por mi futuro. Entonces le dije que me firmara mi vaina.

Chuíto y su familia viven por allí mismo. Es un aventajado estudiante de cuarto grado. No le gusta andar en vergas de internet ni televisión (avis raris). Se la pasa pintando cuadros o haciendo trazos previos en hojas tamaño carta Me sentí tentado a auscultarle su inocente mirada sobre el país, pero no tuve tripas. Me fui por lo bajito, que si escuchaba a Alí, a Silvio. Me dijo que de bolas, que en su casa están sus discos pero que su papá los pone bajito. No supe si por escuálido o para cuidarse del fascismo de los escuálidos. Acuclillado a su lado mientras concentrado él echaba pintura en su arte, le hablé abiertamente de Alí y de mi pavor de que a las generaciones como la suya se les desvaneciera todo lo que significa Alí para este país. Me canturreó sólo se mojaron y en la orilla están, secando al sol, pronto sonarán. Me pareció que me estaba enviando un tranquilizador mensaje subliminal a mi inconsciente (como todo lo sublime). Habiendo saciado mi arsenal, Chuíto ripostó preguntándome que si también era artista. Supongo que quería que el balón estaba ahora estuviera en mi cancha.

Le dije que era periodista con inclinaciones a hacerme pizzero en mi tránsito a consagrarme como anacoreta. Me preguntó que si era feliz como periodista, que si no tenía otra manera de pasarla bien. Coñoemadrito. Le retruqué que también escribía cuentos y guiones.

La palabra guiones le sonó fuera de lugar (outsider). Le dije que era lo mismo que un cuento pero para audiovisual. Ah. Pidió que le contara sobre los guiones que había escrito.

¿Tú escuchas boleros?, le pregunté para introducirlo en la respuesta que me aprestaba a darle a su pregunta. Me dijo que sus padres son una tortura china con el cuento de cómo se levantaron uno al otro con un bolero cantado por Luis Miguel (No sé tú).

Le dije que hace poco había terminado el guión de un documental al que juiciosamente puse el nombre de “Miente como mienten todos los boleros”. La curiosidad infantil es una plaga.

¿Has escuchado a Sabina? Bueno, Sabina tiene un tema llamado “Esta es la canción de las noches perdidas”, en la que homenajea a su tótem Tom Waits. Chuíto puso cara de quien está en cuenta de dos strike sin bolas. Aceleré el capítulo de Waits, diciendo que era un pianista, compositor y cantante (y legenda) estadounidense consagrado a convertir en canciones muchas de las historias del novelista Bukowski (música de cañería, pues). Así como Bukowski a Waits, Waits a Sabina, quien en “Esta es la canción de las noches perdidas” exorcizó un verso de Waits para homenajearlo: Miente como mienten todos los boleros.

Sea lo que sea, “Esta es la canción de las noches perdidas” se ha convertido en mitología femenina y son innumerables las versiones que recorren el mundo en voces de mujer, seguí.

En función de esta fascinación de las mujeres, inventé un personaje llamado Ana María Solarte, cantante en potencia y versionadora estelar de tantas canciones de Sabina, pero especialmente de “Esta es la canción de las noches perdidas”.

El personaje se obsesiona con la canción y se dedica a mimetizarse en ella (llevarla a la realidad). Hace una recopilación investigación sobre las mujeres del mundo que han hecho la versión y se lanza tras de ellas a testimoniarlas. Una de las tramas es conseguir a una española que la desgarre mejor que Pasión Vega…. y más o menos por ahí transcurre ese guioncito, le dijo a Chuíto, quien despega la mirada de su arte para decirme a los ojos en torno enigmático, de quien acaba de descubrir quién es el asesino: todo termina y comienza con Bukowski.

Se nos hacen las seis y Chuíto debe recoger sus pegostes para ir a buscar a su papá y clausurar la jornada. Nos decimos que requerimos de próximas reuniones para proseguir con nuevas aventuras. Pactamos un próximo encuentro para echarnos al mundo para vivir y provocar nueva peripecias. Quedamos constituidos en dúo dinámico para afrontar los nubarrones y mieles del porvenir….

Douglas Bolívar
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NAFTALINA

En estos días le comentaba a un amigo mi deseo de desarrollar y conducir un programa radial al que he concebido nombrar Naftalina.

El amigo mueve el entrecejo cuando le explico que será un programa dedicado a la denominada canción chatarrita y a su época.

Un programa en cuya presentación tenga un intro con Tren de medianoche a Georgia, que lo mezcle con No es una carga, es mi hermano y quizá con unos acordes calladitos de contrabando allá en el fondo de Hotel California, para amelcochar y neutralizar al inconsciente.

Mientras apasionadamente le voy relatando el plan de fuga, el pana va acentuando su silencio, hasta que lo emplazo a que me diga de una vez que si un programa de esta característica no lo escucharía ni Cappy Donzella.

Su preocupación es de otro orden. ¿Lo vas a pasar en una emisora comercial? Su pregunta esconde un fondo ideológico: ¿Tú crees que las radios alternativas van a poner música gringa? Lo desbarato. Le digo que ya la ponen, pero que además, ¿cómo puede ser un revolucionario rehén de prejuicios tan gafos? El intercambio termina en bronca y, como sucede en cada desencuentro, cada uno se repliega.

Por lo que no tuve oportunidad de argumentarle que si alguna vaina ha sido revolucionario en esta vida, ahí están de primero las canciones chatarritas, porque fueron el signo de un tiempo rebelde, irreverente, alzado, cuya válvula de escape eran estas canciones que te inoculaban la mente para hacerte un inconforme.

A usted le dicen que una canción se llama No es una carga, es mi hermano, y usted sabe que allí hay un drama arrabalero, el capítulo cumbre de una telenovela latinoamericana, pero una vez que oye al cantante destripar los sentimientos con su tempo barítono, a usted el cuerpo se le indigna y sin saber inglés entiende que allí hay un mensaje que nos instiga a emanciparnos.

Le expongo a otro partner la idea para que la requise y es tanto su militancia en la chatarra, que con voz de tenor dice: no concebiría un programa así sino comienza con Canción de la prisión. Entonces me cayó la locha: no debo seguir curucuteando a la gente, todo el mundo tiene su favorita y tampoco es que uno esté para estar calándose el manantial de evocaciones ajenas, las propias me rebasan. Es más, quédense con su programa.

Douglas Bolívar

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CAMA Y MESA

Seguramente que Fernandito Villalona forma parte del acervo personal de cada uno ustedes. Al menos mi memoria colapsa de recuerdos con las canciones de este caballero, una potente leyenda musical que iluminó los desconcertados años de la Generación 90, de la que posiblemente yo formé parte pero echadito hacia la esquina, más bien en contra de mi voluntad (un perfecto renegado).

Para las perspectivas pueblerinas, Villalona venía a ser algo así como la lejana luz de un barco que se acerca parsimoniosamente y que se detecta en la noche desde el muelle de una pequeña comunidad perdida en los confines de un país abatido, es decir, una novedad rara pero anhelada, un tema bien sabroso de conversación desprendido de lo incierto, un orgullo injustificado, el titular de primera a falta de mejores acontecimientos. Porque Fernandito ni siquiera era que hacía poesía, sino filosofía, sobre todo para quienes teníamos la angustiante afición de problematizar las cosas más sencillas de la vida, como ir a bailar –o a hacer las veces- a la discoteca Los Gallegos de Valle de La Pascua, de donde Ramón Blanco y este servidor se largaban ofendidos a plena madrugada porque el disc jockey incurría en la sensatez de hacer rodar el acetato que contenía el tema “Amaneciendo”, lo que quiere decir que nos proclamábamos propietarios municipales de Fernandito Villalona. Era una manera de drenar la irreverencia con la que empezábamos a curtirnos, claro, pero eso lo sé ahora.

Nosotros entendíamos que se escuchara a Wilfredo Vargas, porque era cosa del vulgo –cuán equivocados por tantos años, Dios mío, cómo no entender entonces que El jardinero iba a ser un mito milenario-, pero Villalona estaba en un templo, era nuestra religión y como tal le teníamos su altar con sus velones encendidos. Era algo que irremediablemente habría de quedarse para siempre en nuestras vidas.

Cuántas tertulias madrugadoras, cuántas clases echadas por la borda, cuántas incendiarias discusiones con Henry Arteaga –un vallemetío que recaló desde Barquisimeto con los primeros long play de Villalona-, cuántas novias inasibles, cuántos besos perdidos por no saber decir te necesito, cuánta tristeza añejada, cuánta vida estropeada, cuánto talento sin florecer, cuánta pobreza sonrojada, cuántos aguaceros de ilusiones, cuántos llantos comprimidos, cuántos odios macerados, cuánto malditismo derramado, cuánta voluntad para que tener que entender al mundo por ultraje, cuánta buena voluntad con los iguales, cuánto estímulo por inyección propia y cuánto egoísmo inoculado por la atmósfera.

Todo ese verguero se me ha venido encima recientemente cuando en el bulevar de Sabana Grande he detectado parado tomándose una cerveza al mismísimo Fernandito Villalona.

Instintivamente no hice sino llamar a Ramón, quien garantizado de que yo me le acercaría, me imploró que le introdujera una sonda a los latidos de su corazón para extraer elementos con los que en una próxima congregación analizar, en retrospectiva, qué había detrás de los temas “Cama y mesa” y “Seré”.

Hice el recorrido, que tuvo tantos atajos como quepan en seis cervezas, y que oportunamente estaré transmitiendo por este mismo canal en día y hora indescifrables.

Posteadito: ¿Alguien sabe dónde conseguir confiables dólares del mercado intangible? Lamento este feo, pero tengo una urgencia familiar que desde luego no aspiro ni tengo tiempo de resolver vía Cadivi, y nunca como ahora me vendría bien una buena amistad. Senqiuverimucho.

Por: Douglas Bolívar
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LINA Y LA CIA

Entre densos problemas familiares y otros personales no menos dramáticos que me vienen ganando sobradamente la pelea por puntos , no había tenido ocasión de meter mi cuchara en la sopa del caso Lina Ron, hoy recluida en la DIM y acusada repetidamente por el presidente Chávez de estar infiltrada.

Chávez debe tener algunos pelos en la mano, pues no son conchas de ajo que insistentemente acuse a Lina de estar manipulada. Y sí, la verdad verdadera es que Lina sí está infiltrada por la CIA, que elaboró su plan hacia ella desde la falsa emotividad de una valiente mujer que en público se exhibe efusiva pero que corazón adentro está seca y arrasada, suficiente caldo de cultivo para que los malévolos la perforaran. Me consta, quizá yo sea testigo excepcional del procedimiento de infiltración, del que por cierto no me percaté al instante, de hecho debió transcurrir mucho tiempo para que empezara a concebir las primeras sospechas y a tejer sólidas conjeturas.

En público (o ante el público) una mujer alegre, bonachona, pero en su cuarto una mujer íngrima, solísima, peleando con sus implacables fantasmas que la pusieron mansamente en manos del enemigo. En buena hora ha sido protegida. Dios te salve, querida Lina.

(Disculpen lo breve pero me sobraba el tiempo para escribir)

Douglas Bolívar
subcomandantebolivar.blogspot.com

A BORDO DE LA FLOTA CUBANA DE PESCA

 Hace unas noches estaba escuchando en Globovisión una entrevista que le hacían a Soledad Bravo, una muy buena cantante venezolana que toda su vida ha vivido a costillas, principalmente, del trabajo creador de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, insignias de la trova cubana, nada menos.

 

Soledad ahora no cree en lo que pregonaba en sus cantos, no cree en el poema del son desangrado y hasta se permitió cantar esa noche la canción El elegido, de Silvio.  No dejó de causarme una leve irritación arrítmica reconocerla tan pitiyanki (que está en su derecho) y tan elegida, porque hay que estar descompuesto mentalmente para entonar El elegido tan bellamente y al mismo tiempo andar diciendo que estamos en una dictadura encubierta.

 

Le hice estos comentarios sueltos a una amiga, quien se atragantó con la empanada que engullía para decirme que yo no había visto llaga, porque la muy Soledad hace un tiempito que había tenido las santas de dedicar, escúchese bien, dedicar, la canción de El elegido a Nixon Moreno. Mi arrechera ascendió a la escala de pre infarto.

 

Como se sabe (cosa de la que él se ha quejado), toda canción de Silvio se desparrama en múltiples y libres interpretaciones, cada cual más loca e infundada (como aquella de que con el unicornio azul se estaba refiriendo a su anhelo por un bluyín; o como que con Te doy una canción estaba suplicando por el polvillo). Lo que demuestra que sus canciones son poemas monumentales, capaces de habitar a cada persona con un ADN personalísimo.

 

Una que otra aclaratoria ha hecho Silvio al respecto. Por ejemplo, que efectivamente en 1969 compuso quizá su poema más nostálgicamente desgarrador y amoroso como lo fue  De la ausencia y de ti (un título que por sí sólo nos vuelve mierda a los melancólicos), dedicado a una mexicana que en La Habana le esguachingó el corazón (actualmente son panas). Que esta canción sea clasificada por el mismo Silvio como una de las más nostálgicas, hay que echarle bolas, siendo que cada verso que este caballero canta es una nostalgia en sucesión.

 

Otra aclaratoria de Silvio se corresponde a otro tema suyo descifrado igualmente en 1969, e inspirado en los sucesos acaecidos el 26 de julio de 1953 en el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, cuando más de 100 guerrilleros combatientes contra la dictadura de Fulgencio Batista se vieron frustrados en el asalto al cuartel Moncada.

 

Uno de los líderes de aquella acción heroica fue Abel Santamaría, quien cayó preso en el asalto en su responsabilidad de tomar el hospital civil.

 

El descalabro lo puso en manos de sus enemigos, quienes lo torturaron para que delatara a sus compañeros. A los 26 años, y habiendo dejado de lado una vida colmada de suficiencias, aguantó serenamente la tortura, que comenzó a palos y prosiguió con la quema de uno de sus brazos; luego sus ejecutores le sacaron un ojo y Abel soportó estoicamente este salvajismo. Y murió sin abrir la boca. Semejante actitud la de su hermana Haydee (bienaventurada, con los años, de la Casa de Las Américas y madre putativa de los rebeldes de la nueva trova –en realidad, la dedicatoria de Silvio fue para ella-), a quien pusieron a escuchar y ver las torturas a su hermano para que fuera ella quien delatara. No lo lograron y aquel capítulo familiar quedó sellado para siempre en la memoria de los pueblos de América Latina, que honra con el recuerdo a sus mártires.

 

Del gesto indescriptible y sublime y bello y espeluznante de Abel, quedó su legado para la historia de la Revolución Cubana, que lo reconoce como a uno de sus héroes. Quince años después, Silvio le compuso, a bordo de la flota cubana de pesca, El elegido, que esta coñito de su madre de Soledad Bravo ha venido a profanar dedicándosela al delincuente de Nixon Moreno.

 Douglas Bolívar

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